Rescates

Una relectura de Antonio Ferres

Álvaro Acebes Arias «rescata» a Antonio Ferres, realista social, miembro de un grupo de autores que opusieron un dique de palabras a la pobreza moral del franquismo, con las cuales contar, sin virulencias ni estallidos de rencor, un compromiso firme con la verdad y la memoria.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Es sabido que la práctica de la relectura es una operación que entraña riesgos y en la que no existen los términos medios. Una de dos: o bien mejora el texto ya conocido o, por el contrario, desaparece el efecto inicial y la búsqueda de antiguas epifanías se convierte en un espejismo. Tal vez por eso, decía Borges, la relectura es una forma refinada de crítica literaria. Asimismo, es incuestionable que hay libros que se inclinan más que otros a este ejercicio. Volver a ciertos títulos equivale a reunirse de nuevo con unos amigos íntimos a los que hace tiempo uno no ha visto. A veces, incluso, ese regreso es una manera de escapar de la inagotable catarata de novedades que se van acumulando en la mesita. Buscamos la sorpresa, lo verdadero y lo auténtico en lo ya conocido, aun a pesar de los vaivenes que en nuestro criterio se hayan producido. Y es que, como todo el mundo sabe, el particular canon de un lector se va modificando con el tiempo y las que ayer fueron consideradas lecturas predilectas puede que al cabo de unos años se hayan visto desbancadas por otras con lo que la relectura en estos casos se torna una actividad tan estéril como difícilmente justificable.

Todo esto viene a cuento de la oportuna reedición en este 2023 de Memorias de un hombre perdido. Hay que agradecer a Debate y, sobre todo, al particular empeño de Constantino Bértolo que esta obra del gran Antonio Ferres (1924-2020) haya regresado a las librerías. El rescate de esta autobiografía, después de su primera publicación casi veinte años antes, tiene mucho de reivindicativo, pero yo diría que más bien se trata de un milagro o, si se quiere, de un doble milagro, pues a la recuperación de un autor imprescindible se añade la necesaria relectura de la labor de una generación que durante demasiado tiempo ha visto ignorada su trayectoria. Antonio Ferres, como López Salinas, Grosso, López Pacheco, Olmo, Ramiro Pinilla o Daniel Sueiro, fue uno de los representantes más genuinos de lo que se denominó narrativa social, aquella corriente literaria empeñada después de la guerra en superar el oficialismo grandilocuente y cursi impuesto por los vencedores y lograr la reconstrucción en España de una literatura de corte realista que destacara por su afán de denuncia y por poner a la clase trabajadora en el centro del relato.

Ya sabemos cómo les fue. Lo que empezó como una broma de Antonio Bernabeu, que era miembro del grupo y al que se le ocurrió aquello de literatura de la berza, fue pronto convertido en el calificativo desdeñoso con el que referirse a toda una generación. A principios de los setenta, el interés por la novela como instrumento transformador de la realidad era ya un mal recuerdo y se había visto superado por un estilo que situaba el concepto de la literario en primer término, revitalizando el tema del yo y evitando mezclar la trama del relato con la agitada y problemática realidad española de aquel entonces. Muchos de aquellos novelistas sociales, otrora ideólogos o exponentes de ese realismo crítico, se reciclaron en defensores de las nuevas formas. A otros les quedó el silencio o, como en el caso de López Pacheco o Ferres, el exilio. Hay otro aspecto, sin embargo, que aclara el ostracismo en que cayeron muchos de los nombres que formaron parte de aquel grupo y que no es otro que la clase, algo que, como decía Rafael Chirbes, cuenta siempre en la formación de la mirada y no se borra nunca. En el círculo de Madrid, por ejemplo, había autores (Aldecoa, Ferlosio, Martín Gaite, García Hortelano, etcétera) que formaban parte de la juventud díscola y universitaria, los hijos de una burguesía más o menos acomodada, mientras que otros tenían orígenes mucho más modestos. La formación de estos últimos era autodidacta, militaban en el partido comunista y, aunque se codeaban con los primeros, tenían poco que ver con ellos. La prueba es que, cuando llegó el boom y hubo que ponerse manos a la obra para lograr un sitio en el nuevo panorama literario, a aquellos que se aprestaban siempre a reflejar la situación de los desposeídos y cuya narrativa olía a pobreza y miedo, es decir, a berza, se los dejó fuera.

Ese fue el caso de Antonio Ferres, al que, sin embargo, cuando se le lee con atención, se descubre que en su trayectoria hay una constante evolución que lo hace pasar por distintas etapas, si bien en todas se mantiene la intencionalidad crítica. En ese empeño por dar testimonio del mundo el escritor, tocó todos los palos, desde la novela, el cuento y la poesía hasta la literatura de viajes, con libros tan extraordinarios como Caminando por las Hurdes (1960), que escribió junto a su compinche López Salinas, o Tierra de olivos (1964), visión del campo andaluz y del atraso rural de la España de los sesenta. No, la obra de Ferres no puede reducirse a la mera crónica realista bajo la que algunos han querido presentar su trayectoria, sino que es un continuo adaptarse, sin desistir en la denuncia, a distintos registros y modelos. Comparen, en este sentido, su primera novela, la mítica La piqueta (1959), relato sobre el desahucio de unos chabolistas recién llegados a Madrid, o Con las manos vacías (1969), su novelización del tristemente famoso crimen de Cuenca y que le valió el Premio Ciudad de Barcelona, con En el segundo hemisferio (1970), título que procede de sus experiencias como profesor universitario en Estados Unidos y en el que, desde una óptica muy lejana a los presupuestos de la narrativa de sus inicios, Ferres se centra en la alienación y la soledad del hombre contemporáneo. Basta abrir las páginas de cualquiera de estas tres novelas, tan distintas entre sí, para sorprenderse de cómo la escritura se eleva muy por encima de las manidas acusaciones de sectarismo, simpleza técnica, pobreza lingüística y caracterización maniquea de los personajes con que se ha despachado (sin leerla) la obra de Ferres y de otros compañeros de generación.

Al autor de La piqueta, como les decía, le ha pesado mucho el marbete de novelista social que le impusieron quienes articulan y manejan el canon. No hay duda tampoco de que el exilio y la censura tuvieron algo que ver con su escasa fortuna. Dos de sus obras, Al regreso del Boiras (1961) y Los vencidos (1965) tuvieron que publicarse en el extranjero y no aparecerían en España hasta unas cuantas décadas después. Al régimen le molestó aquella descripción de la sordidez de la posguerra, pero tampoco a cierta parte de la izquierda en la clandestinidad le hizo mucha gracia el retrato de sus luchas intestinas. Ferres intuía lo que iba a ser la Transición y, por eso cuando regresó a España en 1976, después de un primer exilio que pasó en México y Estados Unidos gracias a la ayuda de un escritor que lo admiraba como Max Aub, se encontró con que muchos de los compañeros de viaje que había tenido en el partido comunista, como Claudín o Semprún, se habían afiliado al PSOE que antaño denostaban con la excusa de que esta era la única izquierda posible. Antonio Ferres se quedó en tierra de nadie porque no aceptó ese acomodamiento y sobrevivió como pudo haciendo traducciones, dando clases y publicando novelas y excelentes libros de poemas que ya no le interesaban a nadie, porque se había convertido en un perfecto desconocido. Hasta bien entrado el nuevo milenio, Ferres no vería su obra en el lugar que le corresponde, acompañada de estudios críticos y algunos homenajes. A él, por cierto, estos últimos le daban bastante igual, pues solía contar que cuando el mundo académico se preocupó de él, al acto solo fueron una veintena de personas, mientras que a la presentación de la reedición de La piqueta en el barrio de Orcasitas, escenario de la novela, llegaron centenares y el auditorio se quedó pequeño.

De las renuncias y de todos los sacrificios de una vida trata Memorias de un hombre perdido, que Ferres escribió ya casi octogenario y después de un largo silencio. Lo primero que hay que decir de este libro es que tiene poco que ver con otros volúmenes donde un autor se dedica a sacar pecho durante quinientas páginas diciendo que él estuvo en tal o cual sitio o almorzó con fulano o mengano. No, nada de eso le importa a Ferres porque lo que él hace con extraordinaria concisión es un recorrido por las experiencias de quienes llevaron una existencia parecida a la suya, determinada por la fe en la justicia, la solidaridad y la libertad, y que se atrevieron a enfrentarse a una feroz represión para lograr la transformación del país. En ese retrato directo de las difíciles circunstancias históricas que le tocó experimentar no hay, por otra parte, ninguna concesión a la retórica ni al sentimentalismo: solo una apabullante sencillez que hace mucho más contundente el mensaje, como cuando el novelista afirma que aún le da miedo la palabra hambre o resume los motivos por los que salió de España: «la primera vez me fui por miedo, la segunda vez por hambre». Fíjense, por otra parte, en la imagen que evoca el título de su autobiografía, toda una declaración acerca del estado de una generación que, pasado el fervor y el entusiasmo con que se acogió el cambio democrático, se encontró a la deriva. Quizá por ello, después de tantos cambios y vueltas que ha dado la vida, de la guerra, el miedo, el hambre, la militancia, la literatura y el exilio, Ferres elige comenzar su historia desde la casa en la que nació en el barrio de Argüelles y en la que residiría hasta su muerte, tal vez porque, como él mismo indica, «no hubo ni hay grandeza en el recuerdo», y acaso lo único que permanece estable al cabo de tantos años y extravíos son unas pocas memorias, las que tienen que ver con la familia y con los amigos. Ante la conciencia del fracaso de muchas de las cosas en las que creyó, Ferres mira con melancolía y sin ira a su presente, aunque eso no quita para que en ocasiones asome la antigua rebeldía del revolucionario y se indigne ante lo que ve a su alrededor. Los modos y maneras de sus contemporáneos, que han asumido el conformismo y el consumo como ley de vida, le recuerdan a la pobreza moral que había bajo el franquismo y, ante tal estado de cosas, el novelista solo puede oponer, a manera de salvación, un dique de palabras con las que contar, sin virulencias ni estallidos de rencor, su compromiso firme con la verdad y la memoria.

Hay que releer a Antonio Ferres para recuperar las experiencias y anécdotas de una generación que se ha visto silenciada durante mucho tiempo. Libros como este, pero también novelas como Los vencidos, La piqueta, La desolada llanura o los cuentos incluidos en El color amaranto y los poemas de El otro universo, ayudan a comprender qué significó una época de privaciones y penuria y el alcance de las luchas por convertir ese paisaje desolador en otro más humano. Volver a ellos también es una manera de pagar una deuda literaria: la que ocasionó el desdén y el olvido sobre un grupo de autores que aún esperan el reconocimiento y la evaluación crítica que merecen.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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