Creación

Un pavo encumbrado

«Algo oscuro se movió entre los árboles. Resultó ser un pavo negro y grande. Como estaba próxima la Navidad, le vino muy bien». Un relato de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Algo oscuro se movió entre los árboles. Resultó ser un pavo negro y grande. Como estaba próxima la Navidad, le vino muy bien. A base de arrojarle trozos de pan que llevaba consigo, el ave cogió confianza, y cuando se fue, lo siguió como si se tratara de un perro hambriento al que tiras comida y se convierte en tu amigo para siempre.

Llegó a su casa. El bípedo entró tras él y se detuvo en el centro del salón, observando los muebles como si los entendiera.

Lo encerró en el patio que había junto a la casa con el suelo de tierra. En una pared lateral, una puerta daba a un cuarto lleno de cosas viejas que le serviría de dormitorio. Luego fue al bar, donde pidió una cerveza, y explicó lo del pavo a uno que había en la barra

—Menuda suerte.

—Pues sí.

Por la tarde, Lina fue a verlo para que le enseñara el pavo, del que había tenido noticias. Al verlo dijo:

—Se necesita ser tonto para traerlo a tu casa.

—Ha sido el pavo quien me ha seguido.

—Ya, la antigua excusa del pavo que te sigue.

—No es excusa: es la verdad.

—Te invito a comer, pero con la condición de que traigas el pavo.

—¡No pensarás guisarlo!

—No.

—¿Para qué quieres que lo lleve?

—Eso es cosa mía. Si quieres que te invite a comer, tendrá que ser con el pavo.

Por la tarde, fue a ver a Lina con el pavo atado a un cordón, y en el camino se encontró con Rafael.

—¡Ah, canalla! —dijo este—. Conque has sido tú.

—¿Qué pasa, de qué estás hablando?

—El que me ha robado mi pavo más gordo. Dos años dándole de comer y tú vienes ahora a robarlo.

—Lo encontré por casualidad.

—Porque es un bicho de cuidado

Carlos se quedó pensativo.

—Tengo que hacer unas cosas con él. Luego te lo llevo.

—¿Qué vas a hacer?

—No es asunto tuyo.

—Pues me lo llevo —dijo Rafael.

—Voy a comer con Lina.

—¿Y qué pasa si no lo llevas?

—Que no me invita.

—Es mío. Así que iré yo a comer con Lina.

—A ti no te ha invitado.

—No te preocupes, que lo hará —le dijo Rafael.

Luego cogió el bicho y apareció en casa de la mujer.

—Hola.

—¿Qué te trae por aquí? —dijo Lina.

—Venía a enseñarte esto.

—¿No es de Carlos? —preguntó ella.

—Es mío, ¿pasa algo?

Lina lo miró.

—¿Te he invitado yo a ti? —le preguntó.

—No.

—¿Entonces a qué has venido?

—Porque tengo esto, cariño —y le mostró el pavo.

—Ni cariño, ni cariña. Cuando te invite, entonces vienes.

Rafael no tuvo más remedio que irse y emborracharse.

Una casa modesta de una sola planta. Cerca de ella un eucaliptus de increíble altura y un tronco gordísimo. Sus ramas abarcan tanto cielo que la casa se halla todo el tiempo bajo su sombra.

Dentro de la casa está Carlos sentado con un vaso de vino en la mano. Mira hacia ninguna parte; solo bebe y mira sin ver. Piensa, medita, se deja llevar por el silencio que penetra desde fuera.

Llegó una mujer y Carlos le abrió la puerta. Entraron y él le dijo si quería beber algo.

—¿Qué haces aquí?

—Te esperaba.

—¿Sabías que iba a venir?

—No, pero te esperaba. Que vengas o no me da igual.

—Eres un imbécil.

—Sí.

—He visto un pavo subido a una rama del eucaliptus.

—Eso es genial

—Si quieres, salimos, y lo podrás ver.

—Lo que tú digas.

Salieron y ella señaló con la mano a las ramas enmarañadas del árbol.

—Allí está, ¿lo ves?

—No.

—Mira bien.

—Estoy haciendo lo que puedo, pero no veo ningún pavo.

—Ahora se ha movido.

—Mejor para todos.

—Ayúdame a subir hasta allá arriba y de una patada lo haré bajar.

—Y ¿cómo piensas subir? ¿No has visto el tronco que tiene?

—Ayúdame, anda, no seas ridículo.

La ayudó y ella trepó por las ramas. Casi no la veía a Lina, quien le gritaba cosas que apenas podía oír.

Ella con el brazo le señaló un lugar, perdió el equilibrio y se precipitó entre las ramas dando tumbos, pero consiguió asir una hoja y esto le bastó para salvar su vida. Logró restablecer su equilibrio de nuevo y quedó colgada.

Un viejo automóvil se detuvo junto a la casa. Alguien salió del auto y se dirigió directamente a Carlos, quien miraba hacia arriba y no se dio cuenta de nada hasta que el otro, Martínez, le habló.

—¿Qué estas mirando ahí arriba?

—A Lina, la he tenido que ayudar y casi se mata. Todo por ese pavo de mierda. ¿Qué es lo que quieres?

—Me envía tu madre.

—Mi madre, ¿para qué?

—Dice que Rafael le ha preguntado varias veces por ti. Te está buscando y te encontrará.

—No sabe dónde estoy.

—Lo averiguará. Sólo es cuestión de tiempo. Va a venir

—Que venga.

—¿Cómo puedes decir eso? Si viene, ya sabes lo que va a pasar

—No lo sé.

—Está bien, yo te he avisado.

—Gracias, pero tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por un piojoso como Rafael.

—Lo de menos es que sea piojoso.

Escucharon ruidos arriba y vieron a Lina deslizarse entre las ramas. La vieron caer y se abalanzaron los dos para que no golpeara el suelo duro. Cayó sobre ellos y los tres quedaron en el suelo tendidos.

Se escuchó un ruido y un coche acercándose. Era un todoterreno y lo conducía Rafael. Con él venía la madre de Carlos.

Ambos salieron del vehículo. Rafael llevaba un grueso libro en la mano. Al ver los tres cuerpos en el suelo, se aproximaron para ver qué había pasado.

—¿Qué estás leyendo? —dijo Carlos en un susurro .

—Eso no te importa.

—Tampoco es para ponerse así, pedazo de mula.

—Me pongo como me da la gana.

—Es Proust.

—¿Y qué, qué pasa si es Proust?

—No, si lo digo por lo gordo que es… Por lo menos tres mil… páginas de papel biblia… a dos columnas y gordo como un pavo.

—No intentes intimidarme.

—Por mí puedes irte a tomar por culo —dijo Carlos.

—Eres un cabrón, maricón, hijo de puta, y además eres un poco mamón y otro poco antipático.

—Ya veo… que hoy estás de buen humor.

Rafael se fijó en el cuerpo de Lina, yacente encima de ambos hombres.

—¿Qué le ha pasado a Lina?

—Se ha caído, hemos intentado salvarla. Alguien le ha dicho no sé qué de los pavos y ahora… ¡Ay! Los ve en todas partes.

—Yo le hablé flores hace unos días, porque Marcel Proust era aficionado a flores.

—¿Para qué le hablaste de Proust? ¿Es que eres tonto?

—Flores y aves, todo es lo mismo —dijo Rafael con un gesto de suficiencia.

—Eres un pedante.

—Bueno, será mejor que entremos —dijo la madre de Carlos, Emilia.

Rafael y Emilia entraron en la casa mientras los otros tres se recuperaban del tremendo golpe. Gracias a Dios, ninguno se había roto nada.

Ya dentro, Rafael tomó asiento y, después de servirse un vaso de vino, se puso a leer tranquilamente, mientras Emilia se ocupaba de preparar algo para comer.

Al rato entraron los demás, medio aturdidos, apoyándose en las paredes y los muebles, y se dejaron caer en los sillones, donde dieron rienda suelta a sus quejas por los dolores que les causó el accidente.

—¿Cómo puedes leer a Proust viéndonos así? —dijo Lina.

—¿Qué me recomiendas que lea?

—Podría haber sido peor si no nos tiramos a cogerla… —dijo Martínez.

—Si no se hubiera subido, todos nos habríamos ahorrado disgustos.

—Sobre todo tú —dijo Carlos.

—¿Tienes algo contra mí?

—Martínez ya me ha avisado de que vendrías, has encontrado el sitio. Pues bien…

—¿Pues bien qué?

—Eso pregúntaselo a Martínez.

—¿Qué es lo que dice este? —le preguntó a Martínez.

—No tengo ni idea.

—Pues entonces dejadme leer tranquilo. Estoy en medio de un capítulo complicado, cuando Leopoldo se acuesta en la cama y se pone a sonarse los mocos con un pañuelo de seda bordado con las iniciales K L P.

—¿Y eso te parece complicado? —preguntó Martínez.

—No entiendes de literatura.

—Creo que no me encuentro bien —dijo Lina.

—¿Qué te pasa?

—No sé. Al escuchar lo de la cama y el pañuelo, me ha recordado una experiencia desagradable que tuve hace poco.

—Puedes contarla para desahogarte —propuso Carlos.

—Estábamos en un hotel. Habíamos ido a pasar unos días a la montaña. Era de noche y de pronto entró un murciélago en la habitación. Se puso a volar y dar vueltas. Se paró sobre un pañuelo y luego emprendió el vuelo de nuevo, saliendo por la ventana con el pañuelo entre las garras…

—¿Y eso es tan terrible? —dijo Rafael.

—¿Tú qué crees?

—Yo no creo nada.

—Claro, tú y Proust, ¿no? —dijo Martínez.

Rafael lo miró con la cara congestionada por la ira y cerrando el libro se lo arrojó a la cabeza, pero falló el lanzamiento y fue a darle a Lina, quien recibió un tremendo golpe en un brazo que la dejó impedida para subirse a los árboles durante el resto de su vida.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes,  admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Un pavo encumbrado

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo