/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /
Asistimos a uno de esos clásicos saraos burgueses que consisten en una brillante recepción coronada por un ágape de alto copete. Todo está cuidado al detalle, del lustre de los candelabros a la escogida vajilla y, por supuesto, un menú donde lo exquisito y lo inesperado van de la mano. Una especie de banquete de Trimalción del Satiricón trasplantado a los usos y abusos de la edad contemporánea. Las elegantes y distinguidas parejas, versiones clónicas del señor y la señora Tal y Cual, se hacen acompañar por su tradicional séquito que incluye, faltaría más, un militar de alta graduación y la constelación artística que da esplendor a estos eventos: una cantante de ópera, un escritor y un director de orquesta. Sabida es la querencia de las élites por adornar su mesa con alguna celebrity cultural para sentirse confortadas y justificadas en su visión clasista del mundo. Pero algo extraño sucede. Misteriosamente la servidumbre desaparece, con la sola excepción de un mayordomo.
Estamos en el corazón de El ángel exterminador de Luis Buñuel. El matrimonio Nóbile ha organizado un homenaje a una pianista que viene de triunfar en el escenario, y de paso a sí mismos. Tras escuchar una sonata, los invitados van a despedirse cuando, sin razón aparente, son incapaces de salir de la estancia. El fiel criado que les trae el desayuno por la mañana también queda presa del encantamiento. La situación durará días y la convivencia se irá deteriorando más temprano que tarde. La casa es puesta en cuarentena, atrayendo la atención de policías, transeúntes y curiosos. Dentro, las cosas van de mal en peor. Las relaciones sociales teñidas de hipocresía y conformismo saltan en añicos ante la crisis. Los jarrones chinos comienzan a rebosar de orina y excrementos. «Concretadas en esta odi(o)sea del encierro a puerta abierta de la burguesía y del naufragio en medio del salón, reaparecen las imágenes de lo siniestro y lo abyecto, del asco, la degradación y el exterminio» (Fuentes: Los mundos de Buñuel). El mecanismo de la víctima propiciatoria, siempre latente, va tomando cuerpo entre la selecta concurrencia.
Cuando se está a punto de llegar al canibalismo, el feo asunto se resuelve de modo casi mágico. Leticia, apodada la Valkiria por su castidad, da con la solución: «Pide a todos que se sitúen en la misma posición en la que estaban en el momento de producirse el maleficio, hace interpretar la misma sonata del inexistente músico Paradisi y, de esta forma, logran abandonar el recinto»(Sánchez Vidal: Luis Buñuel). Roto el hechizo, la horda revestida de harapos huye entre gritos y ademanes vulgares de su provisional prisión, cruzándose con los criados que regresan tan contentos. Para dar gracias por la milagrosa liberación y una vez recuperada la respetabilidad, se celebra un solemne Te Deum, de esos tan del gusto de ciertos regímenes autoritarios. Pero la forza del destino es implacable. Finalizado el servicio, no consiguen, ni ellos ni el obispo, desalojar la iglesia. Fuera, la policía carga ferozmente contra la multitud.
«El ángel es el clima espiritual del conformismo burgués llegado a su última conclusión de parálisis interior. Los prisioneros se verán atrapados dentro de sus redes sociales. Enfrentados a lo inexplicable, su racionalidad se desintegra en ideas fijas fetichistas» (Durgnat: Luis Buñuel). Amargas experiencias pasadas y actuales demuestran que la incapacidad para comprender, asimilar y enderezar una realidad salida de sus goznes desemboca en el asalto a la razón y sus macabras consecuencias. Cuando cae la máscara ornamental, aparece un semblante desconcertado y salvaje.
Toda obra maestra —y esta lo es en grado superlativo— admite un sinfín de lecturas que no tienen por qué excluirse, sino que se complementan y retroalimentan. Tratándose del cineasta aragonés, no podían faltar las religiosas y psicoanalíticas. Entre las primeras tenemos símbolos como el cordero sacrificado y el chivo expiatorio, el banquete-cena que enlaza con el de los mendigos en Viridiana, la misa con todas sus connotaciones o la referencia a la Divina Providencia que se desliza en el nombre de la calle. De las segundas es buena muestra que sea la Valkiria la que restablece el equilibrio y el discurrir natural de los acontecimientos después de llegar a la satisfacción erótica, de transitar desde un estadio inmaduro a la edad adulta. Está asimismo presente la compulsión a la repetición que estructura todo el relato, y es una constante en la obra del realizador.
Son notables las alusiones a la connivencia de clase superior, élite política, fuerzas del orden e Iglesia. Se ha señalado el carácter casi profético del final de esta película de 1962, que de algún modo presagiaba la inmunda matanza de manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas en 1968. «Si ahora van de madrugada a la Plaza, antes de que los bulldozers y las barrederas mecánicas pulan los restos del naufragio, allí donde fueron embarrados por las espátulas grises de La Muerte, los verán allí… verán a los estudiantes» (Fernando del Paso: Palinuro de México).
Para la presentación, Buñuel escribió: «Si el film que van a ver les parece enigmático e incoherente, también la vida lo es […] y, como la vida, [está] sujeto a múltiples interpretaciones». Posteriormente, en una conversación con Aranda, puntualizó: «Yo le doy más bien una interpretación histórico-social». Dentro de ella cabe la puesta de relieve del salvajismo latente presto a desencadenarse a la menor oportunidad, como en El señor de las moscas de Golding. Pero la diana es muy concreta. No se limita a exponer la miseria moral, la falta de escrúpulos, la hipocresía y el culto a las apariencias de los ricos, que saltan por los aires en cuanto las cosas empiezan a torcerse. Pone de manifiesto que ambos rostros de la casta gozante, el ultracivilizado asfaltado de buenos modales y el primitivo de lucha sin cuartel, menosprecio, aplastamiento del otro y devoción a la ley de la selva, no son separables. Son las dos caras de una misma y única moneda. Sabemos cómo funciona el asunto entre los tigres de la industria y el comercio o entre los titanes de las finanzas. Competencia desleal, dumping, OPA hostiles, espionaje industrial, fusiones y adquisiciones fraudulentas o traicioneras, robo de cerebros y demás lindezas empañan el brillo de los Ferraris y los yates —o de los excusados de oro de los más burdos de estos individuos.
El antagonismo de clases trasciende varias veces —véanse las relaciones de señores y criados o las escenas de represión finales—, y asoma a plena luz la vileza que se agazapa tras las sedas y el terciopelo. Una dama comenta un accidente de ferrocarril en el que resultaron aplastados y destrozados los viajeros de un vagón de tercera: «Debo de ser insensible, pues la desgracia de aquellos pobres no me impresionó demasiado». La palabra clave es pobres. Su interlocutora le recuerda que se desvaneció tras el fallecimiento de un personaje de alta alcurnia, y ella replica indignada: «¡Qué comparación! ¿Cómo podía una permanecer insensible ante la grandeza de la muerte… de ese admirable príncipe?». Parece ser que en este diálogo hay una carga de profundidad merecida contra alguna fantasmada del inefable Salvador Dalí. Pero es en sí revelador de la tetraplejia ética de muchos, de su vacío moral, su descontrolado egotismo y su invulnerabilidad a valores humanos elementales. Hoy nos hemos acostumbrado a que cada día desfilen ante nuestros ojos muertos de primera, segunda o tercera clase.El ángel exterminador es el misterio bufo del descalabro de esa concepción del mundo.
En la realización de esta película Buñuel sufrió, como en tantas ocasiones, una considerable penuria de medios materiales. De ahí que el lujo que debería reflejar este cónclave se viera oscurecido, lejos de los esplendores viscontianos. Sin embargo, tal precariedad conlleva un aspecto positivo, ya que las actitudes que se diseccionan no son patrimonio de un selecto círculo. Son características de una forma de pensar que se extiende más allá de los estrechos límites de la jet society. La ideología dominante es la de la clase dominante. Las reacciones individuales y colectivas que presenciamos aquí están al alcance de (casi) todos los bolsillos.

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.
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Hay colaboraciones verdaderamente sorprendentes. Esta es una. Guillermo Quintás.