/ por Fermín Herrero /
Uno de mis mejores recuerdos escolares, junto al acarreo de brazadas de leña de carrasca para prender la estufa el día que me tocaba, es el de la encomienda anual, al final del primer trimestre, de ir a buscar musgo aparente para el belén, encargo para el que siempre me prestaba como voluntario. No es que esta salida supusiera un alivio de libertad o de contacto directo con la naturaleza, bendiciones que de por sí disfrutábamos de continuo los críos pueblerinos, sino que, por una parte, rompía la atonía de las tardes amodorradas, con la maestra, doña María, haciendo labores de punto y a veces dando cabezadas al solillo que entraba por poniente y la media docena de alumnos atontolinados zascandileando o pasando una y otra vez las hojas de la enciclopedia Álvarez; y, por otra, y sobre todo, me permitía renovar mi fascinación por las piedras cubiertas de musgo, por el propio musgo de tan peculiares formas, siempre capaces de despertar mi imaginación.
Sin embargo, desde aquel entonces, pese al deslumbramiento y embeleso, no había leído nada sobre musgos; desconocía incluso su denominación técnica, briofitas, carencia que he compensado con creces tras caer en mis manos Reserva de musgo, un acercamiento maravilloso a la vocación y ejercicio de la briología, que es como se denomina técnicamente la especialidad botánica centrada en estas plantas, «la más primitiva de las terrestres», «las más simples y, en su simplicidad, las más elegantes», expertas en «sacar el máximo provecho de su tamaño».
Tampoco sabía nada en absoluto, como es natural, de su autora, Robin Wall Kimmerer, un descubrimiento impagable, otro más, del espléndido catálogo de la editorial Capitán Swing. Esta renombrada brióloga de pro, autoridad indiscutible en la materia, es por añadidura una activista en la restauración de comunidades ecológicas enfocadas a los pueblos aborígenes norteamericanos (ella misma, aunque neoyorquina, es de ascendencia potawatomi y anishinabe) y alienta del mismo modo todo cuanto suponga una restitución de nuestras relaciones con la tierra, todo ello con base de operaciones en una vieja casa con huerto, rodeada de arces, en Fabius, pueblecillo del estado de Nueva York (las relaciones que mantiene con una vecina y confidente ganadera son muy divertidas).
A lo largo de las páginas del libro, desde diversos ángulos, propiciados por capítulos heterogéneos, se contemplan la historia y la vida de los musgos, contadas con un doble enfoque del conocimiento: objetivo y subjetivo, acoplando al tiempo el análisis por extenso (dentro de lo que cabe, aunque solo una palabra las designe, se calcula que existen unas veintidós mil especies diferentes de musgos) y al milímetro, al dedillo («cada aspecto de la arquitectura del musgo tiene su propio nombre»), como fascinante microcosmos en interacción con un hervidero de bichillos microscópicos.
La narradora nos transmite vivamente la invisible, a simple vista, manera de estar en el mundo de diversas briofitas, al margen de la taxonomía de Linneo y las posteriores. Los musgos son los anfibios del mundo vegetal, el primer paso en la evolución hacia una existencia terrestre, a medio camino entre las algas y las plantas vasculares. Y además pioneros, pues son los adelantados en emerger del agua, «allanando el camino al resto de criaturas». Así, se caracterizan en todos los órdenes, desde el evolutivo al ciclo vital completo, reproducción y clonación incluidas, haciendo hincapié en su inmensa capacidad de adaptación («la aceptación es su modo de ser»), puesto que cuando llegan las sequías saben cómo aguantar hasta que vuelva a llover, se amoldan a los ciclos de perturbaciones y regeneraciones del bosque.
Igual examina a fondo especies concretas en su laboratorio casero que se interna en la exuberante selva amazónica ecuatoriana, con refugio-campamento en una plataforma de bambú, en su «luz húmeda, frondosa, saturada de verde», para mostrarnos de cerca esta enmarañada reserva ecológica, su materia orgánica en ebullición permanente y estruendosa. Lo mismo explora las inestables turberas de las marmitas glaciares de los Grandes Lagos o el paraíso musgoso de los bosques templados de coníferas de la cordillera costera de Oregón que visita un asombroso loft de Manhattan en el que una artista ambiental mantiene, sobre un armazón iluminado y rociado, una colección impresionante de musgos. Avanza a duras penas con una canoa entre paredes escarpadas y cañones de arenisca por el río Kilckapoo que atraviesa el suroeste de Wisconsin en busca de composiciones inauditas, pero no desprecia en absoluto los humildes musgos urbanos aferrados a las grietas del pavimento: «diversos, adaptables, tolerantes al estrés, resistentes a la contaminación».
En todos los lugares aprovecha para efectuar una llamada «a participar en la vida sagrada del mundo», a mantener en lo posible los ecosistemas frente a las agresiones externas de todo tipo, desde la convicción de que «el proceso de sucesión ecológica es como un circuito de retroalimentación positiva, un imán de vida que atrae más vida». De la misma manera que reivindica, a partir del uso indígena del musgo como pañal o compresa, el saber tradicional nativo, que «hunde sus raíces en el conocimiento íntimo del territorio y tiene como principal maestra a la tierra misma», bajo los principios de participación, reciprocidad y agradecimiento. Una lección, en suma, de botánica aplicada y aplicable a la vida misma
Al seguirla en sus investigaciones parece que bailásemos con ella sobre un montículo de turba sintiendo un vínculo ancestral o que anduviéramos, como acostumbra, por las montañas Adirondack, descalzos, sintiendo el contacto directo, íntimo, con la tierra, atentos no solo a lo mínimo del suelo y de las rocas sino a la respiración múltiple del bosque y de los animales, impelidos por un saber que excede lo botánico, lo material y empírico, para adentrarse, adentrarnos, en una dimensión espiritual, cargada de emoción, y aun más allá, hacia los hondones de lo lírico: «entre musgos y rocas tiene lugar una conversación muy antigua; poesía, sin duda», en una interrelación dialéctica, según George Schenk, «de inmensidad y menudencia, de pasado y presente, de suavidad y dureza, de quietud y vitalidad, yin y yang».
Ilustran el texto unos dibujos finos, algunos de su padre. Se añaden, como apéndices, un completo glosario y una lista de lecturas adicionales sugeridas, pero el curso del libro no se entorpece con citas (se acude únicamente como referencia a dos líneas de Edward O. Wilson y su inolvidable Biofilia). Nunca prima la erudición, sino la experiencia personal y el trabajo de campo, y para facilitar la comprensión de algún aspecto complejo se recurre a comparaciones de índole divulgativa. Lo ensayístico, además, deriva siempre de lo narrativo. Impresiona la capacidad en este sentido de la escritora, en particular el capítulo, con extraordinario desenlace, dedicado a dos visitas de trabajo a un jardín artificial portentoso, descabellado, capricho bastante lunático de un millonario desconocido hasta para sus empleados.
Wall Kimmerer parte de una epifanía decisiva en su pasión epistemológica: el día en que, cuando tenía cinco años, una maestra (ay, ya me hubiera gustado por parte de la bondadosa doña María algo parecido) hizo que mirase con lupa en el patio del colegio los copos que caían, cuya belleza perfecta, insospechada, «un universo de cristales estrellados», resultó ser un prodigio secreto que nunca la ha abandonado. Tal vez su inclinación contemplativa, volcada en este libro en los musgos, proceda de esa primera visión científica, de la geometría fractal de la nieve.
Y, en verdad, consigue trasladarnos esa sensación epifánica. A la conclusión del capítulo final dedicado al brillo pasmoso, mágico, en una cueva, de las plantitas conocidas como «el oro del duende», deseamos tener aquella lupa escolar y perder el tiempo, ganarlo, entre la deslumbrante, encantadora maraña en miniatura de los musgos y por extensión de la creación en su conjunto. Al abrirnos con su concienzuda lente la puerta de la percepción de lo que parece insignificante en el reino vegetal nos revela de paso estructuras tan bellas como complejas, como si entrásemos en «una maravillosa tienda de tejidos», de tal manera que de ahora en adelante sin duda miraré con otros ojos, tratando de tener en consideración esas escalas minúsculas que de crío intuía, aquello que por desgracia suele pasarnos desapercibido.

Robin Wall Kimmerer
Capitán Swing, 2024
224 páginas
20 €

Fermín Herrero Redondo (Ausejo de la Sierra [Soria], 1963) es un poeta que circunscribe la mayor parte de su obra al paisaje de su pueblo natal, en torno a la presencia de la naturaleza y sus ciclos unidos a la existencia, la belleza de lo humilde, la recuperación del tiempo pobre y agrícola de los padres, el recordatorio del horror de las ideologías que calcinaron el siglo XX, la lentitud y la espera. Hasta la fecha, ha publicado los libros Anagnórisis (1994), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (1999), Paralaje (2000), El tiempo de los usureros (2003), Endechas del consuelo (2006), Tierras altas (2006), La lengua de las campanas (2006), De la letra menuda (2010), Tempero (2011), De atardecida, cielos (2012, Premio Ciudad de Salamanca de Poesía), La gratitud (2014), Sin ir más lejos (2016, Premio Nacional de la Crítica), Alrededores (2019), Húrgura (2020), En la tierra desolada (2023) y Estancia de la plenitud (2023). Figura, entre otras, en las antologías Cambio de siglo, Animales distintos y Fuera de campo.
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