Mirar al retrovisor

Brujos y brujas de ayer y de hoy

Joan Santacana escribe sobre la inmemorial fascinación humana por la hechicería, que se remonta a la noche de los tiempos y llega hasta hoy.

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En el Museo Nacional Romano de las Termas de Diocleciano, en Roma, hay un curioso objeto consistente en una lámina de plomo, con un grabado junto con textos incisos mediante un punzón. El dibujo grabado es un rombo que simboliza una vagina. En su interior hay una cabeza que tiene forma de violín, con unos grandes ojos. A ambos lados hay dos ojos, serpientes y otros elementos de difícil significado. El texto hace referencia a un juez, llamado Sura, nacido de una vulva maldita (vulva maledicta) y para el cual se pide que sufra daños en cualquiera de los dos ojos. El objeto en cuestión fue hallado en Roma, en un pozo que formaba parte de una fuente votiva dedicada al culto de una deidad romana llamada Anna Perenna, que se descubrió en el año 1999 en una ciudad en donde cada día aparecen hallazgos de época antigua. No era esta la única maldición grabada en láminas de plomo; había muchas defixiones más. Como en otros lugares en donde se practicaba la magia, se hallaron más de quinientas monedas, recipientes, un caldero para preparar pócimas, lamparillas de aceite, etcétera.

Este pequeño objeto me hizo reflexionar sobre la brujería y la magia, creencias que atraviesan el tiempo y se mantienen invariables durante miles de años en todo tipo de sociedades, incluida la nuestra. Las prácticas mágicas siguen vivas en todo el mundo: en Ciudad de México, en el mercado de Sonora, se pueden ver brujos y hechiceros que disponen de una nutrida clientela, no necesariamente pobre. En ocasiones los rituales implican verdaderas torturas e incluso asesinatos de víctimas, especialmente mujeres y niños. Sabemos que el mundo de las brujas no terminó en la Edad Media: millones de personas siguen creyendo en ello.

Bronisław Malinowski (1884-1942), el gran antropólogo al que se considera fundador de la antropología social, consideraba que la brujería era la respuesta que los humanos damos a un mundo que a menudo no  comprendemos y no podemos controlar. Algunos historiadores, siguiendo su hipótesis, han concluido que probablemente el tema de la brujería gozara en época moderna de un gran desarrollo entre unas gentes que pasaban de una sociedad campesina solidaria a una sociedad capitalista, cuya característica suele ser el individualismo. La hipótesis de Malinowski es interesante porque explica el renacimiento actual de la brujería en sociedades desarrolladas y tecnificadas pero en las que hace bien poco sus miembros todavía vivían en contextos rurales y campesinos.

Estaríamos en un error si creyéremos que brujos y hechiceros son personajes del pasado, de las sociedades rurales o campesinas de antaño. Muy por el contrario, la creencia en la magia y en la brujería son fenómenos transversales, que podemos hallar entre las multitudes urbanas, desde las universidades a los más lúgubres tugurios. Siendo yo profesor de la Universidad de Barcelona, en una encuesta realizada hace unos años entre diversos grupos del alumnado formado por jóvenes de clases medias de entre 20 y 24 años, a menudo se podian detectar estas creencias, fuertemente arraigadas en algunos de ellos. A todo este mundo no es ajena quizás la obra de J. K. Rowling, quien para elaborar el mundo de Harry Potter exploró este mundo de las tradiciones mágicas. En este sentido, no hace muchos años, la Biblioteca Británica trató el tema en un libro y en una exposición en la que se analiza la magia real que hay detrás de las novelas de Harry Potter.

Es conocida, por otra parte, la moderna versión de estas prácticas en algunas religiones neopaganas modernas, como la Wicca, religión sincrética cuyas bases fueron más o menos definidas entre los años 1940 y 1950. Sus adeptos son dualistas, es decir, adoran a una diosa y un dios, que encarnan las fuerzas de la naturaleza. Desarrollan pues una especie de panteísmo, como una fuerza impersonal. Sus rituales suelen relacionarse con los ciclos lunares —con la propia Luna— y con el Sol y, en función de su origen, desarrollan creencias mágicas. Hay que decir que, como no son prácticas jerarquizadas, hay muchas variantes, como la Wicca diánica, llamada también «brujería diánica feminista», que se basan en el llamado «evangelio de las brujas» y otras muchas.

Todas estas creencias tienen un gran paralelismo con las prácticas de brujería de la época romana ejemplificadas en la fuente santuario de Anna Perenna. A veces, cuando observo el florecimiento de este tipo de fenómenos en la sociedad actual, tecnificada y hedonista, intento recordar los Caprichos de Goya, en donde el pintor esgrimía la razón, que esperaba que todo el mundo entendiera, para exponer de forma cruda la miseria de la mente humana cuando está esclavizada por el instinto, la mentira o la ignorancia. ¡Pobre don Francisco de Goya! ¿Qué nos diría hoy desde la tumba?


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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