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Días de 2023 (18 y 19)

Nuevas páginas de un diario no diario de Avelino Fierro.

/ por Avelino Fierro /

18

Los prólogos en las novelas son innecesarios. Pero en el diccionario de María Moliner, esta es la primera acepción de la palabra: «En el teatro griego y latino, discurso que se recitaba antes de la representación de una obra explicándola, pidiendo benevolencia, etc.».

Y mi amigo Elías González Cano es actor de teatro. Y nuestra común amiga Ruth Miguel me insistió tanto… «Elías ha escrito una novela, es muy “elías”, se le oye respirar en todos los párrafos. Tienes que hacerle un prólogo».

Nuestro escritor me dice que pasó el confinamiento en Cabo de Gata, al cobijo de una familia que lo agasajó y que incluso le proporcionó la herramienta para escribir una novela, esto es, un ordenador.

Y lo que le fue saliendo —sigue diciéndome— fue un pueblo leonés que iba a ser anegado por un pantano, un par de hermanas ancianas y un modo de vivir típico de aquella zona, basado en la contemplación y el amor por la tierra. La novela lleva por título Como el mugido de una vaca pariendo, lo que le valió a nuestro autor algunas chanzas por parte de su padre.

Yo lo imaginé afanado en esta su primera incursión en la prosa. Traté de acomodar el cuerpo a una postura correcta para que las palabras aparecieran. Y le escribí esta parrafada a mano, sin ordenador.

El SUEÑO DE UNA NOCHE 

Aquella noche de verano, en su habitación cercana a la Glorieta de Embajadores, había decidido imaginar una trama, un lugar, y poner a vivir allí a sus propios personajes. Le costaba pensar: el calor, el cansancio, las palabras que todavía resonaban en su boca. Había tenido ensayo y la frase de aquella obra se le había quedado en las sienes retumbando: «Si de veras es amor, dime cuánto».

Estaba seguro de poder construir algo con las pavesas, con la sombra de aquellas palabras. De aquellos días de trabajo, de tanto repetir, habían quedado entre sus dedos virutas, esquirlas que caían al escenario como sobras de comida, una ropa vieja para alimentarse durante algún tiempo, para días de descuido sin nada en la nevera. Recordó la frase de Henry James: «Percatarse de los detalles y los trucos, del extraño e irregular ritmo de las vidas, ese es el intento cuya vigorosa fuerza mantiene en pie a la ficción».

Imaginaba y trazaba líneas que iban de un nombre a otro, de una idea a otra. Dibujaba esquicios y perfiles toscos. Apareció una casa y las cumbres contra el aire de un serrijón al fondo. Ruidos. Un rebaño de ovejas sucias. El quiconeo de las cigüeñas…

Imaginaba, pero no pensaba. Así se sucedieron unas cuantas noches. Algunas, la mayoría, arruinadas, sin apenas sentarse a la mesa para sentir las dificultades que le ponían las muy idiotas de las palabras. A él, acostumbrado a leerlas, a pronunciarlas, a acariciarlas. A él, a quien le iba desde hacía años la vida en ello. A él, que había salido de la casa de sus padres y había decidido ser otro tantas veces, vivir la incierta gloria, ingresar en el gremio de las gentes del teatro.

Pudo concentrarse en los días de menos cansancio, cuando volvía a casa más tranquilo, con todo bastante perfilado en los ensayos. Posaba la mirada sobre sus objetos, iba construyendo una maqueta de aquel paraje que cada vez aparecía con contornos más nítidos, con algunos figurantes escasos.

Hubo un momento en que los dejó caminar solos, no quería orquestar aquello en demasía. Sombras y claridades, conflictos filosóficos y berrinches insustanciales le llegaban como acordes y él ponía en la partitura sus ojos y su alma.

Para ello se escondía a veces, se anulaba, se echaba en tierra en un hondón, en una cárcava. Esa era una estrategia de la que sacaba bastante provecho en los días menos fértiles. Dejar que las cosas sucedieran sin él. Por allí bajaba un agua de aluvión con algunas piedras que brillaban. Una podía ser un rostro. Y así se le vinieron encima las dos hermanas de la historia que quería contar. Y hasta el nombre de aquella aldea de pocas casas. Se replegaba a veces, como Napoleón en Borodino, caminando todo el día de un lado para otro, y subiendo de vez en cuando a una colina para ver la batalla.

En otras ocasiones no se amilanaba y, sujetando por el cuello a alguna de aquellas presencias a medio hacer, las ponía aparte, las sacaba de la narración como un castigo, hasta que cuajaran. Que podía ser un personaje casi principal, pero también las gallinas que alborotaban en el patio, o las truchas, tencas, barbos y calandinos de aquellas aguas estancadas.

También acudía lo inexorable. Eso sucedía cuando se le venían encima los recuerdos de la niñez o frases enteras de la última novela de su padre. Y copiaba párrafos. «Ahora le hablaba del viento tramontano, del cura Quintín y de las horquetas, a él, que adora sobremanera su estructura plomiza y todo cuando le rodea: su belleza desmesurada, sobre todo en el instante de acoger en su hueco el último sol de cada día; la poza transparente, el paisaje agreste, salvaje, virginal, de su alrededor, la naturaleza en plena ebullición…».

Ideas y frases y lugares se alternaban en las primeras cuartillas. Le gustaba escribir a mano. Porque le parecía que las emociones, sobre todo, bajaban mejor desde la cabeza hacia los dedos y estos andaban más libres sin sujetarse en el teclado.

Eso era así. Algunos relatos eran los que a veces daban más codazos para sobresalir. Como aquel que  Gómez le contó una vez de un tiempo en el que no se estilaban los viajes entre la gente humilde y campesina, cuando habían bajado a Sabina desde Molinaferrera a la ciudad, al médico. Dieron después un pequeño paseo y la vieja se había arrodillado primero y luego había hecho muchas reverencias y se había echado al suelo para adorar el retablo y las luces de las vidrieras de aquella iglesiona tan imponente que era la catedral.

Esa era una buena imagen para aprovechar, para ilustrar el miedo al éxodo a la ciudad. Podría insistir también en ese mundo de pérdidas, en las vidas y formas rituales y monótonas –mágicas a veces– de la vida del campo. De la épica que nace en la aparente vulgaridad.

Se iba cerrando con el paso de los días un círculo, y en su órbita, como insectos en la telaraña, caían ideas que necesitaban de metáforas rebuscadas para salir a flote y mantenerse dignamente sin necesidad de auxilio –aunque sabía que lo novelesco tiene en la metonimia su particularidad–, o párrafos de sintaxis desnuda y cándida, zonas muertas sin intensidad para descansar la vista. También imágenes como la de las uñas siempre sucias de Severino, como si él mismo hubiera escarbado el hueco donde reposaría, y frases como la de Petra: «Me estoy acordado del vencejo del verano pasado», o esa que se instaló en la narración, que describe la llegada de la otra hermana al bar y que ya no hubo manera de desalojar: «Ahí viene un fuego fatuo».

Así se sucedieron los días. Iba allá por la página sesenta y tres de aquellos folios que le mecanografiaba quien había sido Cleopatra en la obra de teatro, cuando escribió que una de sus heroínas había proseguido su camino después de soltar algunas blasfemias, «con su conciencia cristiana bulléndole a borbollones en la parte de atrás de la cabeza, que es donde dicen que se agolpa la fe».

Descansó durante un mes y se fue de viaje al pueblo de su abuela, que ya estaba muy enferma. Desde allí se veía Peñacorada y la presa que habían construido hacía unos veinte años. Se cargaba de imágenes y de las palabras de la gente de aquel pueblo, de su imprecisa prosodia. Rodeaba las casas y miraba los huertos. Y a veces su espíritu se le subía alto y se ponía a echar ojeadas por los contornos como si fuera un milano.

Volvió a la ciudad. La vida seguía rindiendo con sus engranajes y minúsculos motores. A veces no pasaba nada. Se daba cuenta de que se resistía a abandonar la infancia. Caminaba entre lo real y lo que no lo era cuando escribía, entre lo certero, lo posible, las ilusiones; al fin y al cabo, dramatizaba. Pero no ignoraba —eso se lo había dicho Ruth,  a la que le enviaba algunas páginas— que allí estaba él, allí se expresaba con sus instintos y experiencias. Por mucho que se empeñara en ser imparcial, tomaba partido. Había leído en William Somerset Maugham aquello de que el escritor juega con los dados cargados.

Y seguía escribiendo. Y como dioses tutelares había prendido dos papelitos en el brazo de la lámpara. Uno con un parlamento del ya citado William: «Vivimos en un mundo turbulento, y el novelista tiene el deber de ocuparse de él. El futuro es incierto. Nuestra libertad está amenazada. Somos presa de ansiedades, miedos y frustraciones». Y más arriba —porque ya estaba allí desde el comienzo— otro que tantos citaban. Aquel de Dencombe, el escritor protagonista del cuento de H. James, Los años intermedios, que cerca del final se despide así: «Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión nuestra tarea. El resto es la locura del arte».

Todo había comenzado aquella noche del verano, con las palabras del amor cayendo de su boca, de vuelta del escenario a casa. Ahora el cielo estaba lleno de una luz borrosa y húmeda. Deshilachada. Un telegrama de las sombras. Y los recuerdos seguían llegando, como grumos, por el aire.

León, mañana de domingo, 12 de junio de 2022.



19

El acto de escribir te lleva ineludiblemente a la soledad. Sin embargo, nada hay más distinto a ese estar apartado de todo que el teatrillo y la charlatanería de los actos de promoción. De la parca luz del flexo y la habitación cerrada, a casi enseñar las vergüenzas. Y eso se agudiza en el escritor de diarios, que no vende ficciones ni mentiras novelescas, sino desazones y casquería del alma.

Terminas un nuevo libro y no puedes dedicarte a ordenar la mesa, ir al dentista o aplicarte a la lectura, que es lo que verdaderamente importa. No, queda la parte teatral, con las entrevistas, los actos públicos, la gira por provincias como los cómicos de la legua, o las bojigangas para hacer guiños cómplices a los posibles lectores, acercarte a ellos, hacerles sentir que si leen tu libro serán un poco más inteligentes.

Aunque luego, por fortuna, todo suele resultar bastante razonable. Buscas con el editor un escenario, fijas una fecha, vas contándolo a los amigos en los días previos, escribes cartas digitales…

En esta ocasión todo esto nos llevó a un espacio excesivo, un teatro grande, antiguo; un edificio con ese aroma de las sociedades recreativas y culturales de provincia, donde se sostiene en el aire ese pasado lleno de secretos de niñas burguesas, orquestinas de boleros y conspiraciones municipales.

Andaba uno muy atareado en esas fechas, pero el día antes escribí unas líneas —apresuradas y poco meditadas— para la ocasión. Y estaba preocupado porque me acompañaba y se estrenaba un grupo musical formado por tres jovencitas admirables, y yo quería que en su debut tuvieran un público diverso y hasta numeroso, más allá de las dos docenas de íntimos y familiares.

Y todo resultó finalmente bien. Los focos alumbraron el escenario, se dijeron palabras en favor de la cultura y otros anhelos —a veces con un nudo en la garganta, porque algunos recuerdos son muy cabrones—, las canciones de Maïalba nos embelesaron, y nos fuimos de allí contentos. En el viejo edificio quedaron flotando burbujas de cava con algunos buenos deseos y ensoñaciones.

                                   PRESENTACIÓN   DÍAS SIN ROSTRO,     29.XII.23

Gracias a todos los asistentes. Hay otros tantos que no han podido venir porque se han reunido en coros y orfeones, que en estas fechas tan propicias cantan villancicos sin descanso. Gracias a Héctor Escobar, amigo y editor, aunque algunas veces he pensado que quiere hacerse famoso a costa de mi salud, porque los libros puede que lleguen —o no— el mismo día de la presentación. Y un infarto por ese motivo de uno de sus escritores, le daría a la editorial cierta notoriedad provincial y hasta nacional, con el consiguiente aumento de ventas.

Gracias a Alberto Rodríguez Torices, maquetador exquisito, amigo también. Sólo le hice una sugerencia. Él se encarga siempre de los colofones, pero esta vez le indiqué que ahí podía ir una frase de Adam Zagajewski, poeta polaco fallecido en 2021, al que yo he leído con fervor.

Gracias a Fernando Ampudia, autor de la portada. Les recomiendo que intenten hacerse con sus servicios para crear el logo de sus negocios, de sus tarjetas de visita, de sus anuncios en televisión. Confeccionó, sin despeinarse, cinco portadas. Yo le hice alguna indicación que no contribuyó a mejorar ninguna, y lo único que queda de mi aportación es ese avión que rasga la cubierta. Con eso me dejó tranquilo, así es de elegante.

Gracias a Mar Astiárraga, mi mujer, mecanógrafa y correctora. Si no hay ningún ajuste de cuentas, improperios, huevonerías o anacolutos, se debe a ella.

Aunque, como le decía ayer en una entrevista para La Nueva Crónica, a su director David Rubio, hay excelente literatura alrededor de esas contiendas, de esas puñaladas. Hay muchos ultrajes e insidias en los escritores del 98. Baroja dice de Gómez de la Serna que no tiene gracia, que es de una abundancia fofa, un sinsorgo, como dicen en Bilbao. Luego, a Baroja le dan por todos los lados. Pla dice que lanzaba los adjetivos como los burros tiran los pedos. Umbral dijo que era una portera; Alberti lo pone a caldo en las coplas de Juan Panadero. A mí, Baroja me gusta mucho.

Juan Ramón Jiménez era tremendo. «Sensible limitado», decía de Azorín. Y de la poesía de Salinas, «voz de cornete de nariz». Luego se vuelven contra él los poetas del 27, poniéndolo como no digan dueñas. Todos recordamos otros enfrentamientos más recientes, como aquellos en las páginas de El País entre Marías y Muñoz Molina, o entre el primero y Andrés Trapiello.

Ya que estamos en época navideña hay unas coplas a un poeta y periodista de la Generación del 36, que a Julio Llamazares le gusta recordar: «En el portal de Belén, / habla Federico Muelas. / Cuando Federico acaba / los pastores son abuelas».

Doy también las gracias por su atenta lectura y sus acertadas sugerencias a nuestra amiga M. M. L. B. de Q., que no ha querido aparecer en los agradecimientos del libro.

Gracias a Eloísa Otero, mi editora digital en su revista Tam Tam Press por su amistad y por su gran labor en el día a día en pro de la información cultural de esta ciudad.

Y a Ursi, que ha creado un vídeo —como lo hizo para dos de mis libros La vida a medias y Contra tiempo— para proyectarlo en esta ocasión. No ha podido ser, debido a problemas técnicos. Gracias, Ursi.

Este será mi quinto diario. Pero es distinto a los anteriores, sin duda motivado por ese tiempo en el que está escrito. Hay anotaciones de los años 2020 y 2021, y también una larga introducción en defensa de la literatura y de la lectura. Es el texto que sirvió para el pregón de una Feria del Libro en compañía de mi amiga Marta Sanz. Y hay dos secciones más: «Textos dispersos» y «Migas de pan», escritos cortos, sin llegar a la brevedad del aforismo.

Defensa de la lectura, sí. Defensa de entrar en ese mundo en el que se obtienen grandes beneficios, donde se viven otras vidas. Y eso es un seguro contra la oxidación prematura. Defensa de las lecturas infantiles. Decía Gil de Biedma en su artículo «De mi antiguo comercio con los héroes», que a esa edad hay que leer apasionadamente; sólo se dispone de unos años, quien los desperdicie se habrá privado de la única profunda aventura de lector que a esa edad puede tener; su experiencia literaria y su experiencia de la vida quedarán para siempre incompletas.

Y lectura en papel. No hace mucho he podido hablar extensamente en un congreso sobre los menores, las redes sociales, los artilugios digitales y las consecuencias muy dañinas de su uso y abuso.

En el libro, las anotaciones de 2020 empiezan en el mes de mayo. Antes había estado empeñado en otros escritos. El día que empezó el encierro a causa del virus comencé a escribir cartas. Se publicaron en un epistolario, Estatuas de sal, en la editorial madrileña Franz. Es un libro hermoso, una edición muy bonita. Fue la editora la que eligió el título al leer los párrafos finales. Allí decía yo, en tono pesimista, que cuando todo acabara no escudriñaríamos en nosotros mismos, ni cambiaríamos nuestra vida, como nos pide Rilke en el verso final de su poema «Torso arcaico de Apolo». Porque sentiríamos miedo a quedarnos rezagados en esta carrera sin sentido. Ni siquiera miraríamos hacia atrás, temerosos de convertirnos en estatuas de sal.

Ese libro está dedicado a mi padre. Mi padre falleció el 19 de abril de 2020. A veces pienso que sigue por aquí, revoloteando. Estuve a solas con él un par de días en el hospital. Recogí sus cenizas y no hubo nada más. Parece que no ha sucedido. En el libro escribí algo sobre el día que llevamos las cenizas al cementerio un par de meses después, sobre las gotas de lluvia que cayeron, sobre las palabras de mi hermano, sobre el vacío de Dios, que no estaba por ninguna parte. Puede que la escritura sirva para consolar, que ayude a sobrellevar los malos tragos. Para aflojar ese nudo que se te pone en la garganta.

Y se cierra con esa cita de unos versos de Zagajewski. Mi padre influye en mi escritura a través de los recuerdos. De ese pasado suyo y mío que tiene que ver con lugares pobres, maderos viejos y tapiales, bocanadas de campo y tierra mojada, álamos vibrando, luminarias. La infancia, para resumirlo todo.

Y también influyen los poemas del escritor, nacido en Lvov en 1945. Os leo uno que tiene que ver con su infancia. Escuchad.

ÚLTIMA PARADA

El tranvía pasaba por delante de unas casas rojas.
Las ruedas en las torres de la mina giraban
como un carrusel en un parque de atracciones.
En los jardines crecían rosas sombreadas de hollín,
en las pastelerías las avispas se enojaban
sobre la cobertura dorada de un pastel.
Tenía quince años, el tranvía iba
cada vez más rápido por los barrios,
en los prados veía hierba centella amarilla.
Pensaba que en la última parada
se revelaría el sentido de todo,
pero no ocurrió nada, nada,
el conductor comía un bocadillo de queso,
dos mujeres mayores hablaban en silencio
de los precios, de las enfermedades.

Y así, buscando la palabra exacta de la escritura, los verbos para animarla y los adjetivos para calificarla, fui anotando en ese tiempo el difícil respirar del mundo, que era como un eco del tamborileo de la muerte. Quise registrar en el papel las idas y venidas del miedo, la acidia y quebranto de aquellos días a la espera de la piedad de un dios, respirando una luz oscura. Tantas veces solo, mirando el destello horizontal y desmayado de las tardes. Temor y temblor. Y anotaciones sobre esos dos años insólitos y salvajes. Y otros textos, fragmentos de horas, jornadas o noches que no acabaron de escurrirse entre mis dedos. En unos percibiréis un murmullo, un tintineo; en otros, al recorrer su camino y entre una nube de polvo, podréis oír cómo en aquellos días creció el silencio.

Escribir, decía más o menos Carmen Martín Gaite, es como coser, dar una puntada tras otra, sean vainicas o recuerdos. Hay que tener una cierta disciplina sobre las intuiciones, es como ordenar un cuarto donde todo está patas arriba, seleccionar, marcar y doblar historias, coserlas con un buen hilo, adoptar una postura correcta del cuerpo, esperando que se despliegue la memoria.

Recuerdo leer mucho en aquellos días de encierro obligado. Las Meditaciones de Marco Aurelio, a Horacio, a Ceronetti, a Natalia Ginzburg… Hay un párrafo en su libro Las pequeñas virtudes que retrata un momento parecido al que vivimos aquellos meses. Este texto yo lo leía el 18 de abril de 2020; lo tengo anotado, soy un tanto metódico con mis lecturas, metódico o maniático. Su título es «El hijo del hombre» y dice así:

 «Ha pasado la guerra y la gente ha visto derrumbarse muchas casas, y ahora ya no se siente segura en su casa como se sentía tranquila y segura antes. Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca. Quizá tengamos otra vez una lámpara sobre la mesa, y un jarrón con flores y los retratos de nuestros seres queridos, pero ya no creemos en ninguna de esas cosas, porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o las buscamos inútilmente entre los escombros».

Ah, también hay dos cuentos de cierta extensión. Me preguntaban para esa entrevista en La Nueva Crónica si no me atrae el escribir una novela. Y yo respondí que entre novelista y diarista tampoco hay mucha diferencia. Corpus Barga decía que los memorialistas —y yo meto aquí a los diaristas— tienen muchas similitudes, ambos escriben por lo que han visto, oído y leído. Pero el novelista da cuenta de un mundo, y en la autobiografía el autor se cuenta a sí mismo.

Uno hace lo que hace porque va en busca del calor, de la aceptación de los lectores. Son maneras de vivir que no dan para vivir, como decía Larra. Pero dan para soñar.

Voy a leer ahora algún fragmento del libro Días sin rostro. He dudado mucho al seleccionarlos. El primero tiene que ver con aquellos días de incertidumbre, de miedos y enfermedades.

«En esta tarde de Sábado de Pasión me había quedado dormido en el salón, mientras sonaba el Winterreise schubertiano. Me sobresalté una de las veces en que abrí un poco los ojos: había oscurecido y una luz fría venía desde el cielo e iluminaba parte de la mesa y el jarrón con tulipanes. Les había quitado su color, eran flores mustias, tristes flores ajadas de camposanto.

Han sido días de lentitud obligada y, a veces, de preocupación. Afortunadamente los padecimientos físicos han sido escasos. Mar quizá ha llevado la peor parte, pues una tos persistente le desencajaba las juntas de la cabeza y le causaba dolor. Hemos estado controlados médicamente. Carmen y Conti llaman a diario y nos recuerdan que a pesar de estar los dos contagiados, no debemos estar juntos; que nos hidratemos, que ventilemos, que controlemos la saturación de oxígeno con ese aparato que se ciñe al dedo, que nos pinchemos heparina a diario. Ojalá estemos ya en el ecuador.

A veces no se tiene conciencia del paso del tiempo ni de sus intervalos, como les sucedía a Hans Castorp y los internos en el Sanatorio internacional Berghof, en la novela de Mann. Uno se queda mirando cómo amanece o cómo muere el día; cansado de rumiar sobre el destino, de leer, de pensar —eso me sucedió en un momento de flojera— quién se quedará con los cuadros, con algunas colecciones de libros y discos de rock and roll. El parte médico habitual se parece bastante a este que acabo de enviar por wasap a Eduardo: «Siesta por la mañana, siesta por la tarde. Bacalao al mediodía y creo que pollo al curry por la noche. Schubert por la mañana y Kurt Weill por la tarde. No fiebre, no sexo. Cernuda y Paco Umbral». Todo regado con unas gotas de constante preocupación.

Los amigos se han portado bien, no han dado la tabarra y se han coordinado en la ayuda al desfavorecido. Han llegado sigilosos y han depositado víveres y presentes a la puerta de casa. Cada ciertas horas abrimos para ver esa afirmación de solidaridad: un pollo de corral guisado, pastas y dulces, el periódico que trae a diario Julián, algunos discos, empanada, un quiche, esa crema buenísima y algo picante de no se sabe qué con sus picatostes, bacalao, el bizcocho relleno de frutas, flores… Le hemos dicho a Marta, nuestra hija, que se limite a traer pan cada dos días.

Así las cosas, los sueños tendrían que ser agradables. Pero no es el caso. Los bichos siguen incordiando, sobresaltándonos. Como para recordarnos que la vida sigue pendiente de un cierto azar, que continúa sin espantarse del todo la incertidumbre».

El segundo fragmento que leeré es una estampa rural. Algo pegado a la tierra y a los antepasados.

«La luz se vuelve indecisa en sus tareas hacia finales de mayo. Lo he visto bien esta tarde al venir por la carretera vieja de los páramos tras visitar a mis padres. No sabía a qué atenerse: si a los brotes verdes de la tierra, a las horas que se entretienen y arañan más minutos de esta claridad, a un tapial desmoronado que se pinta de carmín, al agua embozada de una charca… El sol a media altura juega con las nubes, las traspasa y hace que se ruboricen de rosa en su costado, Todo parece en calma, mas a veces late por sí mismo el campo. Y escudriña el porvenir, o se inmola en el pasado. De pronto, el aire se ha espesado y todo parece aturdirse. Perturbaciones en lo sólido. A lo lejos, en la dirección de las naves industriales, una especie de humareda asciende hacia el cielo como un tornado. Gira y gira. Es densa, oscura; también translúcida en algunos tramos, con reflejos nacarados. Sé que es ahí donde se mezclan los anhelos infantiles y el sonido de algunas canciones. Y en la zona grumosa y casi negra van las derrotas de la historia de estos pueblos tristes y pobres, revueltas con los rencores mal enterrados, las mentiras de la religión, el quejido de los animales, algunas llagas. Toda esta planicie está jadeando ahora. Hoy lo he vuelto a ver. Voy despacio…».



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Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas. También ha publicado Estatuas de sal: cartas (2020) y Calendario (2021).


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