/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Europa ha sido una construcción lenta, con etapas a veces duras y a veces triunfales; su unidad, siempre perseguida y raras veces alcanzada. Uno de los momentos claves para comprender la Europa actual es el Congreso de Viena, que ordenó el continente después del vendaval que representaron la Revolución francesa y Napoleón I. En Viena se sentaron las bases de una alianza política entre las potencias vencedoras de las guerras continentales, que incluía una estructura de cooperación militar para mantener el statu quo de una Europa absolutista, reaccionaria, legitimista. Se pretendía que el tiempo transcurrido entre 1789 y 1814 fuera borrado de la historia. El ideólogo y principal artífice de todo ello fue Klemens von Metternich.
Cuando en 1815 los soberanos y embajadores extranjeros que habían estado en el congreso discutiendo y pactando las bases de la nueva Europa volvieron a sus capitales, el ruido de las armas había enmudecido, y Europa parecía definitivamente apaciguada. Los vieneses volvían a pasear por las calles de la pequeña capital imperial. La Viena de entonces, entre 1830 y 1850, era una ciudad pequeña si la comparamos con las de hoy, y estaba compuesta por trescientas o cuatrocientas familias. El circuito de la muralla, que se había transformado en magnificas terrazas, se podía recorrer tranquilamente en cuarenta y cinco minutos. Pegados a ellas había un gran número de bastiones, bosquecillos y jardines por los que los vieneses paseaban.
En el interior del recinto hoy derribado y sustituido por los bulevares del Ring, se hallaba el Palacio Imperial, la catedral de San Esteban, los grandes palacios de la aristocracia imperial, muchas iglesias, capillas y plazuelas públicas con pequeñas fuentes barrocas; mientras que en los fosos de la muralla, transformados en paseos exclusivos y elegantes, circulaban los coches de caballos con sus elegantes jovencitas, que despues del paseo se desperdigaban por el Prater y en los días soleados disfrutaban de la vida campestre, al aire libre.
Este era el ambiente del canciller Metternich, que elegantemente vestido acudía a los salones de banqueros tales como los Eskeles, Arstein o Geymuller, llenos de mujeres encantadoras, en donde los valses de Johann Strauss o de Josef Lanner les hacía balancearse dulcemente. Y sin embargo, bajo aquella apariencia dulce y encantadora, había un hombre frio, metódico, terriblemente conservador, cuya misión era impedir que nada cambiara. Dicen que cuando un día un viejo diplomático le preguntó: «Mi Príncipe, ¿qué haríais si no estuvierais activo?», él le respondió, algo irritado: «Admitís un caso que es imposible». En efecto, Metternich se creía casi eterno, como un dios que garantizara el orden europeo. Instalado en la Cancillería de la Ballhaus-platz, mantenía firme el timón, controlando incluso los ejércitos de la Santa Alianza que había ideado para mantener el orden de la Europa reaccionaria. Se jactaba de ser canciller durante más de veinte años y, en ese tiempo, de haber conocido más de veintiocho ministros franceses.
En todo este tiempo, jamás pensó que algún día podría ser desalojado del poder. No vio los síntomas de la tormenta que se abatía sobre Europa cuando en 1846 hubo la sublevación de Cracovia, un sangriento conflicto estalló en Suiza un año después o se produjeron disturbios en la Roma de Pío IX mientras que en toda Italia (todavía no unificada y sujeta en parte bajo dominio austriaco) aparecían eslóganes contra los tudescos. Incrédulo asistía al hecho de que en la Dieta húngara dominaran los diputados radicales, los checos se inquietaran, en Croacia y Bohemia se extendiera un movimiento nacionalista y en la propia Viena, bajo las ventanas de su palacio, hubiera fuerte agitación estudiantil. Dicen que incluso Liszt, en el salón de la princesa Melania, se atrevió a decir: «Querida princesa: podéis elegir. O una constitución para Austria, o no toco una sola nota más».
Con todos estos signos alarmantes de cambio, Metternich en 1847, cuando poco se podía hacer ya para impedir los cambios revolucionarios, dicen que exclamó: «Yo no soy un profeta sino un viejo médico: sé distinguir las dolencias pasajeras de las enfermedades mortales, y esta es una enfermedad mortal». Y no se equivocó. Un año después, en toda Europa estallaba la Revolución, conocida como la primavera de los pueblos. No pudo detener el torrente revolucionario, que engulló a la propia capital imperial y a él.
Metternich tuvo que huir de Viena a escondidas, como si fuera un delincuente, abandonar Austria y atravesar Alemania. Huyó del continente y se refugió en Inglaterra, aquel país extraño para él, en donde se gobernaba de acuerdo con un Parlamento, lo que él siempre negó a Europa. Años despues, en 1856, el barón Hübner, que lo había visitado, comentó que, al marcharse, el viejo le repitió diversas veces: «Yo he sido una roca del orden». Hoy su palacio en Viena es la sede de la embajada de Italia, el país que siempre quiso impedir que se unificara.
¿Por qué les cuento esta historia hoy aquí? Porque no hay rocas capaces de detener un torrente. Las grandes inundaciones provocadas por los torrentes solo se pueden contener veinte años antes de que aparezcan, aderezando y protegiendo el cauce. Europa, este espacio de aparente tranquilidad y encanto, debería tomar buena nota de esta historia lejana.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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Gracias por la historia, me ha resultado muy interesante observar el cause saltando sobre la roca.