Laberinto con vistas

Trágico esplendor

«La imagen del poder encandila», escribe Antonio Monterrubio en este artículo sobre tres monumentos de París que le parecen no solo «estéticamente dudosos, sino éticamente manchados».

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La imagen del poder encandila. Su puesta en escena seduce. A decir de Parisworldwide, los tres monumentos más visitados de Francia en 2018 fueron, por este orden, la basílica del Sacré-Cœur de Montmartre, el Palacio de Versalles y la Torre Eiffel.

Recapitulemos. La primera es de una sobresaliente vulgaridad arquitectónica; siempre me ha parecido una pièce montée. Existen docenas de iglesias de mayor categoría en París y alrededores. En las vidrieras de la Sainte-Chapelle, hay más belleza de la que los constructores de este templo jamás pudieron soñar. Pero su edificación no tenía nada que ver con la estética. Era un homenaje que la burguesía se ofrecía a sí misma tras el aplastamiento de la Comuna en 1871.

Oficialmente, se trataba de un desagravio de los católicos franceses por las iglesias dañadas durante la revuelta. En la práctica, se levantó sobre un río de sangre: la de los caídos en combate y los asesinados en el muro de los Federados. A tenor de los datos oficiales del Gobierno de Versalles, los fusilados fueron 17.000. Historiadores neutrales consideran esta cifra notablemente baja. De mayo de 1871 a diciembre de 1874, se llevaron a cabo 24 consejos de guerra que pronunciaron 13 480 condenas. Entre los acusados figuraban 132 mujeres y 80 niños.

Como muestra de la infamia que presidió la represión, citaremos una trágica anécdota. El general Galliffet hizo salir de las filas de los prisioneros a los que peinaban canas. Quizás creyeron que su edad iba a salvarles la vida. Pero era una ignominiosa ocurrencia del espadón de la burguesía. Ordenó que los fusilaran primero, pretextando que seguramente ya habían participado en la revolución de 1848.

Versalles es igualmente un complejo megalómano al servicio de un poder absolutista que beneficiaba al cogollito social mientras la mayoría de los franceses vivía en la miseria. Los rayos del rey sol no calentaban en las campiñas esquilmadas o en los depauperados arrabales de las ciudades. Vemos lujo y ostentación; pero la belleza, avergonzada, se ha ausentado del real sitio, dejándolo desnudo.

La Torre se erigió en 1889 con motivo de la gran Exposición Universal. No cabe duda de que es un logro de la ingeniería decimonónica. Estéticamente, en cambio, el monumento es discutible. Nos sentimos tentados de dar la razón a Maupassant cuando declaró que comía en el restaurante alojado en su interior porque era el único sitio de París desde el que no tenía que soportar semejante visión. Según parece, su vulgaridad le machacaba el cerebro. Con todo, el gigantesco pisapapeles cumplía a la perfección con su objetivo, mostrar la pujanza política y económica del país, es decir de su alta burguesía.

Entretanto, miles de familias humildes se apiñaban en infectos tugurios de los suburbios o incluso del centro de la ciudad luz. Guetos insalubres como la Cité Trébert en la puerta de Asnières o el barrio de Les Halles eran focos de infección. En 1882, la fiebre tifoidea causó 3352 muertes en la capital. A los dos años, el cólera se llevó a casi un millar de desgraciados. En 1892, una nueva epidemia de Vibrio Cholerae terminó con la vida de 906 personas, y otras 1797 en el departamento del Sena.

Si la situación de los habitantes de esos hediondos lugares era dramática en sí, se añadía el desprecio con que los obsequiaban los acomodados. La Zone, un cinturón defensivo ya inútil después de la guerra francoprusiana de 1870, fue colonizada por gentes de abajo, proletarios del montón. Hasta su arrasamiento en 1925, este «territorio de los apaches […] obsesionó la imaginación de los parisinos respetables» (Historia de la vida privada, vol. 9). Sin embargo, sus moradores trabajaban regularmente, y era más saludable que muchos barrios de París. Pero hasta hoy, zonard ha sido sinónimo de arrabalero, desaliñado, paleto y semidelincuente.

Esos monumentos pasto de turistas no son solo estéticamente dudosos, sino éticamente manchados. En el país que probablemente atesora el mayor número de obras de arte extraordinarias de todas las épocas y estilos, el favorito es el Coliseo de Roma. Allí se exhibía lo más detestable de la civilización romana: el desmesurado gusto de patricios y plebeyos por la sangre derramada. Es el espectáculo del poder el que arrastra a las multitudes, no la belleza ni la bondad.

Si al lado de tales fastos, el mundo de los pobres carece de glamur, entre la sombra, el polvo y la penuria alumbra a veces la ambición de ser otra cosa. Los sueños van más allá de unas vacaciones en la playa para toda la familia. Hay quienes reivindican su dignidad ética sin desalentarse ante fracasos y sinsabores. La Selma interpretada por la camaleónica Björk en Dancer in the dark de Lars von Trier es un buen ejemplo. Mujer, inmigrante y discapacitada, no parece destinada a grandes empresas. Sin embargo, esta heroína trágica caída en un musical es portadora de una tremenda nobleza. Es una mártir por amor, materno en este caso, al igual que la Bess de Rompiendo las olas lo es del conyugal. Pero la anima una férrea voluntad de vida. Cuando surgen los problemas, se vive como protagonista de un espectáculo creado por ella misma, y todo adquiere tintes de milagro.

Raramente el cine nos ha dado una crítica tan acerba y atinada de la alienación laboral en el modo de producción capitalista. La deshumanización se muestra en su oscuro y trágico esplendor. La película pone de manifiesto la separación radical entre el obrero, los frutos de su trabajo y la forma en que se realiza. Selma representa una bondad y una inocencia que no tienen cabida en la sociedad que habitamos.

Lo he visto todo, he visto la oscuridad
y en un rayo de luz la total claridad
He visto cuanto necesitaba y he deseado
Querer ver más sería osado.

Se ofrece en sacrificio tras una vida en la que el dolor de existir no ha podido arruinar su generosidad y su alegría. Probablemente los mansos nunca heredarán la Tierra, pero son ellos los que hacen llevadero el peso del mundo.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


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1 comment on “Trágico esplendor

  1. Agustín Villalba

    Esperemos que el próximo artículo del sr. Monterrubio no comience con un error gordo: el monumento más visitado en Francia en 2018 no fue le Sacre-Coeur sino Notre-Dame – más de 14 millones de visitantes. (A no ser que más que un error sea la aplicación del célebre proverbio periodístico: «No permitas que una verdad te estropee un excelente idea de artículo»).

    Y sobre todo esperemos que su próximo texto trate de la fabulosa arquitectura (de una belleza excepcional y un gusto exquisito) practicada en el siglo XX en los países comunistas y enteramente construida en nombre de la justicia social y gracias a la ausencia total de miseria que reinaba en dichos países a consecuencia de una economía anticapitalista floreciente.

    Para arquitectura estéticamente sublime y éticamente inmaculada, la rumana de Ceaucescu con su Palacio del Pueblo, que necesitó la demolición de doce iglesias, dos sinagogas, tres monasterios y más de 7000 casas y costó varios miles de millones de euros a un país económicamente en ruinas.

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