/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
En julio de 1941, Hitler, eufórico a causa de las victorias militares que le habían proporcionado de facto el control continental —excepto Gran Bretaña— hablaba para sus invitados y amigos sobre el Imperio británico y Europa, en una animada tertulia en su casa de Berchtesgaden, en el idílico paisaje alpino. Imaginaba un continente poblado de gentes de raza aria, en donde los forasteros serían seres exóticos, y decía a sus contertulios: «Una vez al año pasearemos a una banda de kirguises por la capital del Reich, con el fin de impresionar su imaginación con la grandeza de nuestros monumentos». Pero, al igual que algunos de nuestros conciudadanos y dirigentes políticos, él creía que «Europa no es una entidad geográfica: es una entidad racial. Se comprende ahora por qué los chinos se encerraron detrás de una muralla para protegerse contra los mongoles […] ¡Creo que la mejor muralla será siempre una pared de pechos!». Para ello propugnaba, en otra célebre noche de tertulia en julio del mismo año, que «lo esencial para el porvenir es tener muchos hijos. Todos deben estar persuadidos de que la vida de una familia solo está asegurada a partir de cuatro hijos. Se trata de un principio que nos se puede olvidar. Cuando sé que una familia ha perdido dos hijos en el frente, intervengo inmediatamente». Hay que repoblar Europa de europeos: este era el lema de Hitler. Y de estos millones de seres, «dentro de cien años su lengua será el alemán. Tendrán que aprender alemán para comunicarse con nosotros». El dictador alemán también discutía los límites de Europa cuando afirmaba que «la Europa antigua limitaba a la parte sur de la península griega. Después, Europa se confundió con el Imperio romano. Si Rusia sucumbe en esta guerra, Europa se extenderá al este hasta los confines de la colonización germánica. En estos territorios, sustituiré los nombres geográficos eslavos por nombres alemanes y Crimea se llamará Gothenland».
La idea que los nazis se formaron de Europa no era distinta de la que tenia Napoleón Bonaparte. Él decía a menudo, por ejemplo en 1811, que «hay en Europa treinta millones de franceses, quince millones de españoles, treinta millones de germanos; yo quiero unir cada uno de estos pueblos en un solo cuerpo nacional». El corso basaba su idea de Europa en la Ilustración, un código civil uniforme, un sistema educativo eficaz —pero a la francesa— y un poder del Estado que garantizara la seguridad colectiva. Pero la idea napoleónica de Europa se basaba en las conquistas militares, al igual que la de Hitler; serien ellos los que concedieran o negaran discrecionalmente derechos a los europeos sometidos a su dominio. A los españoles les dio, según sus palabras, la Constitución de Bayona. Sin embargo, obsérvese que Napoleón era corso, y durante su juventud había defendido el derecho de los corsos a resistir a los franceses; y que Hitler también fue un joven nacionalista austriaco —no alemán—. Ambos se convirtieron posteriormente en adalides de unas ideas nacionalistas de cuño imperial que situaban respectivamente en Francia y en Alemania.
Por dos veces la idea de Europa se ha apoyado en la fuerza de las armas. Pero la Europa nacida del Tratado de Roma ha querido fundamentarse en ideas pacificas, de libre comercio, de igualdad de derechos, de libre circulación de personas, de supresión de fronteras interiores, de ayuda a las zonas más desfavorecidas hasta que se equipararan con las más prósperas, se seguridad social, sanidad pública e incluso una moneda única. En este territorio de Europa no se admiten discriminaciones basadas en la religión, la etnia, la raza o la lengua. La Unión Europea es esto. Pero todos estos avances sociales no son permanentes e inmutables; los pueblos avanzan y retroceden en derechos y depende de sus ciudadanos que los quieran conservar o no. No es este espacio europeo un espacio idílico; tiene muchas carencias, es imperfecto, débil, vulnerable, pero el mayor peligro reside en el interior de sus fronteras: son quienes como Hitler pretenden que Europa sea, «no una entidad geográfica, sino una entidad racial»; los europeos que hoy piensan que el Viejo Continente se está debilitando e incluso degenerando a causa de los inmigrantes.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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