Narrativa

La fábula de los valientes

Mariano Martín Isabel reseña 'Cáncer Imperátor', de José Antonio Abella, fábula de rebeldes celulares y policías leucocíticos de un organismo afectado por el cáncer.

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

Cáncer Imperátor no tiene la complejidad, ni tampoco el saber enciclopédico, que tiene Agnus diaboli; pero sí el enfoque claro y preciso del objeto bien enfocado. No vemos claridad en las cosas claras cuando no sabemos mirar, y más si saltan a la vista. Cáncer Imperátor es una fábula; pone el objetivo en las cosas sencillas que nosotros complicamos al verlas, y confundimos la claridad que tienen los objetos con la que hay en nuestros ojos (a veces es oscuridad). Un laberinto es una obra complicada, oscura y sin sustancia; Agnus diaboli es una obra interesante, compleja y clara; y Cáncer imperátor es sencilla, tiene mucha sustancia y además es clara.

Empieza describiendo el funcionamiento del cuerpo humano comparándolo con un imperio. Las células más humildes, las que trabajan en las cloacas del organismo, se rebelan un día y combaten contra soldados vestidos de blanco (los leucos, con sus cuerpos de élite de neutros y linfos). Su capacidad reproductora es tal, que el jefe supremo de la policía ha de recurrir, para suprimirla, a envenenar las vías fluviales (la quimioterapia); le sigue un tira y afloja entre el cerebro (representado aquí por el emperador, que tiene sensibilidad de poeta), y la fuerza (representada por la policía, de una inteligencia desprovista de sensibilidad). Pese a los intentos conciliadores del emperador (en contra de su propia policía), y con la poca inteligencia de los rebeldes (que no comprenden que les conviene negociar), las células cancerígenas del cuerpo (los intus, que viven en lo más profundo) pierden la guerra.

La alegoría sirve a José Antonio Abella para lanzar al lector un mensaje de esperanza; un lector que es un enfermo de cáncer (así se dice en la dedicatoria: «a ti, que tienes en tus manos este libro, y sabes por qué»). La esperanza se basa en la lucidez. Primero es un aviso (al cáncer lo traen el exceso de alcohol, de tabaco, los alimentos procesados, el exceso de grasas y «la falta de espíritu»: p. 87); luego, una certeza («la duda es la expresión de tu inteligencia: solo quien no piensa no duda»; y por tanto «el miedo» es un «escudo para afrontar la lucha con la prudencia del que quiere vencer, no con la temeridad del que se lanza locamente a la batalla»: p. 92). Finalmente llega el principal mensaje de la novela: no calles nunca porque «las palabras guardadas en silencio […] se irán pudriendo y te acabarán envenenando»; comparte tus sentimientos con tus amigos; el cáncer no puede vencer sin derrotarse a sí mismo; porque tú, lector, luchas por la vida mientras que el cáncer lucha por la muerte: no puede vencer.

Unas metáforas llegan a ser poéticas («la pena afloraba en su rostro como las nubes que van cubriendo el cielo en los días de tormenta»: p. 25); otras son inquietantes («temblaba […] como tiembla una araña en la agonía de una mosca», p. 55; «las abejas del estómago asomaban a los ojos», p. 59; «¿hasta cuándo podían crecer y replicarse? ¿Hasta que las paredes los apretaran como quien estruja en su puño a una cría de gorrión?», p. 70; «las hojas […] estaban limpias como dientes de muerto», p. 73); en otras se nos dice que la humildad no es sumisión (cuando se disfraza de «humilde campesino que hablaba como si en cada palabra estuviera pidiendo perdón», p. 84); en otras se anuncia la alegría («los campos de cereal estaban rubios como la miel de las abejas», p. 88); y en otras, por fin, se afirma la voluntad («soy el general de mi corazón, el señor de mi cuerpo, el capitán de los soldados que corren por mis venas, el amo de mis emociones y de mis pensamientos»: p. 92). Las metáforas recorren el libro, desde las primeras páginas hasta las últimas, revelando sucesivamente melancolía, tristeza, inquietud, alegría, fuerza, siguiendo los altibajos por los que pasa la propia historia; el contenido, efectivamente, tiene su perfecta traducción en el tratamiento de la forma.

Este libro es un diálogo entre el texto y sus ilustraciones (puesto que las imágenes también son obra del autor). Algunas veces (como sucede en las páginas 46 y 81) las imágenes se limitan a reproducir el texto; otras (página 71) la imagen es una metáfora del texto, que a su vez es también una metáfora; y otras (página 60) el texto es más rico que la imagen (la expresión «veneno salvador» es un oxímoron y la imagen es una ilustración del veneno, pero no de la salvación); en ocasiones también (como sucede en la página 35) hay un contraste elocuente donde la imagen muestra cosas que no están en el texto, haciendo evidente que ambos son inseparables (el emperador dice «no añadan más dolor al dolor», y la imagen muestra a los soldados riendo a mandíbula batiente): lo que sugiere que una edición no ilustrada de este relato perdería mucho en capacidad expresiva.

También hay casos donde una imagen aparece dentro de otra imagen: en la página 14, por ejemplo, el texto habla de la puerta de Bucca y la imagen muestra unos dedos sujetando una foto que reproduce la puerta de Bucca; este efecto llega a la autorreferencia cuando, en la página 93, el pie de la foto muestra una mano que sujeta un libro que contiene una foto cuyo número de página es consecutivo de la página anterior del libro que estamos leyendo, y cuyo pie de foto no está en el libro que leemos, sino en el que lee el personaje cuyos dedos sujetan la foto; al tratarse de un libro de otro libro el estilo de la imagen pierde definición, ajustándose a la perspectiva del detalle tal y como la teorizaba Leonardo da Vinci. A diferencia de otras imágenes, como la de la página 82, donde el juego de la luz y el color busca la perfección en un resplandor que a uno le puede hacer pensar en la Llama de amor viva. El libro, en fin, está enmarcado entre una rosa roja (página 5) y un fusil reposando sobre rosas (página 94) en lo que parece una evocación, más que evidente, de la revolución de los claveles. La complejidad de la trama se apunta siempre sin complicarse.

Y no se complica porque el tiempo del escritor cada vez se iba acortando. El escritor necesita tiempo para que sus obras salgan a la luz. A veces languidecen las ideas cuando nos sobra tiempo y a veces se contiene todo el tiempo en un segundo: y es un destello en el que, súbitamente, fulgura la idea que esperábamos; otras veces el tiempo ya no nos fecunda, y el cuerpo que lo transporta no tiene fuerzas para seguir avanzando.

El corazón del cíclope tuvo que esperar quince años: el impulso creador se agotó de repente; y fue en los días de quimioterapia cuando la mente del escritor, cegada por un destello, encontró la continuación de aquel relato; un relato que se negaba a proseguir: El corazón del cíclope creció hasta su final en los difíciles momentos de resistencia contra el cáncer. He aquí cómo a veces surge, de manera inesperada, la llama que aviva las ideas que se han dormido en el corazón, y que no encontraban puerta para salir.

Así resistió el escritor durante dos años: agotó hasta el último aliento su esperanza de vida, la hizo fecunda. El tratamiento lesionó su piel, hizo difícil que sus dedos tocaran el teclado; su mente, por aquel entonces, fluía de ideas pero su cuerpo no aguantaba; el cuerpo, el heraldo de la mente, no pudo llevar al papel los anhelos del cerebro, otros dirían: de la musa. La técnica entonces sirvió de puente entre la mente, el cuerpo y el mundo, y compuso música; también se volcó en la creación de imágenes (quizá como recuerdo lejano de sus tiempos de escultor): todavía pudo componer palabras y escribió un par de novelas; pero la mente cansada, y el apremio de la enfermedad (que en su caso no tenía cura), le quitó el flujo de las ideas, cuerpo y mente cansados; las ideas estaban en la fuente sin poder salir. Y entonces, a falta de trabar en su complejidad los hilos inspirados de un telar laberíntico (como pasó con Agnus diaboli), tuvo que limitar la claridad a las ideas sencillas: siempre bien elaboradas, pero ahora con tramas de menor elaboración.

Por eso Cáncer Imperátor, quizá su última obra, posee la sencillez de los clásicos; alejada de falsas complicaciones pero también privada, muy a su pesar, de la claridad de lo complejo. La misma soltura mueve al genio con las pequeñas tramas que con las grandes; y junto a sus grandes obras nos entrega lo que, no sin injusticia, podríamos llamar obra menor. José Antonio Abella nos está dando su última lección: que el minimalismo vence a la adversidad cuando nos faltan fuerzas para construir catedrales; y las obras mínimas poseen la misma dignidad que las catedrales.


Cáncer Imperátor
José Antonio Abella
Valnera, 2024
96 páginas
20 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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