/ por Pedro Luis Menéndez /
Maru Bernal, barcelonesa que reside desde hace más de treinta años en Cantabria, ha sido actriz, dramaturga y directora del grupo Eos Theatron. Como poeta, obtuvo con su poemario No todos volvimos de Troya, que reseñé en estas mismas páginas, el XXV Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Publica ahora Rumores yámbicos, XI Premio de Poesía Amantes de Teruel, ambos editados en Reino de Cordelia.
En su nuevo libro sigue buceando en el mundo clásico, esta vez con un particular homenaje a las Heroidas de Ovidio. Ya señalé, en relación con su libro anterior, que «los versos de Maru Bernal juegan a establecer su propio diálogo entre el mundo antiguo y el nuestro, que tan cerca se encuentran en realidad, aunque también nosotros juguemos a esa ficción de la lejanía del mundo clásico. Y juegan con su métrica, con su vocabulario, con su precisión de artesana o de orfebre, o de ambas cosas».
En Rumores yámbicos nos encontramos con un poemario epistolar de mujer a mujer, cartas íntimas que, en palabras de la autora, son «una ventana a todas las mujeres de mi familia, a sus heridas, a su coraje, a su determinación por seguir apostando por la vida».
Hablamos con Maru Bernal de esas ventanas y, sobre todo, de esos diálogos entre el mundo antiguo y el nuestro.

Maru Bernal
Reino de Cordelia, 2024
88 páginas
12,95 €
Si en palabras de Juan Gil Albert «los mitos no han sucedido, están sucediendo», resulta evidente que esta idea no es para ti una imagen, sino una realidad.
Absolutamente. Ellos y ellas nos prestan su voz, las experiencias que vivieron, su descarnada humanidad. Sus conflictos, pesares, pérdidas, desarraigos y luchas son también las nuestras. Las heroínas griegas en este caso lo llevaron hasta el extremo, se atrevieron a contarlo por primera vez. Nada más.
¿Cómo has resuelto la elección de unos personajes determinados, esas mujeres y no otras?
Sabía de qué necesitaba hablar en cada correspondencia y busqué en cada una de ellas el espejo adecuado para poder hacerlo. Circe y Calipso se enamoraron, renunciaron a su libertad por ese amor y trataron en vano de retenerlo. Antígona e Ismene afrontaron los reveses del destino con actitudes y valores morales y vitales muy diferentes, pero no por ello renegaron del poderoso vínculo fraternal que las unía. Con Ariadna y su madre quise adentrarme en el horror del abuso a los menores. Clitemnestra e Ifigenia eran el ejemplo perfecto para afrontar algo tan terrible y actual como es la violencia vicaria. Todas ellas hablan de mujeres del siglo XXI y muchas guardan un pedacito de mí. Fue liberador convocarlas.
Creo que a los lectores les gustaría saber cuál ha sido tu método de trabajo en Rumores yámbicos.
Cuando se trata de acudir a los clásicos, simplemente decido qué es lo que quiero contar y me pongo a pensar en ellos y en ellas. Cada emoción, cada experiencia vital, cada pregunta tiene un nombre y un lugar en Homero, Hesíodo o los dramaturgos griegos. Si me acerco con una escucha atenta, acuden prontos a mi llamada. Los clásicos grecolatinos nos siguen acompañando, no han dejado de hacerlo jamás. Hemos crecido enraizados en su condición divina y humana. Todas las guerras repiten una y otra vez aquella primera guerra. Todos los viajes vitales nos recuerdan al de Odiseo. Temas universales, que nos atañen como seres humanos: la identidad, la violencia, el exilio, la pérdida del ser amado, el viaje de la vida, la lucha por la justicia, la libertad, el destino que quizá llamemos ahora circunstancias, deberes o responsabilidades, las relaciones familiares, el respeto a los mayores, el cuidado de los más vulnerables…todo sigue ahí. El mundo ha cambiado, es verdad, ellos lo han hecho con nosotros. «Aura dabit cursum/ tu modo salve ratem», ya lo dijo Ovidio: «El viento favorecerá tu viaje, tú sólo desata la nave».
Hablas del horror trágico en muchos de tus poemas, también de la belleza. ¿Van indisolublemente unidos?
Creo que esa es la urdimbre de la condición humana: pasar del horror a la belleza, aunque sea un paso fugaz, apenas un suspiro. Hay un verso de Esquilo en su Agamenón que me conmueve profundamente y que de alguna forma ha inspirado un breve discurso en prosa poética, La belleza de lo trágico, que verá la luz próximamente de la mano de Eolas Ediciones. Dice así: «Y si uno hablara del invierno que mata a todos los pájaros». Adentrarnos en el invierno de la vida desde el efímero fulgor de un pájaro.
Aludes también en tu obra a una suerte de geografías emocionales que recorren tu quehacer poético, las mismas que has transitado a lo largo de tu vida. ¿Cuáles son y cómo determinan tu escritura?
Creo que casi todos los que nos aventuramos en el mundo poético nos consideramos exiliados, sobre todo de nuestro pasado. Ese desgarro de la infancia es un vórtice común. La mía transcurrió junto al mar mediterráneo, en la provincia de Tarragona, una casa con huerto y abuelos andaluces que se ocupaban de ella durante todo el año. Viví a caballo entre Barcelona y esa casa hasta los diecisiete años. Cursé filología clásica en la Universidad de Salamanca. Al cabo del tiempo, mi familia se mudó a esa ciudad y se vendió la casa junto al mar. Del vinoso ponto a la meseta castellana. Cuando terminé la carrera, sentí la necesidad de regresar a la costa y lo que iba a ser un primer destino provisional en Cantabria se convirtió en mi lugar de residencia durante más de treinta años. Cada verano hago la maleta y vuelo a las costas italianas o griegas. Necesito respirar la luz, el aroma, el paisaje de la infancia. Otra de mis geografías emocionales es el paisaje salmantino. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, antiquus amor cancer est. El caso es que el reclamo del amor es imperioso y durante unos años estuve recorriendo la autovía castellana de forma incansable, del norte a la dehesa salmantina una vez más y vuelta a empezar. El desarraigo que me ocupaba me llevó de nuevo al homérico paraíso de la infancia. Un primer poemario de índole personal, Hendiendo el aire & Suturas del alma discurrió por esos páramos castellanos mientras los primeros poemas de No todos volvimos de Troya trataban de anclarme a mis raíces más profundas, en una suerte de invocación o plegaria. La convulsión emocional es un acicate para la poesía.
Has hablado de poesía personal, quizá íntima, vivencial. ¿Distingues entre esa poesía y la de raigambre clásica?
Toda mi poesía es personal. El entramado grecolatino es una forma más de contar lo que me acontece; también lo que sucede a mi alrededor. Es un lenguaje primigenio, un cauce fértil por el que transcurren los versos, una suerte de estrecha complicidad entre ellos y yo.
Procedes del teatro, así que no puede extrañarnos que las presentaciones de tus libros sean recitales más o menos dramatizados.
La poesía y el teatro me han acompañado siempre. Ha habido mucha poesía en mis dramaturgias y, cuando el proyecto de Eos Theatron llegó a su fin, fue la escritura la que me rescató de la añoranza de no poder subirme de nuevo a un escenario. Cada vez que presento un poemario, vuelvo a experimentar la emoción y el nerviosismo de las tablas. Me gusta aprenderme los poemas de memoria, darles un significado gestual y dramático, representarlos en su sentido más etimológico, buscar la voz de cada uno de ellos y de ellas, su tono, su carácter, la fuerza de su presencia.
¿Defiendes por lo tanto que la oralidad se convierte en un elemento fundamental para la transmisión poética?
La oralidad es la primera forma poética; no en vano poesía viene del verbo griego ποίεω, «hacer, hacer con la palabra». La primera etapa de la épica griega fue oral. El aedo se encargaba de ir recitando y entonando los versos de un pueblo a otro, su memoria preservaba mitos y leyendas heroicas hasta que la escritura las fijó y se cambió el son de la lira por el golpe rítmico del bastón. Entonces apareció el rapsoda. Soy más rapsoda que aeda, no sé tocar ningún instrumento y mi oído musical es dudoso, pero me encanta que la música o algunas atmósferas sonoras como la del mar o el viento acompañen los poemas, los resignifiquen, los envuelvan.
Sabes que te lo he preguntado en más de una ocasión y perdona la insistencia. ¿En algún momento de tu obra futura hará aparición el mar Cantábrico, que es nuestro mar? También el tuyo después de tantos años en Cantabria. ¿O el Mediterráneo te ha atrapado para siempre?
¡Esa es una pregunta trampa! Es cierto que la impronta más marcada de mi poesía desborda Mediterráneo por los cuatro costados, pero creo que es precisamente porque vivo alejada de él. Si tuviera que desgajarme ahora de mi valle junto al mar del norte, empezaría a escribir sobre esta tierra con urgencia, no me cabe la menor duda. De todas formas, basta con perderse sin prisa entre mis versos para descubrir las lajas del río Saja, el dalle del viejo agricultor, de nombre Peleo, la flor del agapanto en el jardín, la tibia ingravidez del verano, esas barcas varadas en el puerto de San Vicente, coloridas puntadas hilvanadas en el plácido bastidor de la tarde, la bruma en los labios cuando despunta el otoño… El Cantábrico siempre ha estado ahí, en el refugio de lo íntimo. Anclaje poderoso que me sostiene y me alienta. El lugar que me habita.

Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958). Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado poesía y prosa con largos silencios temporales hasta 2018, en que retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. Sus más recientes libros de poemas son La vida menguante (2019), Ciudad varada (2020) y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Con La madriguera (2023) obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo. En 2024 acaba de publicar enCajadas, un híbrido entre relatos y novela. Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La Buena Tarde de la Radio del Principado de Asturias.
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