/ por Vicent Yusá /
Llega un momento en la vida en que el cuerpo pide regularidad, proporción, armonía. La fisiología trata de aproximarse a la estética; a su concepto clásico dominado por la medida, el equilibrio y la simetría. Es por eso que todos los viernes, a las 9:45, voy a dar un paseo con mi amigo por una zona de huertos, entre dos pueblos, disfrutando del placer de comprobar que las extremidades inferiores todavía cumplen su papel y que la amistad es un ingrediente de la felicidad. El paseo tiene una meta volante a mitad del trayecto circular: un bar en el que tomamos un almuerzo, no en el sentido de comida sino de bocadillo, moderado en calorías, y procurando evitar la terraza del bar, un lugar que como todas las terrazas está emponzoñado de humos cancerígenos.
Al placer de caminar se le añade el de conversar. Nos conocemos hace muchos años y lógicamente nos repetimos, tanto en los temas como en las valoraciones y los enfoques. Esto no supone ningún inconveniente si uno es capaz de diferenciar los matices, las sutiles diferencias, las versiones, incluso las contradicciones. Nos plagiamos a nosotros mismos, pero las repeticiones no son nunca idénticas; es como la misma sinfonía, pero interpretada en días diferentes, o la misma obra de teatro que adquiere tonos distintos en cada representación. Con el tiempo, los mismos asuntos y argumentos se resignifican, adquieren tintes diferentes o se prestan a otras interpretaciones. Todo cambia al tiempo que todo permanece; practicamos la magia de la hermenéutica.
Esta semana ha habido una novedad procedente del exterior. A la vuelta, tras el almuerzo, pasamos por una zona urbana, una plaza con árboles, bancos y jubilados, como nosotros, pero más sedentarios y quizá de mayor edad. Mientras esperábamos a que el semáforo nos permitiera cruzar, escuché la conversación entre los dos jubilados sentados en el banco más cercano. En realidad, solo retuve una frase: «El recuerdo más profundo lo tengo del año que leí a Nietzsche». No entendí nada más, el semáforo se puso en verde y tuvimos que cruzar.
¿De qué estaban hablando? Desde luego no de los tópicos que de manera automática se asignan a las conversaciones entre personas mayores; no conversaban sobre de sus extintas experiencias laborales, ni contaban la última visita al médico, no se quejaban de sus pensiones, ni de las zanjas en la vía pública que nunca acaban de cerrarse. Uno de ellos recordaba un año especial, no el de su Primera Comunión, ni el del fallecieron sus padres o cuando tuvo a sus hijos: rememoraba a Nietzsche, el pensador que había marcado quizá su año más memorable.
¿Lo leyó en su juventud o ya de adulto? ¿Toda la obra o algún libro? ¿Fue una revelación? ¿Experimentó una conversión, una conmoción, un trastorno? ¿Era un ferviente católico y se convirtió en un ateo militante? ¿Comenzó a apreciar la música de Wagner? ¿Dejó de apreciar esa música cuando el filósofo cambió de opinión? ¿Consideró que la poesía era superior al pensamiento conceptual tras leer Zaratustra? ¿Entró en las iglesias con sus amigos gritando «Dios ha muerto»? ¿Comenzó a creer en el superhombre? ¿Empezó a comportarse de modo más audaz, más vital, como un espíritu más libre? ¿Se consoló con el eterno retorno de lo mismo?
Durante el camino de vuelta, mi amigo y yo introdujimos una nueva temática de conversación, un salto cualitativo, tratando de contestar a todos esos interrogantes. Una persona mayor como nosotros recordaba con pasión juvenil el año que leyó a Nietzsche, y ese recuerdo seguramente estaba ligado a un cambio de rumbo en su vida, no sabíamos en qué dirección, ya que los caminos que salen de ese filósofo pueden ser diversos, distintos, cambiantes, intransitables en ocasiones, caminos en los que en ocasiones la brújula parece no funcionar.
Discutíamos si sería cierto el tópico que asocia la lectura de Nietzsche con una determinada edad, si es un filósofo que únicamente seduce a los jóvenes. Nos preguntamos, en la estela del viejo de la plaza, si ya somos viejos para volver a Nietzsche, si somos realmente inmunes a su danza seductora, y si esto era un claro síntoma de senectud, de caducidad, de renuncia a experimentar.
Nos preguntamos si no habría sido una señal, un anuncio, una indicación de que deberíamos nosotros también considerar retornar a Nietzsche sin prejuicios, y tal vez posibilitar que, dentro de unos años, cuando ya sentados en uno de los bancos de la plaza por la debilidad de nuestras piernas, convencidos de que realizar nuestro habitual circuito cardiosaludable era ya una quimera, alguien nos pudiese escuchar un elogio del año que leímos a Nietzsche.

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad.
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