Creación

Vida cruel

Un relato de Rodolfo Elías acerca de una prostituta que termina muy mal, al sufrir el ataque de un cliente posesivo, que vio amor donde no lo podía haber.

/ un relato de Rodolfo Elías /

Iba entrando al establecimiento cuando oyó al presentador anunciar: «Aquí viene Stephanie, en su tercera melodía». Volteó a ver hacia la pista y ahí estaba ella, con los senos al aire. En ese entonces las bailarinas topless ya no se desnudaban completamente en Ciudad Juárez, pero la tanga que traía puesta apenas dejaba espacio a la imaginación. Mientras bailaba, los movimientos de Stephanie eran sensuales, eróticos y nada vulgares. Quedó, literalmente, prendido.

Después de ordenar una cerveza, le pidió al mesero que mandara la muchacha a su mesa cuando acabara de bailar. En el cuerpo sintió el cosquilleo propio de los encuentros electrizantes. En la mesa contigua, a su derecha, estaba un joven universitario con otra dama, a quien le hablaba muy respetuoso; a su izquierda, un hombre de mediana edad, con uniforme del municipio, tenía sentada en la pierna a una rubia oxigenada e insípida. En la barra, un viejo vestido de tejano le acariciaba la cara a una mujer con la mano izquierda y con la mano derecha acariciaba, sobre la chaqueta, lo que parecía ser una pistola.

Cuando se acercó Stephanie, no se sentó luego. Se paró frente a él, sonriente, y le preguntó con ingenuidad fingida:

 —¿Para qué soy buena?

—Para tantas cosas —contestó él, mientras le indicaba que se sentara.

El mesero se acercó y le pidieron una bebida para la muchacha, que le sirvieron con su respectiva ficha. Se pusieron a platicar animadamente y al rato él ya estaba besuqueándola en la cara y en el cuello, mientras le acariciaba las piernas, a lo que ella consentía sin recato. Se tomaron una bebida más y después de convenir en el precio se fueron al cuarto; él estaba eufórico. Le gustó tanto Stephanie, que sentía el encuentro como una conquista.

En la habitación hubo muestras mutuas de pasión intensa. Parecían una pareja común en el lecho conyugal; al punto que les tocaron la puerta tres veces, porque se pasaron de los treinta minutos reglamentarios. Stephanie correspondió al fuego de él en todo. Al último momento ella quiso tener control de su propio placer y se montó encima de él. Salieron más que satisfechos los dos. Al despedirse, la mujer tomó la iniciativa de besarlo en la boca.

A la semana siguiente volvió al Plethora’s. Y así fue por un par de semanas, hasta que empezó a venir hasta dos veces por semana y el acto siempre estaba aderezado con muestras espontáneas de apetencia por parte de ella. Por un poco más de dinero, eventualmente los dejaron pasar juntos 45 minutos.

Aunque él sabía que no se iba a enamorar, era consiente de una fuerte compatibilidad entre los dos, que empezó a dar lugar al encariñamiento. Aparte de la gran simpatía que sentía por ella, había una cierta querencia, que se debía a la intrigante combinación de costumbre, atracción física y soledad; combinación letal.

Pasaron los meses y la peculiar relación se estrechó, a manera que tenían una rutina y estructura establecidas. Cuando venía, era siempre el primer cliente de ella de la noche, en que llegaba recién bañada y fragante. Al acabar él se iba inmediatamente, para no verla con ningún otro cliente. Era tal su rutina y la costumbre en su trato, que a veces discutían como cualquier pareja y al rato se llenaban de arrumacos una al otro.

Poco a poco, el trato continuado le empezó a dar a él un sentido de posesión, que traía consigo la inquina de no sentirse el dueño absoluto de su cuerpo. Así empezó a acercarse al lugar para espiarla y ver como trataba a los otros clientes. Un día llegó en el preciso momento que ella despedía a un hombre y lo besó con el mismo gusto con que lo besaba a él. De primero no supo qué pensar, porque estaba muy perturbado al presenciar la escena. Decidió aprontarse en el lugar toda la semana, para saber si el individuo venía regularmente y ver cómo lo trataba. A los tres días vio al hombre otra vez y dos días después lo vio de nuevo. Incluso, con él parecía ser más cariñosa.

Las cosas ya no fueron iguales. En la siguiente ocasión que estuvo con ella no podía dejar de sentirse inadecuado, desplazado; celoso. Ella lo notó, pero no le dijo nada. Cuando estuvieron juntos otra vez, ella lo confrontó y le preguntó qué estaba pasando. Sin poder contener su rabia, le contó lo que había visto entre ella y el otro cliente. Y también le dijo que se acababa de enterar, un mesero se lo dijo, que también se metía con el dueño del lugar.

Ella, conservando la serenidad, lo dejó hablar. Después que él vomitó toda su ira y frustración, le dijo fríamente:

—¿Qué esperabas, que te fuera fiel? ¿Acaso estás tonto o puedes ser tan ingenuo de pensar que me voy a enamorar de ti? Yo hago lo que hago por dinero… y por placer, cuando encuentro a alguien que me lo hace rico como tú y como Ernesto. Al patrón me lo echo porque me paga bien y me da ciertas facilidades; como pasar más tiempo contigo y con Ernesto. Si supieras las cosas que el patrón me pide que le haga. Y, como dicen, al cliente lo que pida. Mientras haya billete, hay amor. Y si no te gusta, chiquito, pues tienes tus opciones. Que al cabo no estamos comprometidos, ¿verdad?

 Y dijo esto último con una expresión que era una mezcla de desdén y lástima; y un sarcasmo apenas disimulado. Se levantó de la cama y empezó a ponerse la ropa, casual, como siempre después del acto. Él estaba vestido y ella se había desnudado para excitarlo y ver si así le podía quitar el enojo que mostró desde que la vio.

—Eres una ramera de lo peor —dijo él, mostrando todo el desprecio que pudo. En vez de usar la palabra común para una mujer del oficio de Stephanie, usó la palabra ramera, para que pesara más; para que tuviera toda la carga bíblica. Ella sólo sonrió y en su cara se dibujó una mueca de desprecio y asco. Eso lo enervó más.

—¡Perra! —dijo él cada vez más alterado, mientras sacaba su billetera—. Te voy a pagar bien, para que nunca digas que te quedé a deber nada.

Sacando todo el dinero que traía en la cartera, se lo aventó a la cara. Grande fue su asombro al ver que, sin inmutarse, Stephanie se agachó a recoger todos los billetes uno a uno, guardándoselos en el seno. Fue cuando él ya no pudo controlarse y sacó una navaja de muelle que traía en su saco. Abriendo la hoja, le propinó los primeros impactos en el vientre y en el sexo. Luego giró el arma ensangrentada hacia el rostro, dando varias tajadas. Ella gritaba aterrorizada e histérica.

Cuando salió él de la habitación, el dueño del lugar ya lo esperaba pistola en mano. Llamaron a la policía y lo entregaron. La ambulancia también llegó por la muchacha, que sangraba profusamente de la cara y de la cintura para abajo. Su rostro estaba irreconocible por las cortadas y la sangre.

Después de convalecer por un largo tiempo, Stephanie se recuperó a medias, ya que su rostro quedó desfigurado. Perdió su atractivo físico junto con sus ímpetus y el sólo pensar en sexo hacía que le doliera el bajo vientre. Al Plethora’s ya no pudo volver por razones obvias. Pasado el tiempo empezó a trabajar en una maquiladora, para sustentar a sus dos vástagos. Nadie supo más de ella.

El amante energúmeno regresó al lupanar unos meses después del desaguisado. En cuanto lo reconocieron, los sacaborrachos del lugar (dos ex-luchadores) lo agarraron y se lo llevaron a un callejón, donde le rompieron los huesos y se aseguraron de que no volviera a apetecer mujer.

Stefanie, yo ayer estaba solo y hoy también
Pero en mi cama ha quedado el perfume de tu piel
Te veo salir, correr por el pasillo del hotel
La vida es cruel, Stefanie

Alfredo Zitarrosa: Stefanie.


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


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