/ por José Luis Argüelles /
William Faulkner, que hizo de la derrota del Sur en la guerra de Secesión estadounidense uno de los sonidos de fondo de su literatura, afirmó que los enfrentamientos civiles cruentos siguen vivos en la memoria de las dos o tres generaciones siguientes a la de aquellos —padres, abuelos, bisabuelos— que libraron esas batallas fratricidas. Tal es la magnitud emocional de la onda expansiva que provocan. Podemos llegar a esclarecer las causas políticas, económicas, militares, religiosas o culturales de esas contiendas entre hermanos, pero sus consecuencias suelen ser de tal calado que terminan por afectar a gran parte de la población del país que ha sufrido traumas de esa escala.
Más allá de los disensos y consensos que los historiadores y otros especialistas elaboran, las guerras civiles originan casi siempre una variada y amplia literatura, tanto en las filas de los vencedores como en la de los derrotados. Algo entendemos los españoles de este asunto. Recordemos solo y como botón de muestra que, en 2007, Isaac Rosa tituló una reedición ampliada de La malamemoria con un título explícito: ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Y es que no deja de ampliarse, cada año, el listado de obras que ponen el foco, desde distintos géneros y perspectivas, sobre una contienda que continúa despertando interés y pasiones, aquí y en otros continentes.
Quienes, por razón de edad, hemos llegado a conocer a distintos participantes en la guerra que estalló en el verano de 1936, tras el golpe de Estado de un sector del Ejército, sabemos cuántas historias, sin nadie ya que las recuerde o escriba, se perderán irremediablemente para siempre. No resulta difícil imaginar que cada familia, o casi, tiene la suya. Y sabemos también, por boca de Camus y por experiencia, que no siempre la razón gana esas cruciales batallas que los pueblos libran en horas terribles.
Un ejemplo de cómo las guerras civiles prolongan sus percutientes efectos en el tiempo es Un giro inesperado (Trea), un excepcional documento literario en el que su autor, el escritor y periodista Francisco González Orejas (Mieres, Asturias, 1957) cuenta la larga pesquisa con la que pudo esclarecer, al fin, la turbadora sombra que convivió durante años con su familia paterna.
Su tío Patricio González Quintanilla, un jovencísimo capitán de milicias del Ejército de la República que se había criado en la localidad mierense de Ujo, donde fungía como espabilado dependiente de la tienda de tejidos Almacenes Fontela, al tiempo que militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), desaparece tras el final de nuestra última guerra civil. Y, a diferencia de su hermano y conmilitón Aquilino, que penó la derrota de su causa y la del gobierno legítimo en la prisiones franquistas, lo hace sin dejar rastro. Tan solo conjeturas y los sobrevenidos testimonios de algunos supuestos testigos que, según contaban, habían visto morir a aquel brillante oficial en distintos frentes bélicos: de la batalla del Ebro a una operación del maquis en Francia durante la segunda guerra mundial.
Patricio era un joven muy inteligente y afectuoso al que su numerosa parentela adoraba. Alguien sin apenas estudios que alcanza el grado militar de capitán por sus solos méritos intelectuales y de carácter. Su madre sufrió represalias durante años, tras la derrota republicana, porque la policía franquista sospechaba que Patricio estaba en la resistencia refugiada en los montes, con los llamados fugaos. Las mitologías familiares se construyen con cosas así: relatos de supervivencia y esperanzas breves contados y recontados en voz baja.
González Orejas hizo una contenida y asombrosa síntesis de esa historia llena de brumas en «Su cadáver nunca fue hallado», un breve texto que incluyó en El calcetín de Hegel (Trabe, 2017). Este libro ofrecía una entretenida miscelánea, muy bien escrita, con la que su autor volvía a publicar después de muchos años de silencio editorial, y en la que esas pocas páginas hacían intuir al lector, quizá, la existencia de una semilla con mayores posibilidades de desarrollo. En la reseña que hice de aquel título las emparenté con El monarca de las sombras, la obra de Javier Cercas sobre su tío abuelo Manuel Mena, alférez franquista que también luchó en la batalla del Ebro. Narrativa de no ficción sobre el ancho campo de la vida de las gentes y las naciones, cuando el cuadro de los acontecimientos públicos remueve y devasta la existencia de las personas.
Las obsesiones, el azar
El escritor de raza alimenta sus obsesiones. También lo hace el azar. Por nuevas informaciones, González Orejas no tardó en darse cuenta de que, en realidad, Su cadáver nunca fue hallado contenía inexactitudes que exigían una nueva redacción del relato. Aquellos pocos párrafos se convirtieron en las casi trescientas páginas de Un giro inesperado. Patricio no falleció en la guerra española y tampoco en Francia. Murió muchos años después, en noviembre de 1980, en México, después de ejercer como arquitecto e ingeniero, pese a no tener los títulos necesarios, y convertirse en uno de los jerarcas de la industria acerera del país azteca. ¿Dónde se hizo con los conocimientos que le llevaron a la cúpula del empresariado de su tierra de acogida? Los misterios de una vida guadianesca.
Lo cierto es que jamás volvió a ponerse en contacto con su anhelante familia española y nunca contó a la suya mexicana nada de su pasado. Abrazó su silencio —y su impostura, decimos nosotros— con una tenacidad que, en realidad, abre nuevas incógnitas sobre este singular exiliado de la guerra civil española. Francis Scott Fitzgerald pensaba que, a partir de los cincuenta años, nos convertimos en otras personas, como recuerda González Orejas en las muchas y estimulantes citas que incluye en su libro. Quintanilla lo hizo mucho antes de esa edad.
El autor de Un giro inesperado documenta cada uno de sus pasos en el descubrimiento de la extraordinaria vida de su tío Patricio. Demuestra que conoce las técnicas del buen periodista y que tiene la paciencia del investigador riguroso. Como si abordara un contundente reportaje, su relato está avalado por los papeles exhumados de unos y otros archivo oficiales. El dibujo del fondo histórico en el que transcurren los hechos está muy bien resuelto, con panorámicas locales, nacionales e internacionales que certifican un minucioso conocimiento de las materias que aborda. Por ejemplo, cuando aprovecha el llamado Documento Quintanilla, confeccionado por su pariente, para hablar de la emigración republicana que llegó a México a través del puerto de Veracruz.
Y ofrece, asimismo, una nutrida galería de personajes (de Belarmino Tomás y Ramón González Peña a Ramón Álvarez Palomo, Horacio Fernández Inguanzo o el inquietante Santiago Garcés Arroyo, próximo a Negrín y parece que figura clave en la vida de Patricio) que contribuyen a la amenidad de estas páginas. Encontramos, además, una pautada crónica de las vicisitudes familiares del autor: la muerte de sus padres y hermanos o su juvenil militancia política en el campo de la izquierda. Todos esos materiales emocionantes ensamblan en la bien medida prosa de Un giro inesperado sin deslizamientos hacia el patetismo o el subrayado grandilocuente.
En el prólogo, «Una falsa novela», González Orejas califica la suya con ese adjetivo y esboza una genealogía en la que podemos inscribir, sin apenas dudas, Un giro inesperado. De verdad, ¿una falsa novela? En ocasiones nos complicamos de manera innecesaria. Estamos ante una narración de no ficción que echa mano de muchos de los recursos de la invención novelística, como hicieran en su día Truman Capote en A sangre fría (1966) o el gran Rodolfo Walsh, casi una década antes, en Operación masacre. Es una novela si entendemos por tal aquella obra narrativa de cierta extensión, tal y como recoge el Diccionario de la RAE, y no lo es si pensamos que solo hay novela cuando estamos ante una ficción pura, una fantasía desde el principio hasta el final.
En realidad, Un giro inesperado es una «falsa novela», como quiere su autor, o una «novela verdadera», según se mire y si entendemos que podemos utilizar ese sintagma en el caso de un relato tejido a partir de datos verificables. Como sabemos, la novela es un género heterogéneo que admite el procesado de materiales y procedimientos muy diversos, cuyos resultados finales vienen marcados por el tono de la obra y los recursos estilísticos empleados por el autor. Lo importante, en todo caso, es que la escritura nos seduzca y emocione.
Un movimiento de la inteligencia y del corazón que González Orejas logra con Un giro inesperado, libro que también podría titularse Muertes y vidas de mi tío Patricio, o algo así. Como lectores solo nos cabe celebrar que el escritor asturiano vuelva a publicar con cierta regularidad, después del largo silencio editorial que mantuvo durante años, hasta 2017, cuando dio a la estampa El calcetín de Hegel. Su novela anterior, El sueño de la razón, con la que obtuvo el premio Casino de Mieres, data nada menos que de 1982. En aquella década, despuntó como un brillante columnista y un divertido ensayista en títulos como Guía de la cultura asturiana o Académicos y mundanos, además de por ser un singular narrador en los relatos de El asesinato de Clarín y otras ficciones. A esos títulos hay que añadir La metaficción en la novela española contemporánea, su trabajo de doctorado. Un autor, siempre, de exacta y sugestiva prosa.

Francisco G. Orejas
Trea, 2024
302 páginas
22 €

José Luis Argüelles (Mieres, 1960), periodista y crítico, es autor, entre otras publicaciones, de los libros de poemas Cuelmo de sombras (Versus, 1988), Pasaje (Trea, 2008), Las erosiones (Trea, 2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias), Gran desconcierto (Trea, 2018), Mar sin fin (Heracles y nosotros, 2020) y Protesta y alabanza (Impronta, 2020). Preparó y prologó la antología de poetas en lengua asturiana Toma de tierra (Trea, 2010). Sus aforismos han sido incluidos en el volumen Pensar por lo breve: aforística española de entresiglos (Trea, 2013), de José Ramón González.
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