Laberinto con vistas

La línea de la fortuna

Antonio Monterrubio escribe sobre el «penoso espectáculo de la ultraderecha, la extrema derecha y la derecha extrema compitiendo por el premio a la actitud más zafia, el propósito más antidemocrático o la infamia más rastrera, adobados con ocurrencias salidas directamente del vertedero».

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El martes 7 de enero de 2020 se produjo un suceso que, meses antes, habría parecido ciencia ficción. El Congreso de los Diputados otorgaba la investidura a un presidente que presentaba el programa del primer gobierno de coalición progresista desde la Segunda República. Aunque el número de votos correspondientes a partidos que se reconocen en la izquierda era mayoritario en la cámara, la votación prosperó por la mínima. El peaje que las visiones ilustradas del mundo pagan al nacionalismo centrípeto y centrífugo, estatalista y periférico es muy oneroso. Pero, a pesar de los escollos, un paso primordial había sido franqueado. Y eso que ya antes del cierre de las urnas, miríadas de ángeles trompeteros anunciaban la próxima llegada a la ciudad de los cuatro jinetes del Apocalipsis y su Grand Magic Circus. Se pregonaba la apertura, uno tras otro, de los siete sellos, la aparición de la Bestia, la Prostituta de Babilonia y el Anticristo, todo envuelto en lluvias de sangre, catástrofes, ruinas y destrucción.

Las sesiones parlamentarias del gran debate nos obligaron a asistir nuevamente al penoso espectáculo de la ultraderecha, la extrema derecha y la derecha extrema compitiendo por el premio a la actitud más zafia, el propósito más antidemocrático o la infamia más rastrera, adobados con ocurrencias salidas directamente del vertedero. En lugar de escuchar sus necedades, oigamos a nuestros clásicos. «¿Qué santidad no calumnias? ¿Qué inocencia no persigues? ¿Qué sencillez no condenas? ¿Qué justicia no confundes? ¿Qué verdad no profanas?», escribía Mateo Alemán en el Guzmán de Alfarache. Al insigne escritor, cristiano nuevo por más señas, parecen haberle venido estas palabras tras presenciar el debate en cuestión. El nivel de resentimiento, odio, agresividad y violencia contra los adversarios políticos que practican los conservadores y liberales locales es, en otros países europeos, patrimonio exclusivo de la ultraderecha recalcitrante. De hecho, hay partidos de ese espectro ideológico más educados y respetuosos con las formas que nuestros autoproclamados constitucionalistas.

En cuanto a sus amigos del nacionalcatolicismo 2.0, lo suyo es tan inenarrable como indigesto. Y aquí está una de las razones profundas de que, mal que les pese a nuestros satisfechos prohombres, este sistema no sea homologable al de países con mayor tradición democrática. Si la derecha enarbola la bandera de la bronca permanente, es porque le es electoralmente rentable. Le sirve para conducir dócilmente a su rebaño a las urnas sin otros fundamentos que el resquemor, la envidia, la injuria, la calumnia, la cólera y la aversión. Millones de ciudadanos, obnubilados por la paranoia social y la obsesión autoritaria, son testigos ciegos, sordos y mudos del aumento de las desigualdades y la injusticia, o de cómo el ciclo incesante de producción-consumo reduce el planeta a chatarra y cenizas. El formateo social del individuo hace que cada dato, hecho o proyecto sea interpretado en el estrecho margen de una plantilla precocinada en los fogones del poder.

Ante la impúdica exhibición de barbaridades, mal gusto y estulticia babeante que nos asfixia con su hediondez, el sistema límbico invita a contestarles con una enérgica filípica esmaltada de ironía e improperios finos, no como los suyos. «¡Pero que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo, y mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche; que el ruincillo se estire, que el que debería esconderse quiera campear, que el que tiene por qué callar blasfeme! ¿Cómo nos ha de bastar la paciencia?», escribía Gracián en El criticón. Esta, queridos niños, es la razón por la que los clásicos lo son: sus obras jamás pasan de moda.

Nuestra corteza prefrontal dorsolateral interviene para aconsejarnos hacer oídos sordos a la tóxica logorrea de esos tribunos de barra de bar, navegando de cubata en cubata. Si su griterío requiere atención, es en función de su alta peligrosidad. Considerar su argumentario sería perder el tiempo, ya que detrás de su coprolalia no hay nada, salvo mal olor. Por otro lado, suscribimos aquellas líneas de Machado: «Corren por mis venas/ gotas de sangre jacobina/ mas mi verso brota/ de manantial sereno». Pues nuestra misión es defender el territorio de la Razón, la Libertad y la Justicia ante las hordas de orcos, trasgos y troles que vienen a arrasarlo. «La verdadera sabiduría consiste en juzgar rectamente las cosas, valorando cada una tal cual es, de modo que no secundemos lo vil como se fuera precioso, ni rechacemos lo precioso como si fuera vil, ni vituperemos lo que es digno, ni elogiemos lo que merece vituperio», nos dice Vives en la Introducción a la sabiduría.

Quienes pretenden dar forma a lo que ha votado una mayoría se enfrentan a las furias del Averno. Y es que la lucha entre los principios y los mercados es harto desigual. A veces da la impresión de que la única tarea al alcance de lo que queda de progresismo es la de los trescientos en las Termópilas: resistir a la opresión devastadora hasta el límite de las fuerzas. Como en el desfiladero el ejército innumerable de Jerjes, las huestes del Imperio lanzarán contra ellos tantas flechas que nublarán el sol. Y como entonces, será necesario tomar el asunto con deportividad y replicar: «Mejor, así pelearemos a la sombra».

Durísimo es el combate y altos los riesgos. Los auténticos poderes seguirán inconmovibles, con sus manejos tenebrosos y sus maniobras orquestales en la oscuridad. Las grandes empresas continuarán defraudando, los bancos estafando, los jueces extralimitándose, la Iglesia imponiendo su cilicio y los medios de comunicación mintiendo mañana, tarde y noche. Tampoco es descartable algún ruido de sables de vez en cuando para asustar un poquito, o al menos un rumor de floretes. Probablemente no se pueda conseguir la luna, y el experimento se vea abocado a la ruina por acción de esos vórtices malignos que buscan hacerlo descarrilar desde que, por hablar como ellos, era un concebido no nacido.

Sin embargo, no está dicha la última palabra, ni estamos irrevocablemente sujetos a una fatalidad escrita en las estrellas. Oigamos a Corto Maltés: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y ¡zas!… me hice una a mi gusto» (Pratt: La balada del mar salado). Es a nosotros mismos a quienes corresponde convencernos de que sí se puede, y obrar en consecuencia. Sigamos a Machado en la certeza de que «caminante, no hay camino/ se hace camino al andar».


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


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2 comments on “La línea de la fortuna

  1. guillermoquintsalonso

    Y cuando miras nuestro Parlamento desde los principios de Vives, qué ves? Guillermo.

  2. gatitoide

    Cuando los jueces imputaron al gobierno de la derecha en los casos gurtel, púnica, etc no se extralimitaron

    Ahora en cambio sí

    Entonces la prensa era fiable

    Ahora no

    Esto no parece lógico

    Ahora dicen que los jueces son de derechas olvidando que hicieron caer al gobierno de Rajoy

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