/ por Alison Posey /
En un estudio de 2016, la catedrática afroamericana Christina Sharpe invita a reflexionar sobre el legado de la esclavitud transatlántica. Imaginemos la estela que deja un barco negrero, dice Sharpe. Esta estela, la marca en el agua, es una suerte de rastro que no desaparece de inmediato. Las huellas de la esclavitud que vemos hoy (el racismo, la deshumanización y la indiferencia frente el sufrimiento ajeno) tampoco se han desvanecido con el tiempo. Desde 2014, al menos treinta mil inmigrantes, muchos de ellos jóvenes africanos, han perdido la vida intentando alcanzar las cada vez más fortificadas fronteras de Europa.
Los que se han salvado de una muerte atroz han dejado testimonios. Así, en dos autobiografías recientes —Una luz en el desierto (2022), de Isaac Ebelle y Pascual Perea, su coautor, y La luna está en Duala y mi destino en el conocimiento (2023), de Sani Ladan—, los autores describen las consecuencias de vivir en la estela descrita por Sharpe. Ambos nacieron en Duala, la ciudad portuaria más grande de Camerún, desde donde emprendieron sus viajes al norte.

Isaac Ebelle y Pascual Perea
Baile del Sol, 2021
324 páginas
13€
El impacto de la esclavitud en Camerún —unos 166 barcos negreros partieron del puerto de Bimbia entre los siglos XVII y XIX— se manifestó no solo en el expolio posterior de los colonos alemanes, ingleses y franceses, que dejó el control de los abundantes recursos naturales del país en manos extranjeras, sino también en la dictadura del tirano Paul Biya. Desde 1982, Biya ha asfixiado las oportunidades de la juventud camerunesa, condenándola, por la corrupción, el nepotismo, la desinversión pública y un largo etcétera, a un ciclo interminable de pobreza y migración forzada. Junto a su vecino, el presidente ecuatoguineano Teodoro Obiang, Biya ostenta la dudosa distinción de ser uno de los dos dictadores del mundo que más tiempo lleva en el poder.
Pese a estas circunstancias, la decisión de abandonar el país natal no se toma a la ligera. Para Ebelle, quien al momento de partir ya contaba con un año de estudios universitarios, una pareja, Françoise, y un hijo en camino, anunciar la decisión a su familia «fue casi tan difícil como tomarla». Sin embargo, su principal razón para emigrar fue precisamente su familia: se fue «para que mi hijo no pasara lo que yo había pasado, para que, cuando naciera, tuviera el padre que yo no tuve, un padre que le pudiera dar una buena vida, un futuro». Trabajando a tiempo completo en una gasolinera de una empresa petrolera francesa, Ebelle percibía un sueldo de menos de 150 euros al mes. Compárese con el salario mínimo en España, que es de 1134 euros mensuales.

Sani Ladan
Plaza y Janés, 2023
256 páginas
18,90 €
Escapar de la pobreza también impulsó a Ladan a emprender su viaje, aunque no planeaba llegar tan lejos como España, sino a Nigeria. Ladan decidió a una edad temprana ser periodista, pero la falta de oportunidades educativas y laborales lo llevó a preguntarse «si sería viable cumplir mi sueño […] en un país en el que se valoraban tan poco los estudios, y donde la corrupción se había convertido en una lacra presente en todos los sectores de la sociedad».
Ambos hombres emprendieron así una odisea que los llevaría, entre otras penurias, a cruzar a pie el desierto del Sáhara. Ladan y Ebelle viajaron —a veces a pie y otras como cargamento, amontonados en vehículos de traficantes que controlaban la ruta hacia el norte— por Nigeria, Níger y Argelia hasta llegar a Marruecos. En el camino, los acechaban la inanición y una sed extrema. Ser testigo de todos los «cadáveres recientes jalonando nuestro camino» impulsa a Ebelle a reflexionar sobre «los miles de jóvenes que, como nosotros, perseguían el sueño de una vida mejor, y que solo encontraron el sueño eterno en este inmenso cementerio de arena donde ahora yacían enterrados».
Los que lograron sobrevivir al Sáhara eran recibidos con la brutal violencia de los traficantes y la policía fronteriza. Ladan recuerda cómo, al intentar cruzar a nado la frontera marroquí con Ceuta, él y los demás jóvenes inmigrantes fueron recibidos «con las porras en el cráneo mientras intentábamos sacar la cabeza del agua […] Al mismo tiempo, la Guardia Civil española, desde el lado de Ceuta, nos disparaba pelotas de goma».
Una bienvenida similar lleva a Ebelle a la conclusión de que, para los guardias fronterizos, «yo no era más que un animal». Pero, como pronto descubrieron, pisar tierra española tampoco les garantizaba ningún trato digno. La deshumanización a la que fueron sometidos en los Centro de internamiento de extranjeros (CIE) fue absoluta. Ladan se sintió «tratado como un criminal y reducido a la animalidad». ¿Los Convenios de Ginebra y su célebre Estatuto de Refugiados no se aplican en los CIE?
Si bien dan testimonio de las muchas manifestaciones de la larga estela deshumanizante de la esclavitud, las dos autobiografías de Ladan y Ebelle también ofrecen formas de resistir la vorágine creada por sus olas. Dar voz a las historias de los migrantes, como hacen Una luz en el desierto y La luna está en Duala y mi destino en el conocimiento, es un acto de dignificación que contrarresta la invisibilidad y ofrece una narrativa de esperanza que desafía las narrativas deshumanizantes.
Alison Posey es investigadora postdoctoral en filología afrohispánica y peninsular en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos. Recibió su doctorado en la filología hispánica en 2021 de la Universidad de Virginia.
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