/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
El historiador Josep Fontana escribió en 2011 un grueso y documentado volumen titulado Por el bien del Imperio: una historia del mundo desde 1945. Tardó quince años en escribirlo y se trata de una radiografía del Imperio americano, preguntándose por el estado del capitalismo una vez se hubo librado de la amenaza del socialismo. El historiador observaba ya en aquel lejano 2011 que, al mismo tiempo que todo el sistema bipolar —de rusos contra americanos— se hundía, en todo el mundo surgía una serie de movimientos de contestación que evidenciaban un oleaje de fondo difícil de clasificar. Se trataba de una creciente inquietud o malestar; de una agitación contra todo el sistema mundial dominante. Se preguntaba Fontana como respondería el sistema a todo ello.
Todo aquel mar de fondo se tradujo en movimientos dispersos que no parecían tener mucho en común, excepto la resistencia y el descontento de masas populares cada vez más numerosas. En Europa una cierta indignación se tradujo en movimientos políticos mas o menos efímeros; hubo primaveras árabes que fracasaron, pero sembraron el pánico en algunos regímenes autocráticos; hubo vaivenes económicos generados por no sabemos qué fuerzas oscuras; se produjo una cadena de revueltas en el África subsahariana que condujeron a la existencia de muchos Estados técnicamente fallidos; se daba un desasosiego en países ricos como Estados Unidos o Alemania ante la depauperación de amplias capas de las clases medias, y todo ello acontecía sin que el sistema capitalista, al revés de lo que en otras ocasiones había ocurrido, fuera capaz de integrarlos: simplemente los ignoró.
El resultado del análisis de Fontana lo vemos hoy, cuando un par de millonarios se han hecho con el timón de la nave capitana con la promesa de derribar el statu quo estadounidense, la voluntad de atacar y destruir a la prensa, la amenaza de deportar a miles de personas y volver al sistema proteccionista más duro. Han capitalizado el malestar ante un sistema que incapaz de responder a los desafíos. En efecto, el sistema actual es incapaz de contener la inflación que cada día nos empobrece un poco más; no ha sabido gestionar el problema que crea un Sur miserable y hambriento, que lanza a sus masas desesperadas contra las fronteras de un norte opulento; la gente ya no cree en unos medios de comunicación que son parte del propio sistema; la educación ha sido rebajada a la categoría de entretenimiento y guardería y nadie puede creer en la amenaza del cambio climático cuando me obligan a desprenderme de un coche de gasoil para que no contamine en mi ciudad y, en cambio, sí lo haga 500 kilómetros más al sur, como si no se tratara del mismo planeta. Todos estos son los problemas de la mayoría, que ya no cree en la bondad de la democracia.
La respuesta del capitalismo a estos problemas la vemos ahora, a finales del 2024, en el centro del poder capitalista, pero no solo allí, sino también en la periferia del Imperio. Europa entera está ya amenazada, no solo por fuerzas externas, sino por el malestar interno: rugidos contra la emigración, desesperación ante la inseguridad y, en definitiva, miedo al futuro. Vemos el auge de movimientos que se nutren de estos descontentos. Los fascismos se están apoderando de los movimientos de protesta, los hacen suyos. Los fascistas en Europa y en América nadan como pez en el agua, siendo los peces ellos y el agua el resto del mundo. Y es que el siglo XXI ha empezado y se dirige a su plenitud sin alternativas capaces de enfrentarse al monstruo. El péndulo de la historia, como ha ocurrido en tantas ocasiones, bascula hoy hacia la derecha, hasta que quizás el desengaño lo devuelva a la izquierda y al centro.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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