/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /
La afirmación de que el cristianismo no habría alcanzado la supremacía sin la personalidad y la acción de Constantino está hoy bastante desacreditada. Tenía, en su armazón teórico y teológico y en su realización práctica e institucional en la Iglesia, el tamaño adecuado para colarse por la ventana de oportunidad que le ofrecía una época en crisis espiritual y social.
A despecho de las apariencias, su flexibilidad le permitía adaptarse a dicha abertura con la agilidad de un gato. Su dios, a la vez inmanente y trascendente, histórico y metafísico, humano y omnipotente, presentaba un atractivo considerable para unas mentes perplejas y desorientadas. Otro tanto sucede con su mezcla de rigor ético y espiritualidad profunda, su promesa de inmortalidad del alma y de salvación individual, la reivindicación de la esperanza y la alegría en un mundo lleno de temor. Desde la profesión de fe de sus sabios, eremitas y mártires hasta la organización sin fisuras de una Iglesia incansablemente proselitista, todo lo encamina a ocupar corazones y mentes en un entorno de desarraigo y pesadumbre.
Largo y tendido se podría hablar de las prestaciones de la nueva religión, así como de la decadencia de la antigua, cuyos días de gloria hacía tiempo que habían pasado. Excusamos decir que el tópico según el cual era la religión de los pobres y los esclavos, y en especial el argumento de que gracias a ello triunfó, no pasan de ser un cuento para dormir con la conciencia tranquila. Ya en su más tierna infancia atraía a ciudadanos de la clase media instruidos y curiosos, y quizás también de los sectores privilegiados. En las epístolas de Pablo y otras, se observa que miembros de la comunidad disponen de casa y bienes propios o viajan con regularidad. Para la época de Constantino, su impronta sobre las capas media y media alta se había intensificado. Incluso comenzaba a captar adeptos en las esferas más elevadas de la sociedad. Un ejemplo notable es santa Elena, que no fue ajena, desde luego, a la elección religiosa de su hijo, el emperador.
El enrolamiento de ricos y nobles acabó por hacerlos desembarcar en el sancta sanctorum del poder eclesiástico. Entre los dirigentes espirituales de finales del siglo IV a comienzos del V, encontramos un incuestionable póquer de ases: Paulino de Nola, Jerónimo, Ambrosio y Agustín. El primero era inmensamente rico, y en 395 decidió abandonar su vida regalada y ser un simple sacerdote. Se trata de un gesto y un personaje sumamente importantes, ya que jamás un miembro de la rancia aristocracia romana había dado un paso de ese calibre. Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín y gran apologista del eremitismo, era también de buena familia. Él no lo había olvidado, pues «parece haber estado más atraído por la idea ascética que por la vida ascética» (Megan Williams, cit. en Brown: Por el ojo de una aguja). Agustín no venía de estirpe tan rica como los anteriores, pero «estaba cercana a la cumbre de la pequeña pirámide de Thagasta[su ciudad natal]» (Brown: ibídem). Quizá su pertenencia a una burguesía de precario estatus concuerde con su carácter emprendedor, su inagotable energía y su curiosidad intelectual.
La afluencia de potentados a las huestes de la Cruz, y por tanto a las dignidades eclesiásticas, planteaba un problema teórico de primer orden. En el cristianismo original, la opción es clara. Desde la respuesta de Jesús al joven rico que le pregunta cómo puede salvar su alma, «vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres», hasta el famoso «es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos», todo milita contra la riqueza. Solución: se trasmuta el evergetismo pagano, es decir las donaciones liberales de los acaudalados en favor de sus conciudadanos, en generosidad dirigida a los necesitados, paisanos o no. Con un pequeño paso para el teórico, pero un gran paso para la institución, esta se convertía en beneficiaria de la caridad cristiana. La Iglesia terminó por reivindicar para sí misma tal condición, de modo que dar al clero equivalía a dar a los pobres.
Se hacía imperativo organizar y encauzar el afán de los acomodados por prescindir de su patrimonio. En el año 405 Melania la Joven, heredera de una próspera familia senatorial, y su marido Piniano pusieron a la venta todos sus bienes. Según cuenta Gerontius en la Vida de Melania, esta decisión fue estimulada por una visión onírica. Los dos debían atravesar una brecha muy estrecha en una muralla, y al conseguir salir de tal compromiso sintieron «un profundo alivio y una alegría inefable». No hacía falta psicoanalista alguno para relacionar ese sueño con el camello y la aguja.
Sin embargo, Peter Brown, en El precio de la salvación, puntualiza que este tipo de actitud no era muy del agrado de la jerarquía. Cuando Melania y Piniano llegaron como refugiados a África tras el saqueo de Roma en 410, los obispos, entre otros Agustín, les hicieron entender que no había que ir tan de prisa, ya que los monasterios, por ejemplo, precisaban rentas regulares cada año. En otras palabras, el pelagianismo que predicaba el deber de deshacerse de golpe de la propia fortuna no era de recibo. Se recomendaba un cuidadoso análisis contable, a poder ser bajo control eclesiástico.
Comenzó a establecerse un vínculo entre caridad y expiación: la limosna tenía cualidades redentoras. La culpa se había transmutado en pecado, y este en deuda. Y puesto que en todo momento surgen ocasiones de pecar, hay que procurar constantes dádivas, en especial directamente al clero. Poco a poco la Iglesia fue revistiéndose con los ropajes del poder político, social, cultural, económico. La pequeña start-up ideológica cosmopolita creada por Pablo y otros, quitando a la versión original sus aspectos más revolucionarios y localistas y añadiéndole toques aperturistas y colores adecuados al gusto grecorromano, acabó convirtiéndose en la potencia hegemónica en Occidente.
Hubo un tiempo en que un emperador presidía asambleas teológicas y sus opiniones eran decisivas incluso en cuestiones doctrinales, como Constantino en el Concilio de Nicea en 325. Pero llegó un momento en que otro, el alemán Enrique IV, debió acudir en peregrinación desde Espira al castillo de Canossa para rogar a un papa, Gregorio VII, que le levantara una excomunión. Tres días y tres noches tuvo que permanecer arrodillado a las puertas del recinto en hábito de penitente y descalzo, hasta que gracias a la mediación de la condesa Matilde, dueña de aquellos lares, el Papa tuvo a bien recibirlo. He aquí una prueba irrefutable del poder absoluto que alcanzó la Iglesia.

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.
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