texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Cercos)
Con insistencia antigua, rebota la luz de la mañana una y otra vez contra las sortijas frías de la niebla de noviembre. Opacidad, única compañía. Hasta que, como quien despoja del guante a una mano llena de lejanía, el sol entra a iluminarlo todo y nos lo pone de nuevo a mano. Son los juegos otoñales que nos ocultan lo próximo y nos desvelan lo inaccesible.
Qué insospechados de siempre los encuentros con la poesía. No aparece necesariamente donde la instalan quienes pretenden colonizar su naturaleza. Más bien la poesía lo sobrevuela todo. En uno de sus diarios, Pessoa avisaba justamente de eso: la poesía está en cualquier parte porque todo es poético, también —dice el gran poeta portugués— está en ese vulgar obrero que al otro lado de la calle está pintando el letrero de una carnicería. Los pontífices de lo poético deberían revisar el alcance de este concepto.

Una escena en el hospital. Por la megafonía de la sala de urgencias la médica nombra a una paciente a la que están esperando para atenderla. Nadie se mueve. Una y otra vez, el nombre vuelve a sonar inútilmente. Sin duda, la mujer se ha ido. O quizás esté confundida esperando en otra sala. Cuando vuelve a decirse una vez más el nombre, alguien detrás de mí recrimina a media voz a la médica: «Levanta el culo y ven tú a buscarla». Es tremendo. En la vida pública todo se va deslizando precipitadamente hacia el sometimiento de los funcionarios: «Yo te pago, tengo derecho a exigirte trabajar como yo quiera». Algo así. Y es lo que ha sucedido ahora. No basta el trajín de médicos y personal sanitario ahí, a ojos vista. Ni el esfuerzo y la consideración con que tratan de solventar los casos —se supone que urgentes, se supone que graves— que les van llegando a cualquier hora por intempestiva que sea. Es el usuario quien pone los límites, en un desdichado contagio de lo que puede experimentarse en los comportamientos laborales abusivos: «Lo hacen otros conmigo; ahora yo soy el amo».

Muy de mañana, el hombre sube al camión con los dos pequeños perros en brazos. Con cuidado amoroso los pone junto a él en la cabina y los acomoda de alguna manera —veo lo que puedo— antes de arrancar. Imposible no querer imaginar cómo será ese trayecto, los tres ahí, juntos y en lo alto, en esa hermandad transeúnte donde habrá sin duda palabras cariñosas y ademanes imprevistos. Me aferro a la imagen para empezar bien el día.
Y lo espeluznante al fin se produjo. Como en el cuento clásico, esta vez era cierto que llegaba el lobo a inundar tierras del Este tras avisos previos de años atrás. Nadie sospechaba la magnitud de la tragedia. Se suponía que las fuerzas naturales se contendrían siempre. Además, nuestra civilización contaba con suficientes mecanismos de seguridad: organismos, detecciones, alertas, cargos e instituciones creados para blindar la vida civil. Así nos lo habían contado. Pura elocuencia vana. Porque la tragedia ya empezaba a gestarse cuando se desafiaba el orden de la Naturaleza edificando sin prudencia. En cierta ocasión, oí decir a un geógrafo amigo que muchas de las catástrofes naturales se producen o por soberbia o por ignorancia humanas. Algo de eso ha sucedido otra vez ahora.
Bajo la belleza sucia de la niebla, la piragüista palea misteriosamente río arriba. En su aventura contra el agua, hay un ritmo en los brazos que hace pensar en una danza ancestral, una invocación a las divinidades náuticas.

Lo peculiar de las expresiones populares guarda a veces una última, oscura revelación que sobrepasa lo que se pretende decir. «Son verdades como puños», teclea alguien acerca de un vídeo con propuestas dignas de la ultraderecha; y es justamente esa palabra, puños, la que evoca con justeza cómo se quiere imponer lo que se dice, lo que en el vídeo dice Aznar, que es quien suelta esas verdades —como puños, sí— que se van retransmitiendo en una siniestra difusión que excita aún más el clima sobresaltado de nuestra sociedad crispada.
¿Quién ha desatado la luz para que se vaya tan deprisa en el hervor del atardecer? Últimas hebras verdosas se van apagando en el cielo, van haciendo borrones semovientes con las figuras que cruzan el puente con prisa turbia. Es la hora de la indecisión de los sentidos, cuando lo soñado y lo entrevisto se van imponiendo en los bordes oxidados del anochecer sobre la realidad ya indescifrable.

Al abrir la cazoleta de la máquina de afeitar nos está esperando la carbonilla cenicienta de la barba sobrante, que parece saber de nuestra cara más de lo que nosotros podríamos decir, pues nunca nos la hemos visto salvo en la luz contraria de los espejos. Así que miramos la sombra sucia de nuestra propia barba depositada en el pequeño estanque de la máquina, componiendo siluetas en sus montoncitos como los posos del café. Dan ganas de llevarlos a un arúspice: «Adivíneme usted el pasado».
Barba, cabellos, uñas, vellos de humedad muerta. Pequeñas mutilaciones que nos practicamos cada poco tiempo para distanciarnos de los demás animales. Esto nos sobra para ser del todo humanos, aduciríamos. Pero quizás justamente son esas excedencias las que nos revelan el magma común que nos define.
Trump va eligiendo a grandes millonarios para cargos políticos de altura. Las posesiones y la astucia financiera —ejercitada con toda seguridad sin reservas morales— van sustituyendo ya con ventaja a la inteligencia, al comedimiento, al pragmatismo o a la visión de alcance de aquellos que eran llamados estadistas. Hasta ahora el poder llegaba antes que el dinero, que era su consecuencia natural. Ahora, con Trump, prima el pluto-político (por favor, pronúnciese bien la primera ele).
Poeta desbocado: sigues corriendo sin tregua en pos de la estridencia, tratando de palpar la carne flácida de la notoriedad. ¿O es simplemente que no encuentras lugar donde estrellarte?

En mi pequeña y pudorosa ciudad se han plantado hace tiempo algunos ginkgos, que han arraigado. Paseo por el barrio de san Lázaro y veo rodando por la acera varias hojas. Levanto la cabeza para ver de dónde han caído. «Tiene que haber un ginkgo por aquí», digo a mi amigo en voz alta. Y una señora que pasa al lado y me ha oído, me hace un gesto y apunta un poco más allá hacia donde está el árbol, el ginkgo donde tiritan los abanicos amarillos de sus últimas hojas. Los dos nos sonreímos en una dulce complicidad botánica.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Los cuadernos pálidos (66)”