texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Blancos)
Escarearse, sabañones, cabrillas, castañetear, chupiteles, badila. Palabras de invierno, palabras viejas que ya no tienen sitio en el mundo confortable del universo inmobiliario. Para volverlas a oír habría que irse a las afueras insoportables del bienestar. O aún más allá, a la intemperie de esos lugares donde el frío se invoca como si fuera un dios inclemente que avasalla todas las vidas. Allí encuentran aún su sitio estas palabras, tan a la mano durante mi infancia.

En la cola, hoy muy larga, de la carnicería la niña se aburre y empieza a impacientarse. Para remediarlo, le dice a su hermana, algo mayor que ella: «¿Jugamos a nombrar?». Y eso hacen. Van pronunciando nombres de lo que está ahí, a ojos vista, o de lo que ellas imaginan. Jugar a nombrar, a volver a nombrar. Para que aparezcan las cosas; para acercarlas a los nombres; para ver si mejoran. No es otra la labor del poeta.
¿Pero a quién se le ha ocurrido esta mandanga de iluminar torrencialmente unas cuantas semanas las ciudades como si fuera una competición de tartas de merengue? Aquella inflamación de luces que llenaba a principios del siglo XX las ciudades norteamericanas y que Juan Ramón vivió con estupor europeo mientras escribía aquel libro «contra lo que vi en Estados Unidos» parece querer sobrevivir ahora en estos embelecos. Y la gente acude magnetizada por las llamadas de los muecines municipales a ver la fantasía infatuada y hortera que despersonaliza a las ciudades (a la mía también: la calle Balborraz parecía un chafarrinón, ya sin la justa oscuridad natural sobre la piedra) en estas fechas en las que se ordena creer que estamos cerca de la felicidad bajo estos espejismos infantiloides que parecen sacados del espíritu melindroso de Disney.
Sueño esto: abro el cajón de la mesilla y lo único que hay allí es un nido muy pequeño con pajarillos diminutos que abren suplicantes los picos al cielo, lo mismo que en ese aguafuerte de Baltasar Lobo que recuerdo mucho.

Nadie ve nunca envejecer a sus nietos, y esa es la última razón por la que los abuelos se permiten actuar con ellos con esa irresponsabilidad de quienes apuestan por que nunca van a verlos crecer. No asistirán al fracaso de sus cuerpos ni sabrán demasiado de los tejemanejes de la vida abollándoles el alma. Ellos, los abuelos, tienen esa capacidad inesperada de detener el tiempo ahí, en los compases iniciales de la vida de sus últimos descendientes. Y no quieren saber mucho más de ellos. Les traspasan sus experiencias caducadas y el optimismo ciego de su despreocupación, la de quienes han conseguido jugar la partida sin saber muy bien cómo. Y eso les hace ser, a última hora, honrados profesionales del consentimiento.
CRÓNICA DEL RESPLANDOR
El local —una húmeda bodega casi secreta, al margen del circuito habitual de bares de mi pequeña ciudad— se llama El Motín de la Trucha (alude a una vieja historia de despecho y venganza que no viene a cuento). Lo cierto es que habíamos terminado refugiados allí cinco sesudos varones que escapamos del fragor de una jornada literaria vivaz y llena de interés. Se trataba ahora de vernos de cerca en aquel cenáculo entre copas de vino y cervezas y un surtido de tapas de consistencia racial (morro guisado, oreja en salsa, panceta adobada) que por un momento hicieron de la reunión una clase de anatomía caníbal. Y allí estábamos, deshuesando asuntos diversos, más o menos metafísicos, cuando alguno reparó en aquella muchachita oriental que tomaba algo en silencio en una mesa aparte. Había dado con esa catacumba («los chinos llegan a todas partes», dijo alguno) y cenaba a solas, sigilosamente. Sin mucha prevención, un editor desmandado se lanzó a preguntarle si tal vez había venido a las jornadas literarias en torno a Claudio Rodríguez. Dijo que sí. Y acto seguido la invitó a acompañarnos en la mesa. Dijo también que sí. Desde ese momento, un resplandor inesperado cayó sobre todos nosotros. La gracia de la juventud, la inocencia, la delicada hermosura, la espontaneidad, la alegría instintiva por estar viva…, todo eso que ella parecía ignorar que llevaba encima derribó como un manotazo de viento la atmósfera severa, casi clínica, que habíamos alzado allí con vehemencia profesoral. Era como aquella vieja película, Bola de fuego, en que Barbara Stanwyck revuelve la vida de un cónclave de sabios que descubren de nuevo que la alegría de vivir estaba lejos de los graves cometidos que los habían llevado hasta allí. Algo así ocurría ahora: la muchacha no dejaba de sonreír por cualquier cosa, de escuchar con sumo interés cuanto le decíamos (¿quién quería ya volver a centrar la atención en las cosas de antes?), de contestar con encantador acento burlón a las preguntas traviesas que le hacíamos. Brindamos con ella mientras se nos desataba fuera de hora el corazón a todos. Cuando un par de horas después Blancanieves y los enanitos abandonamos el local, aún duraba en el aire aquella irradiación irreal. Nos despedimos. Yo mismo le tendí, ceremonioso y ridículo, una mano casta de buenas noches. Seguramente creía que el mero contacto con ella me convertiría en su príncipe. Entonces ella, sin romper el sortilegio de una sonrisa acuchillante, me espetó: «Cuánto te pareces a mi abuelo». Ahí acabó todo. Ahí reaparecieron la calabaza y los ratones en la carroza de Cenicienta. Solo que Cenicienta era yo. Y de golpe volvieron el frío, la vergüenza de la edad, la soberanía de la costumbre y la metafísica sin ton ni son de lo que estábamos debatiendo, como si supiésemos de qué hablábamos, antes de que surgiese esa visión inaprensible del resplandor.
SOLSTICIO
Traza la tarde sus hilos más pobres, deja caer despacio sobre el mundo la luz de piel sobada del invierno. Pero todavía hay un golpe de sol que viene y se va. Como nosotros. Como esos pájaros amotinados que parecen estar esperando de un momento a otro una señal para partir. La sedación del invierno se guarece en el alma difícil de lo efímero.

Probarse por dentro todo lo que cabe en un niño. A ver si aún lo resistimos. Navidad.
Parapetada detrás de su andador, la anciana se va acercando a la barra del bar hasta hacerse sitio sin miramientos. Va a pagar el café que ha tomado y saca el monedero, de aquellos de broche de pellizco, y lo vuelca de golpe sobre el mostrador; apenas unos cuantos céntimos que el camarero recuenta inútilmente. Con esto no hacemos nada, le dice. Entonces, subrepticiamente, alguien que está a su lado y ha debido de presenciar toda la escena pone el dinero que falta y la anciana, que no se ha enterado de nada, con increíble naturalidad —la naturalidad de la desmemoria— cierra el monedero, empuña de nuevo el andador y trabajosamente sale del bar tan pimpante. Todos vuelven a lo suyo. En voz alta, alguien dice: «Esta, ahí donde la veis, podría llenar su ataúd de billetes para enterrarse con ellos».

A veces te sucedía eso: abrías un álbum que creías completado del todo y te faltaban cromos. ¿Cómo podía ser eso? ¿Quién o qué los había arrebatado? Tu infancia se quedaba incompleta y tú no encontrabas explicación. Y ahora ocurre lo mismo: termina el año y recorres con la memoria todas sus páginas; compruebas que faltan cromos que estaban al principio y ya no están. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién se los ha llevado? Miras con pena esos huecos y vas pronunciando nombres propios ante cada uno de ellos. Cierras el álbum. Esperas un gesto de algún astro en el cielo del anochecer, entorpecido ya de oscuridad, que te lo aclare todo.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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