/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
Fotografía destacada de Michal Jarmoluk
Será solo fútbol o será algo más o algo menos; será mucho más y, a veces, bastante menos que fútbol… Lo que está claro es que el gran show del verano nos ha brindado un retrato nada desdeñable de esta cosa que somos, esta humanidad que cada día se viene un poco más a menos. El mundial concita filias y fobias no exclusivamente deportivas y las eleva a su máxima potencia, libera lo mejor y lo peor que somos y que podemos llegar a ser. Ocurre durante el enfrentamiento de once contra once, pero sobre todo antes y después, porque el fútbol es también o sobre todo lo que ocurre antes y después del fútbol. Como pocas, o como ninguna, es una escenificación capaz de movilizar a millones de personas que ni sabemos de esto ni nos interesamos por este deporte más que un puñado de días cada cuatro años. Profanos, serenos desconocedores de la materia, súbitamente nos interesamos por ella y no precisamente en el plano intelectual: nos ilusionamos, nos apasionamos, nos contagiamos de fiebre deportiva y nacional —nosotros, que nos creíamos inmunes— y nos ponemos la camiseta de una selección que sentimos y llamamos nuestra, y trasnochamos o madrugamos para ver sus partidos, aplazamos citas, renunciamos a casi cualquier cosa que no sea plantarnos ante el televisor durante noventa minutos, por lo menos, y hasta acabamos aprendiendo algo, y disfrutamos, si no del juego —más bien aburrido la mayor parte del tiempo, a qué negarlo—, sí de nuestra propia fiebre, del componente social, de las cervezas y las tapas, del buen rato compartido, del rico repertorio de sinécdoques y metonimias que adereza la locución, de los comentarios mucho más gruesos y sabrosos que intercambiamos con la familia y los amigos. El fútbol es política, no puede ser otra cosa desde el momento en que se enfrentan equipos nacionales, con sus colores y sus himnos y sus banderas nacionales en solemne puesta en escena asistida por altas autoridades. Es política y nos parece bien que lo sea porque quizá en estos enfrentamientos se liberan y ventilan más o menos deportivamente anhelos y frustraciones que, en otros campos de juego, resultarían mucho más incontrolables y peligrosas. Las naciones son estructuras aglutinantes diseñadas para chocar entre ellas, su función es la de preservar lo propio y, en toda la medida de lo posible, apropiarse de lo ajeno; por supuesto, sirven a los intereses de la minoría dominante, pero quien se bate el cobre por lograr sus objetivos es la mayoría dominada. Que una configuración de masas que ha desencadenado guerras innumerables y causado incontables millones de muertos, que una red de estructuras de poder que ha provocado un sufrimiento inconcebible, se vea reducida, en alguna medida, a un enfrentamiento de once contra once, en un tiempo y un espacio limitados, sujetos a unas normas más o menos claras que más o menos se cumplen siempre y más o menos son iguales para todos, es algo que debemos celebrar, por triste que sea nuestro consuelo: mejor pan y circo que sangre y fuego. Por desgracia, lo uno no excluye lo otro, pero quizá lo contenga un poco. ¿El mundo sería peor sin fútbol, sin mundiales? Pues va a ser que sí… El fútbol es política, obviamente, pero aun más y aun antes que eso es psicología, sociología, antropología: un laboratorio en el que aprender mucho de esto que somos, de cómo funcionamos, y reaccionamos, y oscilamos, y nos movilizamos, y colapsamos. Es cierto que a la humanidad la vamos teniendo ya bien calada desde hace décadas o siglos, y lo mismo al sujeto aislado, en la medida en que existe tal cosa. Pero también lo es que tan grande como nuestra capacidad de aprender es nuestra disposición a olvidar, y que llevamos décadas y siglos tropezando con las mismas piedras, haciendo el mismo daño, cometiendo las mismas idioteces y barbaridades. Y por eso, aunque sean las mismas cosas, la viejas cosas de ayer y de siempre, hemos de volver a pensarlas, a leerlas, a decírnoslas; por eso es bueno que antes y durante y después de la pasión seamos conscientes de cuál es el origen de nuestra fiebre y cuáles sus posibles consecuencias; de cómo se activa, se modula y se disuelve, de lo propicios que la pasión nacional nos hace a escamoteos y manipulaciones, a robos y sustituciones; de lo mucho que nos conviene, en pleno rapto de pasión deportivo-nacional, administrarnos píldoras de distancia crítica, y de ironía, y de humildad. Qué lastima y qué fracaso tan grande eso de que en todo un país una derrota deportiva suponga nada menos que una «catástrofe nacional», qué empobrecida, qué enferma, qué jodida ha de estar esa sociedad… No, hombre, no; las catástrofes son otras, son muy otras; esto, si te paras a pensarlo un poco, es un partido de fútbol, y lo demás lo pones tú, si quieres.
Termina el mundial y parece que con él terminan un poco también el verano y nuestro contento, pero claro que no, el verano sigue y la alegría, si tú quieres, también. Nos queda, además, una bonita resaca, una resaca que nada tiene de malo, al contrario, pues son muchos los momentos, imágenes y datos sobre los que meditar, ya pasadas las fiebres: la escenificación del poder y la del sometimiento al poder; el narcisismo y la ignorancia del amo y la vergonzante sumisión de sus aduladores y lacayos; el descaro, el agravio, la afrenta del doble rasero para según quién; la frontera cerrada a según quién, el trato vejatorio a según quién; la bandera que se permite y la que no se permite; la obscenidad de las cifras, lo asqueroso de un negocio que solo puede escandalizarnos; el juego sucio, el juego abyecto, el juego que no es juego: es violencia; la falta de elegancia en la derrota, el pésimo gusto en la celebración ambulante de la victoria; la discreta serenidad de uno en el ganar y la incalificable brutalidad de otro en el perder: imágenes, momentos y datos de los que tomar buena nota y aprender algo cuando nos quitamos la camiseta, cuando nos la volvamos a poner.
Glosa aparte merece, en el patrio solar, el muy predecible y muy grosero oportunismo de quienes se apresuran a celebrar, junto con la victoria de nuestro equipo, el trono y la tradición, y ya puestos también el altar, y los toros, y la caza, la sangre, la testosterona, el siniestro aguilucho del pasado: todo el lote de nuestras esencias nacionales, según pretenden. Tendría delito que nos dejásemos robar una victoria que es de todos y de ninguno. Rebrotan con la victoria las más turbias y casposas ínfulas nacionales, la convicción de que nuestra nación es la más grande y la mejor, y también nuestra religión, nuestra comida, nuestra supuesta raza, nuestro todo. Rebrota esa pestilencia y con ella los complejos opuestos, los vicios seculares, las taras de ayer y de siempre ligadas a nuestra condición nacional, campo de abyecciones en el que ha destacado, a nuestros ojos, la columna del ilustre estilita, la deposición del amargado que, seguro de que nuestra selección solo podía ser eliminada, se fue de vacaciones dejando redactada la crónica de la derrota, en la que reflexiona clarividente sobre «la magnitud de la decepción española en el mundial», que él cifra en la «devoción litúrgica por el sistema», en el «miedo al desequilibrio individual» y «en la sumisión del talento a la coreografía». Y todo, según la malograda pluma, porque «Nuestra escuela iguala hacia abajo» y porque «nuestra legislación recela del mérito». Por eso hemos perdido, por si no os habéis enterado; por eso perdieron «esos once hombres perfectamente organizados para la mediocridad», añade el oráculo con toda su saña, convencido de que esos hijos de la España de 2026 solo podían perder, y con ellos el país entero. «La eliminación [escribe el Gran Mediocre Nacional, y no podemos alucinar más] deja lecciones urgentes de cara a 2030, cuando España organizará el Mundial junto a Portugal y Marruecos». Por supuesto, si nuestra selección hubiera sido derrotada por la argentina, o por la francesa, o por la belga, o por cualquiera, seguiríamos siendo exactamente el mismo país, ni tan grande ni tan pequeño, ni tan glorioso ni tan ruin. Pero para el ilustre era imposible, era inconcebible que fuéramos campeones del mundo. Hay que ser zote, hay que tener el corazón podrido y lleno de veneno. Ya veremos qué lección es la que aprendes tú, Arcadi, después de hacer este grandísimo ridículo.

Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.
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