Mirar al retrovisor

Cuando la prensa se corrompe

Joan Santacana escribe sobre la primera ley de libertad de prensa y lo rápidamente que significó que magnates sin escrúpulos compraran la benevolencia de los periódicos.

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Mi buen amigo el editor de este medio conoce bien cuántas veces me he preguntado si sirve de algo todo cuanto escribimos. Pero no tengo remedio: he de escribir, y el tema de hoy creo que es oportuno.

Si consultan las hemerotecas se darán cuenta que desde mediados del siglo XIX proliferaron en toda Europa los periódicos que hoy llamaríamos «radicales». En un continente que había consagrado la libertad de prensa e imprenta, resultaba prácticamente imposible controlar esta situación por parte de los gobiernos. La solución al problema la aportaron los políticos franceses de la Segunda República. Fue en 1881 cuando la Asamblea Nacional, en un 29 de julio, votó una ley de Libertad de Expresión. Mediante la mencionada iniciativa legislativa, la prensa se «liberó del control estatal» y quedó en manos del mercado. Los periódicos que surgieron lo hicieron a través de empresas que, bajo la fórmula de sociedades anónimas, crecieron rápidamente. Además, la ley permitía que los periódicos se financiaran con la publicidad. Ni que decir tiene que la combinación de ambos factores hizo desarrollar una poderosa patronal de la información que muy pronto dominó el mercado francés.  La nueva prensa dependía de sus ventas, y la anterior quedaba relegada a la marginalidad. En Francia el panorama informativo quedaba en manos de cuatro grandes compañías que rivalizaban entre sí para aumentar la tirada, que llegó al millón de ejemplares en algún caso. Posteriormente, la ley fue copiada por la mayoría de Estados europeos.

Sin embargo, a medida que aparecían y se consolidaban los magnates de la gran prensa surgió una situación compleja que no había sido prevista por todos: algunos periódicos empezaron a recibir dinero y subvenciones ocultas para modificar o pervertir la opinión pública. A modo de ejemplo comentaré solo uno de estos episodios sobradamente conocidos: el escándalo del Canal de Panamá. Ferdinand de Lesseps fue quien lanzó la idea de construir un canal en Panamá, entonces parte de Colombia, con la finalidad de unir el Pacífico con el Atlántico. Su prestigio, despues del éxito del canal de Suez, hizo que las acciones de la sociedad denominada Compagnie Universelle du Canal de Panama lograse fácilmente una gran financiación. Y las obras empezaron, pero Lesseps, que no era ingeniero, había pensado en hacer un canal sin esclusas. La diferencia de altitud de los dos océanos hacía inviable esta solución, y construir el canal sin ellas resultaba imposible. Además, Panamá no era Suez: el territorio era selvático y rocoso, con una estructura lítica muy dura. A ello había que añadir las enfermedades tropicales, que diezmaban a los obreros, cuyas muertes se aceleraron.  El coste se disparaba muy por encima de lo previsto y, ante la imposibilidad de avanzar sin esclusas, las acciones del canal corrían el riesgo de desplomarse. La sociedad constructora invirtió entonces grandes cantidades en corromper a políticos, comprar voluntades y, sobre todo, comprar a la prensa francesa. A toda ella y singularmente a Le Matin, del magnate Maurice Bunau-Varilla (185-1944), cuyo lema dicen que era «Mi sillón vale tres tronos», aludiendo a su capacidad de comprar voluntades.  De hecho, su hermano era uno de los ingenieros y diplomáticos que jugó un papel importante en este escándalo. Al final de su vida, sería un admirador de Hitler, y la línea editorial de su periódico, proalemana, con lo que contribuiría activamente en la derrota de Francia al inicia de la Segunda Guerra Mundial.

La ley dejaba a los periódicos libres de la injerencia de la justicia o de la policía, pero no de la del dinero. A pesar de todo, la empresa fracasó. Miles de accionistas se arruinaron y salió a la luz uno de los mayores casos de corrupción de la historia.

Hoy estas historias quedan reducidas a historietas en comparación con la situación actual de la información, pero no debemos olvidar que «de aquellos polvos vienen estos lodos». Yo espero que, el cerebro humano, que se ha demostrado más potente que todas las máquinas, sitúe a las redes sociales y las fake news en el mismo cesto que antes situaron a la prensa manipulada. Lo malo es que quizás no tendremos tiempo.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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