Crónica

En el aire

Alberto R. Torices se estrena como colaborador de EL CUADERNO evocando un reciente viaje a Grecia y el amor que uno puede sentir por un país que no es el suyo, mucho menos perverso, dice, que enamorarse del propio.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

A Mari Paz Montes, en el aire

Todo (una semana) ha pasado ya, pero quiere uno seguir estando allí. Leo, releo y miro fotos, acomodo frágiles recuerdos, sensaciones leves, para que sigan en mí, que no se vayan todavía. Por supuesto, hay que retomar las cosas, reanudar el hilo: ayer eché unas horas frente al ordenador, por la tarde iré a tiro, pero sé que lo hago remoloneando, que lo hace solo una parte de mí, la más mecánica, la más obediente; otra parte, más ligera y enamoradiza, sigue en Atenas, o quiere seguir, quiere volver, estar más, quedarse… No es tan sorprendente, no es tan extraño, ese interés y ese apego hondos, largos, que algunas personas profesan hacia otros países, hasta el extremo de radicar su vida en ellos, y dedicarles todo su tiempo, su estudio, su trabajo, y convertirse en expertos en su historia, su lengua, sus gentes… Siempre me llamó la atención, siempre lo admiré y envidié, tocado también por cierto sentimiento de extrañeza, por el deseo de saber qué es lo que se siente. En realidad, no hay nada extraño, nada que pueda verdaderamente sorprendernos. El caso de los «hispanistas» ingleses, términos tan elocuentes como «rusófilo», «anglófilo», «germanófilo», «sinófilo»… Y otro que podría ser su complementario y que también se podría traer a colación ahora: «malinchismo», una palabra tan poco agraciada, la pobre. Nos enamoramos, necesitamos hacerlo, lo hacemos de forma inevitable y entusiasta, de personas, de países enteros, nos enamoramos y nos entregamos, nos consagramos a ellas y a ellos, y parece que el enamoramiento dura más cuando se trata de un país entero… Claro que se entiende, que es lo lógico y lo natural. Lo anormal, lo perverso, es enamorarse del propio país, como enamorarse de la madre, de la hermana. El nacionalismo, o cualquiera de sus clonaciones o ecos regionales, locales, municipales…, es una parafilia, una aberración, y por supuesto todos los países, regiones, ciudades y pueblos, tienen el suyo, por más que de ellos se enamore muy legítimamente el extranjero, para quien descubrirlo es como descubrir que la persona de la que te has enamorado tiene flatulencias o mal aliento. Hay que aceptarlo, claro, pero es un chasco. Pedro Olalla es un conspicuo helenista (la palabra es ya indicativa de una alta dignidad, de un alto don: helenista) de cuya mano, de cuya palabra, he hecho este viaje. Escribe realmente bien, alumbra párrafos como capiteles dóricos, jónicos y corintios, admirables, perfectos, y he recorrido muchos lugares recordando sus palabras, pero sobre todo contagiándome de su amor a ese aire, esos montes y esas piedras. Admiro su pasión, sus conocimientos; su sensibilidad, su mirada, su entrega. Domina el griego antiguo y el moderno, y vive o ha vivido allí («quienes vivimos aquí», escribe en Grecia en el aire). Siempre ocurre, uno viaja y se enamora: Berlín, Roma, Lisboa, Saigón… Londres quizá no, Londres… uf. Y ahora, Atenas, sí. Y de repente quisiera uno saberlo todo, leerlo todo, desde Heródoto hasta hoy. Hay tanto que descubrir, tanto que aprender, y se olvida y se envejece tan rápido. Vuelvo de Grecia envuelto como en un manto de melancolía, quizá nostalgia de lo perdido, que no es tanto un lugar como un estado, lo vivido, lo atesorado tan brevemente: la juventud, la belleza, el amor. Quizá visitar Atenas sea un poco visitar la infancia, la juventud de esto que somos y llamamos Occidente. Y produce mucha lástima ver esos templos y teatros en ruinas, aventurar los zarpazos sucesivos que los han ido destrozando, muchísima tristeza esas esculturas descabezadas, torsos sin brazos, rostros sin nariz, mínimos fragmentos de lo que fueron cuerpos gloriosos, que los arqueólogos identifican y primorosamente colocan sobre espacios vacíos, para que imaginemos lo que fue el frontón o el friso al que pertenecieron, y ahí están, en el Museo de la Acrópolis, en el Arqueológico Nacional, como esquirlas de una explosión (la imagen es también de Olalla), suspendidos en el aire, eternamente, para nuestra consternada contemplación. En libros y paneles explicativos, los expertos describen o imaginan cómo pudieron ser aquellos templos, con todos sus detalles, estatuas, bajorrelieves, pinturas… Quizá sea eso mismo lo que queda de todas las infancias, un gran vacío salpicado de cascotes, piedras sueltas y arrumbadas, gastadas de tanto rodar, rejuntadas sobre la nada; cimientos de lo que fue abatido o expoliado en edades posteriores, reunido o reconstruido posteriormente por nuestro remordimiento y nuestra fantasía, individuales y colectivos. Sobre esa Atenas antigua, sobre esa infancia ilusionada y convulsa, dorada y terrible, sobre ella o al lado o en torno a ella, ha crecido esta otra Atenas gigante y copiosa, ancha, vasta, a veces sucia y degradada, colorida, múltiple, congestionada pero en marcha; una Atenas en la que recalan o a la que se endosan inmigrantes que quizá creyeron encontrar aquí la puerta de Europa pero no, no: esa puerta no se abre para ellos; tomada, desbordada por turistas que, nosotros sí, entramos y salimos mucho más alegre y despreocupadamente, con nuestra ligereza y nuestros suvenirs. Atenas rica y pobre, o empobrecida, culta y brutal, rebelde y avasalladora; con sus grafitis y sus librerías; sus antidisturbios cotidianos apostados en las esquinas, ataviados como robocops, prontos para intervenir, y sus manifestaciones y protestas también cotidianas e impresionantes, sus proclamas (Palestina libre, turistas fuera de Exarchia, ACAB…), su prontitud para la revuelta, su espíritu contestatario y ácrata sobre ese otro fondo de alarmante indiferencia, de mansedumbre y conformismo, que diagnostica y quisiera extirpar Pedro Olalla. Sus grandes avenidas y tiendas glamurosas, su lujo, sus palacios, y sus barrios degradados y tan vivos, sus edificios desatendidos o inacabados y en ruinas, sus desconchones y su mugre, sus pavimentos destartalados. Algo tiene esta nueva Atenas de vieja y eterna Babilonia, a un tiempo decrépita y radiante, agotada e invencible. Y me gustó ver a Román por sus calles, verlo ir y venir como un griego más, con su barbita y sus rizos, como si Apolo se hubiera puesto una chupa y unos vaqueros, con esa mezcla tan griega, tan nuestra, que es fusión de lo moro y lo cristiano, lo asiático, lo africano, lo europeo. Eso podría ser el Ática entera, ese podría ser el aire en el que flota Grecia como dice Olalla y dijo Tucídides, un peine de vientos que aquí se concitan y se enredan. Me gustó verle integrado, las manos en los bolsillos, el paso despreocupado, la mirada confiada, mientras paseaba a su familia de turistas por calles, estaciones de metro, restaurantes para él familiares. Y me gustó ver a Alba y a Elsa tan ingrávidas y gentiles, su alegría, su ligereza, su adolescencia y su actitud toda tan distinta a la nuestra, a la mía, tan grave, tan apegada a las viejas piedras. Verlas reír y gastar, pasar tan airosa y rápidamente por museos de los que a nosotros nos tenían que echar; que aceptaran acompañarnos al templo o al sitio ese que queréis ver, y luego nos dieran esquinazo para irse a comer al Domino’s Pizza. Pues claro. También es eso Atenas, todo eso. Restaurantes agradables, elegantes, baratos; taxistas amables que se esfuerzan por darte conversación, pequeños locales donde tomar un bocado al paso, iglesias recoletas como puertas abiertas a una espiritualidad intensa y oscura, extraña y real; una vía de metro justo al lado de la milenaria piedra de los juramentos, en el viejo ágora; una muchacha que regenta una tienda de suvenirs y habla español perfectamente, y te cuenta y te confía. Vuelve uno de Atenas como se sale del mar, de todos los mares; como salió nuestra errática especie para hacerse terrestre o arbórea, cualquier disparate, como sale uno de todos los veranos y del último chapuzón en la última playa, como salí yo del Egeo en Agia Marina, el día que fuimos a Egina. Con miedo a no regresar, queriendo quedarse otro poco más, salir y no salir, volver y no volver, preguntándose si habrá otra vez antes del final. Todo puede estar pasando por última vez, como pasan estas líneas. Un chapuzón en el Egeo en pleno enero, siete días en Atenas, un pensamiento inconcreto, una emoción que se nos clava como una espina en el corazón. Y pasa, pasa. Mari Paz. Estaba muy enferma, pasó todas la Navidades ingresada, la última vez que la vimos nos dijo que esperaba que pudiéramos reunirnos en Reyes en su casa. Qué pena, por favor, qué triste. El jueves por la tarde nos dijo Sergio por WhatsApp que iban a sedarla para que no sufriera más. Poco después volvió a escribir, ya había fallecido. Habíamos llegado a Atenas el día anterior. Esa misma mañana habíamos visitado la Roca Sagrada, donde se veneró a los dioses inmortales. Por la tarde dimos un paseo por de la mano de Lucía por la «Trilogía de Atenas», la plaza Sintagma, el Panatenaico, el arco de Adriano y de ahí a Plaka, Mitropoli… Cuando llegó el primer mensaje de Sergio estábamos haciendo un descanso, tomando un aperol, charlando con otros turistas, extremeños. Todo se solapa y no es ironía, no es nada más que el círculo de la vida y de la muerte y de la vida y de la muerte, es todo lo que se nos escapa, todo lo que no sabemos ni podemos. Pero aún me cuesta creerlo, me llena de pena pensarlo. Es muy triste, muy injusto. Cincuenta y un años, los tres últimos sometiéndose a tratamientos, abrazada a esperanzas y proyectos que todos abrazábamos con ella. Una de las últimas veces que nos reunimos fue para comer un cocido en su casa. En su casa. Mari Paz. Alegre, generosa, valiente. Vital, ilusionada, capaz. Qué pena, qué pena.

Volamos de vuelta pero es Atenas la que queda suspendida en el aire. Su sueño, su vieja promesa, su fantasía cósmica y milenaria. Suspendida, sostenida por tantos hombres y mujeres que sueñan e imaginan, que padecen y se afanan, que no se pliegan, que combaten y se hermanan, esa fuerza y esa rebeldía que uno quisiera eternas, por más que nosotros las hayamos ido perdiendo, por más que vayamos cediendo, ingrávidos y serviles, como adultos.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

2 comments on “En el aire

  1. Aurora

    Gracias Alberto por este texto y por ser tu compañera de viaje. Atenas en el aire y en nuestros corazones.

  2. Emocionante. Atenas, y la vida, y el tiempo, y lo demás. Un paseo que invita al lector.

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