Rescates

Deseo y herida: la obra de Eduardo Blanco-Amor

Un artículo de Álvaro Acebes Arias sobre Eduardo Blanco-Amor: el dandi orensano de gesto imperturbable y herida secreta que firmó en 'A esmorga' una de las grandes novelas del siglo XX y al que el doble exilio, la censura y los prejuicios negaron el lugar que merecía.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Pol-a testa de Galicia
xa ven salaiando a i-alba.

F. García Lorca

Miro sus fotografías de juventud y en todas ellas aparece Eduardo Blanco-Amor con aspecto de dandi exquisito: gesto imperturbable, mirada sensual, traje elegante, corbata o pajarita reluciente, zapatos perfectamente lustrosos y el aleteo alegre del pañuelo de seda asomando en el bolsillo. No falta en algunas el sombrero de fieltro ladeado ni el cigarrillo en boquilla que, como en el caso de Zambrano u Ortega, en su mano asemeja más al pincel de un artista. La imagen de alguien completamente alejado de la vulgaridad, de lo trivial, que es todo gracia y va dejando un reguero de admiración a su paso. Lo escribió el propio Blanco-Amor en un libro rarísimo que se publicó en Argentina a mediados de los cincuenta, Las buenas maneras, lleno de humor y agudeza, y que más que un tratado acerca de relaciones sociales comprende toda una sociología sobre lo cotidiano: «la clave de la distinción es no darse cuenta de ella como de algo insólito o resaltante». El don de la elegancia como algo natural y que se lleva con comodidad, igual que una segunda piel. Y, sin embargo, uno intuye que, bajo la apariencia sofisticada y de despreocupación de ese hombre que mira altanero y con un punto de ironía a la cámara, hay misterio y herida, pues Eduardo Blanco-Amor perteneció a esa clase de escritores que saben que la vida suele ser casi siempre mala literatura, tornándose a menudo más melodramática que los melodramas más inverosímiles y truculentos.

Lo aprendió bien pronto, en paseos tristes por las calles estrechas y de piedras oscuras de Ourense, la ciudad en la que nació cuando el siglo daba sus últimos bostezos —por coquetería, el escritor solía restarse tres años para decir que había venido al mundo cuando aquel se inauguraba—, y donde podía escuchar los crueles insultos de otros muchachos que le decían «Blancaflor» y «Eduardita, maricón», o cuando, siendo todavía un niño, le llegaban los murmullos y maledicencias de sus vecinos porque había crecido en una casa donde faltaba el padre, un peluquero que abandonó a la familia para irse con otra mujer. O fillo da florista, como reza el título de un precioso libro que publicó la editorial Linteo hace ya algunos años a modo de homenaje, y que describe la infancia solitaria de un niño huidizo e introvertido, criado entre mujeres y flores de organdí, con zapatitos de charol y cuellos almidonados, que entretenía las tardes largas y desvaídas, de ganchillo, chocolates dominicales y rosario, con la lectura voraz de los clásicos románticos y la Santísima Trinidad que forman Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé. Tenía razón Ana María Matute cuando decía aquello de que la infancia es más larga que la vida, que siempre la llevamos nosotros, pues es de los escenarios de esa niñez frágil, convertidos en un estado de ánimo o una visión del mundo, de donde Eduardo Blanco-Amor sacará el material para sus magníficas novelas.

Diría que existen pocos nombres que hayan sido tan injustamente ignorados como el de este gran escritor gallego. Fuera de su patria chica no lo conoce nadie. Algo de culpa lo tendrá el doble exilio que sufrió, exterior e interior, con un regreso tardío a España que no pudo ser más descolorido, sobreviviendo gracias a los exiguos derechos de sus obras publicadas y la protección de algunos amigos, y viéndose obligado por pura necesidad a aceptar encargos como la traducción al gallego de la serie de Astérix. Pero se me ocurre que en ese inmerecido olvido también han tenido su peso otros factores: la inopia crítica, la irregularidad con que llegaron a España sus obras o la dificultad para incluirlo en alguna escuela, el peaje de la censura, ingratitudes varias y hasta una cosa tan aburrida de explicar como son los prejuicios y el desprecio a cualquier literatura que se salga del canon nacional. A saber. Protagonista de agrias polémicas, provocaciones y escándalos que molestaban a la oficialidad —a su funeral no fueron políticos ni representantes institucionales; no iban a desdecirse a esas alturas: los desencuentros, desaires y cabreos del presidente Fraga con los intelectuales gallegos eran una nota común en aquellos tiempos—, afirman muchos de los que lo conocieron que el carácter difícil del escritor, a quien le sobraba tanto talento como orgullo, tampoco ayudó a que lograra el reconocimiento que le estaba reservado. Me dirán ustedes que en literatura son frecuentes esta clase de equívocos, que exaltan a los mediocres y condenan (a veces en vida) a los mejores, y que la narrativa española del pasado siglo está llena de arrinconamientos y desdenes como el que les cuento aquí, pero la única verdad de todo esto es que Eduardo Blanco-Amor fue un escritor formidable, autor de una obra a la que le llegaron bienintencionados homenajes póstumos, elogios a destiempo y alguna reedición que ha corregido los defectos y mutilaciones de las publicaciones originales, pero que sigue esperando la resonancia que merece, buscando ese lugar de excepción que ocupan los libros de Valle, Dieste, Cunqueiro o Torrente Ballester, y eso solo por citar cuatro nombres cardinales con los que comparte coordenadas geográficas, ensoñaciones, atmósferas, derroches de imaginación y el maravilloso mirar sobre un trozo de mundo.

En efecto, la obra de Blanco-Amor, poeta, dramaturgo y novelista, está estrechamente ligada a unos paisajes familiares de los que, sin embargo, el autor tuvo que desprenderse muy pronto. Llevaba un tiempo trabajando en todo tipo de oficios, desde mozo de café a aprendiz de cajista en una imprenta, cuando en 1919 decidió embarcar de polizón con rumbo a Buenos Aires. Tenía poco más de veinte años, había logrado publicar algunos poemas en periódicos locales y frecuentaba la tertulia de Vicente Risco y otros galleguistas. Se dice que entre las razones para aquel viaje estuvieron el escándalo que suscitó en Ourense una relación que no fue ni lo suficientemente discreta ni solitaria y la necesidad de escapar a la leva forzosa que enviaba a hacer el servicio militar en la guerra del Rif. En el equipaje: un par de camisas, un traje, catorce pesos y una edición de Les Fleurs du mal. Un emigrante de tercera y autodidacta, como él mismo se describió años después, saltando de una pensión a otra, viviendo siempre en el alambre y compartiendo penurias y morriñas con otros paisanos. Claro que los males del desarraigo se compensaron con la vida cultural de Buenos Aires, una ciudad que lo fascinó desde el primer momento: estrenos teatrales, exposiciones de arte, conferencias o el acceso a las novedades literarias que no llegaban a España. Un ambiente cosmopolita en el que se reconoció, por el que pudo moverse en libertad, sin miedo y sin tacha, y que acabaría dejando una honda huella en su manera de ser y de vivir. De la relación con los círculos galleguistas y el aprendizaje que se traía de las tertulias en su ciudad natal, completado con la asistencia como oyente a las clases de la Facultad de Letras, surgirá la oportunidad de participar en revistas como Céltiga, de la que llegaría a ser director,y Terra, la primera en editarse íntegramente en gallego, fundada junto a su amigo Ramiro Isla Couto y portavoz de las ideas de Irmandade Nazonalista Galega liderada por Risco. Fueron publicaciones que sufrieron no pocas vicisitudes y que, como en el caso de la última, que apenas duró un año y solo tuvo cinco números, se vieron lastradas por problemas de financiación, las disputas internas y la indiferencia tanto de los gallegos emigrados como de los peninsulares. «¿Por qué nos hablas en gallego? ¡No somos bestias!», le dijeron una vez en un centro para gallegos establecidos en Argentina cuando subió a dar una conferencia sobre Rosalía. Aquellas colaboraciones, sin embargo, unidas a sus grandes dotes como orador, sirvieron para que Blanco-Amor se hiciera un nombre en la capital porteña y en 1926, tal vez advertido de la creciente relevancia social, económica y cultural que empezaba a tener la comunidad en Argentina —por aquellos años vivían más gallegos en Buenos Aires que en cualquier otra ciudad de España—, el poeta Leopoldo Lugones lo invitó a trabajar en La Nación, cuyo suplemento cultural era el más prestigioso y leído de toda Sudamérica. Las colaboraciones con el periódico, que se extendieron durante casi una década, le van a permitir trabar relación con Borges, Sábato, Mallea u Horacio Quiroga, pero, sobre todo, le ofrecen la posibilidad de regresar temporalmente a España como corresponsal, lo que supone el reencuentro con su tierra y los intelectuales galleguistas del grupo Nós, con Otero Pedrayo, Castelao, Suárez Picallo y Risco como figuras principales, pero también la convivencia con los autores de su generación. Será en una de esas idas y venidas entre las dos orillas cuando conozca a Alberti, con el que inicia una amistad que perdurará en el tiempo, y a García Lorca, cuya obra admiraba desde la publicación del Romancero gitano en 1928, el mismo año que habían aparecido en Buenos Aires los Romances galegos del propio Blanco-Amor, y del que se convierte en una especie de confidente sentimental. La relación con Lorca, sostenida a lo largo de varios años y documentada en algunas cartas —apenas han sobrevivido unas pocas; cuenta Gonzalo Allegue en Eduardo Blanco Amor, diante dun xuíz ausente (1994), su amenísima y excelente biografía del escritor, que pocos días después de la muerte de Blanco-Amor se descubrió que el grueso de aquella correspondencia había desaparecido de su casa— y fotografías que hizo el autor orensano en la casa del poeta en Granada, se traducirá en la creación de los Seis poemas galegos, que Blanco-Amor se encargará luego de corregir y prologar cuando se publiquen en 1935 en la revista compostelana Nós.

A finales de ese año, quizá entreviendo la catástrofe que se avecinaba, regresó a Buenos Aires. Estallada la guerra, el escritor dejará a un lado su labor como periodista cultural para firmar decenas de artículos y manifiestos en favor de la causa republicana, llegando incluso a encargarse de peliagudas funciones de diplomático en la embajada española —tras ser nombrado cónsul en abril de 1937 tuvo que responsabilizarse de la acogida a los exiliados que empezaban a recalar en Argentina y a los que había que procurar visado y permiso de residencia— y a escribir al presidente Azaña para ofrecerle su sueldo en caso de que decidiera trasladarse a la capital porteña. El desenlace de la guerra, con una Argentina que había estado muy dividida ante el conflicto —las suspicacias de La Nación, por ejemplo, hicieron que sus colaboraciones fueran cada vez más esporádicas—, lo pondrá en una situación complicada, obligando a Blanco-Amor a buscarse la vida para sobrevivir. Entra a trabajar en la editorial Emecé, lo que le permite conocer mejor las novedades que llegan de Europa, y funda un grupo de teatro con actores procedentes de la compañía de Margarita Xirgu: el repertorio es clásico, con piezas de Lope, Calderón y Cervantes como principal reclamo, y se adivina la sombra de Lorca en todo lo escénico. Un éxito asegurado que supondrá una gira de un año por varias ciudades argentinas. Al mismo tiempo, prosigue con su labor de comentarista cultural, que lo lleva a dar conferencias sobre literatura y arte por todo el continente. De esos viajes, por cierto, surgirán tiempo después estupendas crónicas, como las que nutren Chile a la vista, un libro lleno de entusiasmo y encanto por los paisajes del país andino, con sabrosas paradas en su vida cultural, y que tuvo un gran éxito de crítica y público.

Es por esos años, cuando ya rondaba los cincuenta —«escritor de decisión o desvergüenza tardías», solía decir—, que surge el novelista. Al margen de algunos poemas aparecidos en revistas de la emigración gallega y de varias farsas teatrales que fueron escritas en fechas próximas a la guerra de España, en las que no es difícil observar el influjo de Lorca, la literatura de Eduardo Blanco-Amor debería figurar entre los clásicos de nuestra narrativa por cinco títulos imprescindibles. Lo dijo el crítico Soldevila Durante, uno de los pocos en ocuparse de su trayectoria cuando aquí nadie lo conocía: muchos narradores que lograron fama y renombre en la España de finales de los años cuarenta tienen que agradecer a los rigores y caprichos de la censura el no haber tenido que medirse con La catedral y el niño, una novela de prosa exquisita y sensual, que parece salida de otra época por su apariencia de folletín y puede ponerse a la altura de las evocaciones gallegas de Valle-Inclán y Pardo Bazán o las grandes sagas de Eça de Queirós. Hablamos de un fascinante fresco de la vida en Ourense (Auria en la novela) a principios del siglo pasado, con sus canónigos, campanas, querellas de casino y laberínticas callejuelas, en donde se retrata la infancia triste y enfermiza del autor y que destaca por una perfección e intensidad sorprendentes, mostrando a un narrador que se goza en los detalles («el barroquismo es la forma congénita de la expresión gallega», afirmaba el escritor en el prólogo) y domina como pocos el arte de contar.

Si esta novela no tuvo suerte, teniendo que esperar casi treinta años a verse editada en España después de su primera publicación en Argentina en 1948, destino parecido o aún más cruel corrieron las siguientes, condenadas a la leprosería o a pasar sin pena ni gloria por las páginas de los suplementos literarios. Ahí está el caso de Los miedos, que Blanco-Amor escribió cuando estaba preparando su regreso a España, a principios de los sesenta, y que constituye una deliciosa evocación del mundo de la infancia en contraste con el de los adultos, con sus intenciones ocultas, intereses y secretos, inéditos hasta entonces en la imaginación del niño protagonista. La novela, en la que el autor había puesto muchas esperanzas, fue presentada al Nadal y quedó finalista (el premio fue para una sosería titulada El curso, de un tal Juan Antonio Payno y que era sobrino de Dámaso Alonso), pero apenas encontró difusión. Una denuncia por obscenidad del falangista José María Castroviejo, que tenía cuentas pendientes con el escritor y abominaba de la novela por su homoerotismo y la presunta explicitud de algunos pasajes escabrosos, llegó a censura y propició que el libro se quedara sin publicidad ni atención crítica, durmiendo el sueño de los justos en las librerías. Una pena. En el caso de Aquella gente, la última novela que publicó Blanco-Amor, y quién sabe si para evitarse problemas, el escritor prefirió recrear en castellano la versión original en gallego, atenuando aquellas escenas que pudieran resultar más violentas y crudas a ojos de la moralidad franquista. Como en el caso anterior, el apabullante despliegue de recursos y técnicas expresivas, demostrando un extraordinario oído para captar el lenguaje de todas las clases sociales, no sirvió para que la novela encontrara la repercusión que merecía. Mención aparte corresponde a Las musarañas, Os biosbardos en el original gallego, una colección de cuentos llenos de intimismo, humor y magia poética que, como los títulos anteriores, supone otro regreso a los escenarios de Auria y los paraísos de la infancia en su Galicia natal. Hay en uno de los relatos un personaje que describe el sino de todos aquellos emigrados y exiliados: «Uno va llenando la casa de extraños, casi diría de extranjeros, y se termina no siendo ni de acá de allá, ¡la gran perra!». Unas palabras que se ajustan como un guante a la ajetreada vida del autor orensano.

Pero me he olvidado de hablarles de la que es la obra maestra de Eduardo Blanco-Amor, una breve novela titulada A esmorga, que nació de un arrebato, y fue escrita en apenas cinco meses a partir del recuerdo de un episodio de pendencias callejeras del que el escritor había sido testigo cuando tenía cinco años. Conocida aquí con el nombre que le dio su autor cuando la reescribió tiempo después en castellano, La parranda, fue adaptada al cine con maestría por Gonzalo Suárez en 1977 y, de nuevo, con mayor verismo por Ignacio Vilar en 2014. No sé la de veces que he vuelto a ella. Si hay quien compara La catedral y el niño con la saga de Los gozos y las sombras de Torrente Ballester, no es descabellado poner en común la segunda novela de Blanco-Amor con el Pascual Duarte de su también paisano Cela. Pienso, sin embargo, que no conducen a nada bueno estos cotejos, más que nada porque es una lata y por la tentación que supone señalar las ausencias o defectos que hay en las que sí han ingresado en el canon. Sea como sea, el caso es que La parranda, que también padeció la estrechez de miras del inquisidor de turno, es uno de esos lujos que se dan cada mucho tiempo en una literatura. A diferencia de las demás obras de Blanco-Amor, aquí no hay concesiones líricas ni miradas al mundo infantil, sino un viaje al fin de la noche, un descenso implacable a los infiernos de la violencia y la crueldad en donde la prosa, en su descripción de la lluvia, la tierra, las tabernas y los demás ambientes suburbiales por los que se pierden los personajes, alcanza a convertirse en algo casi tangible, como si sintiéramos un frío y una humedad que nos cala hasta el alma.

Cuenta La parranda la historia de Xan el Bocas, Aladio el Milhomes y Cibrán el Castizo, unos seres marginales y víctimas de sus impulsos e instintos que, en una noche de espectacular borrachera, transgreden todos los límites imaginables y emprenden el camino hacia su propia autodestrucción. Sin un solo resquicio al idealismo, Blanco-Amor recreó con extraordinaria fidelidad las situaciones, los giros y expresiones de la lengua popular, componiendo una tragedia grotesca y patética que debe no poco a los espejos deformantes de Valle-Inclán y emparenta, si me apuran, con el Ulises de Joyce en su terrible crónica de una deriva moral y existencial que queda comprimida en veinticuatro horas y unos pocos espacios. No falta, además, quien la compara por sus hechuras y pesimismo existencial con La caída de Camus y El proceso de Kafka. Pero La parranda es mucho más que sus fuentes y deudas, las audacias innovadoras y los malabarismos formales. Hay ritmo trepidante, humor negrísimo, una asombrosa penetración psicológica y también un crudo y feroz retrato de la miseria de las clases bajas gallegas, sometidas por la represión y el autoritarismo de las instituciones de la España de finales del siglo XIX. Una imagen brutal y desesperada que, no obstante, alcanza validez universal, logrando superar el reflejo de un horror social concreto para develar otros abismos que son los de la condición humana, con sus pasiones, deseos y tensiones ocultas, que estallan en toda su intensidad y dejan tras de sí el recuerdo de una lectura de la que no se sale indemne. Ahí queda el aviso, por si acaso, aunque les puedo asegurar que en la literatura hay puertas cerradas que siempre vale la pena abrir.

Eduardo Blanco-Amor falleció en Vigo en diciembre de 1979. Unos años antes señaló en una entrevista en televisión que él únicamente había regresado a España para morir, «como es la obligación de todo jubilado bien educado». Estaba enfermo del corazón desde hacía tiempo, lo sabía y no pudo llegar siquiera al hospital. Dicen que en el taxi donde lo sorprendió el ataque pidió al conductor que no alborotase ni sacara el pañuelo por la ventanilla. Para qué. Un modo de irse sereno y discreto o tal vez el último gesto de elegancia y delicadeza del dandi que siempre fue.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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