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> Mirar al retrovisor

Marcuse, la IA y una promesa incumplida

En los sesenta, Marcuse advirtió que la técnica podía liberarnos del trabajo y que el sistema no lo permitiría. Sesenta años después, la inteligencia artificial multiplica la productividad, pero no acorta la jornada. ¿Por qué la máquina no nos libera? Un artículo de Joan Santacana.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Cuando estudiaba en el viejo edificio de la Universidad de Barcelona, allá por los años sesenta, el profesor de filosofía Xavier Rubert de Ventós (1939–2023) nos invitó a leer a Herbert Marcuse (1898–1979), uno de los pensadores más influyentes de aquellos años. El libro elegido fue El hombre unidimensional. Para mí resultaba una obra densa, de lectura difícil; confieso que entonces prefería a Ortega y Gasset. Aun así, leí al filósofo alemán.

La tesis central del libro era inquietante: en las sociedades avanzadas, bajo la apariencia de libertad y democracia, se ocultaba una estructura profundamente totalitaria. A través del consumo, los medios de comunicación y la racionalidad tecnológica, esa sociedad era capaz de absorber cualquier fuerza de oposición. El resultado era un individuo desprovisto de sentido crítico, reducido a una existencia unidimensional entregada a la distracción y la banalidad.

Marcuse desarrollaba esta idea en tres direcciones. En primer lugar, denunciaba la creación de falsas necesidades: la gente creía elegir libremente, pero en realidad quedaba atrapada en el engranaje de la producción y el consumo. En segundo lugar, advertía de que el sistema dominante sofocaba el pensamiento crítico. En tercer lugar, sostenía que la sociedad moderna alcanzaba un control casi total del individuo mediante la satisfacción inmediata de sus deseos.

Lo que más me llamó la atención fue su reflexión sobre el progreso tecnológico. En principio, la tecnología podía liberar a la humanidad de una parte sustancial del trabajo. La automatización y el desarrollo técnico tenían un enorme potencial emancipador: aligerar el trabajo manual y abrir la puerta a una vida menos sometida a la obligación de producir. Pero, según Marcuse, esa posibilidad quedaba bloqueada por el propio sistema. En lugar de transformar la productividad en tiempo libre y libertad, el capitalismo monopolista la convertía en un instrumento de dominación. El tiempo que podía haberse ganado para la vida era reconducido hacia el consumo y, en última instancia, hacia más trabajo.

No sé si he logrado expresar con fidelidad la idea central del filósofo. Yo la entendí así, aunque durante mucho tiempo dudé de ella. Sin embargo, hoy resulta difícil no concederle parte de razón. Marcuse no pudo prever la inteligencia artificial, pero quienes vivimos ya bajo su hegemonía empezamos a reconocer la vigencia de su advertencia. La automatización, decía, podía tener un efecto integrador peligroso: a medida que el trabajo se volvía menos duro físicamente, los trabajadores dejaban de percibirlo como una forma de sometimiento. Y dejaban de plantearse la pregunta esencial: ¿qué se libera realmente con el progreso?

La paradoja se hace hoy más visible que nunca. La inteligencia artificial multiplica la productividad, pero no reduce necesariamente la jornada laboral ni redistribuye de forma justa los beneficios que genera. Al contrario, en muchos ámbitos intensifica el control, acelera los ritmos y extiende la disponibilidad permanente. Ni Rubert de Ventós ni Marcuse llegaron a verlo, pero la pregunta que dejaron planteada sigue abierta: si la tecnología puede liberarnos del trabajo, ¿por qué no lo hace? La respuesta, como apuntaba el filósofo alemán, no está en la tecnología misma, sino en quién la controla y con qué propósito.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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1 comment on “Marcuse, la IA y una promesa incumplida

  1. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Parece que Marcuse no iba mal encaminado
    El consumo es la base del sistema capitalista, y por otro lado, el propio sistema se asfixia si no hay consumo y por tanto no se vende el producto

    Para que haya consumo debe haber suficiente gente con algún dinero para gastar, y para ganarse ese dinero cada vez tiene que trabajar más para comprar más cosas que muchas veces no sirven para nada

    Es un embrollo donde la IA parece que viene no sabemos si para bien o para mal

    Total, el mismo caos que siempre ha dominado a la sociedad humana

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