/ por Antonio Acevedo Álvarez /
El 2 de febrero de 2006 recibí un correo, que todavía conservo, en el que Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) se interesaba por mi opinión acerca de una unidad didáctica de «Arte contemporáneo en Castilla y León» que él estaba preparando gracias a una licencia por estudios que le habían concedido. A partir de ahí, han sido numerosas las ocasiones en que nuestros caminos se han entrecruzado.
Su profundo conocimiento sobre esta materia y su manera tan didáctica de enseñar a lo largo de una dilatada carrera entregada a la docencia hacen que, después de veinte años de aquel primer contacto, haya vuelto a acercarme con enorme gusto a la lectura de su último trabajo.
Considero una gran suerte haber coincidido con Arturo Caballero. Docente, historiador, comisario de arte, jurado de premios, fotógrafo, viajero incansable allá donde hubiese una exposición interesante, estudioso e investigador del arte contemporáneo… y todo ello, desde una ciudad como Valladolid. Pienso que Arturo ha sido y es una de las personas que más han contribuido en Castilla y León a la divulgación del arte contemporáneo haciéndolo, además, a un público difícil y exigente; el de los jóvenes, los profesores y cualquier otro principiante en estas lides.
Porque la divulgación se ha realizado, también, por otros medios. Todavía recuerdo con cariño aquellas maravillosas charlas que nos daba en el Patio Herreriano de Valladolid y a las que yo acudía asiduamente con el convencimiento de que, tras cada una de ellas, me iba a llevar a casa algo más de conocimiento y admiración por todo lo que acontecía en el mundo del arte actual.
O a través de sus artículos, basta hacer un repaso por los casi cincuenta que ha escrito en esta misma revista, para darse cuenta de la gran variedad de temas que aborda y de los que es conocedor: sus anuales paseos por ARCO, su análisis de artistas como Matisse o Yoko Ono, sus visitas a museos de arte contemporáneo como el Reina Sofía o el MUSAC, sus viajes (Bali, Estambul, Hong Kong, Barcelona…), y todo ello, sin olvidarse de chozos, apriscos, palomares, guardaviñas, lagares o bodegas; un mundo de construcciones tradicionales con el que todavía es posible encontrarse en los alrededores de los pueblos castellanos, aunque probablemente por poco tiempo, porque, como nadie les hace caso, se han empeñado en pulverizarse buscando el retorno a la tierra de la que antaño surgieron.
Estos escritos han generado una correspondencia digital de la que entresaco un par de observaciones como muestra de la manera de escribir del autor; le escribía sobre un viaje a Cáceres: «Arturo, tu artículo brilla por su tono íntimo y evocador, has sido capaz de entrelazar vivencias personales con la riqueza cultural de Cáceres sin perder frescura ni honestidad. Tu prosa fluye con naturalidad y me sumerjo tanto en el Museo Vostell como en el de Helga de Alvear. Es sensible, con la sensibilidad de quien ha aprendido a mirar el arte no solo como un objeto de contemplación, sino como un hilo que une lugares, memorias y emociones». En otra ocasión, una de sus visitas a ARCO, recuerdo haber compartido la siguiente reflexión: «Arturo, se nota que te tomas el arte en serio. El artículo es crítico, pero no indiferente. Su tono puede ser duro, pero nace de una preocupación real por lo que está pasando actualmente, no de simple rechazo. La mezcla entre mercado, tendencias y creación es algo que cualquiera que se acerque a ferias como ARCO percibe. El artículo consigue poner en palabras esa sensación. No todo es negativo, deja espacio para la esperanza. Aunque el tono es crítico, aparecen artistas jóvenes que intentan hacer algo distinto. Eso introduce una lectura más matizada: el sistema puede estar en crisis, pero sigue habiendo energía creativa. Invita a pensar. Más que dar respuestas cerradas, el texto funciona como un estímulo para reflexionar: ¿hasta qué punto el mercado condiciona el arte? ¿Qué es auténtico hoy? ¿Dónde está lo verdaderamente interesante? En pocas palabras, tu artículo, Arturo, es provocador y algo pesimista en este aspecto, pero interesante porque plantea preguntas importantes sobre el arte contemporáneo y su contexto actual, sin dejar de reconocer que aún hay espacio para propuestas vivas y sinceras».
El amplio espectro de temas que Arturo domina hace que esta nueva publicación que ahora se nos presenta sea una lectura perfecta para todas aquellas personas que quieran acercarse al arte contemporáneo de una manera amena y sobre todo fiable. Ese sea tal vez el punto más fuerte e interesante de este libro: su precisión y exactitud en un mundo tan lleno de informaciones poco veraces o contrastadas.
Y esto es gracias a que Arturo Caballero Bastardo aborda el trabajo desde todas sus facetas como persona dedicada al arte: la de historiador, la de crítico, la de docente (entre ellas ha coordinado el Bachillerato de Investigación y Excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid), la de autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), la de escritor de manuales escolares para diversas editoriales, la de organizador de ciclos y conferencias, la de formador de cursos de actualización didáctica para profesores, la de comisario de exposiciones de jóvenes artistas o la de jurado de concursos de artistas de Castilla y León (momentos compartidos con él en los cuales sus aportaciones precisas y certeras enriquecían nuestras decisiones).
Hablemos, pues, de Arte contemporáneo (para principiantes), que no es solamente un libro que explica el arte actual, sino un libro que enseña a pensar el arte contemporáneo.
Uno de sus mayores méritos, a mi entender, consiste en que no intenta domesticar la complejidad del arte reduciéndola a un catálogo de «ismos». Arturo Caballero parte de una convicción que atraviesa toda la obra: comprender el arte exige entender el tiempo histórico que lo produce.
Por ello, el lector no encuentra únicamente una sucesión de movimientos, artistas y fechas, sino un relato coherente en el que las guerras mundiales, las revoluciones tecnológicas, la fotografía, la arquitectura, la filosofía y la literatura dialogan con la creación artística. Ese planteamiento recuerda a la célebre afirmación de John Berger que asegura que «el modo de ver depende de lo que sabemos y de lo que creemos», mientras conecta con la idea de Ernst H. Gombrich de que no existe «el Arte» con mayúsculas, sino artistas que responden, cada uno a su manera, a los desafíos de su tiempo.
El autor evita deliberadamente dos peligros frecuentes. El primero es el tono hermético que ha alejado a tantos lectores del arte contemporáneo; el segundo, la simplificación divulgativa que termina convirtiendo la historia del arte en una sucesión de anécdotas.
Entre ambos extremos construye un discurso riguroso, pero extraordinariamente legible, apoyado en citas de artistas, filósofos y críticos que iluminan el texto sin convertirlo en una exhibición erudita. Umberto Eco, Ortega y Gasset, Baudelaire, Gombrich o Arthur C. Danto aparecen porque ayudan a pensar, no porque adornen el discurso. Especialmente acertada resulta la insistencia en formar un criterio antes que imponer un gusto.
En tiempos dominados por la inmediatez de las imágenes y por el juicio instantáneo de las redes sociales, Caballero recuerda que a mirar también se aprende. Esa idea enlaza con Hans-Georg Gadamer (Verdad y método, 1960), cuando afirmaba que toda verdadera experiencia estética transforma al espectador.
Después de recorrer estas páginas, el lector descubre que el arte contemporáneo deja de parecer un territorio hostil para convertirse en una conversación abierta en la que cada obra plantea preguntas sobre nuestra propia época.
Hay, además, una virtud poco frecuente: el libro está escrito desde la experiencia de quien ha dedicado décadas a enseñar Historia del Arte. Se percibe en la claridad de la exposición, en la inteligencia con la que organiza los contenidos y en la capacidad para anticiparse a las dudas del lector. No es un tratado pensado para especialistas encerrados en una disciplina, sino un volumen que puede disfrutar cualquier persona con curiosidad intelectual, desde quien se acerca por primera vez a las vanguardias hasta quien desea ordenar conocimientos ya adquiridos.
Quizá por ello la mejor definición de esta obra sea la de una invitación. Invitación a mirar con mayor atención, a desconfiar de los prejuicios, a comprender que el escándalo de ayer suele convertirse en el canon de mañana y que, como escribió Ortega y Gasset, «lo único imposible es dejar de ser contemporáneo de nuestro propio tiempo» (La rebelión de las masas).
Libros así no solo explican el arte; ayudan a reconciliarse con él. Y esa es, probablemente, la razón principal por la que merece ser leído con calma y ocupar un lugar destacado en la biblioteca de cualquier amante de la cultura.
Qué mejor manera de acabar este artículo que reproducir el resumen de la coda final con la que el autor nos deleita como resumen de los diez consejos (que no mandamientos) que nos plantea para nuestras próximas travesías artísticas: «Y para concluir, estos diez consejos pueden resumirse en dos: Por sistema, no otorgues validez absoluta a cualquier obra. Ni a cualquier opinión. Somételas a tu juicio. Ni sacralices el arte, ni pienses que tal cuadro o cual escultura es una mierda, porque hasta la basura puede ser arte. Aunque lo que voy a decirte te servirá de poco si eres joven y tienes ganas de apropiarte visualmente del mundo, si alguna vez tienes que elegir entre el arte y la vida, aunque dicen que el primero es más duradero que la segunda —o tal vez por eso— no lo dudes: elige siempre la vida».
Estoy seguro de que sus nietos Pablo y Mateo, a los que Arturo dedica el libro, estarán muy orgullosos de él, lo leerán… y siempre elegirán la vida.
Muchas gracias por este regalo, Arturo.

Arturo Caballero
Trea, 2026
350 páginas
24 €
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El libro resulta sumamente atractivo; no cabe duda de que me haré con un ejemplar.
Que bueno encontrar este sitio. Es un placer volver a conectar contigo. Gracias Arturo!