/ un relato de Jaime Tovar Iglesias /
—¿Usted cree que los dueños del país iban a darnos el poder de manera democrática, joven?
Tomás Patrón conversaba conmigo en la última mesa de la Negrita Guajira.
—Meses antes de aquella operación fue la revolución sandinista en Nicaragua contra el dictador Somoza —explicaba—. Acá en Colombia, el comandante Jaime Bateman se solidarizó con el movimiento. Según él, su gran fallo fue el poco armamento que llevaban. A nosotros no podía sucedernos lo mismo. El Eme necesitaba un arsenal de armas bastante importante. Nuestras filas debían estar preparadas, sumercé.
Se acomoda en la silla. Se inclina hacia la mesa y aborda a la cerveza. Bebe dos tragos, se arremanga, cruza los brazos.
—Otra vaina fue por el Paro Cívico Nacional —continuaba, gesticulando con las manos—, un año antes; en el 77. Las protestas, los saqueos, las barricadas, si viera. Fue un caos, un infierno en la ciudad. Se consideró que era necesario armamento. Una idea del comandante fue armarnos; contar con un gran polvorín, hacernos con un depósito de armas para nuestra causa, para nuestra seguridad.
Se quita la cazadora y la coloca en el respaldo de la silla, saca una cajetilla de cigarros del bolsillo interior.
—A pesar de todo, él ordenó que no se derramase una gota de sangre —manifestó acercándome uno—. Ni una sola muerte, y mucho menos de inocentes. Lo dejó bien claro, no estamos contra el pueblo; somos el pueblo, carajo. Nosotros éramos otra vaina. La guerrilla del M-19 tenía otro signo. Los mensajes al pueblo, la toma de símbolos históricos. Nada que ver con las bombas de Tirofijo y el Mono.
Hace un silencio se lleva un pitillo, lo prende, fuma, sopla una humareda que discurre y se dispersa hacia la luz de la lámpara.
—Los camiones del ejército iban cargados de armas al Cantón Militar. ¿Hubiera sido mejor atacarlos? Él mismo rechazó esa idea, no estaba dispuesto a que se derramara sangre. El comandante sabía que se trataba de una operación compleja. Serían meses de mucho trabajo. Necesitábamos herramientas, plata y comida. El robo de armas del Cantón Norte se planeó durante mucho tiempo: la Operación Ballena Azul. Fue el comandante que contactó con una familia que ayudó al grupo guerrillero a esa tarea. No le diré el nombre de la familia por respeto, usted sabe. Bastante nos ayudaron. Pero lograron hacerse con una casita cercana y allá se instalaron. Desde el hogar de ellos, unos cuarenta hombres empezamos a picar bajo tierra, día y noche.
En ese momento, Tomás Patrón habló de una empresa que pertenecía al M-19. De cómo gracias a los beneficios, y la ayuda de la familia que llevaba esa sociedad y colaboraba con la guerrilla, lograron sacar las armas del Cantón Norte. Con los dividendos obtenidos de esa empresa, que era de productos médicos, el M-19 obtuvo la financiación para tan escabrosa hazaña.
—Ya le digo, joven —repetía tamborileando con los dedos en la mesa—: así fue como el Movimiento se hizo una casita cerca del Cantón Militar. Ellos estaban en la casa, tranquilos; una familia normal, con sus peladitos y sus vainas domésticas. Y nosotros empezamos la tarea. Yo tenía miedo, pues me daba claustrofobia un sitio tan oscuro, imagine.
Me pareció novelesco que el grupo guerrillero tuviese la ayuda de una familia convencional. Que a través de las ventas de productos médicos, algo tan burgués, alimentase la ayuda para comprar herramientas, máquinas, comida para todos esos días.
—La casa estaba a menos de cien metros del depósito de armas —me indica, imitando la extensión con las manos—. Bajo las órdenes del comandante Bateman, comenzamos a construir un túnel. Los pasadizos bajo tierra, las largas horas cavando bajo la calle hasta poder dar con el almacén de armas. Fue duro, sumercé. Muy duro. Sin aire limpio, sin luz del sol. Fueron jornadas largas. Mientras excavábamos solo encontramos basura, concreto, barro, aguas fecales, todo una porquería, joven. Era peligroso. El avance, muy lento. A veces, nos golpeaba el agua y teníamos que parar. La tierrita la sacábamos en bolsas que luego eran transportadas en camionetas. A cada rato, aparecían obstáculos. Algunos compañeros no podían más. Paraban. Imagínese los malos olores, el poco oxígeno. Cómo tosíamos. Otros, hasta vomitaban. No fue fácil, sumercé. Según los ingenieros que controlaban el avance no llegaríamos a tiempo. Estábamos apurados. Nuestro objetivo era llegar el 31 de diciembre.
Los guerrilleros, según él me contaba, llevaban mucho tiempo planeando el motín. Cavaron durante dos meses. Tomás Patrón evocaba aquellos días con un rigor sobrecogedor.
—Ya le conté. Usted sabe —me dijo—; yo estuve en las selvas, entre caimanes, culebras y aguas pantanosas. Pero pocas veces la pasé tan mal como aquellos días antes de entrar en el Cantón del Ejército.
Dorita camina por la taberna, se inclina sobre una mesa, le coloca dos cafés tinto a unos clientes. Conversa con ellos, ríe, les pregunta algo. De fondo suena un tango. Junto a nuestra mesa, dos tipos con sombrero están charlando; uno bebe, el otro habla. Tienen acento de Antioquia. Abunda el olor a café en toda la cantina.
—Necesitábamos bombas de aire para no morir asfixiados —recordaba—. Y la vaina era; ¿cómo diablos sacaríamos las armas?, ¿raíles de madera?, ¿cuerdas?, cómo fuera sumercé, si viera. Fuimos muy meticulosos. Tuvimos mucho cuidado con el ruido, ponían música a veces. Sí, muchacho; boleros, cumbias, vallenatos, lo que fuera. Lo que hiciera falta para tapar el ruido.
En ese vibrante relato, había una manera de expresarse embaucadora. Daba detalles de los momentos más duros, de los incidentes dentro de aquél túnel, y se arrojaba preguntas a sí mismo:
—¿Y si nos agarraban? ¿Y si el ejército nos descubría allá abajo, como ratas? Andaban próximos a nosotros, a veces hasta los oíamos, con sus ejercicios, sus instrucciones. Eso quería decir que cada vez estábamos más cerca. En la cubierta guardábamos armas, por si nos apresaban. Imagínese si nos hubieran descubierto.
Tomás Patrón aquella noche en la cantina me narraba la operación más exitosa del grupo guerrillero. Él era muy joven, tal vez fue su inicial actuación en el M-19, su primera burla a las autoridades. Con un animoso arranque me contó cómo aquellos días, más de una treintena de hombres avanzaban bajo tierra para robar armas al Ejército Nacional de Colombia.
—Teníamos mucho cuidado—aseguraba—. Debíamos a actuar con total discreción, pues un fallo, tan solo un error y podía ser el fin de nuestra organización guerrillera.
Dorita ahora nos mira, nos asiente y se retira a la cocina paseando una bandeja de platos vacíos.
—Estábamos todos —sigue Tomás Patrón—: más de treinta hombres trabajamos sin descanso durante más de setenta días. Yo era muy joven, llevaba muy poco en las filas. Tenía las manos aún blancas, fíjese ahora —me dijo volviendo las manos envejecidas y arrugadas—; negritas las tengo ya.
Se entretenía recordando las largas jornadas trabajando a metros bajo tierra. Me contó de su inseguridad en aquellos momentos, de la falta de motivación de algunos compañeros, ya fatigados y sin ningún tipo de esperanza, tras aquellas horas y días donde solo encontraban tierra y residuos. Al referirse a aquellos hechos, tras relatar las particularidades de sus maniobras, se perdía en una pausa de silencio. La cantina era ahora un bodegón de sillas vacías y olor a madera. Los cuadros de las paredes mantenían la autenticidad de un lugar característico salpicado con géneros y publicidad moderna.
—¡Germán dio la voz! —regresaba afanoso—. Al principio no sabíamos qué era, tal vez cal, aún más tierra, esta vez más dura. Nos cargamos de duda, hasta que dimos con el concreto.
—¿El concreto? —pregunté.
—Sí, el cemento, como lo llaman ustedes —aclaró—. Dimos con una gran losa; estaba bien sólida y consistente. Yo no sabía qué hacer. Ya le digo, entonces yo era un novato, un buñuelo.
Y sus ojos, ahora abiertos y enardecidos, ofrecían expectación.
—¡Germán y Ramiro abrieron el hueco! —dijo eufórico—. Utilizaron una palanca hidráulica para romper el muro. Dimos por fin con el almacén del cuartel. Era para entonces el treinta de diciembre.
Clientes apagados sobre la mesas de la cantina. La televisión retransmite un partido local, desde la barra ojos perdidos atienden al empate. Tito Uribe se sienta en un taburete, limpia su acordeón con un paño, acaricia al perro que lo saluda.
—¡Entonces llegaron más! —contaba, recuperando detalles de la aventura—, lo menos cien, o más. Ya no recuerdo. Había todo tipo de armas, sumercé. Teníamos poco tiempo y debíamos ser rápidos. ¡Cómo burlamos al ejército, carajo!
Melchor el Camello entra en el bar. Carga dos cajas de hortalizas, las conduce hasta la cocina, ¡Dorita! exclama al entrar.
—Al primer golpe, nos robamos diez fusiles —añadía—. Cargábamos como podíamos ese material del diablo, pesado y fuerte como rocas. A la mañana siguiente, desfilando como hormigas, rapidito y con mucho cuidado nos robamos cuatrocientas armas del depósito. «¡Cuidado, inútiles!», uno. «¡No armen ruido ahorita!», otro. «¡Tengan cuidado, caray!», otro. Como lo oye: cuatrocientas armas. Eso fue todavía más duro. Pero ya habíamos logrado entrar en el Cantón Militar. Ya las estábamos robando. Por fin lográbamos nuestro objetivo. Sustrajimos cientos de fusiles. Yo estaba alegre, corríamos cargados, sudando, jadeando, apresurados. Pero felices, joven.
Yo lo escuchaba con atención. Me invadía una inquietud por no apuntar los datos tan precisos de los que me hablaba. Tenía la sensación de tener ante mí una novela de aventuras.
—Rematamos la operación la mañana de año nuevo —concluía—. El 1 enero de 1979 completamos el robo; más de 5.000 armas, joven. La guerrilla se dividía en grupos distintos. Por toda la capital se organizaron caletas y refugios donde guardar las armas. En miles de escondites ocultamos el motín. El ejército se sintió humillado por nuestra hazaña, sumercé. No derramamos una sola gota de sangre, ni un herido, ni un sólo disparo como ordenó Jaime Bateman. Ya le dije: nosotros éramos otra cosa.
Tomás Patrón concluía su historia atenuando la intensidad del relato.
—Salió nuestro mensaje en la prensa. Nos comprometimos con nuestro comandante, hicimos público el llamado, nuestros panfletos salieron en los medios el uno de enero.
Hace una pausa, vuelve a beber. Alza la vista y recuerda con cierta amargura:
—Pero, como bien sabe sumercé, no todo fue tan fácil. Pagamos el precio de nuestra operación —remató con pesadumbre—; días después, bajo las órdenes del presidente Turbay, el Ejército recuperó casi todas las armas. Ahí empezó el castigo. Desde ese momento, el Gobierno nos juró la muerte. Usted no sabe, nos buscaron por todos los rincones, iniciaron operativos de búsqueda violentos, y detuvieron y torturaron a muchos militantes del Eme.
Describió las prácticas opresivas que lanzó indiscriminadamente el gobierno utilizando al ejército como verdugo. Me nombró una serie de personas que él conocía, que fueron condenadas y sufrieron abusos violentos.
—Hasta que me agarraron a mí —resumió—. Llevaban meses deteniendo a compañeros. Los torturaban, los golpeaban, les sacaban la información como pudiesen esos hijos de la puta madre. Todo por el maldito Estatuto de Seguridad que decretó el gobierno. Esa mierda los amparaba a hacer de todo; golpes, abusos, palizas. Casi todo un año así. Fuimos los últimos a los que detuvieron; al Turco Álvaro Fayad, a dos compañeras más, y a mí. A ellos se los llevaron a Usaquén. A mi, hoy en día ni lo sé. Pero no debió ser muy lejos. A Greta la agarraron entre varios tipos, la metieron en una camioneta y la esposaron. La agarraron en la calle, ¡que no escape esa puta! A Álvaro Fayad también. Lo tenían capturado: «¿tú eres el Turco?», le decían, y una cachetada, «¿tú nos vas a decir dónde está la espada?», otra cachetada. Estaba casi en cueros, con los ojos vendados, atado a una silla en los mismos sótanos donde la llevaron a ella. Era un infierno, pero estaban juntos en ese infierno. Horas más tarde detuvieron a Silvia, la Caleña. A mí me agarraron a dos cuadras de mi trabajo de entonces. Aún lo recuerdo. Llegaron cuatro tipos, vestidos con camisa y jeans normales. «¡Agarren a ese hijueputa!» y me volteé, «¡deténgase, gran huevón!». Y un golpe en el vientre, otro en la espalda, me botaron al piso.
Tras esos ojos afilados, tras esa piel tostada, sacudida por el sufrimiento, por la lucha, por los pesarosos lances de una vida agitada, Tomás Patrón me contaba con entereza, cómo los militares intentaban sacarle las palabras en los sótanos del DAS:
—Me golpearon. Me aventaron cachetadas. Después en el piso, me volvieron a golpear. ¡Hable, hijueputa! ¿O no sabe que sus jefecitos ya cantaron? Qué mala suerte, pensé por un momento. Tan jovencito, y ya me van a matar estos cabrones. Pensé en la viejita, pensé en Casilda. Qué razón tenía mi hermana: si me hubiera quedado en Sogamoso no estaría así, pensaba. ¡Ay! Caray, ¡no, de ahí no! Si viera. Me agarraban del cabello, me tiraban de los pelos, de la patilla. «¿Dónde está Jaime Bateman?», me gritaban. No hablé, sumercé. Tan solo tosía; lloraba y tosía, pero nunca hablé.
Los desgarradores testimonios de sus torturas me imbuían en una pesadumbre y curiosidad escalofriantes.
—Me esposaron a una barra de hierro, y mi cuerpo bailaba —relataba—. Me tenían colgando, mis brazos me dolían como la puta, ¡no imagina! Mme dieron duro! Me pegaron en las piernas, «¿quién les ayudó?», en la panza, «¿quién más les ordenó el robo?», en la cabeza, «¡hable, maldito perro!». No abrí el pico, sumercé.
Sentía respeto por él. Hablaba con naturalidad de la violencia sufrida, de la lucha en las montañas, de arriesgar la vida por una causa hasta el punto de superar las torturas más dolorosas que muchos no pudieron aguantar, y acabaron hablando.
—¿Ahora entiende por qué me dicen el muerto? Me tenían atado de las manos, me ataron los tobillos, me vendaron los ojos. Los oficiales supervisaban esas prácticas de la muerte, y ¿sabe qué fue lo peor? No fue el dolor, tampoco los días que estuvimos presos. Lo peor fue la impunidad. Eso fue lo más grave.
Contaba cómo estuvo torturado, cómo lo mantenían sobre una mesa y después lo tiraban al suelo, lo ataban, lo golpeaban sin cesar. Tras las torturas recibidas, fue condenado a prisión y me contó cómo permanecía en la cárcel donde le concedieron permisos hasta que el gobierno de Belisario Betancur les concedió la amnistía.
—Para que entienda usted cómo era esa época —proseguía—,cómo funcionaban entonces las leyes. A mí me condenó un tribunal militar, por un consejo verbal de guerra a nueve años. Nos condenaron mí, a Ramiro, a Antonio… A muchos. Pero la peor parte se a llevó Greta, que, como ya le digo, estaba detenida con el Turco. A ellos sí los torturaron bastante más. Ella hace como dos años pudo contar su testimonio en la Comisión de la Verdad, en Cartagena. Su relato está publicado. Ahorita está en política y creo que es senadora o algo de eso, ya sabe a mí nunca me interesó entrar en política después de que el Eme se desmovilizó y de que mataran a Carlos Pizarro. Pero ella es una mujer valiente, sumercé, una mujer honesta. Como lo fue Carlos Pizarro Leongómez, un verdadero hombre que luchó por la paz.
Cuando salí de prisión definitiva, ya había tenido la oportunidad de entrenarme mejor. Aprendí a disparar bien, a manejar los carros, a escalar montañas cuando la sección nos instruía en el campo. Yo marché al oeste, y la comandancia nos mandó a las selvas del Cauca. Allá estuvimos luchando varias veces, íbamos como ya le comenté a los pueblos, nos robábamos lo que pudiéramos, ayudábamos a los indígenas y seguíamos con nuestros mensajes. El ejército nos hizo más fuertes con sus duros ataques. Jamás nos rendimos en seguir luchando.
—¿Y no tuvo miedo, Tomás? —pregunté con ingenuidad—. ¿No temió de nuevo por su libertad, porque volvieran a detenerlo los militares?
—¿Miedo? —repitió con una indiscutible templanza.
Apuró de nuevo la cerveza con un trago. La depositó sobre la mesa con una expresión de alivio, miró por un segundo al televisor que seguía reproduciendo el partido, y me volvió a mirar con obviedad:
—¡Caray! Si viera.

Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.
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