/ por Vicent Yusá /
La palabra amor pareciera quizás demasiado incierta y maleable para poder ser objeto de reflexión filosófica, es decir, para lograr aprehender su naturaleza, establecer su tipología o evidenciar su existencia. Esta volatilidad del amor, su falta de contornos claros no representa, sin embargo, una dificultad insalvable para los filósofos, ya que, para ellos, no se trataría tanto de clarificar qué es el amor, descifrar su significado, sino más bien establecer lo que debería significar. Se trataría de dar una definición normativa.
Se puede amar o querer a muchos objetos, a muchas personas: a tu tierra, a Montaigne, a tu tía o a tu abuela, a los bocadillos de atún con olivas, a un equipo deportivo, a tu madre, a tu pareja, al vecino, a un paisaje. Sin embargo, no este amasijo de amores, entendido como un todo, lo que ha suscitado el interés de la filosofía, sino que esta se ha limitado a centrar su atención en unas pocas clases de amor, que se han nombrado con diferentes palabras griegas: philia, que evoca una amistad muy próxima; storge, amor a los miembros de la familia, amigos, animales domésticos; agape, de raíces cristianas y equivalente a la caridad, que es un amor universal al prójimo; y por último, eros, asociado a la atracción sexual; un amor en el que uno cae de modo imprevisto, «a primera vista». Una variante de este último, cuando de manera intensa produce ansiedad y ansías de posesión, se ha denominado, modernamente, limerancia, y se acerca más a la categoría de trastorno. Sin duda, es eros, el amor erótico, sobre todo en su forma de pasión romántica, el que acapara más espacio en la literatura, en las canciones, y también en nuestra aspiraciones y preocupaciones. Pero ¿qué es el amor erótico, el amor romántico?
Se asume habitualmente que es una emoción, aunque también se ha calificado de síndrome, en la medida en que puede manifestarse con sentimientos de miedo, ansiedad, celos, rabia, ira, abatimiento, humillación, etcétera; es decir, un conjunto de síntomas propios de ese estado que se denomina amor. ¿Se trata de algo objetivo o subjetivo? El Partenón de Atenas o un cuadro de Picasso pueden suscitar un interés amplio por las cualidades objetivas de la obra, quizá por nuestra inclinación natural a la belleza; pero nadie consideraría que la persona a la que amamos, aunque resaltemos sus cualidades, estas provocan un interés amplio, generalizado: no esperamos que cientos, miles de personas, amen a nuestra persona amada por sus cualidades (propiedades); sería más bien un amor derivado de nuestra subjetividad; en cierta medida nos hemos encontrado con esa persona y la amamos por nuestra inclinación, que deriva de nuestra subjetividad. El amor es tan subjetivo como ciego, no solo no vemos los defectos de la persona a la que se ama, sino que en muchos casos tampoco vemos los encantos de otras personas (doblemente ciego). En ese sentido, si las emociones comportan juicios sobre cosas relevantes, evaluaciones de cosas importantes para nuestro bienestar, como señala Martha Nussbaum, la ceguera del amor puede que sea meramente un juicio fallido, un error de cálculo.
Para los que entienden el amor como unión, el deseo de formar un nosotros, la reciprocidad sería un componente esencial del amor. El bienestar de cada uno está ligado al del otro, y existe una renuncia a decisiones unilaterales en aras de la unión. Una atención reciproca que a su vez puede ser un arma de doble filo. Por un lado, puede resultar reconfortante sentir el amor del otro, pero también alimenta las dudas y el desasosiego, y el miedo a decepcionar las expectativas del otro. Desde ese punto de vista parecería mejor un amor no correspondido: sin expectativas no hay inquietud.
Naturalmente se ha criticado por algunos autores esta concepción del amor como unión, en la medida en que socava la autonomía del individuo. El amor como unión limita un bien individual como es la autonomía de los amantes en tanto que individuos, y arrincona la distinción entre los intereses de uno y de otro. El amor debe basarse, señalan los críticos, en el respeto de la persona amada como persona individual, como ente autónomo. Sin embargo, para los unionistas, esta es «la paradoja del amor», y ven en esa pérdida de autonomía algo deseable que los amantes deben alcanzar.
Tal vez, en esa concepción del amor como unión, subyaga la consideración de la emoción amorosa como pasión, es decir, una respuesta que sentimos y se nos impone desde el exterior, sin que nosotros hayamos tomado decisiones de modo activo. Si hay algo que encuentras atractivo, no es decisión de tu voluntad, de modo que tus preferencias amorosas estarían condicionadas por tu naturaleza y tu educación. Esta visión pasional del amor podría asimilarse a una concepción del amor como una forma de posesión, que deriva del miedo a la perdida y de la necesidad urgente de defender la propiedad, del derecho a disfrutarla. Se ha señalado que disfrutamos de muchas cosas sin poseerlas: el paisaje, el sol, el mar. En el caso del amor como posesión, se trataría más que del derecho al disfrute, del derecho de exclusión. Y para preservar ese derecho aparecen los celos.
Es frecuente concebir los celos como parte de la verdadera naturaleza del amor, como una afección natural y prueba de tus genuinos deseos. Sin embargo, son tal vez fruto de una cierta ideología que identifica el amor con la unión y la posesión. La posesión es incompatible con la idea ilustrada de que la persona amada es un sujeto libre, que puede dar libremente su amor. Si el amor no se da libremente, difícilmente puede considerarse amor.

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad.
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