/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /
Este libro comenzó a escribirse en un mundo diferente. La larga convalecencia de la dolorosa crisis de 2008 parecía relativamente encarrilada. Aunque los más conscientes no ignoraban la falsedad intrínseca del discurso oficial sobre una nueva prosperidad al alcance de la mano, confiaban en poder ir capeando el temporal. Si estaba luminosamente claro que la desigualdad exacerbada, la precariedad prolongada y la inseguridad vital habían venido para quedarse, cada cual se consolaba pensando que tal destino aguardaba solo a los demás. Y entonces llegó él. Millones de ellos. El SARS-CoV-2, un virus con una sola cadena de ARN de unos 30.000 nucleótidos y cuatro genes para sus proteínas estructurales N, M, E y S, vino a despertarnos de nuestro sueño dogmático, mucho más profundo que el de Kant.
A quien no estuviera cegado por el sol ideológico, la covid-19 le reveló el fracaso del capitalismo neoliberal y la cultura del consumo a ultranza. Las consecuencias del abuso sistemático y permanente de la naturaleza quedaron al descubierto. Las sociedades occidentales enseñaron por una vez su verdadero rostro al levantarse los velos con los que tapaban sus vergüenzas. Y apareció un gigante que no solo tenía de barro los pies, sino que le llegaba hasta el cuello.
Los cacareados sistemas sanitarios acorazados e invulnerables empezaron a hacer agua ante el empuje del chiquitín. La desindustrialización forzada y los nefastos efectos de la deslocalización generalizada pasaron a verse como el error que siempre fueron. En un mundo donde abundan las redes de distribución de cualquier artículo que la mente humana haya imaginado, no se encontraban mascarillas, EPI ni respiradores. Al parecer, producirlos es cosa de asiáticos. Aquí somos carne de oficinas y servicios. Al igual que para los hidalgos del Siglo de Oro, el trabajo manual y productivo no va con nosotros. Los Estados y sus instituciones, los organismos internacionales se vieron desbordados; el nivel de ineficacia de muchos gobiernos y autoridades alcanzó cumbres abismales. Y ¿qué pasó con la famosa iniciativa privada? Ni está, ni se la espera. Los grandes emprendedores y sus prodigiosas fábricas de ideas desaparecieron de la faz de la tierra. La mano invisible dejó de mecer la cuna justo cuando realmente hacía falta. El Tinglado asistió ciego, sordo y mudo a la debacle.
Pero la ambigüedad constitutiva del discurso del equipo mediático habitual, potaje con copiosa guarnición de semiverdades, mentiras descaradas y calumnias impunes, se enriqueció con nuevos aportes de sabor. La marea de espuma sucia espolvoreada de minucias y necedades no permite ni atisbar el agua cristalina que oculta. Acusaciones paranoicas, injurias voceadas a pleno pulmón, debates para besugos adormilados, palabras gruesas y largas peroratas sin sentido sirven para tapar el hecho fundamental: el Sistema no ha dado la talla ni de lejos.
Por si estas distracciones y numeritos no fueran suficientes para hacernos olvidar la realidad, ahora disponemos de un surtido de mundos paralelos y dimensiones insondables. No hablamos solamente de los innombrables delirios negacionistas y conspiranoicos, o de las incontables muestras de alarmante patología social que la pandemia nos ha regalado. Es que ciertos poderes instituidos o fácticos han decidido tomarnos por imbéciles redomados y sin remedio. Solo así se explica que se pretenda convencernos de que un almacén en el cual se hacinan enfermos leves, sin la menor intimidad y alimentados con bazofia, es un centro médico puntero. Para mayor escarnio, se sabe que si alguien se pone seriamente malito en este nuevo Karolinska o Mount Sinai, tendrá que ser evacuado sin tardanza a un hospital de verdad, y no de Playmobil. Ese engendro lleva costado más del triple de lo presupuestado, y ni siquiera está a medias. Pero no pasa nada, todo va sobre ruedas según los políticos asilvestrados, la prensa cortesana y los heraldos a sueldo.
Otrosí, una nevada de cierta intensidad desarbola Madrid sin que Ayuntamiento ni Comunidad sean capaces de mover un dedo. Pasmados y paralizados, no levantan sus reales más que para ir de plató en plató, sacando pecho y aparentando una normalidad que cualquier ojo de vecino limpio de legañas puede comprobar que no existe. Militares y ciudadanos se ven obligados a hacer labores que ellos, con sus enormes recursos, deberían haber asumido. Una semana larga después del final de la nevada del siglo, del cual se recuerda que solo llevamos veinte años, las calles no céntricas permanecen intransitables para vehículos y peatones. La basura se acumula alrededor de los contenedores en aceras cubiertas de hielo. Esto es lo que se llamaría, según algunos, capacidad de gestión. Se trata más bien de inauditas muestras de incompetencia cuya repetición puede convertir cualquier contratiempo en una catástrofe de marca mayor.
Todo esto pasa desapercibido entre centenares de anuncios de perfumes, coches y plataformas de compraventa en Internet. La ciudadanía sufre una y otra vez los devastadores efectos de la desidia y soberbia de los poderosos. Entretanto, nuestros avezados periodistas de investigación se afanan en escudriñar a diario las declaraciones del Coletas para ver si algo es susceptible de ser interpretado torticeramente. Por lo visto, es la única preocupación nacional.
Alguien debería reflexionar sobre cómo el independentismo madrileño, abanderado por el PP con sus satélites verde y naranja y ovacionado por la afición, rompe España tanto o más que el catalán, que es de mucho ruido y pocas nueces. Convendría calibrar lo que hay de desfachatez en dar por sentado que todo el país debe cubrir los desperfectos reales o ficticios de una Comunidad que, sistemáticamente, practica el dumping fiscal y hace opíparos regalos a los potentados. Como castellanoleonés, soy testigo ocular del daño irreparable que esa política acaparadora y parasitaria lleva a la España vaciada, contribuyendo a dejarla aún más seca de lo que ya está.
Las realidades incómodas y los razonamientos que cuestionan la ortodoxia dominante en cualquier materia son arrinconados o expulsados sin miramientos del escenario. Esta sociedad tiene un grave problema con la verdad. No solo no la reconoce cuando la ve, es que prefiere no verla. Se vive como si no existiera. Sin embargo, sus luces no se extinguen: siguen escondidas en alguna parte, y hay que atreverse a buscarlas. Asumir tal tarea, por entusiásticamente que sea, no garantiza que las encontremos, ni que no podamos equivocarnos al identificarlas, confundiéndolas con otra cosa. Aun así, la experiencia siempre valdrá la pena.
Este libro se propone nombrar unas cuantas verdades, para que consten en acta. Quizá sean minúsculas, quizá evidentes, pero me han parecido interesantes y a veces inquietantes, en todo caso dignas de ser reseñadas. Al igual que en el precedente La verdad del cuentista, no se pretende sentar cátedra, sino señalar debates que deberían ocupar más espacio del que se les reserva. No quiero innovar, sino renovar, no creo en la Verdad, sino en las verdades. Y por eso escribo.

Antonio Monterrubio
Semuret, 2022
804 páginas
34,90 €

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Editorial Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Ediciones Trea, 2024), El serano (El Viejo Topo, revista de Ediciones de Intervención Cultural), La primavera y el titán (Marciano Sonoro Ediciones, 2024) y Antígona vive (una invitación a la tragedia ática). Publica textos en El Cuaderno digital, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo.
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