texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Vacíos)
Es el fin de las fiestas. Por las fauces entreabiertas de los contenedores, una crepitación de envoltorios. Cuchichean cuando ven pasar ante ellos los flamantes regalos estrenando su desnuda vida pública.

DOS ESTAMPAS VIVAS DE ENERO
I
Tras un largo periodo de aparente esterilidad, aparecen de nuevo varias yemas en la orquídea. Son como diminutos hocicos persiguiendo el aire. Los miro mucho y despacio. Ahora quiero mirar así cualquier signo de vida, por pequeño que sea, para atajar toda sombra. También el invierno es capaz de despertar el alma dormida de los seres.
II
Bajo la cencellada, las vacas rebuscan en el pasto muerto. Una escena de paciencia fría. También de esperanza. Donde no parecía haber nada, de pronto hay un latido íntimo, un brote helado y vivo («el latido de enero y el frío luminoso», decía aquel verso de Claudio Rodríguez). Las vacas lo tronzan y levantan la cabeza mucho, como para mostrar al cielo lo que han conseguido sacar de la nada. A eso me agarro en días de luz menor, ceniza y abismo.
Vivir es algo asombroso; no deja espacio para otras ocupaciones, como decía Emily Dickinson. En el puro vivir nunca hay noción del tiempo, por eso los niños no usan espejos ni reloj; no tienen necesidad de la identidad ni conciencia de la duración. Un día los mayores, con envidia soterrada, les regalamos esas cosas para liquidar su infancia, obligándoles a entrar en otro territorio. Entonces, cuando a la vida llega la necesidad de separar el yo de lo demás y de sustituir vivir por durar, surge el doble zarpazo de la propiedad y la temporalidad. Lo inmediato suficiente se ha sustituido por el cálculo; la incertidumbre, por la finitud y el aliento de la mortalidad. Solo algunos poetas siguen sin hacer de su vida un sistema de previsiones: «Porque los otros calculan mas tú no», se decía a sí misma en un verso Sophia de Mello.
Mientras se cruza un puente, hay una relación asustada con el agua que circula viva y en otro sentido bajo nosotros. La contemplamos. Siempre se está yendo. Para siempre. La próxima vez que crucemos ya será otra. Nadie cruza dos veces el mismo puente, dijo un copión de Heráclito.

Negra de Aragón extra; Yeyé baja en sal; Cuquillo partida; Hechizos del sur; Chupadedos; Partida de la abuela… Eso aparece en el cartel del puesto ambulante de aceitunas. La fantasía comercial posa apetito previo ya en los nombres.
Esta dama fisgona y de músculos fríos… Como una fruta impetuosa, entras descalza en las habitaciones, rasgas los sueños sin mancharlos, dejas pomadas blancas sobre los párpados. Luna de enero, antes de ocultarte mira cómo va el mundo y ten, tú, compasión de él.

A primeras horas de ciertos lunes laborales, algunos sumideros públicos de la ciudad aparecen con el agua seminal y jabonosa de haberse fregado ya portales y comercios. Charcos de leche efervescente. No sería de extrañar que la misma Afrodita pudiera emerger de pronto de algún registro oxidado del suelo. No en vano en la mitología antigua las divinidades se involucraban en los quehaceres diarios de los hombres.
Estar cerca de un ramo de flores suscita el riesgo de perder pie en la especie, abandonar nuestro espesor material y salir disueltos hacia otro lugar sigilosamente. Las flores demasiado próximas se nos acercan como se acercan los sueños a los desprevenidos.

No bien acaba de ser elegido, el amo del mundo impone sus órdenes. Su interés en apoderarse de todo ya está encerrado en ese mantra con el que él embiste y que no se cansa de repetir una y otra vez: America first. En esa sinécdoque abusona se resume su ansia devoradora. Como si América fuese solo USA. Pero resulta que América es también, precisamente, el lugar de donde proceden esos miles y miles de personas que han huido de los diversos modos de la miseria buscando acogimiento. America first es lo que también decimos quienes deseamos que los mexicanos, salvadoreños o nicaragüenses sigan sobreviviendo aunque sea en las fauces del monstruo saturnal que nos desea tragar a todos. Y mientras, a lo lejos, el resto de los gobernantes del mundo mira el panorama y saluda al Gran Monarca intentando disimular su condición de lacayos, como si quisieran pasar por invitados del nuevo banquete mundial. ¡Infelices! No saben que acabarán yendo a él no como comensales sino como presuntos bocados.
Leer es siempre un acontecimiento. Pero no siempre se trata de leer los libros; a veces basta con tenerlos cerca, simplemente al alcance, y eso explica ese deseo de no desprenderse de su cercanía. Uno necesita nada más que estén ahí, a tiro, protegiéndolo, ciertos nombres que han querido entregar su vida a contar historias que a todos nos conciernen. David Constantine, James Salter, Guadalupe Nettel, Fogwill, Pablo Andrés Escapa, Juan José Saer, Cristina Fernández Cubas, Alberto R. Torices, Felisberto Hernández, Mariana Enríquez, Gonzalo Calcedo… Esos son ahora mis alrededores necesarios. ¡Quietos ahí! Mientras vosotros estéis así de cerca merecerá la pena seguir devolviendo la vida a las palabras, entre la memoria y la imaginación.
Lo cuentan en un café. En la residencia, el padre anciano levantó la vista y vio, por los entresijos de su memoria nublada, a su hija ante él. No la acabó de reconocer pero dijo: «Esta es de la casa». Y eso le bastó para calmarse. La escena lleva de inmediato al rey Lear y a Cordelia. La documentación de la sangre llega más allá de la irremediable insolvencia de los apellidos.
Todo acto encaminado al orden social necesitó siempre de una cobertura ritual suficiente para cimentarlo, para hacerlo trascendente a los ojos de todos. La Iglesia se hizo cargo enseguida de sustanciar el matrimonio convirtiéndolo en algo indeleble y sagrado, revistiéndolo de relumbre y parafernalia contundente. Pero ahora que lo que era ceremonial se ha convertido en puro trámite administrativo, en un simple acto civil de diez minutos de duración en una oficina municipal, ¿con qué cimentarlo?, ¿qué puede sustituir la inflamación de las homilías y el sortilegio de las fórmulas arcanas? No hay duda: en esta época de ruido bruto y de alegría montuna el acto más sólido de una boda son las despedidas de solteros/-as. Algunas duran más que los propios matrimonios que están pregonando. Cuando veo a esa cáfila de muchachos y muchachas con camisetas de leyendas zafias y disfrazados de lo más hortera posible, empiezo a echar de menos la solemnidad del órgano y el vapor del tul en aquellas novias cursis y arrobadas. Creo que me estoy haciendo mayor.

Durante la experiencia del dolor, todo lo demás son las afueras.

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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Estimadao Tomás, tu página es un derroche de verdad y sensibilidad. Guillermo Quintás.