/ por David Sánchez Piñeiro /
Sábado 8 de febrero de 2025. Estadio El Molinón – Enrique Castro Quini. Jornada 26 de la Liga HyperMotion, antes conocida como Segunda División. Sporting-Eibar. En la segunda parte, los ultras locales comienzan a entonar el Que viva España de Manolo Escobar. Uno podría pensar que se trata de un inocuo gesto folclórico que busca sacar de su letargo a una afición que ve cómo su equipo es incapaz de crearle peligro a un rival que está jugando con diez futbolistas, pero en realidad es un cántico habitual que se repite sistemáticamente cada vez que el Sporting se enfrenta a equipos vascos o catalanes.
La reacción general de la afición sportinguista es de rechazo y un murmullo se extiende rápidamente por el resto de sectores del Templo, que parecen sentirse incómodos con la actitud desafiante de la «grada de animación». Se escuchan incluso algunos pitos y abucheos, porque el cántico es percibido como una ofensa innecesaria hacia el medio centenar de bienintencionados y pacíficos aficionados armeros desplazados hasta Gijón para animar al Eibar. Uno puede imaginarse que entre las 21.588 personas presentes en el estadio exista un porcentaje significativo cuya incomidad con el estribillo escobariano se derive de una adscripción ideológica al soberanismo asturiano. Uno también puede imaginarse que un porcentaje probablemente mayor se sienta relativamente cómodo tanto con la identidad asturiana como con la identidad española, pero simplemente no esté dispuesto a permanecer indiferente ante una modulación tan agresiva y faltosa del nacionalismo español.
En un sector de la grada oeste, la situación degenera en un conato de pelea. Un aficionado joven y un señor mayor se levantan indignados para mostrar su rechazo ante el cántico ultra, en consonancia con el sentir general de la grada. Otro socio, visiblemente exaltado, interpreta el gesto de los dos hombres como una ofensa intolerable contra su identidad nacional y les amenaza a ambos de manera violenta, demostrando con sus formas que no todos los elementos ultras están congregados en el fondo sur. Se monta una trifulca en la que finalmente tienen que intervenir los servicios de seguridad (para que el enfrentamiento dialéctico no vaya a mayores) y los servicios sanitarios (para calmar a una chica joven que está sentada muy cerca y parece tener un ataque de ansiedad). Con el paso de los minutos la tensión se rebaja y la atención de los sportinguistas se desplaza de nuevo de la grada hacia el césped, donde su equipo continúa practicando un fútbol plomizo y desesperantemente inofensivo.
Cuando el partido está a punto de terminar, el hombre que había mantenido actitudes violentas se acerca a los asientos de los otros dos, a los que minutos antes había amenazado. Quienes se percatan de su movimiento temen que la situación se descontrole de nuevo y la violencia transmute esta vez de las palabras a los cuerpos. Para sorpresa de todos, su actitud es conciliadora. En respuesta, el chico joven parece explicarle con serenidad las razones por las que el cántico contra los vascos le ha resultado molesto. El Eibar es un club histórico del fútbol español y sus aficionados presentes en el Molinón son mayoritariamente peñistas, familias y personas mayores que en todo momento han animado a su equipo de manera respetuosa y sin buscar enfrentamientos con nadie. Era completamente innecesario y contrario a cualquier mínimo estándar de civilidad lanzar el sentimiento españolista como un arma arrojadiza contra los aficionados guipuzcoanos ubicados en la zona del córner visitante.
Las connotaciones políticas del cántico son evidentes y reflejan, en el fondo, una visión extremadamente excluyente y uniformizadora del españolismo que en vez de construirse a partir de la afirmación de un proyecto de país propio, con toda su diversidad, lo hace mediante la negación de otras realidades nacionales subestatales. Alguien con un mínimo de raciocinio político podría darse cuenta de que la identidad nacional española saldría fortalecida si optase por manifestar una voluntad inclusiva e integradora y abandonase su obsesión por proferir expresiones de odio contra personas y pueblos que, paradójicamente, forman parte de ese mismo país que se pretende defender. Nos encontramos ante una actitud tóxica de toda la vida, en la que desprecias a alguien pero al mismo tiempo le obligas por la fuerza a mantenerse junto a ti, con independencia de su voluntad.
Antes del comienzo de cada partido de liga en El Molinón se repite un ritual por el que el speaker del estadio anima a todos los aficionados presentes a recibir con una ovación a la afición visitante desplazada hasta Gijón. La reacción más habitual de la parroquia rojiblanca —dejando de lado el derbi contra el Oviedo, que esa ya es otra historia— es mostrarse generosa y deportiva en el aplauso, también cuando su equipo se enfrenta a clubes vascos y catalanes. Sucedió el pasado sábado cuando tocó darle la bienvenida a la hinchada del Eibar y eso demuestra que, a pesar de la ruidosidad coordinada de los cánticos ultras, la fraternidad sigue prevaleciendo frente al odio en los campos de fútbol asturianos.

David Sánchez Piñeiro es graduado en Filosofía por la Universidad de Oviedo y tiene un máster en Filosofía Política en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Es miembro de la Sociedad Asturiana de Filosofía (SAF) y de la Asociación Española de Ciencia Política y de la Administración (AECPA).
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Muy bien articulo, sí señor!!
Excelente artículo y esperanzadora actitud.