La escritura encubierta

En busca de Clarín

Ricardo Labra escribe sobre el diálogo oculto que las obras del autor de 'La Regenta' mantienen con 'En busca del tiempo perdido', de Marcel Proust, y el 'Ulises' de Joyce.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

Existen libros que tienen una extraña relación entre sí al margen de las intenciones y de las previsiones de sus autores y que, por ello, a lo largo del tiempo mantienen un confidencial diálogo en las manos de los lectores y en el silencio claustral de las estanterías. Libros que parecen explicarse y complementarse unos a otros, tanto en sus rasgos estilísticos como en sus hallazgos narrativos, proyectando en sus singulares escrituras un inexplicable y sorpresivo aire de familia. Libros que, en suma, aunque pertenezcan a diferentes genealogías estéticas y tradiciones literarias, no cesan de dilucidar los paralelismos de algunas de sus páginas, así como de establecer entre ellas subrepticias y enriquecedoras connotaciones. Libros que, aunque siempre hayan estado fuera del alcance de sus respectivos autores por haber sido escritos en épocas posteriores a su existencia o en otras lenguas no dominadas por ellos, tienen sorprendentes vínculos creativos que no dejan de fascinar a los estudiosos y a los lectores. Entre estos libros, cuyo soterrado vínculo es una permanente incitación a la lectura, se encuentra el diálogo oculto que La Regenta mantiene con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y el Ulises de James Joyce.   

Vincular la escritura de Leopoldo Alas Clarín con la escritura de Marcel Proust no es solo una licencia de la ficción, como sucede en La visita de Fernando Quiñones (1998), sino también una evidencia crítica, a poco que se haga un análisis y valoración razonada del enfoque creativo de ambos escritores. Clarín se anticipa a la deriva creativa del autor de La recherche, pero también, aunque quizá en menor grado, a la de James Joyce; por lo que, desde el análisis literario, bien puede considerarse a Clarín como un secreto precursor —ya que tanto Proust como Joyce no tuvieron noticia de su obra literaria— de los dos grandes escritores del siglo XX que transformaron la literatura moderna con sus procedimientos estilísticos y narrativos

La relación que puede establecerse entre Clarín y Joyce no se centra solo en la proximidad temática de La Regenta y el Ulises, por muy forzado y tangencial que resulte encontrar cierto paralelismo en la acerba crítica moral que los dos escritores hacen, desde distintas perspectivas, a sus ciudades de procedencia: Vetusta (Oviedo) y Dublín; sino, más bien, en la técnica narrativa que ambos experimentan y que James Joyce culmina con el desarrollo del monólogo interior y del flujo de conciencia. La literatura siempre está relacionada con la vida, con la propia experiencia, por lo que tanto en el análisis del precursor acercamiento de Clarín al monólogo interior como en el de su desarrollo, hasta las últimas consecuencias, por James Joyce, puede encontrarse un determinante nexo biográfico entre los dos escritores que opera sobre sus respectivas obras: su primera etapa formativa en los jesuitas. Esta orden religiosa recomendaba a sus alumnos —y me imagino que lo seguirá haciendo, tal vez con más vehemencia que otras— realizar un examen diario de conciencia como complemento sustantivo de la práctica religiosa. En este método introspectivo del examen de conciencia, con profundos alcances psicológicos, se encuentran los genesíacos elementos constructivos del monólogo interior y del flujo de conciencia joyciano, más allá de las aportaciones que haya podido encontrar en Édouard Dujardin. En Clarín puede observarse la influencia de esta práctica introspectiva en el «El examen de conciencia» (44) de Ana Ozores del capítulo III de La Regenta. Un examen de conciencia que permite al escritor ovetense anticipar embrionariamente la técnica narrativa que desarrollará hasta sus límites expresivos James Joyce en el monólogo interior de Molly Bloom. Como señala Yvan Lissorgues, es Clarín «el primer escritor que tiene la intuición del caótico tartamudeo del lenguaje interior, aunque no se atreve a darle forma, como hará, varios lustros después James Joyce» (Lissorgues, 2001: 25).

Pero, si bien esta relación escritural entre Clarín y Joyce puede ser cuestionable, la que ofrece menos dudas es la que puede establecerse entre el escritor de La Regenta y el de La recherche.

Clarín, que admiraba a Henri Bergson pero que no podía conocer las originales teorías del filósofo francés recogidas en su Essai sur les données inmédiates de la conscience (1889), se anticipa creativamente en La Regenta a la durée bergsoniana que con tanto acierto y profundidad desarrollará Marcel Proust en La recherche.

La durée representa el tiempo interior que difiere del concepto mensurable que le atribuye la ciencia, desde las nociones de espacio, homogeneidad, divisibilidad y simultaneidad; es decir, se contrapone al tiempo medible y, por lo tanto, predecible. La durée o el tiempo interior es por lo tanto heterogéneo, continuo y está siempre en permanente sucesión, lo que nos permite recrear y dialogar con nuestro pasado, incluso con personajes de otras épocas y periodos históricos, así como proyectar nuestro pensamiento y emociones hacia la posteridad. Esta noción del tiempo es uno de los pilares que sustenta la arquitectura narrativa de La Recherche proustiana, el otro es la memoria involuntaria.


El autor ovetense desarrolla narrativamente en su obra los dos tipos de tiempo: el mensurable o el de la ciencia y el del tiempo interior o durée (todavía, como he señalado más arriba, no divulgado por Bergson en el periodo de escritura de la novela del ovetense). La primera parte de La Regenta, sus primeros quince capítulos, abarca un periodo temporal de tres días, en los que el artificio narrativo se organiza a través de sucesivas analepsis que reconstruyen y evocan el pasado de los principales personajes de la novela. En estos capítulos, y desde la secuencia de sus introspecciones y del uso literario del tiempo en permanente sucesión, el autor ovetense consigue hacer un profundo retrato moral de sus principales personajes, así como exponer sus expectativas y anhelos. La segunda parte de La Regenta, sus últimos quince capítulos, recorre un periodo temporal de tres años, en donde el artificio narrativo se desarrolla en el marco temporal de lo mensurable, de lo predecible. Esta segunda parte, como ya ha señalado Emilio Alarcos Llorach en su pionero estudio «Notas a La Regenta» ([1952] 2001), es la más dinámica; en ella, no solo se desencadena la acción, sino que la trama novelesca sigue un orden cronológico acorde con el tiempo mensurable, caracterizado por la homogeneidad, divisibilidad y simultaneidad.

Este desdoblamiento temporal que opera en el registro textual de La Regenta llamó la atención del escritor gaditano Fernando Quiñones, al apreciar en él, como habían hecho con anterioridad algunos investigadores, algunos de los rasgos de la técnica narrativa que ulteriormente caracterizaría la escritura de Marcel Proust en La recherche. Esta apreciación, que desde la lectura vincula la obra de los dos escritores, la del español y la del francés, es la motivación principal de La visita; novela que recrea en la ficción un fugaz encuentro entre el maduro Clarín y el bisoño autor francés, cuando este ya tenía in mente la obra que pretendía escribir tras su impulsivo viaje a Oviedo en busca del escritor de La Regenta: «Un autor desconocido en Francia y en cuya narrativa había atisbado algo, algún rasgo de lo que él quería hacer ahora» (Quiñones, 1998: 23).

Los encuentros entre grandes escritores suelen ser bastante decepcionantes, tanto para ellos como para los lectores que buscan en algunas de sus triviales frases —recogidas por los testigos— alguna reveladora confesión de su quehacer literario o de los arcarnos del ser humano. Pero, generalmente, al margen de algún comentario casi siempre insustancial y protocolario, poco suelen aportar estas reuniones entre genios literarios, debido a que su narcisismo, doblemente confrontado, suele volverlos sumamente precavidos, cuando no desagradables; como ejemplifica el documentado encuentro del 19 de mayo de 1922 en el Hotel Majestic de París entre Marcel Proust y James Joyce.

El encuentro que Fernando Quiñones recrea ficcionalmente en Oviedo, a pesar de sus esfuerzos, no deja de ser igualmente decepcionante, sobre todo por el estereotipado retrato que hace de Clarín, al que presenta como un escritor «envejecido y aún retrógrado» (ibíd.: 196). Retrato que no solo peca de injusto en sus apreciaciones con el hacedor de Guimarán, sino que evidencia un insolvente conocimiento de su obra y de su tarea creativa en y desde Oviedo. No es cierto que Clarín repudiase La Regenta en su última etapa creativa, al menos no hasta el extremo de mostrar un completo desacuerdo con las tesis en ella desarrolladas, como deja entrever, una y otra vez, Fernando Quiñones a través de las opiniones de un Marcel Proust decepcionado por «la huidiza indiferencia de su autor por La Regenta, una indiferencia rayana en el desprecio si se le insistía sobre el tema» (202); como tampoco es cierto su falta de compromiso con su obra. Quiñones cifra en esa falta de compromiso literario, en ese supuesto alejamiento de Clarín respecto a La Regenta, el motivo principal de la decepcionante percepción dejada en el parisino. El preclaro y futuro autor de La recherche tiene que hacer infructuosos esfuerzos para que esta penosa impresión le deje ver algo más, detrás de su amargura, que a «un carcomido profesor de universidad provinciana y un escritor en un país de atrasos» (203)

Esta indiferencia «rayana en el desprecio» es fácilmente rebatible al carecer de consistencia factual, como desmiente la preocupación y desvelos mostrados por Clarín para que el editor Fernando Fe, junto a su yerno Manuel Fernández Lasanta, reeditase libre de erratas La Regenta con prólogo de su dilecto Benito Pérez Galdós. Una edición que el escritor ovetense, a pesar de estar seriamente enfermo, ya en sus días finales, expurgó y retocó con devoto esmero, y que hoy se considera como la edición princeps de su monumental novela.

Las razones de la ulterior evolución de la escritura de Clarín son sumamente complejas, y desde luego no están fundamentadas en el rechazo del autor ovetense a La Regenta, aunque sí pudo ser un punto de inflexión en su escritura el silencio y la indiferencia con la que sus contemporáneos recepcionaron su excelsa obra, especialmente los destacados escritores que configuraban el canon literario de su época: Valera, Galdós, Pardo Bazán, etcétera. No obstante, Clarín, en sus desarrollos escriturales, siempre estuvo bastante adelantado a los escritores de su época, como veremos más adelante, y nunca fue un escritor envejecido ni mucho menos retrógrado.

Pero la novela del gaditano tiene otras quiebras, como cuando Quiñones confunde a Ramón Pérez de Ayala con su tío, Ramón Pérez de Ayala y Pizarro, que fue concejal y alcalde de Oviedo: «Ahora han puesto aquí en Oviedo, desde Madrid y a dedo, claro, un alcalde de diecinueve años, un muchacho Ramón Pérez de Ayala que escribe bastante bien, pero que de alcaldías no sabe nada» (172); o, cuando atribuye ligeramente a Clarín una aversión hacia la música, siendo este un declarado melómano a pesar de su impostada declaración «A Don Tomás Bretón» («yo no entiendo una palabra de música nacional ni extranjera», pero conviene leer todo el artículo del Madrid Cómico, donde Alas Clarín niega lo afirmado: «yo , aunque ignoro tanto en materia de música, soy un apasionadísimo de ella, y más cada día» [Alas Clarín, 2003: 868]), como evidencia La Regenta y Su único hijo —por citar solo sus dos grandes novelas—, cuyas páginas están llenas de arias operísticas y de referencias musicales; por lo que disuena el poco matizado comentario que le atribuye Quiñones en La visita a Clarín: «Tenga por seguro que la música no es lo mío —insistió el hombre» (196). Pero, además, en el texto se introducen numerosas inexactitudes de fechas, quizá con el objeto de mostrarnos a un Clarín decepcionado con la literatura y sumamente distanciado de La Regenta, por lo que la aleja temporalmente del autor ovetense unos veinte o veinticinco años, cuando La visita recrea apenas tres días de 1899; es decir, solo catorce años después de haberse publicado: «Veinte o veinticinco años iban de lo escrito a lo de hoy» (195).

Son muchos los errores y desajustes que Quiñones comete en La visita, aunque tal vez lo más sorprendente de su recreación ficcional sea el destino final que le procura a Ana Ozores, que en su novela adquiere rango de personaje real que continúa viviendo en Oviedo, con una sórdida existencia a la que atribuye el desencanto del hacedor de Guimarán por la literatura. Y es que Ana Ozores —el alter ego de Clarín— termina regentando un prostíbulo en pleno centro de la ciudad: «La casta Susana» (291). Un despropósito literario, por muy irónico que sea su facilón y degradante paralelismo, la Regenta que regenta: «Su marido regentó la ley, la justicia, y ella regenta un prostíbulo» (288).


Pero, al margen de estas cuestiones que en mi opinión lastran por completo La visita de Quiñones, cabe preguntarse por la relación escritural que existe entre Clarín y Marcel Proust.        

La literatura del autor parisino se distingue por la recreación de la durée bergsoniana y por el ejercicio de subjetivación que conlleva el descubrimiento de la memoria involuntaria: pilares distintivos de la escritura proustiana; pues bien, Clarín anticipa estos dos aspectos característicos de la narrativa del autor de La recherche. Ya Quiñones señala, en uno de los fragmentos más afortunados de La visita, las características de esta anticipación a través de las reflexiones que hace Marcel Proust sobre la técnica narrativa desarrollada por el autor de La Regenta:

«Y esa manera de escribir penetrante, minuciosa, que convertía la pluma en un bisturí y en un microscopio, también pedía una dinámica distinta del espacio y del tiempo, quince o veinte líneas para tratar de meses, de años, y, por el contrario, páginas y páginas para la intensidad de unos instantes, o el vuelo, en dos renglones, de un tiempo y un lugar a otros, como sucede en el recuerdo y en el pensamiento, en la memoria involuntaria, que nos pone en lo que quiere y cuando quiere, igual que si en un solo minuto pasáramos por mundos diferentes» (53-54).

El tiempo interior precisa siempre de un detonante, de un estímulo casi mágico, como puede ser el sabor de una magdalena o el olor a barniz de un pasamanos, pero ¿dónde se encuentra el desarrollo, aunque embrionario, de la memoria involuntaria en Clarín? En La Regenta hallamos una aproximación en el capítulo III, en la habitación de Ana Ozores, cuando tiene que enfrentarse a su examen de conciencia y se introduce entre las sábanas cuyo roce en las mejillas la sume en esa dimensión temporal sin límites: «Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había conservado desde la niñez» (Alas Clarín, ([1884-1885] 1995: 45). Pero en realidad, donde se encuentra el verdadero desarrollo de la memoria involuntaria en Clarín es en algunas de sus obras no concluidas, y por lo tanto muy poco conocidas, o si se prefiere leídas. En Sinfonía de dos novelas (Su único hijo, Una medianía), se encuentra uno de los fragmentos en los que el autor ovetense no solo se aproxima al registro proustiano de la memoria involuntaria, sino que incluso, cuanto menos, lo iguala, como prueba este fragmento del capitulo VII de Una Medianía que por su interés contrastivo transcribo íntegramente:

«La berlina, destartalada, vieja y sucia, subió al galope del triste caballo blanco, flaco y de pelo fino, por la calle de la cuesta de Alcalá. Antonio, en cuanto el traqueteo de las ruedas desvencijadas le sacudió el cuerpo, sintió una reacción del espíritu, que le hizo saltar desde el deleite casi místico de la vanidad halagada en su contemplación solitaria, a una ternura sin nombre, que buscaba alimento en recuerdos lejanos y vagos. Era una voluptuosidad entre dulce y amarga esforzarse en estar triste, melancólico por lo menos, en aquellos momentos en que el orgullo satisfecho le gritaba en los oídos que el mundo era hermoso, dramática la vida, grande él, el hijo de su padre. El run run de los vidrios saltando sobre la madera, el ruido continuo y sordo de las ruedas. Le iban sonando a canción de nodriza, gotas de la reciente tormenta, que aun resbalaban en zig-zag por los cristales, tomaban de las luces de la calle fantásticos reflejos, y con refracciones caprichosas mostraban los objetos en formas disparatadas. Un olor punzante, indefinible, pero muy conocido (olor de coche de alquiler lo llamaba él para sus adentros), le traía multitud de recuerdos viejos, y se vio de repente sentado en la caja de otro coche como aquel, a los cinco años, entre las rodillas de un señor delgado, que era su padre, su padre que le oprimía dulcemente el cuerpecito menudo con los huesos de sus piernas flacas y nerviosas. ¿Qué lejos estaba todo aquello! ¿Qué diferente era el mundo que veía entre sueños de una conciencia que nace, aquel niño precoz, del mundo verdadero, el de ahora!» (Alas Clarín, 2004: 669-670).

Un fragmento prodigioso de Clarín, en el que están todos los elementos desencadenantes de la memoria involuntaria: el movimiento, el ruido, los olores. A partir de esta sublimada descripción es Marcel Proust el que parece transmutarse ulteriormente en Clarín, lo que indica que el escritor ovetense también estaba en sus últimos años a muchas leguas creativas de sus contemporáneos. Pero este no es el único fragmento en el que el prodigio ovetense desarrolla lo que posteriormente se conocerá como memoria involuntaria, y que Lissorges denomina como memoria afectiva: «y que Clarín es uno de los primeros en descubrir, en la dinámica de la narración» (Lissorgues, 2001: 25). Parece difícil poder superar el fragmento anterior, pero Clarín lo hace en la última de sus novelas inconclusas —si excluimos Tambor y gaita—, en Cuesta abajo. En estas memorias ficcionales Alas Clarín alcanza cotas narrativas difícilmente superables, con la luna de Pombal al fondo, que evoca constantemente la luna de Recanati de su admirado Giacomo Leopardi. Sus memorias confluyen en el encuentro ficcional con la que será su mujer, tras unos iniciales escarceos amorosos con su hermana. Ese momento, en el que se da cuenta de la profunda unión que subyace en sus miradas, forma parte de las páginas de oro más secretas de nuestra literatura. Una unión que la luna de Pombal había entrelazado hacía mucho tiempo en los amorosos brazos de sus padres:

«la noche de aquella luna, de aquella misma, roja, hinchada, augusta, que tenía en aquel momento enfrente de mí. Y yo recordaba más que Elena: yo la recordaba a ella. Y aquel otro que llevaban en brazos también cerca de mí, era ella. La cosa estaba clara: mi padre me llevaba a mí, a ella el suyo…» (735).


Las lecturas de La Regenta son inagotables, su modernidad compositiva y sus registros narrativos no dejan de sorprendernos. Pero Leopoldo Alas Clarín es mucho más que La Regenta, toda una literatura, por eso merece la visita constante de sus lectores.


Bibliografía

Alas Clarín, Leopoldo ([1884-1885] 1995): La Regenta, edición y prólogo de José María Martínez Cachero, Oviedo: Nobel, edición no venal.

— (2003): Obras Completas II, Su único hijo. Proyectos novelescos y Fragmentos narrativos, Oviedo: Nobel.

—(2004). Obras Completas IV, Crítica (Primera parte), Oviedo: Nobel.

Alarcos Llorach, Emilio ([1952] 2001): Notas a La Regenta y otros textos clarinianos, edición de José Luis García Martín, Oviedo: Nobel.

Lissorgues, Yvan (2001): «Leopoldo Alas, Clarín un realismo sin fronteras», en Leopoldo Alas Clarín, Actas del simposio Internacional, Barcelona, abril, 2001, pp. 15-32.

Quiñones, Fernando (1998): La visita, Barcelona: Planeta.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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