Escuchar y no callar

Soberbia

Miguel de la Guardia inicia una serie sobre los pecados capitales con un artículo sobre aquel que el DRAE define como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros».

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El diccionario de la Real Academia Española de la lengua (RAE) define la soberbia como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros» y en esa definición viene implícita una necesidad de la persona soberbia de ser reconocida y, por lo tanto, la evidencia de que surge de un cierto complejo de inferioridad o, al menos, de una gran inseguridad, que trata de sobreponerse proyectando una sombra de desprecio a los demás. La soberbia da en pretenderse superior al resto de los mortales y deviene en una conducta arrogante hacia los demás. No hay ningún ámbito en el que no existan personas soberbias, pero la academia y la política son particularmente proclives a la presencia de personas soberbias y a la exhibición de su comportamiento.

Lo confieso: siempre trato de ser una persona positiva y sacar lo mejor que pueda aportarme cualquier persona o experiencia, pero ante la soberbia de colegas de mis disciplina o de autoridades políticas, me siento francamente fastidiado, y esa actitud saca lo peor de mí mismo. Por ello, no se extrañe el lector si esta columna tiene tintes agresivos.

En el ámbito académico, lo cierto es que muchos colegas, en lugar de esforzarse por ser cada vez más creativos y rigurosos, prefieren pavonearse ante los demás y despilfarran un gran esfuerzo en esta tarea, descuidando el estudio y el trabajo que, en definitiva, son los que les permiten avanzar en el conocimiento y hacer las cosas cada vez mejor. No imaginan lo insoportable que es su presencia. 

En cuanto a la esfera política, pocos defectos son tan despreciables en los representantes públicos como la soberbia. Independientemente de que la corrupción y la mentira sean, bajo mi punto de vista, delitos a perseguir judicialmente en todos los casos, pero, en especial, cuando atañen a la clase política, es la soberbia el rasgo que más me molesta en personas que se auparon a la posición que ocupan gracias al voto de sus conciudadanos e independientemente de sus méritos profesionales o personales; por lo que no es extraño que quien no sea capaz de diseñar políticas o leyes justas y coherentes e incluso no sepa escribir correctamente se arrogue una capacidad indiscutible para pontificar sobre cualquier tema y trate de desprestigiar a los contrarios sin tomar cuidado de justificar sus opiniones y aportar datos convincentes para sustentar sus puntos de vista desde el rigor y la seriedad. En este caso, más que explicar su comportamiento y argumentar sus decisiones, se prefiere criticar al adversario, y buena prueba del comportamiento soberbio es la ausencia de respuestas coherentes por parte de los gobiernos a la oposición en su tarea de control.

Siguiendo la clasificación de las conductas humanas establecida por Carlo Cipolla, entiendo que la actitud soberbia puede clasificarse entre los comportamientos estúpidos, pues ni procura el bien de los demás a la vez que obtiene el suyo propio (comportamiento inteligente) ni es altruista (buscando el beneficio ajeno a pesar de su propio daño) ni egoísta (sacrificando el interés de los demás en beneficio propio). Porque la altanería en el trato hiere a los demás y no reporta beneficio alguno a quien lo hace.

Si el lector ha creído ver referencias a ministros y presidentes de gobiernos, además de colegas en este texto, no lo duden, son ellos quienes inspiraron este texto.


Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021. 


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