/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Lo más importante de la vida es averiguar qué es lo más importante de la vida.
En el futuro se escuchará el ruido de cosas que aún no habrán sucedido.
Lo normal es no existir.
El número de cosas que existe no es nada comparado con el de las que no.
Gracias a las palabras he aprendido a callar.
Nunca se perdonó a sí mismo no existir.
No hay mayor desgracia que la del mercader de oropéndolas que busca con desesperación que la gente crea en las oropéndolas.
El arte moderno no ha apreciado suficientemente nuestra capacidad para esparcir cualquier cosa y depositar lo que sea en donde sea.
Es importante que nada sea importante.
El espacio ha muerto.
Quizás he conocido a alguien.
En aquel país las leyes eran tan severas que nadie se atrevía a cumplirlas.
Hacía tanto frío que las temperaturas máximas eran inferiores a las mínimas.
Mucho más que obras bellas, el arte actual ha creado espectadores que ellos mismos ya son obras de arte.
Es muy triste observar cómo se pasean a placer los astrolabios, pero todavía sería más triste encontrarse con uno en la calle.
Había sumado todas las consecuencias.
Hay desigualdades que se disputan la gloria.
La perplejidad del marino se cifra en no saber dónde la mar le hará su esposo.
Doce monarcas entreabrieron una misma puerta.
Un guerrero tan delgado que la huida le servía de almohada.
Viajar es una actividad divertida. Sobre todo cuando se hace sin ningún motivo.
Aquel episodio era demasiado estrecho. No cabían más que cuatro o cinco personas y un teniente de alcalde. Por detrás parecía de madera, pero al abrirlo solo se escuchaba el ruido de la risa. Allí dentro se reían mucho y por eso eran varios los que querían entrar allí, para reírse ellos también.
Hoy he visto unos niños jugando. Cosa rara en mí, que no suelo ver ese tipo de cosas. Pero estaban ahí, con pelota y demás. Los he llamado y les he felicitado. Les he deseado suerte.
¿Para qué sirven las distancias? A lo lejos el crepúsculo. Si no hubiera distancias no habría crepúsculo.
Me estoy enamorando de no sé quién.
Nueve ornitólogas famosas saltaron simultáneamente al anonimato al afirmar que habían visto un ruiseñor parado en la rama de un cedro. Aunque ese árbol es hermoso por razones arbóreas, todo el mundo sabe que es prácticamente imposible que un ruiseñor se pose en la rama de uno de ellos por la sencilla razón de que los ruiseñores y los cedros no se hablan.
Cundió el rumor de que un submarino remontaba el río de aguas muertas con la intención de torpedear los monumentos, catedrales y murallas de la ciudad. La gente acudió al río para ver la llegada del monstruo.
Estaba sentado en el parque cuando apareció el camión de bomberos que venían a apagarme.
Hay muchas buenas personas en el mundo, tal vez demasiadas para los tiempos que corren. Gente, por lo general, de buen corazón, generosos y humildes que no buscan otra cosa que pasar la vida de la forma más correcta posible. Es a ellos y no a otros a quien van dirigidas las injusticias, los crímenes, los asesinatos y en general las malas noticias.
No hay por qué alarmarse. Aunque muchos todavía siguen considerando al hombre como un ser racional, la cosa ya parece que está empezando a estar clara después de los últimos noventa siglos. Todo ha sido un malentendido, pero parece que por fin estamos en vías de arreglarlo. Ya va quedando poca gente que piense aún de esa manera, pero el obierno ha ideado un plan con vistas a que todo el mundo abandone definitivamente la creencia.
En aquel país los sistemas de extinción de incendios eran poderosísimos. De hecho ningún incendio duraba más de media hora. A la menor señal de humo era declarado el estado de guerra nacional y el ejército entero era movilizado. Varias divisiones aerotransportadas eran dirigidas de inmediato al lugar y en menos de media hora se ponía asedio al fuego incipiente. Docenas de aviones de tamaño imperial arrojaban trillones de cubitos de hielo que no dejaban títere con cabeza. Helicópteros muy ambiciosos en número de centenares alargaban mangueras supergordas desde algún pantano o laguna próxima, e impeliendo con bombas energéticas el agua, se proporcionaba una hiperducha al lugar incendiado. Eran repartidas millones de jarras de cerveza a la población vecina para que se refrescaran mientras durara el espectáculo. De esta manera fueron poco a poco extinguiéndose los incendios importantes hasta tal punto que era necesario organizar alguno de vez en cuando para no perder la habilidad de apagarlo. Sin embargo llegó un momento en que las técnicas se perfeccionaron tanto, los medios puestos a disposición del tema fueron tan eficaces etc., que se acabó totalmente el problema y la población dejó de escuchar noticias de nuevos incendios.
Pero antes de que esas medidas fueran tan eficaces pasó mucho tiempo y el fuego arrasó casi todos los árboles del país. Era mucho lo que se había destruido pero el pueblo gozaba aún con saber que en alguna parte había bosques muy frondosos. Nadie, sin embargo, los frecuentaba ya. Estaban tan protegidos que eran ilocalizables.
Tan solo el presidente del Gobierno podía llevar a su familia a merendar, un día al año, debajo del único pino raquítico que quedaba, protegido por un despliegue gigantesco de medidas de seguridad (murallas, divisiones acorazadas, misiles) y convertido en el mayor secreto de Estado de todos los tiempos. Esto ocasionó intrigas y asesinatos.
Si los políticos hablaran con sinceridad, en lugar de proclamar
«Si me votáis os prometo tal y cual cosa»,
deberían decir
«Si me votáis os prometo que me haréis muy feliz».
Nada más fácil que prometer la felicidad o lo que sea, lo que no entiendo aún es cómo se puede dar crédito a algo que todo el mundo sabe que es imposible. Nadie nos va a hacer la vida más fácil por el hecho de ganar unas elecciones. Al contrario, nosotros los hacemos felices a ellos, y como mucho compartimos esa felicidad de la misma manera que la victoria de nuestro equipo de fútbol. Verdad y Democracia.
Tener razón en una disputa debería estar considerado una grosería cuando no un abuso y un atropello. ¿Acaso no somos todos iguales ante la ley? ¿Por qué entonces establecer esa discriminación tan absurda entre quien tiene razón y quien no?
Una democracia no será una democracia auténtica mientras todos los ciudadanos no ostenten la potestad, que emana del pueblo, no lo olvidemos, de estar en posesión de la verdad, puesto que esta pertenece a todos, sin distinción de razas, ideas, sexo o religión, y la libertad del individuo, que es la consecuencia más inmediata de un estado democrático, o al revés, radica, entre otras cosas, principalmente en poder pensar y decir cuanto a cualquiera se le ocurra con la presunción inalienable de estar diciendo el evangelio.
La verdad os hará libres, dicen que dijo Jesús de Galilea, sin pararse a aclarar si hay otras maneras de llegar a serlo.
Por lo tanto un verdadero demócrata es quien está siempre dispuesto y preparado para aceptar al mismo tiempo la verdad de A y de No A. De lo contrario caería en discriminación epistémica, y la episteme pertenece al pueblo, aunque éste no lo sepa.
¿Por qué habría de estar más en lo cierto quien sostiene una opinión que quien sostiene la contraria?
Algunos, armados con la mala fe del sofista, podrían argüir que la comprobación de la verdad de un enunciado debería ser suficiente para que el parecer contrario dejara de inmediato de poseer el prestigio de la validez para un contingente suficiente de personas, y a partir de ahí cualquier parvenu se hallaría en disposición de imponer como un dogma aquello cuya verdad ha sido verificada. ¿No es esto un abuso intolerable y arbitrario de los caprichos de la realidad que en tal caso pasaría por encima de todos los valores de la sociedad igualitaria cuyos ideales tanto ha costado erigir sobre las cabezas cortadas de tanta gente?
Está en juego uno de los derechos más exigibles del ser humano, el de tener razón, el de no perderla por un capricho del azar, por una simple cuestión de gustos.
La realidad no existe, dijeron los filósofos postmodernos. Tan solo existen los puntos de vista.
—¿Es verdad eso? —preguntó uno.
—¡Hombre! —le dijeron los filósofos—. Es nuestro punto de vista.
Y puesto que la condición de víctima es la más lamentable y mejor valorada de nuestra sociedad, sería mucho más democrático y humano que los embusteros y mentirosos pasaran a ser considerados como víctimas de la verdad y no con aquellos vituperados adjetivos que tanto daño hacen al honor de los ciudadanos.
Del mismo modo que un pobre es víctima de la codicia general de los hombres quienes, habiendo suficiente para todos, se empeñan en acaparar para su beneficio en perjuicio de los menos dotados o nacidos en circunstancias adversas.
Uno de tales acaparamientos es el uso de la palabra y su difusión a través de los sistemas de información social. Se habla demasiado y a nadie le gusta que sus palabras queden por debajo de las de los demás. Cada uno intenta imponer las suyas y hay una algarabía general. En algunos países como Japón ya empieza a haber quien pague por no escuchar a nadie.
Esto llevará antes o después a que los Estados establezcan un férreo control sobre el número de palabras que pueda emitir cada ciudadano en su vida diaria con el fin de no atosigar a sus semejantes con majaderías y silogismos baratos a que tanto nos hemos acostumbrado.
Se pondrá un precio a cada término del vocabulario y cada persona podrá hablar tanto como se lo permita su peculio. Como siempre, los ricos podrán hablar más que nadie, aunque, por un oscuro designio de los dioses, no les gusta dirigirse demasiado a los que no poseen casi nada, de modo que estos no podrán casi hablar, pero al menos estarán a salvo de las sandeces y naderías propias de las clases acomodadas.
En otro orden de cosas, y a pesar de lo dicho, no termino de explicarme cómo es posible que la verdad no haya sido todavía declarada bien de interés cultural y patrimonio de la humanidad por la Unesco.
Teorema fundamental de la sociología política: Un problema + Un político = Dos problemas.
Por otra parte la Carta de los DDHH tampoco hace especial hincapié en una de las más profundas necesidades de la especie humana: la necesidad de ser idiota sin que a uno lo tengan que increpar ni insultar por ello mismo.
Ser un pelma, un merluzo, un mameluco, un soplagaitas, un majadero, un cantamañanas, un vivalavirgen, un tonto del culo, un gilipollas…, son Estados del espíritu que a uno lo convierten automáticamente a ojos de los demás en un detritus social y un proscrito de la inteligencia, arrojándolo a las tinieblas del escarnio y el abandono por parte de quienes se consideran a sí mismos los preclaros estandartes del saber y el saber estar.
Es esta otra injusticia más que machaca el corazón de quienes desean adoptar aquellos desprestigiados sustantivos como síntomas de su manera de vivir.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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