/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Siempre ha sido fácil manipular la opinión pública desde determinados círculos del poder. Lo cierto es que casi no existen ejemplos en el pasado de que los ciudadanos de dos países en guerra no lucharan creyendo tener toda la razón. Las técnicas de manipulación cambian, pero las reglas son las mismas: hay que crear al enemigo en primer lugar, eligiendo bien; hay que deshumanizarlo y presentarlo como un auténtico malvado; hay que transmitir a la ciudadanía dosis similares de odio y miedo hacia él y cuando esto ocurre hay que armarse, prepararse para el conflicto, que estallará o no. Todo dependerá de lo que ese supuesto enemigo haga. En todo caso, si se va a la guerra, ambos tendrán la esperanza de vencer.
Lo malo es que en estos procesos de «invención» del enemigo, es posible crear auténticos enemigos entre países que antes no se consideraban enfrentados. Recuerden, solo analizando la llamada historia contemporánea, las guerras de la Convención francesa y las napoleónicas. Antes de estos conflictos, los odios nacionales no existían, pero nacieron todos allí. Posteriormente, en la guerra francoprusiana de 1871 el conflicto lo creó Bismarck, el canciller de hierro alemán, que filtró a la prensa fragmentos de un telegrama en el que parecía que el emperador de Francia chantajeaba al rey de Prusia. No era cierto, pero el texto manipulado del telegrama sirvió para enardecer a la prensa y a las masas alemanas; ambos países fueron a la guerra creyendo que tenían razón. Así ocurrió también en las dos guerras mundiales que siguieron, y no digamos en los innumerables conflictos derivados del colonialismo, en los cuales el racismo y las rivalidades étnicas fueron siempre el combustible. En resumen, todo consiste en la fabricación del enemigo perfecto.
¿Qué ocurre cuando el enemigo está creado? Ya no es fácil retroceder. Si aplicamos este esquema, quizás muy simplista, pero que no deja de ser real, a la situación mundial actual, nos encontramos con dos —las dos— superpotencias enfrentadas. Los enemigos respectivos han sido ya fabricados y las rivalidades comerciales son la excusa. Detrás de todo ello hay la posibilidad de obtener la hegemonía mundial; nunca como ahora esto había sido posible; hoy parece posible. Falta movilizar a las opiniones públicas; hacerles ver que el otro es malo, es desleal, va con mala fe, es taimado y no fiable. Todo cuanto diga se utilizará en su contra. Así ahora el aparente abandono de la defensa de los aliados —que en realidad son vasallos— por parte de Estados Unidos servirá para que el miedo y el odio, en cantidades similares, les haga armarse hasta los dientes. Hay una condición: ¡las armas hay que comprarlas al patrón! A partir de aquí, se redefine al contrario y se crea la muralla que impida verlo como un socio fiable.
¿Estallará finalmente el conflicto violento? No en primera instancia: los poderosos se suelen enfrentar utilizando a sus lacayos. Recuerden los conflictos a pequeña escala que jalonaron los años previos a la primera Gran Guerra. En aquel entonces, antes de enfrentarse directamente, se tantearon, utilizando a terceros países como fichas de un juego macabro. También la llamada Guerra Fría estuvo jalonada de episodios similares, en la que terceros países se enfrentaban unos contra otros, mientras las dos superpotencias estaban detrás. En aquel entonces a los países de Europa, tanto la Occidental con Estados Unidos como la Oriental con la URSS, no se nos exigía armar grandes ejércitos, sino contribuir al mantenimiento de los ejércitos de sus respectivos amos.
Hoy, con la denominada guerra híbrida, sigue ocurriendo algo parecido, aun cuando ya no sea Rusia la gran potencia amenazadora para América. Con un PIB similar al de Italia y muy inferior al de Alemania, Rusia es un tigre de papel. Lleva ya mucho tiempo empantanada en una guerra con Ucrania y no la ha podido aplastar totalmente, siendo como era Ucrania un país más pequeño y débil. Rusia tiene armas nucleares, es cierto, pero resulta muy improbable que las utilice. Sirven, eso sí, para intimidar. El enemigo ahora es China. Pero China no ha empezado ella ninguna guerra importante. La estrategia del Celeste Imperio siempre ha sido el dominio mediante sus mercaderes, su comercio, su infinita capacidad de producir. De la misma manera que nosotros, cuando vemos un mapa, lo contemplamos desde Europa y a China la vemos como un apéndice, en un rincón a la derecha, ellos son el Imperio del Centro y Europa aparece en sus mapas como una pequeña coletilla en un rincón a la derecha. Saben que ya son la fábrica del mundo. No necesitan la guerra y se les puede aplicar la frase de Napoleón cuando le pidieron que definiera que era lo mas importante para ganar la guerra. Dicen que contestó: «Necesito tres cosas: dinero, dinero y dinero». ¡Pues eso es lo que tienen ellos!

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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