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La democracia como modestia

Albert Camus, de quien rescatamos un espléndido y muy actual artículo de 1948, opinaba que «la democracia, sea social o política, no puede fundarse sobre una filosofía política que pretenda saberlo y regularlo todo».

Corren tiempos turbulentos en los que una nueva derecha extremista comienza a extenderse victoriosa por el mundo ondeando banderas xenófobas, racistas, misóginas, homófobas y vorazmente deseosas de revertir las conquistas sociales penosamente conquistadas por el movimiento obrero en el último siglo. Lo hace, para mayor motivo de preocupación, por medios escrupulosamente democráticos, seduciendo sin mancha de violencia los corazones de millones de electores. Nada tienen que objetar los ordenamientos constitucionales de los que se aprovechan a cómo los Trump, Bolsonaro, Salvini u Orbán se encaraman a los sitiales de sus naciones, pero sí puede hacerlo una ética democrática que no entienda la democracia como un mero sistema de elección de gobernantes, sino como un conjunto de valores y actitudes que deben permear todas las manifestaciones de la vida social. Es tiempo de reflexión intelectual y también de orientar la vista hacia el momento fundacional de la mayor parte de las democracias modernas, cuando mentes preclaras escribieron páginas brillantísimas sobre lo que la nueva libertad que germinaba entre los escombros de la segunda guerra mundial debía significar. Uno de ellos fue el filósofo francés Albert Camus, quien en noviembre de 1948 publicó en la revista Caliban el espléndido, juicioso y rabiosamente actual artículo que reproducimos a continuación.


La democracia como ejercicio social y político de la modestia

/por Albert Camus/

A veces reflexiono, a falta de mejor alternativa, sobre la democracia (en el metro, naturalmente). Uno sabe que hay desasosiego en los espíritus en lo que concierne a esta útil idea. Y como a mí me gusta encontrarme con el mayor número de hombres posible, busco definiciones que pudieran ser aceptables para ese gran número. Ello no es fácil, y no me jacto de haberlo conseguido. Pero me parece que podríamos alcanzar algunas aproximaciones útiles. Para ser breve, he aquí una entre ellas: la democracia es el ejercicio social y político de la modestia. Queda explicarla.

Conozco dos tipos de razonamientos reaccionarios. (Como hay que precisarlo todo, convinamos que llamaremos reaccionaria a toda actitud que aspira a acrecer indefinidamente las subordinaciones políticas y económicas que pesan sobre los hombres). Estos dos razonamientos caminan en sentido contrario, pero tienen por común carácter expresar una certitud absoluta. El primero consiste en decir: «No cambiaremos jamás a los hombres». Conclusión: las guerras son inevitables, la servidumbre social está en la naturaleza de las cosas, dejemos a los fusiladores fusilar y cultivemos nuestro jardín (a decir verdad, se trata generalmente de un parque). El otro consiste en decir: «Podemos cambiar a los hombres, pero su liberación depende de tal factor y hay que proceder de tal modo para beneficiarlos». Conclusión: es lógico oprimir, 1.º a aquéllos que piensan que no hay cambio posible; 2.º a aquellos que no están de acuerdo sobre el factor; 3º a aquéllos que, aun estando de acuerdo sobre el factor, no lo están con respecto a los medios destinados a modificar el factor.; 4.º a todos aquéllos, en general, que piensan que las cosas no son tan simples.

En total, a tres cuartos de los hombres.

En ambos casos, nos encontramos ante una simplificación obstinada del problema. En ambos casos, introducimos en el problema social una inmovilidad o un determinismo absoluto que no pueden razonablemente hallarse en él. En ambos casos, uno se siente lo bastante convencido para hacer o dejar hacer la historia según esos principios y para justificar o agravar el dolor humano. A esos espíritus tan diferentes, pero cuya convicción resiste por igual el infortunio de los demás, yo consiento que se los admire. Pero hay al menos que llamarlos por su nombre y decir qué son y qué son capaces de hacer. Yo digo, por mi parte, que son espíritus orgullosos y que pueden llegar a todo, salvo a la liberación humana y a una democracia real. Hay unas palabras que Simone Weil ha tenido el coraje de escribir y que, por su vida y por su muerte, ella tenía el derecho de escribir: «¿Quién puede admirar con toda el alma a Alejandro [Magno], como no tenga bajeza de alma?». Sí, ¿quién puede poner en una balanza las más grandes conquistas de la razón o de la fuerza y los inmensos sufrimientos que representan si no tiene un corazón ciego a la simpatía más simple y un espíritu desviado de toda justicia?

He aquí por qué me parece que la democracia, sea social o política, no puede fundarse sobre una filosofía política que pretenda saberlo y regularlo todo, como tampoco ha podido fundarse sobre una moral de conservación absoluta. La democracia no es el mejor de los regímenes: es el menos malo. Hemos probado un poco de todos los regímenes y ahora sabemos eso. Pero ese régimen no puede ser concebido, creado y sostenido sino por hombres que saben que no lo saben todo, que rechazan aceptar la condición proletaria y que no se acomodarán jamás a la miseria de los demás, pero que justamente rechazan agravar esta miseria en nombre de una teoría o de un mesianismo ciego.

El reaccionario del Antiguo Régimen pretendía que la razón no resolviera nada; el reaccionario del Nuevo Régimen piensa que la razón lo arreglará todo. El verdadero demócrata cree que la razón puede iluminar un gran número de problemas y resolver casi tantos; pero no cree que ella reine, señora única, sobre el mundo entero. Como resultado de ello, el demócrata es modesto. Admite una cierta parte de ignorancia, reconoce el carácter en parte arriesgado de su esfuerzo y que no todo le es dado; y a partir de esa admisión, reconoce que tiene la necesidad de consultar a los demás, de completar lo que sabe con lo que saben ellos. No se reconoce en otro derecho que el delegado por los demás y sometido a su acuerdo constante. Cualquiera que sea la decisión que tome, admite que los demás, para quienes se ha tomado esta decisión, pueden juzgar lo contrario y hacérselo saber. Puesto que los sindicatos fueron creados para defender a los proletarios, sabe que son los miembros de los sindicatos quienes, a través de la confrontación de sus opiniones, tienen la probabilidad más grande de adoptar la mejor táctica.

La democracia verdadera se remite siempre a la base, porque asume que ninguna verdad es absoluta y que diversas experiencias humanas puestas en común representan una aproximación más preciosa a la verdad que una doctrina coherente, pero falsa. La democracia no defiende una idea abstracta o una brillante filosofía: defiende a los demócratas, lo que supone pedirles decidir los medios más adecuados a fin de asegurar su defensa.

Sé que una concepción tan prudente no carece de peligros. Comprendo que la mayoría puede estar errada al mismo tiempo que la minoría ver claro: por eso digo que la democracia no es el mejor sistema. Pero es preciso poner en una balanza los peligros de esta concepción de la democracia y los que resultan de una filosofía política ante la que todo se doblegue. La experiencia nos dicta que debemos aceptar una ligera pérdida de rapidez para evitar ser arrastrados por un torrente furioso. Por lo demás, la misma modestia comporta que la minoría puede hacerse oír y que sus opiniones serán tenidas en cuenta. He aquí por qué digo que la democracia es el menos malo de los sistemas.

Llegados a este punto, no todo está resuelto. He aquí por qué esta definición no es definitiva. En todo caso, nos permite examinar bajo una luz clara nuestros problemas más acuciantes, cuyo principio tiene que ver con la idea de revolución y la noción de violencia; y también nos permite denegarle al dinero y a la policía el derecho de llamar democracia a lo que no lo es. Nos pasamos el día tragando mentiras merced a una prensa que es la vergüenza de este país. Hoy, todo pensamiento, toda definición que corra el riesgo de acrecentar esta mentira o de contribuir a mantenerla es imperdonable. Baste con decir que, definiendo un cierto número de palabras clave y dejándolas suficientemente claras hoy para que sean eficaces mañana, estaremos trabajando por la liberación y haciendo nuestro trabajo.

[Traducción: Pablo Batalla Cueto]


Albert Camus (Mondovi [Argelia francesa], 1913-Villeblevin [Francia], 1960) fue un novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés. Sus concepciones filosóficas se formaron bajo el influjo de Schopenhauer, de Nietzsche y del existencialismo alemán, a partir de los cuales desarrolló el pensamiento filosófico conocido como absurdismo. Se le ha asociado frecuentemente con el existencialismo, aunque Camus siempre se consideró ajeno a él. Formó parte de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana y se relacionó con los movimientos libertarios de la posguerra. En 1957 se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad».

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