Pensamiento

Otras miradas al amor

Vicent Yusà dedica uno de sus artículos sobre filosofía al concepto de amor y su complejización y «licuefacción» en nuestros días.

/ por Vicent Yusá /

El amor como «unión», que apunta a una necesidad de formar un «nosotros», y que implica reciprocidad, tiene gran aceptación en el tratamiento filosófico del deseo amoroso.

Existen, sin embargo, otras miradas, entre las que destacan el amor entendido como «intensa preocupación o cuidado del otro» y el considerado como «valor o aprecio hacia otra persona».

En el primer caso, si amamos a alguien, significa que queremos «beneficiarle» dadas sus características especiales, y no como un medio para lograr algo, sino como un fin en si mismo. A diferencia del amor entendido como «unión», aquí no existe un «nosotros», sino que soy yo el que me preocupo de manera desinteresada por el otro, y lo hago por su bien, no por el mío. Esto comporta entender el amor no como una pasión, o una forma de conocimiento, sino un acto de la voluntad, un interés por la felicidad del otro.

Ocurre que esta concepción puede derivar en paternalismo, en una forma de reducir, o incluso eliminar, la autonomía de la otra persona bajo el pretexto de que lo que yo quiero es su bienestar y, por lo tanto, limito su capacidad de decisión imponiendo la mía.

Por otro lado, el amor como «valor» implica entenderlo fundamentalmente como un aprecio, un reconocimiento de las características que atribuimos a la persona amada. Sería algo semejante al modo en que valoramos la dignidad de una persona, aunque no tendíamos nada fácil explicar por qué amamos a unas personas y no a otras, cuando todas tienen la misma dignidad. Realmente no respondemos con amor a la dignidad de cada persona. Esta concepción comparte con la primera (el amor como preocupación o cuidado) el que esa valoración del otro no tiene una finalidad específica, no tiene un objetivo claro, sino que es también un fin en sí mismo.

En cualquiera de las posiciones sobre el amor, como unión, cuidado o valor, cabe preguntarse si es posible justificarlo. Es decir, ¿hay consideraciones racionales por las cuales puede afirmarse que no amar a determinada persona es irracional, o por las que alguien pueda exigir a otro su amor?

 No parece que sea así, de modo que no hay nada irracional en dejar de amar a otro, ni estemos obligados por la razón a amar a una persona, por maravillosa y encantadora que sea en todas sus facetas. En ese sentido, parece claro que la razón no es una fuerza que nos dicte a quién debemos amar, cómo debemos encauzar nuestros comportamientos amorosos, que nos ordene que amemos a alguien.

No obstante, no parece que la razón deba estar totalmente al margen para «justificar» por qué amamos a alguien o incluso orientar nuestras preferencias amorosas. La estima por las características subjetivas de una persona, aunque no justifica el amor, sí puede explicarlo, y quizá esas propiedades que apreciamos no sean una precondición para el amor, sino más bien una consecuencia de este.

Por otro lado, si aceptamos la comprensión del amor como respuesta a las propiedades valiosas de la persona amada, si entendemos que el amor puede justificarse, debemos enfrentarnos al problema de la fungibilidad, esto es, con la posibilidad de que el objeto del amor sea reemplazable por otro similar, sin pérdida de valor. Si aceptamos que el amor se justifica por la apreciación de las cualidades del amado, entonces otra persona que posea estas cualidades podría ser perfectamente objeto de mi amor, podría reemplazarlo. Y si, además, el otro posee esas propiedades en un grado superior, tengo razones evidentes para «cambiar». Esto estaría en contradicción con el compromiso respecto a una persona en particular, y comportaría una cosificación de la persona amada.

Sin embargo, fungible también connota que se consume por el uso, que se apaga, que es efímero, que acaba por desaparecer. O, como se señalaría desde una óptica posmoderna, que los vínculos amorosos son frágiles, lo que se ha denominado el amor líquido. En esa línea, Zygmunt Bauman asegura que «en nuestro mundo de rampante individualización, las relaciones son una bendición a medias. Oscilan entre un dulce sueño y una pesadilla, y no hay manera de decir en qué momento uno se convertirá en la otra».

Aunque sigue sosteniéndose la idea romántica de que el amor «surge de la nada», es decir, que somos rehenes del destino, lo que entendemos por «amor» se ha simplificado bastante, el listón ya no está muy alto; el termino «amor» se ha expandido, ampliado, y se han simplificado «las pruebas del amor». Ahora puede denominarse amor a todo un conjunto de experiencias que abarcan desde «pasar una noche juntos», a las relaciones basadas en la divisa «hasta que la muerte nos separe».

En esta visión posmoderna, la clásica forma de entender el amor como unión, como «identidad compartida», se convierte en «intereses compartidos», de modo que «las promesas, el compromiso, no significa nada a largo plazo», y solo depende del grado de satisfacción que nos provoca la relación, y de los cálculos utilitaristas sobre qué ganamos o perdemos con la ruptura, a modo de los que realizamos con una inversión.

De ahí que muchos sociólogos sean propensos a concluir que la tendencia es a sustituir las parejas por las «redes», a sustituir el amor por estar simplemente conectados; incluso a sustituir el amor por la amistad, una amistad reforzada con las características del amor erótico.


Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible y Obra abierta.


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2 comments on “Otras miradas al amor

  1. Alicia Rios Ivars

    He leído con gran curiosidad y concentración ese desmenuzamiento analítico y descriptivo de las otras miradas al amor. Un verdadero gustazo que da pena que se acabe porque ofrece mucho mucho contenido sobre el que ponerse a sentir, a recordar, a experimentar y a ensayar cómo reconstruir (transcurridos los años, tengo 81) la propia vivencia del amor.
    He sido muy afortunada en amores y echo de menos en el desarrollo del texto una consideración acerca de cómo el amar a un a persona te capacita para amar a otra y en simultáneo, no con carácter excluyente o alternativo. Lo expresa muy bien el bolero….Amar a dos personas a la vez y no estar loco…. El conflicto surge cuando el otro se siente perjudicado por la multiplicación o el desdoblamiento. Esa circunstancia es la de mayor complejidad pues se trata de un conflicto de aproximación – aproximación que son irresolubles hasta que la lucecita interior de la autoconciencia te ilumina el camino a seguir y te dices…sin duda en esta balanza amorosa mis preferencias se inclinan instintivamente hacia tal o hacia cual. El instinto es sabio y tiene raíces profundas en las que se puede confiar. Sin el recurso, por supuesto, a la culpa ni a la dramatización convencional.
    A veces la disolución de un amor, acompañado de llanto, acaba como éste en una descarga liberadora de energía, todo culmina en unos hipidos y quedarse como nuevo con el buen sustrato emocional de la satisfacción de lo vivido.

  2. Domenec BERNAD

    «El amor es una experiencia dual de la verdad: no anula las diferencias, sino que las hace coexistir en la unidad amorosa: armonía unitaria en la que se resuelve el amor mismo, y la palabra “del diálogo simboliza, en su grado máximo, esta relación a la vez tan unificadora y respetuosa de las alteridades.

    La verdadera vida amorosa es sobre todo diálogo, palabra, experiencia vivida y verbalizada en forma dual verdadero amor se consolida, volviéndose estable y arraigado, solo si hay diálogo, y crece mientras que se consume.

    Cuando vuestra amante se convierta en vuestra amiga íntima, os procurará otros placeres; los placeres de la vejez.

    El capital flexible no acepta la existencia de comunidades solidaria ajenas al nexo mercantilista entre individuos competitivos y deseticizados. Por esta razón, no puede tolerar la existencia del amor relacional donativo, ni su cumplimiento en la institución ética familiar.

    En la relación emocional que une a una a madre y a un padre con el hijo, no hay lugar para la lógica mercantil, que está estructuralmente excluida de ella, el amor gratuito y el altruismo desinteresado son únicas fuentes de sentido de la relación amorosa, estructuralmente antitética álgida axiomática de la utilidad y el cálculo.

    Amar significa siempre desear, de manera desinteresada y donativa, que el otro se realice en la plenitud de ser, en la violación más evidente de todo principio de la utilidad y el cálculo.

    El amor es, por su parte, pura donación de sí al otro y por el otro, otro sin reducir la alteridad que el es intrínsecamente, sin espíritu de posesión y sin anular la diferencia que me separa del otro. Su esencia se condensa en la donación que el yo hace de sí mismo al otro, para que este alcance su plenitud essendi.

    el lema «celos» se refiere al afán de conservar y custodiar lo que pertenece al yo individual; por esa misma razón surge de un instinto que no está vinculada al altruismo amoroso de entregarse al amado.

    Y es quizá por esta razón que en nuestro tiempo domina el amor líquido, el concubinato efímero y la precariedad emocional, los celos se preservan y fortalecen cada vez más, coherentes con los rasgos distintivos de la época del egoísmo rapaz y del individualismo posesión. Se revelan más próximos al narcisismo que al sentimiento, al calculador más que al altruismo donativo.

    Los celos, al igual que la ambición, son, según Spinoza, una «pasión triste», que expropia al hombre de su facultad de autocontrol y lo convierte en la víctima de sus propios fantasmas. Desvía su inteligencia hacia objetivos de por sus inconsistentes, cuando no abiertamente perjudiciales, tanto para el sujeto celoso como para su objeto.

    el hijo, los amantes ven vivir la unidad que buscaban desde un principio (y que ahora existe objetivamente en sí y para sí) y, al mismo tiempo, la eternización de su amor, destinado a sobrevivir más allá de sus existencias particulares.

    De hecho, el hombre que ama elige y vuelve a confirmar una y otra vez la fidelidad a su propia elección, como se puede ver claramente en la ética familiar, donde incluso la síntesis dual de los amantes se objetiva en la unidad inseparable del hijo.

    En cambio, un gozador de la vida, al igual que don Juan, elige no elegir y, como perfecto consumista erótico, busca sin tregua, en el siempre cambiante ámbito de la circulación, nuevos, momentáneos y efímeros placeres para gozar sin demora ni planificación en la instantaneidad falsamente transgresiva y secretamente homologada del hic et nunc («aquí y ahora») de la civilización de las mercancías.

    El vínculo que une a los dos amantes es, una vez más, impermeable a la lógica de la mercancía, que desearía el reemplazo continuo y compulsivo del objeto deseado.

    La unión del hombre y de la mujer es una producción, y esta producción es una obra divina, fecundación y generación, a que el ser mortal debe su inmortalidad.

    El amor ético familiar es sustituido por ese subrogado enajenado que es el amor liquido e íntimamente autista.

    La desligitimación de la ideológica de la familia heterosexual como fundamento de la vida comunitaria centrada en la eticización de la relación sentimental y, por tanto, en su estabilidad, se lleva a cabo a través de las presentaciones del gran número de los oradores posmodernos, los mediadores del consenso periodístico y televisivo, los intelectuales y académico: quienes ridiculizan ademas la demonizan como intrínsecamente autoritaria y machista, como vocacionalmente holofónica y opresiva, como un malentendido del que debemos despedirnos.

    La desregulación erótico-sentimental que es la mera duplicación simbólica de los mercados cosmopolitas desregulados el ataque contra la institución ética de la familia es una constante del bloque histórico del capitalismo líquido-financiero y de su «furia destructiva» destinada a socavar la raíz ética del amor impermeable a las prácticas del consumo.

    Los principios del nuevo orden simbólico condenan preventivamente cualquier modelo no alineado con el modelo liberal lo demonizan como fascista y comunistas. En la esfera económica, y como homófobo sexista y machista en la esfera de las costumbres.

    Al contrario, se desarrollan a partir del interés egoísta de los átomos individuales hedonistas, en busca de su propio goce en el open space (espacio abierto) del libre mercado competitivo.

    Dirigidas a la liberalización individualista de las costumbres, a la disolución de los “vínculos“ de larga duración y a la redefinición de todo enlace en forma insociablemente sociable de acuerdo con los parámetros del consumo de mercancías.

    El nuevo orden mundial clasista no tolera la supervivencia de Estados nacionales, las familias, las lenguas o culturas nacionales, identidades o sujetos colectivos, ya sean pueblos o clases, Estados naciones. Aspira a ver en todas partes el mismo plano liso del mercado global sin límites, donde los hombres son consumidores apátridas anglófonos y desarraigados, pasivos e indiferenciados, neutros, unisex y sin capacidad antiadaptativas con respecto al reino de la plena realización de las costumbres y el consumo.

    La nuestra es la primera época de la historia humana en la que la sexualidad, por un lado, está separada de las finalidades de procreación, entrega por completo al principio del placer como fin en sí mismo, por otro, se aleja cada vez más de la esfera de la sexualidad.

    El nuevo orden amoroso delfree trade (libre mercado) y elfree desire (libre deseo), coherente con el perfil del homo vacuus privatizado en una pura individualidad sin vínculos ni sólidos ni solidarios, también a nivel sentimental se perfila como un mundo gobernado por la lógica del consumo y las relaciones efímeras y «desechables»; en las el otro no figura como un nombre propio, como un «rostro» ) único e irrepetible, sino como una mercancía erótica para ser consumida rápidamente con vistas a nuevos consumos futuros.

    La relación de amor gratuita como búsqueda de la unidad dual y de la entrega completa al otro es aniquilada por la álgida razón calculadora del discurso neolibertino, que no hace más que traducir en el plano erótico, el programa del neoliberal, centrado en la valorización del valor, en la desregulación orientado a la competitividad extrema e ilimitada, en la deconstrucción de toda estabilidad a largo plazo.

    La solidaridad comunitaria de la vida familiar se sacrifica en el altar de la competitividad erótica, que impulsa al individuo a buscar siempre nuevas presas a través de las cuales aumentar su propio beneficio erótico.

    El consumo debe disolver todo vinculo estable y toda identidad fuerte.

    La norma del capitalismo absoluto, en virtud de la cual todo es posible siempre y cuando uno tenga el equivalente monetario correspondiente tiende a invadir el ámbito de las relaciones sentimentales.

    El amor debe ser desinteresado y gratuito, el amor es intrínsecamente comunitario ya que crea a la familia, la célula fundadora de toda comunidad.»

    Sacado del libro «EL NUEVO ORDEN ERÓTICO. Elogio del amor y de la familia del filósofo marxista italiano Diego FUSARO.

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