/ por Yoshimi /
Artículo originalmente publicado en Lateral Thinking el 19 de junio de 2024, traducido del inglés por Pablo Batalla Cueto
Exactamente, ¿qué es lo que era grande en la China anterior a Xi Jinping?
Habitamos una era de nostalgia política generalizada, de la absurda fantasía estadounidense o británica acerca de una sensata y civilizada época pre-Trump o pre-Brexit a las ensoñaciones nacionalistas de los pseudofascistas europeos, sobre una nación prístina anterior a la inmigración. Políticos cosplay, enfundados en disfraces de éxitos pasados, tratan de cuadrar estos recuerdos fugaces y alucinados de tiempos más dichosos con un capitalismo post-crac cada vez más intenso y su grisura avasalladora. Por doquier todo el mundo, carente de ideas, se solaza en un pasado que, también universalmente, ve limadas sus aristas y se evoca como mejor, ya sea desde una perspectiva de derechas (la Gran Bretaña bélica, el espíritu del Blitz, la añoranza del servicio militar obligatorio) o de izquierdas (la socialdemocracia real, el Servicio Nacional de Salud, el consenso posbélico). En muchos casos, por ilógico que parezca, este enfoque de lo político como un reboot de Netflix emana de las condiciones materiales, en concreto de su degradación, en la medida en que a los ciudadanos del mundo desarrollado les lacera su propia insatisfacción, pero se ven incapaces de trazar un camino para evadirse de ella, y concluyen entonces que todo debió de haber estado bien en algún momento antes de ahora. Hasta aquí, es comprensible: en un mundo sin nada que ofrecer, en el que todo va a peor, ¿por qué no idolatrar un pasado inasequible?
¿Podríamos poner un ejemplo de ensoñación nostálgica que, de hecho, careciera por completo de base material? ¿Es posible que exista un país en el que, en un tiempo de controversias, una década global perdida en protestas fútiles, políticas de austeridad y decadencia, algunas cosas —ciertamente no todas— hubieran mejorado de forma fácilmente mensurable, de la salud medioambiental a la calidad de las infraestructuras y la eficiencia del gobierno; formas que hubieran sido tangibles para la gente corriente, y aun así también allí existiera el relato de una era dorada anterior a 2008 que, desde entonces, hubiera sido destruida, pisoteada, destrozada y arruinada por monstruos populistas, nacionalistas, radicales, irracionales? Parece imposible concebirlo, y sin embargo, casi una década después de iniciada la Nueva Era de China, es algo que los sinófilos tenemos la tarea de comprender. Se nos dice con regularidad, por medio de una serie de interminables clichés (mano dura, endurecimiento del control, ralentización de la economía, malestar, enfriamiento, tang ping [reluctancia hedonista a trabajar duro], represión, neijuan [involución], bienes raíces, rùn [deseo de emigrar], crédito social, etcétera) que este es un tiempo gris, aplanado, de avance desesperanzado; que China está, en general, peor que antes de Xi, que la represión inmobiliaria o la del sector tecnológico o la de Sinkiang o la de Hong Kong son síntomas de decadencia sostenida, que el «sueño chino» se ha acabado, que antes las cosas iban mucho mejor.
Este artículo no será una defensa enérgica de la Nueva Era en su totalidad: no estamos aquí para argumentar por qué ha sido un éxito sin precedentes, pues no lo ha sido. La crítica que yo planteo es que los años de Xi Jinping han sido un intento de reparar el partido-Estado desarrollista mediante un renacimiento de la política que ha llegado a su límite y no es capaz, a través de la pura fuerza del Gobierno, de superar los síntomas universales de la crisis capitalista, tales como la masiva polarización de clases, la conculcación de los derechos de los trabajadores, el desencanto político y la corrupción; y, desde ese punto de vista, mientras la China de Xi sigue atrapada en su matrimonio con los dogmas de la economía de libre mercado, los trenes siguen siendo rápidos, seguros y baratos, los bienes de consumo son abundantes y fácilmente accesibles, y el Gobierno y los servicios públicos —todavía irregularmente repartidos entre provincias— son de modo general eficientes, y menos propensos a la flagrante corrupción de antaño. En general, puede considerarse como un sistema corporativista o socialdemócrata de gestión exitosa del capitalismo.
Para aquellos que veneran lo que había antes, estas mejoras cuentan poco. Sigue existiendo un bando que sostiene que, con todo lo que ha mejorado en China de 2008 para acá (sería absurdo afirmar que las enormes inversiones en infraestructuras rurales, de apartamentos a escuelas pasando por fontanería y carreteras, son un negativo neto para el país), se ha perdido algo mucho más importante. Se trata de un bando que, hasta cierto punto, se expresa en la propia China, en personas cuyos intereses de clase han sido desatendidos esta última década y pico; pero que con mucho más ahínco y menos matices se encarna en los observadores extranjeros de China, que son los protagonistas de este artículo. Para entender qué es lo que esperaban de la China del siglo XXI, debemos examinar ahora qué podía ser ese algo mucho más importante. A menudo, estas personas lo expresan de forma abstracta, invocando la libertad personal o la retirada del Estado de la vida de las personas.

«Autoritarismo fragmentado»: el modelo chino y nuestras fantasías sobre el mismo
En 1992, los académicos Kenneth Lieberthal y Michel Oksenberg acuñaron un término a fin de describir la evolución del sistema político de la China de las primeras reformas: autoritarismo fragmentado, un modelo en el que «la autoridad por debajo de la cúspide del sistema político chino está fragmentada y dislocada». Lo definían con más detalle como una combinación del «sistema de clasificación burocrática de China […] con la división funcional de la autoridad entre varias burocracias en orden a producir una situación en la que, a menudo, es necesario alcanzar un acuerdo entre una serie de organismos». Ocurría que «la descentralización de la autoridad presupuestaria permitía a muchas localidades y unidades burocráticas adquirir fondos […] que podían utilizar en pos de sus propias preferencias políticas», y «el estímulo conferido a muchos órganos para ser cada vez más autosuficientes a través del emprendimiento burocrático […] reforzaba la tendencia de las unidades burocráticas a bregar con energía en la promoción y protección de sus propios intereses en el proceso de formulación de políticas». En otras palabras, a pesar de que, nominalmente, continuara siendo gobernado por un partido-Estado unificado, el sistema chino creado a través de la descentralización política y económica del proceso de reforma estaba de hecho muy, euh…, fragmentado. La autoridad otorgada a los órganos políticos y burocracias ubicadas bajo el paraguas del partido-Estado y la mengua de la importancia de la coerción y la movilización ideológica que ocurrían simultáneamente generaban una situación en la que la política se decidía, no por la acción colectiva del partido, sino por la negociación, el regateo y el compromiso entre distintos grupos cobijados en el seno del partido-Estado.
«El sistema chino es peculiar —afirman David M. Lampton— no porque en su seno se produzcan regateos (lo cual es una característica genérica de la política per se), sino por la frecuencia con la que tantos individuos y organizaciones deben ponerse de acuerdo o conceder su aquiescencia antes de que uno pase a la acción». Este sistema autoritario fragmentado estaba hecho de medias verdades, de política en la sombra y política real; en él, según Carol Lee Hamrin, «las instituciones formales y los organigramas que se discuten en el dominio público no capturan la esencia del sistema real en funcionamiento, que incluye organizaciones y relaciones que no se debaten a plena luz del día». Desparramados por la vasta extensión del partido-Estado, los diversos grupos de interés creados en la época de la reforma, desde los militares hasta las burocracias regionales y las empresas estatales, que se beneficiaban de distintas maneras de la explosión de la economía de mercado, se vieron obligados a encontrar una manera de funcionar juntos. El statu quo resultante fue una carrera constante por la posición, una constante lucha, un trueque constante entre aquellos cuyas conexiones les habían hecho ganadores de los cataclismos de la era de la reforma.
Este fue el sistema por el que se rigió China desde aproximadamente 1978 hasta, aparentemente, 2012, aunque, si queremos ser más precisos, deberíamos decir que su forma máxima solo se alcanzó tras la retirada de Deng Xiaoping de la política activa tras 1992, lo cual eliminó el último vestigio de autoridad personal al estilo «gran timonel» de la era Mao; y que persistió hasta la abolición de los límites del mandato presidencial por parte de Xi en 2017, que restauró algo que se parecía mucho a aquella antigua autoridad, sin ser lo mismo. Lieberthal y Oksenberg subrayan en sus escritos que las tendencias del autoritarismo fragmentado ya existían incluso bajo Mao, aunque se vieron masivamente exacerbadas por la reforma, y que continuarían incluso sin el partido comunista en el poder. Debemos subrayar asimismo que Xi Jinping no ha acabado por completo con este sistema, y es probable que nunca lo haga. Pero de que algo ha pasado, de que se ha producido una mutación, no cabe duda: podemos ver que los crímenes políticos más habitualmente citados de la Nueva era son las medidas enérgicas y el endurecimiento de los controles, etcétera, o, en otras palabras, el aumento masivo de la autoridad central a expensas de los «grupos» de la época de la reforma pura. Este periodo de «autoritarismo fragmentado realmente existente» bajo Jiang Zemin y Hu Jintao —que fueron, como los expertos nunca dudan en recordarnos, líderes «primeros entre iguales», «buenos comunistas» cuyo gobierno añoran ahora las masas oprimidas, si bien incluso Hu fue criticado con frecuencia en su momento por no llevar a cabo la reforma con rapidez suficiente— fue también el de la más intensa sinofilia occidental, de un tipo que ya no se ve realmente.
En su propio modelo, Lieberthal y Oksenberg no pretendían que el «autoritarismo fragmentado» fuera percibido como un ideal: caracterizaban certeramente sus disfunciones, y afirmaban que era un síntoma de que el sistema chino estaba «en transición de un sistema jerárquico tradicional hacia uno más moderno, orientado al mercado». Explicaban que, «en el primero, las actividades se rigen de manera principal por las relaciones verticales tradicionales dentro del aparato burocrático, mientras que, en el segundo, una gama más amplia de actividades se rige por normas puras y, sobre todo, por relaciones de mercado». En efecto, su análisis tiene algo del idealismo clásico del libre mercado de los años noventa; pero sigue siendo válida su crítica del modelo como un punto intermedio entre las antiguas relaciones verticales del sistema socialista formal y las relaciones de mercado sujetas a reglas de un Estado capitalista normal a las que algunos grupos de interés, entonces y ahora, aspiraban a que llegar. «El sistema en su conjunto […] carece de la regularidad institucional necesaria para permitir que las decisiones de reforma surtan el efecto deseado», decían, y ello era también una crítica extendida al modelo autoritario fragmentado: que sin el Estado de derecho, sin un sistema político debidamente institucionalizado en lugar de un sombrío mundo de acuerdos y regateos como mil finas hebras de telaraña bajo la superficie polvorienta de una máquina política nominalmente socialista, el capitalismo chino jamás iba a llegar más allá de la manufactura rudimentaria y el trabajo manual de alta intensidad. Sentimientos similares eran comunes en otros lugares: predicciones de que el «visiblemente esclerótico partido comunista» caería, de que «China implosionará si no cambia sus formas autoritarias», etcétera. Pero a ellos se unía también una atracción perversa por este semisistema caótico.

Cosas increíbles están sucediendo en China
Era la época del libro Cuando China domine el mundo, de Martin Jacques (2009) y el mito de la tecnocracia china, cuando se podían leer artículos sobre cómo China tenía un gobierno de ingenieros, que había creado un nuevo sistema llamado de «meritocracia política», «democracia consultiva», etcétera, y que, como Nick Land profetizara en los años noventa, llegaba desde el futuro. Había una noción fundamental detrás de todas esas aserciones descabelladas, ya fueran liberales, neoconservadoras, fascistas o izquierdistas: que la fragmentación de este sistema chino (la descentralización, la relajación universal traída por la reforma y la apertura, que de hecho solo había sido un medio improvisado para que los funcionarios pro-mercado aplicaran políticas de mercantilización que no contaban con un amplio apoyo ni institucional, ni popular) era de hecho deseable en gran medida, debido a su flexibilidad; que la misma cosa que hacía de él un sistema roto y contradictorio constituía su mayor fortaleza. Como dice The Economist en uno de los muchos artículos que lamentan el aparente final del autoritarismo fragmentado, «la corrupción puede ser mala, pero en su día permitió a quienes detentaban el poder asumir riesgos útiles».
El sistema autoritario fragmentado ofrecía, como visión, todo a todos: en su misma inestabilidad alentaba el sueño de una China liberal en los márgenes, que un día emergería parpadeando de los escombros; y en su compromiso implacable con el gobierno de feudos promercado regalaba a los conservadores un ideal thatcherista de buen gobierno de Estado fuerte/mercado libre. Para los posfascistas de tendencia aceleracionista, su colorido era una promesa de caos y pompa, el ideal dannunziano de la música como principio fundamental del Estado; y para los izquierdistas, las banderas rojas, la retórica comunista y la imaginería de la hoz y el martillo seguían siendo el último clavo ardiendo en un mundo sin URSS. China podía ser todo esto merced a su incoherencia, a su maraña de medias verdades y contradicciones, pero también porque su descentralización había quebrado el proyecto centralizador de la República Popular China en lo que Quinn Slobodian describe en El capitalismo de la fragmentación como «un país, muchas zonas», parafraseando el lema oficial «un país, dos sistemas» (referido al hecho de que China contuviera en su seno el socialismo y el capitalismo hongkonés). La autoritaria y fragmentada RPC existía y existe como un patchwork de políticas diferentes, que no son solamente la de la China continental y la de Hong Kong. Es Sinkiang, con su abigarramiento de territorios étnicamente diversos, administrados por un petroestado-dentro-del-Estado colonial y militarizado: el Cuerpo de Producción y Construcción de Sinkiang. Es Gansu, igual de rica en petróleo, pero étnicamente homogenea. Es la brumosa política de Hunan, región pobre, pero impregnada de orgullo por su historia comunista y revolucionaria. Es la deslumbrante Shanghái, una ciudad-Estado asiática consagrada a las finanzas y la bolsa, liberal y abierta al exterior. Es el proyecto de expansión promercado de Guangdong, de fabricación y gestión desplegadas en la antigua Cantón mercantil, heredera de Sun Yat-Sen y 1911. Es el desquicie del sector tecnológico hipercapitalista de la cyberpunk Shenzhen; es la «neomaoísta» Chongqing de Bo Xilai y es la atmósfera imperial y politizada de la misma Pekín.
Cada una de estas áreas difiere de las demás no solo en la concepción formal de las zonas (Zonas Económicas Especiales, Zonas de Libre Comercio, los Distritos Centrales de Negocios y las Regiones Autónomas y Regiones Administrativas Especiales), sino en las divergencias que también han surgido, a lo largo de las décadas de fragmentación, incluso en el interior de las provincias nominalmente estándar de China; zonas no oficiales. Cualquier visitante de cualquier lugar de China podía encontrar lo que deseaba simplemente con fijarse en las zonas que le gustaban e ignorar aquellas que no. Y durante aquel largo y dichoso período de fragmentación, eso exactamente nos acostumbramos a hacer. Llegamos a ver la tremenda diversidad de la experiencia china como su aspecto definitorio, como lo que realmente valía la pena de ella. Nos emocionamos mucho, para bien o para mal, con todo lo que ocurría en aquel país; con cómo literalmente todo sucedía a la vez, juntamente y por separado.
En retrospectiva, tal vez deberíamos haber aprendido de cómo resultó esto la última vez.

Ni Sacro, ni Romano, etcétera, etcétera
El término que hemos utilizado aquí para describir a la RPC, patchwork, una técnica de costura consistente en coser retales, tiene un equivalente histórico. Al igual que una vez comparé a Mao con Lutero (el profeta que se vuelve contra las implicaciones de sus propias ideas), también podemos comparar el mosaico del autoritarismo fragmentado con el Flickenteppich [alfombra de trampo] de la Alemania medieval: el Sacro Imperio Romano Germánico. Esta estructura feudal e imperial permaneció en el corazón de Europa durante siglos, en paralelo y oposición a la evolución convencional de otros dominios feudales en Inglaterra, Francia y otros lugares hacia los Estados modernos tempranos, y después, al final de su existencia, hacia la forma contemporánea del Estado-nación. El modelo westfaliano de soberanía fue una idea nacida en respuesta a la guerra de los Treinta Años, aquel último intento del Sacro Imperio de llevar a cabo su objetivo originario como sucesora imperial universal de Roma, y atrapó a este en un relato que lo consideró durante siglos como algo erróneo, fuera de tiempo, perdido para la historia. En gran medida esto se debía a su extraño modelo político, en el que un soberano nominalmente autoritario actuaba menos como gobernante que como árbitro de una masa de territorios de forma, tamaño y cohesión variopintas, vinculados solo por sus lazos legales con la institución del Imperio y su gobernante y los diversos espacios de resolución de disputas legales y políticas, de los tribunales a la Dieta, pasando por los múltiples consejos imperiales que existían en todos sus niveles. A medida que, a principios de la Edad Moderna, el resto de Europa se transformaba en la colección también variada pero generalizada de Estados-nación absolutistas y militarizados, enzarzados en disputas perpetuas entre sí, el marco no nacional, pluralista y tediosamente no militarista del Imperio parecía un torpe anacronismo en el mejor de los casos, un insulto terrible a los pueblos germánicos que gobernaba; y, en el peor, un retraso de su derecho divino al desarrollo nacional. Evidenciaba la debilidad de Alemania, su incapacidad para evolucionar correctamente, la erosión de su poder imperial central, la sumisión de los alemanes, privados de nacionalidad, rezagados con respecto al resto de Europa, en una tendencia a largo plazo que con el correr de los siglos desencadenaría la sobrecompensación masiva y sanguinaria del nazismo, el Sonderweg o camino especial, del que el Sacro Imperio fue solo el disfuncional primer paso.
En los últimos años, sin embargo, en la era de la globalización y la política posnacional, se ha puesto de moda una cierta revalorización del Sacro Imperio; la posibilidad de ver en él un precursor de la Unión Europea y de leer como fortalezas lo que antes se veía como debilidades; de encontrar virtud incluso en la complejidad y el carácter no nacional que antaño eran motivo de burla. Como dice el historiador Peter Wilson, «el cambio más significativo a lo largo de los siglos no fue una fragmentación progresiva de un poder originalmente centralizado, como creían generaciones anteriores de historiadores. Más bien se trató de un engrosamiento gradual del poder local que extraía su legitimidad de su relación con el Imperio en su conjunto. Las cartas y leyes imperiales sancionaban los derechos y libertades locales». En otras palabras, el viejo relato del Sacro Imperio Romano Germánico como producto de la decadencia, desviación del camino nacional legítimo de Alemania, debe cuestionarse; y, de hecho, la forma en que bajo él florecieron diversas políticas y libertades locales gracias a la protección y el permiso del Imperio debería considerarse algo único, quizá incluso imitable, en esta era posnacional del siglo XXI.
Un exponente claro de esta idea es una cierta corriente del pensamiento fundamentalista de mercado y reaccionario de derechas, de la que es ejemplo el trabajo del bloguero estadounidene Curtis Yarvin, que también habló de un Patchwork en un volumen de 2008 —el momento álgido de la China fragmentada— que incluso tiene el mapa, célebremente complejo, del Sacro Imperio en la portada de su edición para Kindle. «La noción básica del patchwork —razona— es que a medida que los gobiernos de mierda que heredamos de la historia sean aplastados, deberían ser reemplazados por una telaraña global de decenas, incluso cientos, miles, de minipaíses soberanos e independientes, cada uno gobernado por su propia sociedad anónima sin tener en cuenta las opiniones de los residentes. Si a los residentes no les gusta su gobierno, pueden y deben mudarse». Claramente, este Patchwork es a su manera más radicalmente «libre» que la RPC de la época de la reforma, con su Partido entrometido, o que el Sacro Imperio con su autoridad imperial, en torno a la que giraba todo el asunto; pero en su contorno difuso, en el borrón de la forma política hipotética, podemos atisbar algo del más amplio impulso fundamentalista de mercado que impulsó la fetichización de la China de la década del 2000.
El punto clave del Patchwork de Yarvin, al igual que con la China fragmentada y el Sacro Imperio Romano, no era tanto la descentralización en sí —que en todos los casos era solo un mecanismo, más que el verdadero atractivo del sistema—, sino la mercantilización. En Patchwork Yarvin habla de los microestados con los que fantasea como si fueran sociedades anónimas en lugar de Estados tradicionales. En ellos, los residentes son accesorios excepto en la medida en que ejercen su poder económico, siendo inexistentes para el proceso político de otro modo. En el Sacro Imperio, en el marco de la pugna entre los niveles estatal y local de autoridad política por determinar su relación, los pequeños príncipes, las ciudades mercantiles, los caballeros imperiales y otras localidades abogaban por la descentralización, y todos ellos, al igual que los actuales emiratos y reinos hipercapitalistas de Oriente Próximo, esgrimían «libertades históricas» tan falsas como el mandato romano falsificado del Emperador para construir territorios absolutistas cuyos ciudadanos se concebían solo como recursos económicos. En lugar de remontarse al Medievo real, anticipaban el capitalismo sin trabas de las zonas actuales; el «dinamismo» de enclaves libres de restricciones legales o políticas, en los que el mercado pueda operar sin trabas. De acuerdo con esta perspectiva revisionista, el Sacro Imperio Romano Germánico era pluralista y flexible; su soberanía, difícil de precisar; sus mecanismos, opacos y en constante evolución. Tal como las mismas cosas que Lieberthal y Oksenberg criticaban del modelo autoritario fragmentado se convirtieron con el tiempo en aquellas por las que ese modelo era alabado, la consideración tradicional del Sacro Imperio como la aberración que ocasionó el Sonderweg se invierte, y de hecho nos damos cuenta de que la única manera de evitar el desastre del Sonderweg, del totalitarismo estatal universal, es regresar al modelo trazado por el Sacro Imperio, las ciudades-Estado italianas, etcétera; al absolutismo de enclave de los inicios de la modernidad, antes de su subsunción en la locura nacionalista del gobierno grande.
La falla de esta perspectiva debería parecer obvia. Si bien la caracterización habitual del Sacro Imperio como un fracaso de la historia alemana debido a su excesiva descentralización y carácter no nacional merece ser cuestionada, lo mismo debe ocurrir con esta idea que simplemente reconceptúa el Imperio como un tipo diferente de fracaso, enraizado en este caso en el nacimiento del Estado centralizado prusiano que se lo tragaría, lo que llevaría al Imperio alemán y al nazismo. Lo que hay que subrayar es que el patchwork imperial era una sinergia entre la autoridad imperial y las localidades que beneficiaba a ambas, y que cualquier relato en el que ambas estén enfrentadas tiene su origen en una preferencia por una u otra que en realidad no refleja cómo surgió este sistema, qué fue y, finalmente, cómo pasó a la historia. El Imperio después de la guerra de los Treinta Años fue un escenario para que una serie de monarcas absolutistas resolvieran disputas sin recurrir a la fuerza, una fuente de legitimidad compartida para ellos y un área económica y militar de unión laxa. Ni los gobernantes Habsburgo, ni los pequeños príncipes, tenían mucho interés en transformarla en una entidad política «correcta», como ocurría en Francia y otros Estados vecinos al mismo tiempo; y por eso siguió siendo lo que era hasta que dejó de ser útil, en el momento en el que el valor positivo de la conservación de los enclaves absolutistas se vio superado por los beneficios evidentes, demostrados en otros lugares, de la centralización económica y política, del impulso desarrollista de construir, ordenar y organizar la modernidad. Se reemplazó entonces por una corona austriaca y la no monárquica Confederación Germánica, meras sombras reaccionarias de lo anterior, parches para detener la lógica inevitable de la recentralización que finalmente alumbró Alemania y luego la Grossdeutschland y el apocalipsis.
En otras palabras, desde la perspectiva nacionalista alemana, el Sacro Imperio fue traicionado por los pequeños príncipes que le negaron una existencia «normal»; y desde la perspectiva hayekiana, fundamentalista de mercado, desde la perspectiva de un cierto tipo de libertad, fue traicionado por los alemanes, que lo derribaron con impaciencia para construir un camino directo a la servidumbre. En realidad el Sacro Imperio Romano murió a causa de sus propias contradicciones: el absolutismo de los príncipes, tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y el desplazamiento del comercio mundial hacia colonias y recursos de los que el Imperio carecía, y el consiguiente declive de las ciudades mercantiles, se convirtieron con el tiempo en un obstáculo para la reorganización del crecimiento económico alemán, en lugar de ser su motor. El patchwork realmente existente no era, como pensaba Yarvin, un Estado futuro a realizar, una especie de horizonte comunista anticomunista, sino un momento histórico que, como todos, dependía de sus circunstancias. El Imperio abandonó el escenario cuando sus escenas se terminaron, su fantasma atormentó a la historia alemana durante los dos sucesivos Reich y hasta hoy y su legado sigue vagamente presente en el sistema federal actual de Alemania. Pero el momento del Flickenteppich pasó, excepto en los sueños de los fundamentalistas de mercado insatisfechos de hoy, que anhelan un estado de política despolitizada en el que la única opción que tenga el individuo no sea la de ciudadano sino la de consumidor, y si no le gusta la política en marcha no tenga más remedio que «salirse» para encontrar otra tienda en la que comprar, otra ciudad-Estado en la que vivir.
Esta era, en esencia, la libertad de la China anterior a Xi Jinping.

El culto al patchwork
¿Qué ha pasado con aquella libertad? En general, la Nueva Era china no ha revertido porc ompleto el modelo autoritario fragmentado; su naturaleza básicamente moderada sigue siendo un aspecto clave del Gobierno de Xi. En comparación con las transformaciones titánicas de la gobernanza, la economía y la sociedad que se llevaron a cabo en décadas anteriores, él solo ha retocado los bordes, amoldando, refinando y modificando el motor chisporroteante de 1949. Sus grandes campañas no han sido grandes saltos, sino ajustes. La única excepción se refiere a la recentralización: si bien no ha hecho gran cosa con las redes en la sombra, la falta de Estado de derecho y la preciada autonomía provincial de la era de la reforma, ya que estos son los cimientos sobre los que se asienta, ha insistido en campañas culturales para castigar el separatismo, promover la unidad lingüística y disuadir masivamente la corrupción monstruosa y destructiva que fue la característica más notable de la época de la reforma. Ha hecho lo que ha podido para luchar contra la diversidad anterior, para homogeneizar China, no para reducir los enclaves, sino —paradójicamente— para mantenerlos mientras se asegura de que ya no sean una escapatoria; que los residentes de este o aquel lugar en el mosaico sean ante todo chinos, lo mismo en el sentido cultural (hablar mandarín, amar el Partido, reconocerse en una visión nacional antes que en una mezquina visión provincial/étnica) que en el sentido legal (en Sinkiang o Hong Kong o Shanghái o la zona rural de Hebei, todos ustedes son responsables ante nosotros). Sin ningún cambio fundamental en el modelo autoritario fragmentado, esta es una tarea extremadamente difícil, razón por la cual se persigue con semejante brutalidad y vigor en todos los ámbitos. Su éxito parcial se refleja en las discusiones constantes que tenemos acerca de las medidas enérgicas, el endurecimiento de los controles, etcétera. Aquellos que escriben sobre China, que analizan y discuten lo que ocurre allí, pueden no tener la misma inclinación reaccionaria que Moldbug [pseudónimo de Yarvin] y sus quimeras patchwork, pero han crecido en la era del actual mosaico de zonas realmente existente conocido como globalización, y por lo general provienen de países del Primer Mundo y están acostumbrados a vivir y trabajar donde les plazca. Son los Burghers modernos, beneficiarios primarios de la globalización, a quienes ofrece de veras el mismo tipo de libertad que se proporcionaba a los súbditos burgueses de las ciudades imperiales en el antiguo Imperio. Y su comprensión del autoritarismo fragmentado siempre ha estado influenciada por esto, desde una cierta posición de privilegio, compartida con sus camaradas de clase en la mesocracia y la élite chinas, lo que arroja luz sobre la atolondrada emoción romántica del patchwork, pero deja a oscuras su enorme costo humano.
Es así que, al igual que ocurre con los reaccionarios que lloran el absolutismo fragmentado de inicios de la Edad Moderna, los fundamentalistas de mercado que ven al Estado como una especie de anticristo, responsable de arruinar todos los sueños de libertad que ha habido en la historia, perdemos de vista por qué el modelo autoritario fragmentado está aparentemente bajo amenaza: al igual que le ocurrió al patchwork del Sacro Imperio, frente a las monarquías unificadas del siglo XVIII en adelante, ya no es adecuado para los objetivos de la dinastía, o del Partido. Las propias contradicciones del autoritarismo fragmentado han resultado —como decían siempre Lieberthal y Oksenberg— demasiado numerosas para poder manejarlas; pero en lugar de avanzar hacia un «sistema más moderno y orientado al mercado» (después de todo, podemos ver que no hay sistema más orientado al mercado que el absolutismo sin ley del patchwork), ha intentado renovar las viejas formas del partido-Estado, recuerdos fantasmales del periodo maoísta, para frenar lo peor de la fragmentación y restaurar un Estado que funcione y que no sea desacreditado por sus adversarios «normales» en Estados Unidos, Japón y otros países, en esta era de competición multipolar. En la historia imperial, el Sacro Imperio fue contradictoriamente paralelo a los absolutismos prusiano y austriaco que finalmente lo devoraron; hoy, en China, el patchwork todavía existente, el mundo de las sombras de Hong Kong a Sinkiang, de Pekín a incluso Taiwán, por poco que los taiwaneses lo admitan, corre paralelo a un partido-Estado renaciente que busca mantener ese patchwork por necesidad y, a la vez, centralizarlo y domesticarlo. Xi Jinping es el José II chino, equivalente de aquel absolutista reformista de los últimos años imperiales, que proclamó que su Imperio era alemán y se propuso negar las libertades de los húngaros y de los estamentos nobles, del mismo modo que Xi proclama la unidad de China y busca hacer lo mismo con sus múltiples zonas. En realidad, ninguno de los dos hombres logró sus objetivos, y, sin embargo, el uno creó al final el Estado imperial austriaco, y el otro reconstruyó el partido-Estado chino. «La obra de José II fue un logro asombroso de la filosofía ilustrada», nos decía A. J. P. Taylor en La monarquía de los Habsburgo, «testigo de la fuerza de la estructura imperial. José II se inmiscuía en lo grande y lo pequeño; él era la Convención en un solo hombre. Esa era su debilidad […] Su objetivo solo podía completarse mediante una revolución, y la revolución destruiría la dinastía. Así las cosas, los nobles defendieron sus privilegios, los campesinos sus supersticiones, y los dominios de José II se convirtieron en una serie de vendées».
Está en el aire si ese es el destino que le espera a la Nueva Era, que también es obra de un hombre, un absolutista que pone su fe en el fortalecimiento del poder estatal en lugar de los movimientos sociales o la soberanía popular. Pero el trabajo de Xi no reunificará el patchwork chino: José no pudo reunificar el fragmentado imperio, que permaneció en la Confederación hasta que Prusia lo aplastó definitivamente en 1866. Solo lo ha disminuido, solo ha reducido la fragmentación. Para nosotros, esto es ya demasiado, porque nos es inimaginable que China, dividida durante mucho tiempo, deba unirse aunque sea parcialmente. Desde finales de la dinastía Qing hasta ahora, hemos perseguido la fragmentación china, la hemos fetichizado, hemos convertido a China en la tierra de las mil zonas. Nunca imaginamos que los puertos del tratado, que regresaron como Zonas Económicas Especiales en los setenta, pudieran realmente desaparecer. Nuestra orientalización de China se basa en el culto al patchwork, a las Cosas Increíbles; la mirada hacia el Oriente caótico e imposible nos enferma, fascina, estimula y repele mientras escuchamos historias de atrocidades, milagros, absurdos, bellezas y horrores, y acerca de un terrible futuro que se avecina y ya existe fuera de nosotros. Admiramos la colcha de patchwork por sus colores, sus patrones vivos, sus retorcidos diseños. Cuando alguien intenta cambiarlo por algo más gris, menos emocionante, más práctico, gritamos que es una pena, decimos que había algo en el viejo patchwork, algo que se ha extraviado en esta nueva colcha aburrida. Y algo de razón tenemos, pero, en realidad, solo nos gustaba admirar el viejo patchwork desde lejos. Quizá si alguna vez hubiéramos tenido que dormir debajo de la colcha, habríamos pensado de forma diferente.
El patchwork es, así pues, una fantasía de evasión; el Sacro Imperio Romano Germánico, carente de Estado, o el fragmentado Estado-partido chino son evasiones de la verdad. El patchwork imperial era imposible sin el Emperador que un día lo disolvió; el mundo salvaje de la China de la época de la reforma se construyó en connivencia con el partido-Estado, que ahora se afana de nuevo en controlarlo. Como dice Quinn Slobodian, «no importa la retórica, las zonas son herramientas del Estado, no de liberación de él. No importan las fantasías de evasión: las zonas no pueden evadirse de la Tierra. La tercera verdad acerca de ellas es quizá la más banal pero la más significativa: las zonas tienen habitantes. No hay algo así como una pizarra en blanco». Este último punto es el que todos los aspirantes a constructores del Estado modernos olvidan. Es algo que los absolutistas austriacos se negaron a tomar en consideración hasta que fue demasiado tarde para ellos, hasta que el Sonderweg prusiano vino a por ellos y abolió todas las excepciones, zonas y pluralismos en la pesadilla del Tercer Reich; es algo que los comunistas chinos están lidiando de manera imperfecta, atolondrada, desordenada, bajo su propio absolutista, Xi Jinping. Eso es lo que es la Nueva Era: una señal de que la era despolitizada del patchwork, de la globalización y las zonas, tiene un límite. Y por eso nos sentimos tan incómodos con ella.
El pseudónimo Yoshimi corresponde a un extranjero que vive en China y desde allí bloguea sobre la vida cotidiana, la política, los videojuegos y los libros que le gustan. Su cuenta de Twitter es @nise_yoshimi.
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