Industrial skyline with smokestacks and cranes beyond dark farmland at dusk
> Poéticas

El cuervo negro de Marta del Pozo: un peregrinaje en siete etapas

Un cuervo negro cae «de vacío en vacío» hasta dar con un pozo que es un umbral: así arranca 'Nigredo', de Marta del Pozo, un peregrinaje alquímico en siete etapas que transmuta la oscuridad en luz a la sombra de Juarroz, Cohen y Pessoa.

/ por Celia Carrasco Gil /

Bajo el signo de los versos del poema 64 de la Cuarta poesía vertical de Roberto Juarroz, Marta del Pozo (Avilés, 1980) nos entrega un libro de poesía que es una peregrinación en siete etapas, el viaje iniciático de un cuervo negro que, a la manera del pájaro juarrociano que invierte su caída para volver a caer, protagoniza una destrucción creadora y una transmutación alquímica de los versos en alas.

Es Nigredo (Bartleby Editores, 2026) un libro cuyo título nos sitúa, ya de entrada, ante la primera fase de la alquimia del alma, ante quien se adentra en la noche de su recogimiento interior y, «desde una estrella oscura», va cayendo «de vacío en vacío» hasta dar con un pozo que es, en realidad, un umbral, «una ventana hacia adentro» que permitirá que el cuervo negro de este libro, «desnudo hasta de forma», logre una transformación superior, un acceso a la luz del dorado. Y es que estos poemas también siguen las señas de Leonard Cohen, y, más específicamente, de esos versos que nos recuerdan que «There’s a crack in everything, / that’s how the light gets in», desde una herida luminosa que trasciende el ennegrecimiento que en este libro presenta el cuervo originario. Dicha ave, de hecho, se transmuta, cobra cuerpo de gorrión, martín pescador, cigüeña, vilano o colibrí a lo largo de estas páginas, porque la autora sabe muy bien que la forma no importa, como tampoco importa el lugar, que tan pronto es Grecia como Polonia, Estados Unidos, Portugal o España.

«No importa el país, la escena se repite: el movimiento eléctrico de sus cuellos, ese leve darse a sí mismos y, en su naturaleza elemental, conquistarnos», escribe Marta del Pozo en el poema que abre el libro, deteniendo su atención contemplativa en el aquí y el ahora del gorrión y de una mesa en la que hay «Cinco aceitunas como cinco estrellas que brillan en el fondo de un pozo». Esta constelación subterránea, esta gruta titilante en la que la altura y la profundidad se hermanan, resulta especialmente poderosa en un libro como Nigredo, escrito al amparo de Roberto Juarroz, un poeta al que Octavio Paz dedicó un obituario precisamente titulado «El pozo y la estrella», desde la comunión de dos símbolos nucleares de la caída vertical de este libro, que no solo se unen en su poema inaugural, sino que marcan la primera y la quinta de sus siete secciones o etapas.

En la sección que abre el libro, «Desde una estrella oscura», la poeta escoge el título a partir de un mudra que, según nos explica, consiste en espirar absorbiendo energía. Desde este movimiento fisiológico, esencial en la constitución de lo poético —y tan vinculado, por otra parte, al instinto de buceo y al sumergimiento—, la autora se adentra en una noche que es una inmersión en las profundidades, en el «territorio antes de la forma», en los limos de aquello que precede a la palabra y la visión, en esa materia oscura con la que también José Ángel Valente identificó el origen ya pulsátil pero todavía no iluminado de la realidad y del lenguaje. La sección se abre con un fragmento juarrociano en el que dialogan la caída y el vuelo, desde un doble dinamismo lírico que a continuación encarna un martín pescador que se sumerge y aletea, como una suerte de nuevo Tuffatore de Paestum. Pero, por encima de todo, en esta primera etapa destaca la catábasis a lo desconocido, ya que, como la autora afirma: «Lo que importa es la cuerda tensada entre lo visible y lo que está antes de la forma, el ábrete sésamo de la materia que el ojo antes del ojo invoca». Nos hallamos, por consiguiente, ante una primera etapa que es un descendimiento hacia la experiencia abisal de la creación que brota desde la materia oscura de las tinieblas.

En segundo lugar, en «Vilanos en Varsovia», la voz lírica se sitúa ante el umbral de la transformación y el autoconocimiento y va recorriendo los barrios de la ciudad mientras escucha lenguas ajenas y surca páginas blancas con pájaros negros. A su paso por las calles, «los pájaros graznan diciendo: ahí va la que ya no es, la que va a ser otra, la que era…», desde un canto coral que da cuenta de las transformaciones en las que todo ser se ve sumido bajo el signo de la impermanencia. Advertimos, aquí, la experiencia de extranjería del ave migratoria que viaja en busca de un lugar propicio para seguir el curso de su vida y solo entonces comprende que ese «dónde elástico, plural, itinerante» no depende de un espacio geográfico determinado, sino de la propia interioridad cambiante de quien termina por entender que, independientemente de la puerta ante la que se halle, «la entrada está siempre dentro». Es esta, por lo tanto, una etapa que concibe la identidad como un devenir cuya transformación no consiste en encontrar algo nuevo, sino en revelar el proceso latente del autoconocimiento.    

A continuación, en «Tierra o nada», destaca el retorno a la raíz, al país de origen, al árbol y al sustrato, como vemos cuando la autora explica que «existe un ímpetu hacia la tierra / como el del pecho que tiende hacia la boca del infante». Es esta una etapa del libro en la que el cuerpo, la vida, la creación y la tierra comienzan a entremezclarse, como advertimos en los troncos que se rozan, en la sombra del futuro, en la semilla y en versos tan líricamente sensuales como aquellos en los que la poeta escribe: «El modo más sutil de la lactancia: / enterrar la mano y ordeñar la leche / de las hortensias». En esta sección, el cuerpo y el deseo parecen ser sometidos a una misma lógica alquímica que les permite descomponerse para hundir sus raíces en la tierra y retornar al sustrato de la naturaleza.

Ya en «Uma janela em Lisboa», la autora trabaja con un conocimiento sintiente que nace desde la apertura y la receptividad sensorial del propio cuerpo, esto es, desde la dilatación de los sentidos y la comprensión de la piel como una superficie porosa capaz de salvar la distancia entre el adentro y el afuera. En diálogo con Pessoa, la poeta escribe: «O prazer: un modo de acceso al tiempo (una puerta). Conocer: acceder por la piel, pelos sentidos — mais quantos sentidos há. Tomarle el pulso al tiempo. Decidir si esa puerta (ese conhecimento) se abre o se cierra». Encontramos, aquí, una «senti-mentalidad», como diría Chantal Maillard, desde la que la poeta concibe la piel como una puerta, esto es, como una vía de acceso a la doble encarnación merleaupontiana y a la permeabilidad mutua entre el mundo y el sujeto.

En quinto lugar, en «El pozo», la poeta protagoniza un descenso metafórico que terminará por conducirla al símbolo por excelencia de la poética juarrociana, allá donde la altura y la profundidad se encuentran. Al mirar al fondo del pozo, en esa hora ritual que las cinco de la tarde constituyen en este texto, la autora se contempla a sí misma en la oscuridad del agua estancada y de esta manera accede a «la cara oculta de un mundo que fue ventana hacia adentro». Llega a la conclusión, entonces, de que todo viaje es un descenso hacia uno mismo, que consiste en atravesar la negrura inicial para hallar la luz del renacimiento. 

Esto explica que en «La fragua de un pájaro» la poeta se entregue a la luminiscencia que surge de la identificación del cuerpo con la casa y con distintos templos griegos. Retoma aquí las cinco aceitunas de la primera sección del libro, que a lo largo de las etapas de este peregrinaje van adoptando transmutaciones diferentes y ahora se presentan como verdaderos «orbes en rama: aceitunas que han nacido de la simiente de los dioses». En esta sección, surcada por templos, plegarias y silencios, la voz lírica presenta su dignidad como una «luminosa nova subterránea y transparente», en diálogo con la estrella oscura del comienzo del libro, que aquí desemboca en la incandescencia.

En la última etapa, reveladoramente titulada «El dorado», la autora se encamina a la culminación del proceso alquímico de este libro de poemas. El peregrinaje concluye, tras el descenso a lo informe, con el abandono de la sustancia en favor del carácter súbito del acontecimiento. Y es que, en este estadio final del viaje, ya «no hay elementos, tan solo ciertas cualidades aparecen de repente», y la identidad, sometida a la apertura de las puertas interiores, abandona su condición de símbolo oscuro. Ya transmutada en luz, irrumpe como una aparición, casi como un fulgor de impermanencia.

Es Nigredo, como vemos, un libro con múltiples capas de significado, que, tras haber sido galardonado en el año 2017 con el Premio Entreversos de Literatura Iberoamericana, se posa ahora en nuestras manos como un valiosísimo deslumbramiento, como un canto que Marta del Pozo entona junto a Juarroz, Cohen, Pessoa, Nietzsche, Tarkovski y Jakubowicz y que recorre los vericuetos nocturnamente dorados de la alquimia del alma desde el peregrinaje en siete etapas de sus versos.


Nigredo
Marta del Pozo
Bartleby, 2026
78 páginas
13,30 €


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “El cuervo negro de Marta del Pozo: un peregrinaje en siete etapas”

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo