Creación

Lina

En los últimos días, Lina había notado un picor en ambos costados. Más tarde le brotaron dos tapas duras alrededor de las costillas. Un relato de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

En los últimos días había notado un picor en ambos costados. Luego, al despertar una mañana, escuchó como si alguien hablara dentro de su tórax. La molestia de los lados se convirtió con el paso de los días en un endurecimiento de la zona junto a los brazos. Empezó a sospechar que algo raro le estaba pasando. Cuando se decidió a ir al médico, ya tenía dos tapas duras claramente situadas alrededor de las costillas. Esto la llevó a hacerse preguntas que no sabía formular. Una tarde, al salir del mercado, se sorprendió a sí misma creyendo ser un libro. En ese momento quiso morirse. Se lo dijo a una amiga, que le recomendó averiguar la verdad.

—Es que me da mucha pena pensar que soy un montón de palabras —dijo mientras daba un trago a un manhattan.

Anselmo era pintor y había realizado algunas exposiciones, pero la obra maestra se le resistía. Intentó diferentes técnicas y materiales. Machacó arcillas y pigmentos y mezcló tierras con aceites y óleos, pero no daba con la tela genial. Pensó que tal vez utilizando pelos del bigote de ciertos roedores armenios podría fabricar un pincel milagroso que le permitiría dar una serie de pinceladas divinas. Al enterarse de lo que le pasaba a Lina, fue a verla a su casa

—¿Qué quieres? —le dijo ella.

—Vengo a protegerte.

Hizo un cuadro al óleo en el que aparecía un paisaje y debajo de un árbol estaba ella rodeada de palabras azules. Pero este cuadro no protegió a Lina.

El doctor Ruiz era un psiquiatra famoso que había resuelto varios casos de personas que creían ser obras de arte. Lina y su amiga fueron a su consulta.

—¿Qué le hace pensar que es usted un libro? —le dijo.

—Me están saliendo tapas —dijo Lina, y le mostró al doctor las tapas rudimentarias que llevaba en ambos costados.

El doctor la examinó a placer.

—Pero no lleva título —dijo después de examinarla.

—Creo que el título lo llevo dentro de mí.

Le hizo una radiografía y, en efecto, se podía leer perfectamente el título.

—Haga vida normal —le dijo.

A la mañana siguiente Lina hizo vida normal. Se levantó normalmente, y pasó toda la mañana sin alterarse, pero al volver a casa, una página escrita en el espejo del ascensor la asustó. Quiso leerla, pero le resultó imposible. Estaba al revés. Esa tarde fue a ver al director de la Real Academia Española de la Lengua Española.

—¿Qué desea? —le dijo este.

—Creo que soy una novela.

—A ver, póngase aquí.

Ella se tendió en una camilla y el anciano académico la auscultó con una pluma de pavo árabe. Ella se puso a reírse, porque la pluma le hacía cosquillas en el cuello. Pero la pluma levantó el vuelo y, después de mojar la punta en el tintero, se puso a escribir palabras en el aire académico de la habitación al ritmo de la sinfonía fantástica de Berlioz, que alguien estaba escuchando en la habitación contigua.

—Este es el test Cervantes, que no suele fallar nunca.

—¡Qué test tan bonito! —dijo Lina—. ¿Soy una buena novela o no?

—Aún no lo sé. Tendré que hacerle un análisis de sangre.

El académico se sentó tras su amplio despacho y se puso a examinar con lupa una fotografía del cuadro que Anselmo había hecho, y que Lina le había entregado como prueba de que era un libro. A partir de entonces, tuvo que vestirse con ropa ancha para que no se le notaran las tapas.

—En esta foto no se aprecia nada anormal —dijo el lingüista.

Lina comenzó a apesadumbrarse por cuestiones de estilo. Acudió a un symposium sobre narrativa y estilos literarios para intercambiar ideas con los demás asistentes y críticos. Un famoso escritor llamado Clavelindo le dijo:

—Si eres una novela, no tienes que preocuparte de nada: yo me encargaré de escribirte.

—¿Y cómo vas a saber cuáles son mis palabras? —le dijo Lina.

—Las buscaré —dijo él.

—¿Dónde?

—Allí donde estén.

Clavelindo y Lina se fueron en busca de las palabras. Al llegar a Persia, preguntaron a un palabrista que había sentado junto a una muralla si sabía alguna de las palabras de Lina. El palabrista persa hizo algunos cálculos muy sencillos. Luego arrojó al suelo algunas monedas de oro y con la ayuda de un astrolabio hizo varios dibujos sobre la muralla. Después de todo esto, extrajo de su túnica una palabra de bronce. Pero se había equivocado en los cálculos.

Tras este fracaso, Lina decidió presentarse a un concurso de badajos que iba a tener lugar en Badajoz. Como estaba convencida de que la palabra badajo formaba parte de ella, se presentó al certamen, obteniendo un resultado asombroso.

Se enteró por unos amigos de que en un lugar llamado Trapisonda estaban repartiendo palabras. Acudió. Había una cola enorme de personas esperando. Una guerra reciente había acabado con casi todas las palabras y las pocas que aún quedaban estaban sometidas a racionamiento.

—¿Qué palabra desea? —le preguntó el funcionario cuando le tocó su turno.

Como no estaba segura, la hicieron pasar a un despacho adjunto donde un experto le aconsejó las palabras más idóneas para ella. Era un joven muy guapo y Lina lo amó. Ya le habían salido algunas páginas en los costados. Mientras hacían el amor, el experto, llamado Pepe, le iba haciendo signos gráficos en las hojas de los costados, lo cual le hacía cosquillas a Lina.

—¿Quieres estarte quieto? —le dijo.

Una tarde Lina se cansó de aquellas tonterías y se fue al extranjero. Recorrió varios países limítrofes. Por fin llegó a Éfeso, donde había una persona muy importante. Se llamaba Pancracio y estaba sentado en una silla. La gente, al pasar junto a él, le aplaudía porque había hecho algo fundamental. Lina le preguntó:

—¿Qué has hecho?

—Lo fundamental —dijo Pancracio.

Pero Lina ya tenía bastantes hojas en ambos costados y le costaba un gran esfuerzo reír; de lo contrario, lo habría hecho a gusto. Luego se fue, porque aquel hombre era demasiado sabio. Viajó hasta San Francisco de California, donde su amiga tenía una peluquería. Allí estuvo dando largos paseos por la dársena del puerto y al cabo de varios días fue a visitar a los presidiarios de Alcatraz. Uno de ellos era un tal Joaquín, y estaba encerrado allí porque era un sujeto muy peligroso. Se pasaba la vida hablando con todo el mundo y contando historias tan confusas que nadie las comprendía bien. Esto había ocasionado grandes jaleos en los que algunas personas se sentían obligadas a sospechar que alguien deseaba perjudicarlas.

A Joaquín también le gustaba organizar reuniones para hacer creer a la gente que existía la posibilidad de hacer buenos negocios, siempre y cuando contaran con la colaboración adecuada, que, naturalmente, se trataba de su propia persona. Al salir del penal, fue a ver a un palabrista y decidor de verdades que era letramuerto de hambre. Sus aficiones literarias no le permitían hacer bien la digestión. Habían quedado en un bar de pueblo, cerca de Montiel. Luego fueron a San Clemente y se sentaron en la terraza de un bar que había en la plaza, frente a la iglesia y junto a un edificio que albergaba un museo de arte moderno.

—¿Cómo se decidió a dedicarse a la literatura? —preguntó Lina.

—No fui yo quien tomó tal decisión. Fui llamado al quieto por una agrupación coral de Cantabria, quienes me animaron, con lágrimas en los ojos, a que, por favor, tomara la pluma y me pusiera a escribir.

—¿Con lágrimas en los ojos? —dijo ella—. ¿Cómo lo sabe?

—Por la inflexión de la voz. A partir de entonces me convertí en uno de los llamados.

—¿Es que llamaron a más gente?

—A muchos, por lo visto. Se dedicaban a llamar al personal.

—¿Por qué lo eligieron a usted? ¿Era palabrista por esa época? —preguntó Lina.

—No, ni hablar de eso. Ellos no me eligieron, se limitaron a llamarme. Yo ya era palabrista y después de su llamada me matriculé en un master de decidor de verdades de tamaño mediano

—¿Por qué de tamaño mediano?

—El curso de grandes verdades y verdades eternas estaba completo. El catedrático de verdades medianas era amigo de mi familia y me hizo un hueco.

—¿Las verdades medianas son lo mismo que las medias verdades o verdades a medias? —dijo Lina muy interesada.

—No exactamente. También están las microverdades. ¿De qué tamaño te gustan a ti?

—La verdad es que no estoy segura.

El palabrista se llamaba Miroslav y era natural de Plasencia. Lina y él hicieron buenas migas. Alquilaron una casa que tenía vistas a un extenso valle de sotobosque y matorral. La casa estaba construida sobre una elevación del terreno y a lo lejos transcurría un arroyo bordeado de chopos y olmos.

El contacto con el palabrista le hizo perder casi todas las hojas y las tapas desparecieron de sus costados. Una mañana, Lina se despertó y se dio cuenta de que ya no tenía papel en los lados de su cuerpo. A media mañana recibió una llamada al quieto. Una voz agradable de hombre le rogó que, por el amor de Dios, tuviera la amabilidad de dedicarse a la literatura. Ella le preguntó quién era, pero la voz no quiso identificarse.

Lina no le dijo nada a Miroslav cuando regresó del pueblo, adonde había ido a comprar vino de mesa. Pero al cabo de una semana, hallándose Miroslav ausente por motivos literarios, mientras estaba distraída mirando la llanura delante de la casa, vio pasar a lo lejos un jinete al trote que portaba una lanza con un gran trapo blanco extendido al viento donde se distinguía la palabra poesía. Luego el jinete desapareció entre la vegetación. Ella corrió como loca para tratar de alcanzarlo, pero fue inútil. Había sido llamada de nuevo.

Esto le hizo pensar. Miroslav y ella solían ir a San Clemente para ver a sus amigos. Uno de ellos, mientras tomaban una cerveza frente al museo de arte moderno, se le quedó mirando fijamente.

—¿Qué pasa? —dijo Lina.

—No, nada —dijo el otro.

Sin embargo otro día, también por la mañana, una avioneta pasó rasante y arrojó un papel que ella leyó con perplejidad:

«Estás llamada»,

venía a decir el papel. Luego sonó el teléfono y una voz persuasiva le hizo algunas confidencias.

 —¿Quién es usted? —dijo ella.

 —Eso no importa. Queremos que comience a escribir. La estamos llamando hace tiempo, pero no nos ha hecho caso.

—¿Por qué yo? —dijo ella.

—Eso tampoco importa. Hágalo, por favor. Dedíquese. Use sus dedos.

 —¿Qué interés tienen ustedes en que yo escriba? —dijo Lina.

—Ninguno.

 —Entonces, ¿por qué me llama y me invita a hacerlo?

—Es mi trabajo. Pertenezco a una secta cuyo propósito es llamar.

—Ya estoy cansada de ustedes —dijo ella.

 —Pero nosotros de usted no. Seguiremos llamándola hasta la irrisión.

—¿Y lo hacen con más gente o soy yo sola?

—Los llamados son muchos, pero los elegidos no tantos —dijo la voz al otro lado del teléfono

—O sea que están llamando a mucha gente, ¿no?

—Así es, somos una oenegé literaria.

—Pero a mí no se me ha pasado por la cabeza escribir nada.

—Entonces ¿por qué vive con un palabrista?

—Eso es asunto mío

 —No queremos inmiscuirnos en su vida privada. Pero si usted es una de las personas llamadas, eso no significa que vaya a ser una de las elegidas. Usted escriba, que luego ya veremos.

 —No me gusta que me atosiguen. Si alguna vez me apetece escribir algo, ya veremos, pero de momento prefiero disfrutar de lo que me ofrece la vida. Me voy al camino. Tenga la bondad de no llamarme más.

Miroslav y ella partieron a pie desde su casa por una senda que cruzaba algunos valles luminosos y luego seguía el curso de un río. Al cruzar por un puente de piedra vieron a alguien ahogándose y Miroslav se tiró al agua y lo sacó del río. Era un joven que hacía el camino y se había caído al asomarse al puente. Siguieron juntos. Aquel joven dijo ser estudiante de equitación y les contó que no hacía mucho lo había contratado un desconocido para pasear una bandera por el campo. Lina recordó el episodio del jinete y entonces abrazó al aquel joven y lo llenó de besuqueos ante la mirada atónita de Miroslav.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —le dijo.

—Estoy loca de alegría —dijo ella.

Y allí mismo cogió papel y lápiz y se puso a escribir un volumen de poesía pura al estilo de Mallarmé. A la mente le vinieron las siguientes palabras:

Sea que el abismo
Blanqueado
Sin movimiento
Furioso
Sin una inclinación
Planee desesperadamente
De ala
La suya
Por anticipado recaída causa de un mal que impide el vuelo
Y cortando a ras los saltos………
………….surtidores
……….Hundido en la hondura por esa vela alternativa.

Pero como Miroslav era palabrista no quiso o no supo entender aquello y se fue arrinconando a un lado, donde comenzó a decir medias verdades como pianos solitarios de grandes.

Por la noche llegaron a una casa donde un viejo los acogió. En la chimenea asaron castañas y cordero y bebieron vino de mesa. Al día siguiente continuaron caminando. Al llegar junto a un enorme pino, vieron encaramada sobre sus ramas a una joven.

—¡Eh, buena moza! —le dijo Lina—. ¿Se puede saber qué haces ahí?

—Practico el noble arte de no estar con los pies en la tierra.

—Pero ese arte es audaz y una idiotez como la copa de un pino —dijo Miroslav.

—No te vayas por las ramas —dijo la del árbol—. ¿Carece de sentido lo que hago? ¿Y si este árbol fuera el árbol de la ciencia o el de la vida?

El joven jinete se acercó al tronco y vio una inscripción hecha con una navaja toledana en donde rezaba la siguiente leyenda:

Árbol de la vida o de la ciencia

—Quienquiera que seas y te llames como te llames, yo estudio equitación, por lo que soy alguien equitativo y te aseguro que no sabes a qué árbol te has subido.

Entonces la mujer del árbol, llamada Flora, bajó a comprobar la misteriosa disyunción copulativa de la leyenda de la inscripción, que dejaba en el aire el ser del árbol. Pero no contenta con ignorar lo del árbol, Flora sucumbió a los encantos del joven equitativo. Entonces en este afloraron los encantos de la juventud florida.

—¿No se te ha ocurrido pensar que entre las ramas del árbol no habrías podido siquiera ir al cine a ver una buena película? —le dijo.

Pero el camino era largo. Cuando llegaron a Badajoz, tenían previsto dar un paseo por las calles más alejadas del centro, tratando de localizar el estudio de un famoso ensanchador de almas que también coleccionaba badajos de campaña. Estos le resultaban útiles en su actividad de ensanchar almas humanas.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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