/ una reseña de Dionisio López /
Imagen destacada: Chico desnudo (autorretrato), de Egon Schiele (1911)
El pasado 16 de mayo, a las extrañas nueve de la noche, nos juntamos para presentar estos Santuarios en el Espacio Belleartes de Cáceres. Me gusta que este libro, que es algo así como un libro de oraciones de una religión laica, se presentara en un sitio así, una galería de arte, un bar…, porque esos lugares, junto con las bibliotecas, las librerías, los museos, las filmotecas… son esos templos para aquellos que no creemos en otras trascendencias. Y es donde encontramos refugio y cierta compañía.
«Yo también me escondo entre la gente», escribe Tente Garrido. Y, sin embargo, este libro es un acto de todo lo contrario: de exposición radical, de entrega, de desobediencia íntima. Presentar Santuarios es acompañar a un poeta que no teme profanar lo sagrado, ni sacralizar lo profano cuando en ello hay verdad.
Tente nos ofrece un poemario lleno de cuerpos, de cicatrices, de semen, de objetos domésticos, de mierda, de ternura, de rebeldía. Un libro que se construye desde el margen, desde la basura reciclada, desde lo que duele y, por eso mismo, resiste. Es un libro que, como dice uno de sus poemas, «no quiere regular nada», sino mostrar lo que hay: en lo social, en lo íntimo, en lo político, en lo amoroso, en lo corporal.
Este no es un libro de poemas con vocación de ornamento. No viene a ser simplemente hermoso. No busca solo gustar. Viene a hablar claro. A romper con lo sagrado de la poesía. A decir lo que pocas veces se dice. A meterse con los cuerpos y con sus temblores, sus miserias y su deseo. A transitar el dolor, la ira, el sexo, la vergüenza, la política, el amor, lo cotidiano. Y lo hace desde un lenguaje directo y claro.
Porque Santuarios no se construye con cúpulas doradas ni vitrales. Se levanta sobre sofás sucios, pasillos con charcos, papeles higiénicos y termostatos mal regulados. Y, sin embargo, no deja de ser un libro espiritual. Una espiritualidad terrenal e incómoda, que no se confiesa a través de la culpa sino de la lucidez.
Uno de los poemas que mejor encarna este tono confesional es «Conversión». En él, el yo poético se declara culpable «sin remordimiento», acepta sus «pequeños fascismos de cada día» y se muestra en su más humana mediocridad:
Me olvido de reponer el papel higiénico,
niego obviedades y me rasco
entre los dedos de los pies.
Pero es precisamente esta honestidad brutal la que convierte el poema en un gesto de resistencia. Al no ocultar lo que socialmente nos avergüenza, se alza contra los discursos que nos exigen ser productivos, limpios, regulados, perfectos.
Esa crítica a la normatividad aparece en «Regular», uno de los poemas más sarcásticos del libro. En él, el verbo «regular» se convierte en una obsesión social que lo invade todo: la calefacción, el volumen de la música, los ritmos intestinales, el sexo, las emociones:
Regular los besos,
las caricias.
Regular la bebida,
el tabaco y las ganas de follar
—sabiendo que todo esto sería regularmente
excepcional—.
El lenguaje se convierte aquí en un campo de batalla, en una letanía burlesca de lo que se espera de nosotros para ser aceptables, «pasables», «medianos». Pero también deja entrever lo que se resiste: el deseo, lo irregular, lo verdaderamente excepcional.
El cuerpo atraviesa todo el libro. En «Templo», Garrido dialoga directamente con la moral cristiana para subvertirla desde el placer, el dolor y la colectividad:
Mi cuerpo NO es un templo sagrado.
Es refugio, es casa,
es carretera transitada en ambas direcciones,
es área de servicio.
El poema desmonta la idea del cuerpo como propiedad privada, como objeto de pureza o de redención. Lo convierte en lugar de tránsito, de intercambio, de gozo y de herida. Y esa mirada es profundamente política: habla de cuerpos disidentes, de cuerpos que no caben en el canon, que aman, que sangran, que follan, que lloran, que recuerdan. Cuerpos en plural. Porque Santuarios no es solo un libro íntimo, es también un libro colectivo, coral.
En «Caja de resistencia», quizás el poema más encendido del libro, la voz poética estalla contra la violencia estructural, doméstica, social:
Aporrean la puerta
un millón de muertos:
amantes, padres, hermanos, maridos
—hombres, prohombres, protohombres
semihombres—.
Aquí la sintaxis se rompe, el ritmo se acelera, las imágenes se condensan hasta formar una pira, un exorcismo de rabia y memoria. El cuerpo es tomado, invadido, desbordado. Pero también es defendido con uñas, con fuego, con palabras.
Y entre todo eso, en medio del deseo y la destrucción, aparece también la ternura. Poemas como «10/6» muestran el desamor con una mezcla de tristeza, humor absurdo y belleza derrotada, con imágenes como esta:
Has dejado regado todo el camino de vuelta
con pequeños charcos
(como el idiota de Pulgarcito desperdiciando el chusco
que se comen los pájaros).
Aquí el humor y la melancolía se dan la mano. El poema es una carta de amor no enviada, una derrota sin épica, un cuerpo que espera, desordenado, sin sombrero, sin mapa, sin certeza.
Cerramos el libro y nos preguntamos ¿dónde están nuestros santuarios hoy?, ¿en qué rincón del cuerpo, de la cocina, del recuerdo, del deseo se guarda aún algo que no haya sido colonizado, mercantilizado, reprimido? No lo sabemos, pero seguramente, una parte de lo sagrado hoy en días se encuentre en libros tan honestos como este.
Santuarios, en definitiva, es una obra que araña, que no se conforma con ser leído en silencio. Se quiere dicha, compartida, discutida, subrayada. Es un libro para quienes no encuentran su lugar y, sin embargo, lo construyen. Con rabia. Con deseo. Con palabras.
Selección de poemas
Conversión
Yo también me escondo
entre la gente,
empaño el cristal transparente del mostrador
que separa mi voz
de un receptor impertinente.
Yo también he decidido
ser culpable sin remordimiento,
consecuente con mis delitos,
aceptar y relativizar
mis pequeños fascismos
de cada día.
Poco tenaz, poco elocuente.
Yo también cuento monedas,
barro pelusas debajo del sofá,
piso con las suelas sucias.
Me olvido de reponer el papel higiénico,
niego obviedades y me rasco
entre los dedos de los pies.
Yo también lloro cuando me acuesto
—a veces no estoy solo—
y me como los mocos cuando
nadie me ve.
Regular
Regular el termostato
de la calefacción,
regular la tele;
contraste, brillo, color.
Regular el volumen
del tocadiscos
por culpa de los vecinos.
Regular el dial de la radio,
la temperatura del horno.
Regular el ritmo, el compás,
regular el timbre y la intensidad.
—Reglamentar, reglar, normalizar, regularizar,
organizar, legalizar…—.
Regular el ejercicio
acompañado de una dieta regular,
regular el intestino
y las visitas al baño,
regular los pasos para evitar
un sorpasso por sorpresa
al organismo
que nos dificulte respirar.
—Para ser mediocre, mediano, corriente, intermedio,
aceptable, pasable, normal, común,
ordinario, usual, metódico, uniforme, moderado…—.
Regular los días, las horas de trabajo,
los escasos descansos.
Regular las relaciones,
los sentimientos,
los latidos del corazón.
Regular la cadencia de nuestros jadeos,
regular el deseo.
Regular los besos,
las caricias.
Regular la bebida,
el tabaco y las ganas de follar
—sabiendo que todo esto sería regularmente
excepcional—.
«10/6»
«¿Por qué siempre eres demasiado bajo o demasiado alto?».
El Sombrerero. Alicia en el país de las maravillas
—Nunca he sido el tipo de hombre
que usa sombrero—.
Nadas desnuda de madrugada
en la piscina cubierta del hotel.
Una luna rojiza a la fuga
te mira de reojo
por la claraboya
y su luz salpica tu espalda
como Onán manchando la tierra
a los pies de Tamar.
—Siempre he querido ser
el tipo de hombre que usa sombrero—.
Espero en la habitación
recolectando el néctar
amargo de los pliegues de plástico,
rebañando los restos del calendario,
resoplando,
desvariando sobre el espejo empañado,
dibujando en el aire con la mano
el confuso itinerario
si quiero regresar
—sí, quiero regresar—.
¿Quiero regresar?
Dibujando en el aire con la mano
una estrella de cinco puntas
—asiento con la cabeza,
niego con la dentadura,
crotora un carné sobre la mesa,
llaman a la puerta—.
Me sale cerveza por la nariz,
no era el itinerario.
Entras envuelta
en un albornoz blanco mal atado
que se te abre hasta la ingle al caminar,
la cabeza enroscada en una toalla.
Sin mirarme te vas a la cama.
Has dejado regado todo el camino de vuelta
con pequeños charcos
(como el idiota de Pulgarcito desperdiciando el chusco
que se comen los pájaros).
Claro, el agua en el pasillo se seca rápido.
Mala idea si quieres regresar.
Sí, quieres regresar.
¿Quieres regresar?
—Creo que soy el tipo de hombre
que perdería un sombrero
en cada ciudad—.
Caja de resistencia
«… Y al final se sintió desnuda y falsa»
Chimamanda Ngozi Adichie
Sentada, reposada,
más bien tumbada.
Engullida por el brasero.
Te rascas las canillas
arropada con la mantilla hasta el cuello.
—Pregabalina, benzodiacepina—.
Arde el mapa en tu cabeza.
Prendes fuego a todas las fronteras.
Rizas el rizo permanente
de las mechas que enciendes
en el quicio de otro domingo vaciado,
despoblado,
cementerio de automóviles
que alberga amantes emigrantes
censados solo por si acaso.
Desde el pasillo te silban las suelas
de huellas resecas,
de tacones pegados
jueves, viernes, sábado…
Arde el mundo entre tus piernas,
avivas soplando la pira
que circunda y circuncida
falanges homicidas
guarecidas entre larvas de gusanos
ensimismados,
estériles,
que lloran y adoran
pellejos entre harapos.
Líquido rayo que estalla
contra el fango
formado entre diestra y siniestra,
salpicando la cresta
de una ola sin mar
que anega estas horas
de furia.
Aporrean la puerta
un millón de muertos:
amantes, padres, hermanos, maridos
—hombres, prohombres, protohombres
semihombres—,
cabestros que embisten contra la madera
clavando quejas, reproches,
ruegos y órdenes
que preceden siempre
a falos deformes fauces voraces colmillos afilados
lenguas bífidas protráctiles porosas…
que lamen y cubren
tu estampa formando un aura
de saliva venenosa
que inmoviliza tu cuerpo
y derrite tu cerebro.
Recibes los golpes
como se recibe el correo desde el frente;
con esa esperanza asustada
de que en el buzón
hoy tampoco haya
nada.
Templo
«¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del
Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han
recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios
dueños; fueron comprados por un precio.
Por tanto, honren con su cuerpo a Dios»
(1 Corintios 6, 19-20)
Mi cuerpo suda, sangra, luce cicatrices, heridas, arañazos.
Mi cuerpo tiene huellas profundas, marcas someras.
Mi cuerpo NO es un templo sagrado.
Es refugio, es casa,
es carretera transitada en ambas direcciones,
es área de servicio, es región superpoblada.
A veces desértico suplicio.
Mi cuerpo es gozo propio
y colectivo.
Mi cuerpo tiene nombres, pelos, moratones.
Mi cuerpo pares y a veces nones.
Mi cuerpo sabe de otros cuerpos, de otros olores.
Mi cuerpo culos, barrigas, hombros y pechos,
ingles, testículos, músculos mi cuerpo.
Mi cuerpo de escroto arrugado.
Mi cuerpo terso y erecto,
pliegues carnosos,
Poros y granos, squirting mi cuerpo.
Violable e inviolable según mi momento.
Mío, tuyo, suyo, nuestro.
Comunal, asociativo,
conmutativo, pluscuamperfecto.
Pretérito, pertérrito,
futuro irregular y descompuesto.
Sádico, esporádico y tierno.
Cocina sucia, aceite y grasa.
Baño público, contenedor lleno.
Maldito, profano mi cuerpo.
NO, no es un templo.
(Tú) Mi cuerpo.
(Yo) Ni quiero.

Tente Garrido
Averso, 2025
88 páginas
12 €

Dionisio López (Cáceres, 1978). Licenciado en Filología Hispánica tras cursar la carrera entre las universidades de Extremadura y Salamanca; en la actualidad ejerce como profesor de literatura. Ha publicado relatos, poemas y crítica literaria en revistas como Turia, Paraíso, Suroeste o Nayagua. En 2022 publicó el poemario Los nombres de la nieve y, un año después, el libro de relatos Cuando vuelvan los elefantes, ambos en RIL Editores. En 2025 fue editor de la antología Los últimos del Oeste: poetas extremeños del Siglo XXI. Dirige el blog de reseñas literarias Aves de paso. Su web es La vida en el aire.
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