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El retorno de Ubú

«La eficacia del discurso hiperbólico está contrastada desde tiempo inmemorial. Arraiga en paisajes mentales ya fuertemente contaminados y en vías de destrucción». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ por Antonio Monterrubio /

El Bulo Mayúsculo a modo de estrategia política condena a sus usuarios a seguir pechando con él hasta el final; de no hacerlo, curiosamente, se hundiría su credibilidad. Estar a la cabeza de quienes viven en un ambiente de desvarío intelectual obliga a subir continuamente la apuesta. Cuando uno apoya su popularidad en conspiranoias delirantes, el punto de no retorno se alcanza muy pronto. Y a partir de ahí, se imponen periódicas vueltas de tuerca. Ya no es posible volver atrás, so pena de que todo se vaya al garete.

La eficacia del discurso hiperbólico está contrastada desde tiempo inmemorial. Arraiga en paisajes mentales ya fuertemente contaminados y en vías de destrucción. Pues el ser humano tiene una prodigiosa propensión a desechar cualquier percepción que choque con el orden impuesto por sus prejuicios. Y por más que la realidad se obstine en mostrarle lo infundado de estos, su rechazo a la contradicción se mantendrá intacto. Inoculada la mentira, el bulo o la calumnia, la infección es imparable. Toda controversia se cerrará de inmediato en detrimento de lo real. Entre los fanáticos, la verdad es una mosca que puede apartarse fácilmente de un manotazo.

«Esta facultad de resistencia a la información tiene algo de fascinante y mágico […]. Resulta imposible concebir cómo se las arregla el aparato perceptivo para no percibir, el ojo para no ver, el oído para no oír. Sin embargo, esta facultad o más bien esta anti-facultad existe, es incluso una de las más corrientes», dice Rosset en El principio de crueldad.

Lo peor de las formas corrosivas de hacer política, de las retóricas incendiarias, es que no se agotan por sí mismas, en contra de lo que nos gustaría creer. Fracasan cuando terminan llevando a sus seguidores, amén de a sus víctimas, a un desastre sin paliativos. Solo la catástrofe irreparable es capaz de destapar su inanidad y frustrarlas. O bien el empeño decidido de sus patrocinadores en acabar con ellas, puesto que ya no responden a sus expectativas o intereses. Pero no van a desaparecer por el desencanto de sus partidarios, y menos aún porque caigan en la cuenta de lo erróneo y perjudicial de sus postulados.

Aducir que se apela a las emociones y no a las ideas, lo cual excusaría cualquier exabrupto o invención, rebaja la actividad política a algo innoble. Las pulsiones no pueden justificarse. Carecen de contenido moral. No sirven de guía para la responsabilidad individual y colectiva. La distinción entre el acto reprobable o malvado y la intención supuestamente inocente es fantasmática. Una retórica que busca despertar los demonios interiores del público a fin de ponerlos a su servicio esconde un inmoderado apetito de poder. Y en su celo por maximizar los beneficios que les reporta a ellos, sus próximos y quienes los respaldan, no le van a dejar ninguna oportunidad a la ética. Si esta les importara lo más mínimo, no recurrirían al pathos para imponerse a sus adversarios, sino a la razón. «Con este sistema haré fortuna rápidamente, y entonces mataré a todo el mundo y me iré» (Jarry: Ubú rey).

Si el ejercicio constante de la superchería en política embarra la palestra hasta hacerla impracticable, su colusión con el autoengaño del ciudadano convierte el terreno en un cenagal. La necedad y la farsa son moneda corriente en la arena política, equitativamente repartidas entre dirigentes y electores. El desconocimiento que estos tienen de hechos y datos esenciales es pasmoso. Así se explica su inclinación a asumir sin pestañear las más extravagantes falacias. De ahí el éxito de los discursos monolíticos y monocordes entre una parte relevante del electorado rancio, fundamental para el triunfo de las tesis reaccionarias. Pues las personas con rasgos y tendencias autoritarias temen la duda más que nada. No estar ciegamente seguro de algo es insostenible. Necesitan tener a punto las respuestas en todo momento. Disponiendo del dogma de acero inoxidable y la adhesión inquebrantable, no van a gastar tiempo ni energía en sopesar razones o en evaluar opciones.

El conservador es ferviente partidario de la simplificación y el esquema, cuanto más escuálido mejor. Solo así se ve dueño de la realidad que le rodea, y listo para hacerle frente. Pero su problema es que la vida no es sencilla ni cabe en un powerpoint. Tal vez se tope con serias dificultades a la hora de atribuir responsabilidades políticas, y por desarrollado que esté su don de engañarse, siempre puede presentarse una ocasión en que su fe se tambalee. Por eso el charlatán de feria, el demagogo nacionalpopulista, debe buscarle continuamente otras dianas. A toda costa hay que evitarle la tentación de pensar. Lo suyo son las emociones, lo cual en su lenguaje equivale a encontrar nuevos motivos de odio al objeto de alcanzar gobiernos —que no el Poder— y conservarlos.

Si llegar a lo más alto demanda con frecuencia un trato descuidado con la virtud, mantenerse allí no es tampoco labor liviana. Los triunfadores en la política y en la vida suelen haber cedido a la corrupción, cuando menos mental. Los referentes que los amos del cotarro prefieren son burbujas infladas rellenas de significantes huecos. Para que tales imitadores de Ubú logren sus objetivos, es preciso demoler los cimientos de una vida comunitaria digna de ser vivida: la cultura, la ética, la educación. Se trata de crear un desierto en el cual cuanto suena a intelectual sea automáticamente sospechoso. Justicia, verdad, razón o decencia se tornan palabras apolilladas, entradas perdidas en viejos diccionarios que nadie abre desde hace años. El reinado de los mediocres al servicio de la codicia solo es posible en un ambiente de pobreza ideal, moral e incluso material.

Los Calígula de bolsillo que ejercen altas magistraturas tienen una irrefrenable propensión a enloquecer. La lógica del Poder los devora, los enajena y los convierte en seres absurdos. «Mañana habrá plaga… y detendré la plaga cuando se me antoje. Al fin y al cabo, no tengo tantas maneras de demostrar que soy libre. Siempre se es libre a expensas de otro» (Camus: Calígula). Como se ve, el personaje forjado por el autor francés comparte la visión de la libertad del trumpismo cañí. A imagen de ciertas lideresas, durante un tiempo encuentra corifeos mercenarios o voluntarios para reírle las gracias. Sin embargo, llega un punto en que el juego no da más de sí. Acostumbrado a la pleitesía de casi todo bicho viviente, al acercarse la inexorable caída, la incredulidad se adueña de su ánimo. «Nada hay, ni en este mundo ni en el otro, hecho a mi medida. Y eso que sé, y tú también lo sabes, que bastaría con que lo imposible existiera». Los mimados de la Fortuna, es decir, de los dioses, no asumen la decadencia y el ocaso de su imperio.

Con menor grandeza, pero con la misma sobredosis de mala leche, hemos visto a quienes, en su soberbia, se creían eternamente por encima del vulgo. Presidentes o vicepresidentes de gobierno, prebostes autonómicos o dirigentes de partidos se han mostrado incapaces de retirarse a sus cuarteles de invierno con elegancia y discreción. Saber abandonar el escenario en el momento indicado es uno de los signos distintivos del gran actor. Cómo echamos de menos al inolvidable Pepe Mujica: «El poder no cambia a las personas, solo revela quiénes verdaderamente son». Y en el otro platillo de la balanza de la auténtica Justicia, «aprendí que si no puedes ser feliz con pocas cosas, no vas a ser feliz con muchas cosas». 


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).


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