Arte

Cauce

Luis Marigómez reseña 'La mirada de un tiempo', un libro de Jorge Praga sobre cuatro fotógrafos que se movieron en la Cuenca Minera del Nalón, en Asturias, entre 1940 y 1970: Eladio Begega, Corsino, Valentín Vega y Mario Pascual.

/ una reseña de Luis Marigómez /

A lo largo de unos cuantos títulos, espaciados en el tiempo, la obra de Jorge Praga ha dejado de centrarse en el análisis de imágenes, casi siempre cinematográficas, para considerar ese apartado solo una herramienta más en su tarea de escritor. En su título previo, La belleza del afuera (Eolas, 2022), investiga los orígenes familiares a partir de una casa en el campo en Omedines, una aldea junto a Ciaño, en Langreo. El paisaje, la geografía que rodea y compone el edificio, su historia, su devenir. Ya antes había buceado en Cartas desde Omedines (2017) en los avatares de sus ancestros a partir de ese territorio, que, en sus textos, va dejando de ser un pequeño punto en un mapa para convertirse en paraje mítico.

La mirada de un tiempo se centra en la cuenca del Nalón a partir de los años treinta del siglo XX y durante toda la larguísima postguerra. Las vigas que sujetan el relato son fotografías de aquellos años, y Praga ha investigado y dignificado a los autores de esas piezas, entonces considerados, con suerte, meros artesanos, hasta dotarles de la categoría de artistas que surgen del estrato de la clase trabajadora de la zona. Cuenta cómo el paso del tiempo modifica la mirada a esos ¿documentos? y hoy muestran aspectos que en el momento en que aparecieron no estaban ahí. En la mirada a una foto hay una carga importante en quién la mira, y cuándo, para desentrañar lo que guarda. El río, los pueblos de sus orillas, los pozos mineros, son los ejes geográficos que centran el relato, por la circunstancia de su inmediatez con los orígenes del autor, que, de este modo, encuentra la excusa para concentrar su trabajo a la vez fuera y dentro de sí mismo.  

Entre los instrumentos utilizados están muchas lecturas y miradas previas. El autor destaca a Barthes, en La cámara lúcida, y Erice con su mediometraje Vidrios partidos (cristales rotos). El momento inicial es la epifanía que estalla a partir de una fotografía, que impulsa a indagar en lo que la constituye y lo que la rodea. La corriente profunda es lo que está a oscuras dentro de quien se siente interpelado por ese instante.

«Fotógrafos de la vida. Testigos privilegiados con testimonios tan duraderos como capaces seamos de atenderlos y cultivarlos. Los más dotados y sensibles supieron construir, desde la discreción y la humildad, una obra que el tiempo ha ido leyendo, enriqueciendo y ensanchando».

Eladio Begega (1928-2017) es el primer fotógrafo estudiado. Desde más arriba del río, en El Condao, donde nace y muere, los azares de la vida le llevan a la fotografía desde su taller de zapatero remendón. Autodidacta en casi todo. Nunca dejó de dormir en su casa del pueblo. Allí y en unos alrededores muy cercanos hizo sus fotos, a sus vecinos, a su calle, a su paisaje. Se hizo con el mejor equipo técnico posible, cámaras, objetivos, líquidos de revelado, papel…, y dejó constancia de un mundo que ahora se antoja lejano, a punto de desaparecer, rural, pobre, pero con una dignidad notable, de un raro equilibrio. En sus retratos, a veces de gente en sus extremos vitales, niños o ancianos, los rostros expresan serenidad; la composición de los encuadres, el tratamiento de la luz, el orden interno de lo que se ve, también son orgánicos, evitan los contrastes fuertes, las tensiones que el fotógrafo considera innecesarias.

Arriba y debajo, fotografías de Eladio Begega

Corsino también nació en El Condao y fue minero, como correspondía a buena parte de los varones de esa época en la que se produce la formidable expansión de las explotaciones mineras en el cauce del Nalón y el consiguiente aumento de migrantes desde otros puntos de España. A partir de 1954, obtiene su licencia de fotógrafo ambulante y en Barredos instala su taller de trabajo. Sus fotos se caracterizan por ser grupales, un número importante de personas que celebran alguna ocasión especial, primero romerías y después manifestaciones a partir de huelgas, entierros de mineros muertos en accidentes de trabajo… Corsino se significó en esos conflictos y es despedido de su puesto de minero en 1962 y, a partir de ahí, vive solo de su labor como fotógrafo. A Praga le interesa su tiempo, los sucesos que suceden a su alrededor. Las fotos carecen de la finura estilística de Begega, pero son un documento impresionante de esos trances que aparecen en la época del desarrollismo y un estudio del movimiento de masas en la calle, a partir de determinados acontecimientos. A Corsino no le interesan los rostros, sino la forma imprecisa de los cientos de personas que se reúnen en torno a una llamarada. Recuerda un poco a Eisenstein.

Una fotografía de Corsino

Valentín Vega, nacido en Luanco en 1912, después de pasar unos años en Valladolid, «donde adquirirá una formación artística», y ser encarcelado en la guerra civil tres años por ser dirigente de la UGT, abre su estudio en El Entrego. Él también fotografía grupos, pero más pequeños, bien delimitados, cuidando el entorno y el encuadre. El grupo de niños y niñas junto a las vías del tren, cargados con cestos para recoger el carbón que caía de los vagones podría haber sido casi sin esfuerzo una foto dramática, pero rezuma vitalidad, casi alegría. «Forzada o no, fingida o no, Vega sabía transmitir al grupo una energía común que despertaba sonrisas y entrelazaba cuerpos en una armonía sutil». De algún modo, esos racimos pequeños de personas parecen apoyarse entre ellas, como diciendo, «juntos nos va mejor».

Una fotografía de Valentín Vega

Mario Pascual (1927-2012) tuvo su estudio fotográfico en Sama de Langreo, su lugar de nacimiento, y fue el más próspero de estos cuatro personajes. Tuvo un buen estudio para hacer sus trabajos y se especializó en bodas y comuniones. También fue el más urbano. Su padre, procedente de la provincia de Segovia, de donde le viene el apellido y su apodo, tuvo que esconderse durante más de diez años para no ser encarcelado por la policía de Franco, algo relativamente común en la Asturias de la época. Además de las fotos alimenticias, elabora una colección de retratos, también de las clases desfavorecidas, que da cuenta de la vida en esos años. Se interesa por el mundo de las minas y juega con sus focos y la oscuridad de los pozos. Tuvo también relación con el pintor Úrculo y, sin duda fue el más cosmopolita de los cuatro, llegando a hacer retratos a Buero Vallejo o Ana María Matute.

Una fotografía de Mario Pascual

Pero el libro de Praga no es, en realidad un libro sobre fotografía, ni sobre fotógrafos. Sobre esa base, elabora un relato del entorno donde nació y pasó su primera infancia, en la posguerra, con datos objetivos muy específicos, tras una investigación rigurosa que aúna el interés personal al análisis que lleva a cabo. Su título, La mirada de un tiempo, aúna los sustantivos mirada y tiempo. El legado de sus imágenes fotográficas, en una lectura muy determinada hacia una época difícil, llena de escasez, incluso miseria, pero soportada con entereza por unas gentes que supieron enfrentarse a las dificultades, a veces extremas —hambre, cárcel— sin perder nunca la compostura, seguros de que vendría un futuro mejor.


La mirada de un tiempo
Jorge Praga
Eolas, 2025
208 páginas
25 €

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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