Creación

Los ruidos

«Concierto de rock caníbal». Pero, ¿realmente dice «caníbal», y se refiere a una terrible confabulación galáctica para comerse a la gente de Piedragorda del Río, en plenas fiestas patronales? Un cuento de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un cuento de José Manuel Ferrández Verdú /

—¿Dónde has estado?

—Por ahí, ¿por qué?

—Porque tu amigo Pelayo ha venido.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

—¡Será majadero! He estado una semana casi sin salir, esperando que viniera, y tiene que hacerlo cuando salgo un rato a despejarme. ¿Y qué ha dicho?

—Que si estabas.

—¿Y tú qué le has dicho?

—¿Qué le iba a decir? Que no.

—¿Y qué te ha dicho él?

—Que vaya rostro tienes.

—¿¡Rostro, yo!? La madre que lo parió. Me debe veinte euros desde hace casi un mes y encima quien tengo el rostro soy yo.

—Eso ha dicho él.

—¿Y por qué no le has dicho que te dejara el dinero? ¿O es que no ha venido a pagarme?

—Sí, venía a pagarte, pero, como no estabas, se ha ido.

—¿Y no se te ha ocurrido decirle que te diera el dinero a ti?

—Yo no quiero saber nada de vuestros asuntos. Bastante tengo con los míos.

—No, claro, es demasiado pedir…

—¿Has traído algún cartón?

—¿Cartones…? No, he salido a pasear. No era mi hora de cartones.

—Pues podrías haber aprovechado. Solo queda para esta noche.

—Mañana por la mañana iré a ver lo que hay en el descampado.

—A ver si es verdad.

—Te lo juro.

Al otro día salió con el alba y recorrió un terreno detrás de los viejos edificios de apartamentos. Había algunos cartones que recogió y ató formando un grueso paquete. Lo repitió varias veces cambiando el recorrido, y a media mañana ya había recogido unos cuantos. Los dejó en la entrada del bajo donde vivía y fue hasta el bar El Cuerno de Oro. Allí estaba Pelayo apoyado en la barra, apurando una copa de coñac.

—¿Qué? ¿Ya has empezado, compañero?

El otro lo miró.

—Hombre, qué casualidad. Ayer estuve en tu casa. Llevaba los veinte euros. Pero fuiste tan listo que te habías ido a no sé dónde.

—¿Y por qué no se los dejaste a ella, pedazo de merluzo?

—Me dijo que no quería saber nada de nuestras cosas. Casi me echa a patadas de la puerta de tu casa.

—Anda, que también es buena. Y yo esta mañana, otra vez a darme la caminata.

—Bueno no te quejes. Peor sería que no hubiera ni cartones. ¿Qué ibas a hacer si no hubiera cartones?

—¿Y tú, cómo te las arreglas?

—Eso es cosa mía. Secreto profesional.

—Pero me debes veinte pavos. He estado casi toda la semana en mi casa, confiando en lo que me habías dicho. Y te presentas cuando salgo a respirar.

—Pues no respires.

—¿Dónde está el dinero?

—Aquí —dijo Pelayo, señalándose la barriga.

—En forma de líquido oscuro, ¿no?

—Exacto. En esta vida, solo se trata de estar en el momento y en el lugar oportuno.

—Ya lo veo. ¿Entonces para cuándo?

—Ya veremos. Ahora tendré que hacer más milagros.

—El milagro será que me devuelvas lo mío. Conque te dedicas a los milagros.

—Ten fe, hermano. Me dedico a los milagros. Tú ya lo sabes. ¿Por qué lo sigues preguntando cada vez que nos vemos?

—Lo que sí es un milagro es que aún estés vivo.

—Podríamos ser socios.

—¿Para lo de los cartones?

—No, hombre. Nada de cartones. Para ir viendo cosas.

Abel lo miró con mala leche.

—Ya son demasiadas las que tengo vistas, solo me faltabas tú.

—Bueno, lo que tú quieras.

—Entonces, ¿para cuándo lo de los veinte pavos?

—Ahora ya no lo sé. No me has dado la oportunidad de pagarte. ¿Qué quieres que haga? Me tomo la molestia de ir a tu casa para darte el billete y se te ocurre estar por ahí. Pareces tonto, coño.

—Desde luego, Pela…

—Bueno, ¿tienes para dejarme cinco más?

—¿Yo?

—Sí. Tú. ¿Quién va a ser?

—¿Y no te gustaría cien o quinientos?

—Tú no apuntas tal alto. Nunca has sido ambicioso a la hora de dejarme pasta. Siempre te has conformado con darme una miseria.

—Soy modesto. Las medallas, para otros.

Esa noche escucharon el primer ruido. Estaban tomando unos mendrugos de pan con queso cuando comenzaron. Eran caóticos, turbulentos, infames, casi repulsivos. No era precisamente música, sino todo lo contrario.

Abel salió a mirar qué pasaba y solo vio lo mismo de siempre: el descampado y, a lo lejos, las luces de los rascacielos donde se afanaban todavía algunos fanáticos. A la derecha, las luces de los vehículos que circulaban por la lejana autopista y nada más. Cerca de la puerta había varios montones de piedras, y a unos cincuenta metros varios grupos de matorrales dispersos, pero no se veía rastro de nada más ni de nadie. Los ruidos aquellos habían cesado suavemente y ahora reinaba un silencio lleno de preguntas.

—¿Qué era? —dijo ella cuando volvió a entrar.

—No sé. No he visto nada.

—Ahora no se escuchan, parece que al salir se han apagado.

—Sí, pero ha sido poco a poco.

—Mira que si son extraterrestres…

Él la miró.

—¿Tú crees?

—Una ya no sabe qué pensar. Cada día el mundo está más loco.

—¿Crees que hay extraterrestres locos?

—¿Y por qué no? ¿Acaso aquí no está todo lleno de locos e idiotas? ¿Por qué no lo iban a ser ellos?

—Siempre que se habla de alienígenas, se los ve como superlistos y superfeos. Pero no he oído que puedan estar locos o ser idiotas. ¿Cómo entonces iban a pasearse por los alrededores del mundo, si fueran idiotas o pirados?

—¿Te parece que aparecer por aquí no es suficiente señal de estar majaretas? Si no, ¿qué iban a hacer en este lugar tan bonito y tan lleno de mamarrachos como tu amigo Pelayo?

—Si vienen, no va a ser en busca de Pelayo: de eso puedes estar segura. Lo habrán observado primero y no se le van a arrimar a menos de mil kilómetros. Pelayo es peligroso. Les sacaría cincuenta pavos antes de que les diera tiempo a aterrizar.

—Esa gente no aterriza. Lo hace todo desde la nave.

—Se ve que estás muy informada.

—Eso lo sabe cualquiera. Todas las pelis los ponen encima y nosotros debajo. Luego chupan a la gente y la absorben como si fueran boquerones o espaguetis.

—La abducen.

—Sí, como nosotros abducimos los fideos.

—Más o menos, pero con cierta tecnología. Tendrán máquinas de abducir.

Esa noche se fueron a la cama pensando en las posibles consecuencias de un aterrizaje masivo enfrente de su puerta. Tendrían que avisar a la Guardia Civil. Buscaron en la guía el número para tenerlo a mano.

Al otro día, como la cosa estaba tranquila y no había ninguna nave delante de su casa, Abel se puso en movimiento temprano con la bicicleta y el carro detrás, para ir a coger cosas.

No se había alejado más de cien metros cuando vio en el suelo un grueso libro titulado Filosofía práctica: cómo complicarse la vida de veinte maneras diferentes, por el profesor Joaquín Gárgaras. Lo llevó a una librería de segunda mano.

—Buenas, vengo a ofrecerle este volumen.

El dueño lo examinó con detenimiento. Estaba bien conservado.

—Dos euros.

—Bien, me parece justo.

—No sé si es justo, pero la filosofía no tiene mucha salida. La gente prefiere cosas más importantes.

—Como los extraterrestres —dijo Abel.

—Exacto. Eso se vende mucho ahora. Parece que todo el mundo está esperando que lleguen para exponer sus quejas acerca de la gente de aquí —dijo el librero.

—Ya, es normal. Con los de afuera siempre hay más confianza.

—Ahí está la cosa.

Con los dos euros continuó el recorrido por las zonas más polvorientas y turbias de la gran ciudad. El trajín de los inmigrantes era casi infinito. Daban a aquellos barrios un aire cosmopolita que para sí quisieran las ciudades antiguas. Esto sí que era Babel, en colores y en lenguas.

Después de una mañana laboriosa, recaló en el Cuerno de Oro, donde estaba su deudor y máximo consejero Pelayo, leyendo una revista medio arrugada que Dios sabe de dónde habría sacado.

— ¿Qué tal?

—Nada, por aquí informándome de cómo está la cosa.

—¿Algo nuevo bajo el sol?

—Menudo notición trae. Mira —y le mostró una página donde se veían varias fotos indistinguibles de no se sabe qué—. ¿Sabes lo que es esto?

—No se ve muy claro.

—Han venido, según parece. Tanto secreto durante décadas y ahora van y aparecen en medio de las fiestas patronales de Piedragorda del Río.

—¿De qué hablas?

—Del Evangelio. Aquí lo pone. Ha aterrizado un platillo volante y han salido unos cuantos durante la procesión del santo. Han comprado velas y se han puesto a alumbrar en la cola de los feligreses que siguen al santo y a la banda de música, con antenas verdes y todo.

Abel leyó asombrado la noticia y parecía ser cierta, aunque aquella publicación no la había visto nunca en sus muchos años de correrías por papeleras y basureros.

—¿De dónde has sacado esto?

—Estaba por ahí. Lo he cogido porque estoy haciendo campaña de papeles a color. Pero me ha llamado la atención el titular del artículo: «Seres espaciales aterrizan para ir a misa y a la procesión».

—Estarán intentando comprender nuestras costumbres.

—Si intentaran espiarnos, no se habrían sumado al alumbramiento y no se habrían metido a la iglesia para oír misa. Incluso creo que alguno de ellos se ha confesado.

—Y las autoridades civiles y eclesiásticas lo han permitido.

—Por lo visto, según dice el artículo periodístico, cuando iban a detenerlos, los alienígenas les lanzaron unos rayos hipercristianos que los inmovilizaron y los dejaron más tiesos que estacas. Además, ¿por qué no dejarlos? ¿No son al fin y al cabo hijos de Dios, igual que nosotros?

—Eso nunca se sabe. Qué mal me huele lo de los rayos. Parece de película barata. Además, ya no me fío ni de la Enciclopedia Británica, y mira que es de lo mejor. Los papeles, de la clase que sean, dicen cada vez más tonterías… Además, ¿de qué van a confesar unos extraterrestres? ¿Tú crees que esas antenas y ese rabo les permiten pecar a gusto? Aparte de ser feos a más no poder.

—No me lo preguntes, porque no sé nada de eso. Lógicamente, no puede haber trascendido. Es secreto de confesión, aunque parece que el cura no entendió muy bien sus pecados. En alguna parte del artículo se alude a HJX 17, un pecado intergaláctico.

—Puede que lo hagan con inteligencia artificial.

—No me extrañaría nada.

—Y no sé cómo se aclararía el cura para ponerles la penitencia.

—Creo que tuvo que consultar con el obispo, y como este se lo tomó a chunga, buscó en un diccionario de astrofísica y les puso PIOJO DELTA – k-75. Pero eso no será problema para ellos. La harán con máquinas de sufrir penitencia.

—Sí.

—Hablando de pecar, ¿cuándo vamos a celebrar que me has devuelto los veinte pavos?

—No piensas más que en el dinero. Parece que seas rico podrido y no un muerto de hambre como yo. Esos no piensan en otra cosa. Te estás aburguesando a manta.

—Sí, me estoy haciendo un avaro de lo mío. Pero ¿qué quieres que te diga? Tengo que empezar a pensar en el futuro.

—¡En el futuro! ¿Cuántos años tienes?

—Cincuenta y siete. Y me gustaría asegurarme una vejez de oro.

—Menudo chambi eres. Si te vas a pasar el tiempo programando tu vejez, no vivirás la juventud. Te morirás podrido de dinero y lo tendrás que dejar aquí todo cuando te vayas al otro barrio. No seas tan ingenuo.

Esa noche volvieron a escuchar los ruidos horrísonos, hasta que, no pudiendo aguantar más, salió Abel a investigar el origen de aquellos ruidos intempestivos y horribles. Se adentró en la oscuridad y logró ver algunas luces moviéndose a gran velocidad y sombras de seres que casi tomó por extraterrestres, los cuales desaparecieron como por arte de magia.

—Hay gente por ahí haciendo cosas —dijo al llegar de nuevo a su casa.

—¿Qué clase de gente?

—Creo que son de los tuyos.

—¿Cómo de los míos? ¿A qué te refieres?

—Pues que si no fuera porque yo no creo en esas tonterías, juraría que eran extraterrestres.

—¿Ves? Ya te lo decía yo. ¡No, si al final voy a tener razón! Y tú, sin hacerme el menor caso, tienes la desfachatez de reírte de mis teorías.

—Mañana, si volvemos a escuchar algo, te vienes y los ves tú misma, que entiendes más que yo de todo eso.

Por la mañana estaba en el bar con Pelayo, el cual tenía encima cierto desasosiego.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Estoy malo después de lo que vi ayer.

—¿Y qué viste ayer para estar así?

—Un cartel.

—¿Y por un cartel te pones enfermo?

—Si lo hubieses visto tú, estarías igual o peor que yo.

—¿Y que decía ese cartel para que te haya afectado de ese modo?

—Nada. Poca cosa. Un concierto de rock caníbal.

¿Rock qué? —dijo Abel.

—Caníbal. ¡Hasta dónde vamos a llegar!

—¿Y eso qué significa? No lo entiendo.

—Pues está claro como el agua clara. Un concierto donde se comen a alguien. ¿No es eso lo que significa caníbal?

—Sí.

—Pues ya está.

—Bueno, no creo que la cosa sea para tanto. Será una nueva modalidad de rock duro que se llama así metafóricamente, pero la gente esa, después del concierto, supongo que irá a tomarse unas tapas —profirió Abel.

—Que no te extrañe que se coman a alguno de los miembros de la banda. En el rock, las cosas se están poniendo muy duras.

—No seas idiota. Eso es una barbaridad.

—Si pone «caníbal», es que es caníbal. ¿O es que no te has enterado de cómo las gasta la gente del rock?

—Pues no tengo ni idea. Pero vayamos por partes. «Música rock caníbal» quiere decir «música piedra come gente». Y o bien se comen unos a otros durante el concierto, al terminar, o bien se comen a algún espectador o espectadora, o bien alguna piedra —razonó Abel.

—Pero sería en contra de su voluntad. Y comer piedras… No creo.

—Eso no lo sabemos. Pero ahora que lo pienso, que no te extrañe que alguien pague un suplemento para que se lo coman.

—Podría ser —dijo Pelayo.

—Exijo ver ese cartel, no me creo nada de lo que dices.

Pelayo acompañó a Abel al lugar donde había visto aquella mañana el cartel clavado en el tronco de una palmera, pero allí ya no estaba: solo quedaban trozos en las cuatro esquinas. Se notaba que lo habían arrancado algunos fanáticos y se lo habían llevado o comido.

—¿Ves? Aquí no hay nada. Debes haberlo soñado.

—Pero hay trozos. Alguien lo ha arrancado.

—Pues ahora no está. A saber qué ponía en realidad.

—Lo que te he dicho: rock caníbal, con todas las letras, en Piedragorda del Río, el próximo sábado.

—Bueno, si es así, alguien tiene que saberlo. Puede que hayan sido las propias autoridades las que hayan suspendido el concierto, dadas sus características, y por eso han arrancado el cartel. No podrían permitir algo así. Por cierto, hablando de rock, estoy ya varias noches escuchando unos ruidos delante de mi casa por la noche. El primer día salí y no vi a nadie. Pero al día siguiente sorprendí mucho ajetreo de gente que arramblaba con cosas y se largaban a toda prisa. Vi luces moverse a toda velocidad.

—Extraterrestres, seguro.

—Eso dice Lina.

—Si viste luces moverse rápidas, es que eran ovnis.

—O coches saliendo a toda castaña.

—Entonces no volaban.

—No, pero estaban lejos y no escuché el ruido de los motores. Pero eran coches, eso seguro.

—Mejor sería que lo comprobaras bien, no vayan a estar haciendo algún aciago. ¿Y de día has inspeccionado el lugar?

—No. Tengo demasiado trabajo para hacer de detective. Estoy con lo de los cartones hasta el cuello. Para recoger cuatro o cinco pavos, tengo que moverme más que una mosca cojonera.

—Ya te he dicho que eres tonto. Si me hicieras caso, podríamos montarnos a base de bien.

—Déjate de chorradas. Contigo iría a la ruina en menos que canta un pollo…

—A la ruina, ¿a qué ruina? En la ruina estás ya, atontado.

—Yo sé lo que me digo. Pásate esta noche por mi casa, porque quiero que investiguemos a los de los ruidos.

—Vale, ¿a qué hora?

—Después de cenar, a las diez.

—No me digas que tú cenas a una hora y todo.

—Yo ceno lo que puedo, pero siempre a las nueve y media. Si no pillo nada, no ceno, pero también a la misma hora.

—Qué interesante. Eres un burgués de tomo y lomo.

—Y yo que lo vea.

Esa noche, Pelayo estaba a las diez como un clavo en casa de Abel y Lina. Cuando llegó, estaban acabando de tomar unos trozos de pan con cebolla, aceite y sal. Luego tomaron todos una tajada de melón que quedaba, en tres trozos.

A eso de las diez y media comenzaron los ruidos de todas las noches. Salieron los dos, porque Lina decía que ella ya sabía que eran alienígenos y no necesitaba comprobarlo. Ellos se lo iban a corroborar. Era una visionaria y casi una médium. De hecho era una tércium. Podía convocar un trozo del alma de algún muerto, pero casi nunca era el trozo que podría haberle pasado información de primera mano sobre el más allá. Solo pillaba pedazos de la parte de abajo, que eran los más accesibles a sus maniobras.

Sigilosamente, y escondidos entre los matorrales, fueron acercándose hasta el lugar de donde parecían proceder los ruidos. Lograron aproximarse como a unos ciento cincuenta metros y lo que vieron los dejó sin alma en el cuerpo.

Había, en efecto, unos cinco o seis alienígenas verdes y con antenas que se hallaban tocando unos instrumentos musicales de lo más exótico, con los que armaban una sonora y estrepitosa algarabía que no se parecía a nada de lo que habían escuchado hasta entonces.

—¿Lo ves? —dijo Pelayo.

—Sí, claro que lo veo. Son extraterrestres. Lina tenía razón.

—Y yo también.

—¿A qué te refieres?

—Estos son los del rock caníbal.

—¿Qué dices? Son unos simples alienígenas que no tienen donde ensayar. ¿Pero por qué habrán venido desde dios sabe dónde a tocar aquí sus guitarras extraterrestres?

—Porque quieren comerse a la gente después del concierto.

—No digas barbaridades. No van a dar ningún concierto. ¿Quien va a contratar a una banda así?

—¿Y yo qué sé? Pero estoy seguro de que son ellos. Recuerda lo de los papeles del otro día.

—Pues hay que avisar a la Guardia Civil. Esto puede ser el principio de una invasión, disfrazada con esa mierda de música o lo que sea.

Ambos se retiraron en silencio para no ser descubiertos por aquellos seres horrífonos. Después de confirmarle a Lina que tenía razón en sus conjeturas espaciales, salieron con intención de dar parte a las autoridades. En la primera comisaría que encontraron, dieron la alarma.

—¿Qué se les ofrece?

—Queremos dar parte de una invasión alienígena camuflada en un concierto de rock caníbal.

Al oír aquello, al policía de servicio no le dio tiempo a pensar en nada más que en que aquellos dos estaban chiflados del todo.

—Caballeros, los asuntos relacionados con el rock caníbal extraterrestre los lleva personalmente el inspector Espinilla, de la escuela de altos estudios criminológicos. Deberán ponerse en contacto con él —y les alargó un papel con el número de teléfono del inspector Espinilla.

Ellos fueron directamente a llamarlo, y todavía no se había acostado, por lo que quedaron en verse a eso de las doce en un pub de las afueras, no lejos de donde se hallaban.

Cuando llegaron, como no tenían dinero para consumir, permanecieron en la puerta a esperar la llegada del inspector. Este no tardó en aparecer y enseguida los reconoció.

—Buenas noches, señores. Será mejor que entremos y hablemos tranquilamente, con un whisky en la mano.

—Lo sentimos, pero no tenemos dinero para pagarnos el whisky.

—Yo invito.

Entraron y tomaron asiento en una mesa apartada.

—Entonces, según me han dicho por teléfono, temen una invasión extraterrestre —dijo Espinilla entre intrigado y escéptico, pero su larga experiencia en el mundo del crimen le había dado a conocer que a veces, detrás de unos hechos en apariencia estrafalarios, puede esconderse un crimen perfecto o cualquier otra forma de maldad. No en vano era profesor de retórica de la escuela de altos estudios criminológicos.

—Exacto —dijo Abel.

—¿Y en qué se basan?

—En varios indicios —dijo Abel con cierta elegancia y conocimiento del vocabulario—. En primer lugar, parece que hay organizado un festival de rock caníbal en un pueblo que no está lejos de la ciudad; y por si eso no fuera suficiente, cada noche, desde hace varios días, vienen a ensayar a un descampado que hay delante de mi casa. Los hemos visto y son alienígenas verdes…

—Muy bien. En tal caso, será mejor que comprobemos esos fenómenos de que me hablan.

—Ya lo hemos hecho. Esta misma noche hemos estado viendo con nuestros propios ojos el ensayo. Hemos venido de inmediato a comunicarlo —dijo Pelayo.

Espinilla les rogó que lo acompañaran, para que pudiera comprobarlo personalmente. Mientras iban, le contaron también lo del cartel que Pelayo había visto en una palmera.

—Es realmente horrible todo eso que me cuentan. Afortunadamente, estamos aún a tiempo de impedirlo.

Cuando llegaron, todavía estaban ensayando y pudieron verlo de cerca con sigilo, de manera que el propio Espinilla observó a los supuestos invasores.

Luego regresaron sin intentar disolver aquel espectáculo insondable, y Espinilla los mandó a dormir asegurándoles que él en persona se haría cargo de los personajes aquellos.

Sin embargo, al día siguiente por la mañana, Espinilla se presentó en casa de Abel

—Tenemos que andarnos con pies de plomo —le dijo.

—¿Qué pasa? —dijo Abel, con los ojos aún soñando que había tenido que ir hasta la Antártida a por un cartón muy grande.

—Lo he estado pensando y he llegado a la conclusión de que las autoridades del pueblo ese deben de estar en connivencia con los extraterrestres. Tenemos que actuar con sigilo. Además, no es del todo seguro comunicarlo a las autoridades de aquí, porque cualquiera de ellos puede ser un topo.

—¿No forma usted parte de la autoridad?

—Sí y no. Ahora solo soy catedrático de oratoria forense. Es un cargo ambiguo, porque no sé si tengo alguna autoridad efectiva o no. Solo se me encomiendan los casos que son demasiado difíciles para las mentes convencionales. Yo estoy por encima, epistémicamente, pero eso no significa que tenga más autoridad o que se me permita actuar por mi cuenta, ni en nombre de ninguna institución. Solo puedo informar. Pero si informo y llega a oídos de socios de esa gente, la habremos liado. Tendremos que actuar por nuestra cuenta.

—¿Y que aconseja que hagamos?

En ese momento, salió del dormitorio Lina en bata.

—¿Que pasa ahora? Estamos en peligro por culpa de ese manojo de desorejados.

—Creo que sí —dijo Espinilla—. Se lo estaba diciendo a su esposo. Tenemos que actuar por nuestra cuenta. No podemos contar con nadie. Cualquiera puede ser un traidor.

—¿Entonces qué? —dijo ella.

—Iremos al pueblo ese y trataremos de desbaratar sus planes de canibalismo interplanetario.

—Eso me parece bien. No me gustaría ser bocadillo de ningún verdoso de esos.

Llamaron a Pelayo para que se uniera a ellos. Le explicaron con detalle la táctica a seguir, que era sencilla, pero contundente. Llegarían al pueblo el día del concierto, y cuando estos salieran a escena, desenmascararían a los falsos rockeros y pondrían en evidencia sus intenciones, avisando al personal de que huyera antes de ser engullidos por aquellos energúmenos verdes.

Cuando llegó el día del concierto, el pueblo de Piedragorda bullía de jolgorio con tracas y bandas de música.

Después de la procesión del santo, en que Espinilla y compañía vieron con estupor cómo los extraños seres procedentes de los confines de la galaxia se unían a los alumbrantes sin que nadie les dijera ni media, y antes de que comenzara el concierto, fueron al bar y tomaron asiento alrededor de una mesa para discutir los hechos alarmantes que acababan de presenciar.

—No cabe duda de que la gente piensa que son personas disfrazadas de extraterrestre. Como ayer fue la retreta y salieron todos los jóvenes del pueblo disfrazados, seguro que los han tomado por algún grupo de ellos que no han querido dejar el disfraz —dijo Espinilla.

—Pero resulta poco respetuoso para con el santo salir a alumbrar con el mismo disfraz del día anterior, ¿no le parece a usted? —dijo Abel—. Lo extraño es que nadie les haya dicho nada.

—El folclore religioso ya no es lo que era —se lamentó Pelayo.

—No sé. Quizá en este pueblo estén más avanzados —sugirió Lina.

El caso es que, después de tomar unas cervezas y unos aperitivos, dejaron que se hiciera la hora H. Luego fueron adonde estaba montado el escenario. El concierto iba a comenzar. El primer grupo se llamaba Los Lagartos Tuertos, y tocaron más mal que bien. Luego fue desfilando una serie de bandas cada cual más interesante que las anteriores, hasta que les tocó el turno a los temidos seres verdes.

El escenario se llenó de humo y casi no se veía nada. De pronto comenzó un ruido atronador y tremendo que les obligó a taparse los oídos por miedo a las infecciones. Pero el humo no se disipaba. En cambio el ruido iba a más y tomaba mil formas tan insoportables que pensaron que la gente iba a huir despavorida. Sin embargo, el efecto era el contrario: cuanto más terrible era el estruendo, más extasiado se veía al público, justo pegados al escenario, que daba la impresión de que iba a echar a volar de un momento a otro. A veces se apreciaba alguna verdosidad entre la humareda, moviéndose a un ritmo endiablado de un lado a otro.

En ese momento, Espinilla dio la señal. Los cuatro conjurados salieron de un rincón y, accediendo por los laterales de la elevada tarima, comenzaron a echar espuma con cuatro extintores que llevaban, uno cada uno, hasta reducir el humo y llenarlo todo de la espuma blanca, mientras gritaban a la gente que se largara; que iba a ser devorada por aquellos individuos, que eran auténticos comedores de personas de otro planeta.

El humo desapareció y lo único que se veía era a los cinco o seis seres verdes con antenas e instrumentos en las manos que estaban blancos como palomas y se habían quedado de piedra ante la aparición de los extintores.

La gente corrió, porque al ver tanta espuma cundió la idea de que debía de haber fuego en alguna parte.

Hubo un silencio solo ocupado por el rumor cada vez más lejano de los que huían, hasta quedar allí solos con los artistas. Los personajes verdes, ahora blancos, estaban quietos y miraban lo que hacían los otros cuatro, que no hacían nada.

Al cabo de un rato, llegó el cabo de la Benemérita, con dos números y el alcalde.

—Los hemos librado de estos caníbales extraterrestres. Ya pueden llevarlos al calabozo, donde les darán su merecido —dijo Espinilla.

—¿Y quién es usted que tan amablemente ha venido a librarnos de que nos comieran, y de paso a estropear al número más importante del concierto de rock?

—De rock caníbal —dijo Pelayo con énfasis.

—¿Qué idioteces dice este hombre? —preguntó el alcalde.

—No es ninguna idiotez. Estos seres verdes que hemos capturado forman parte de una confabulación galáctica para comerse a la gente de este pueblo. Eso es lo que ponía en los carteles que pusieron en las palmeras de la capital. Lo que no entiendo es quién hizo esos carteles, ni cómo sabiendo lo que iba a pasar no dio parte.

—¿Qué carteles? —dijo el alcalde.

—Yo lo vi, no pueden ustedes ahora intentar escabullirse. Ponía «concierto de rock caníbal».

—No me lo puedo creer —dijo el alcalde, un hombre grueso y sudoroso que parecía que iba a echar el bofe en cualquier momento—. Esperen aquí y no se vayan todavía.

El alcalde se fue del recinto y todos los demás, incluidos los músicos, se sentaron por allí a ver en qué quedaba aquello. Al momento volvió con un cartel igual al que había visto Pelayo. Lo desplegó ante ellos: «Gran concierto de Carnival Rock, tendrá lugar en…».

—¿Se refieren ustedes a esto?

—Supongo que sí —dijo Pelayo, acercándose al cartel—. Ese es el cartel que vi.

—¿Y no sabe usted inglés, melón, para darse cuenta de que Carnival no es «caníbal», sino carnaval?

—Pues no, la verdad. Se ve que iba nervioso y solo me quedé con lo de «caníbal».

Espinilla y los otros se acercaron y leyeron lo que ponía en el cartel. Cayeron entonces en la cuenta de la diferencia y de por qué aquellos pobres músicos, muy malos por cierto, no eran más que eso: músicos disfrazados.

—Creo que ha habido una lamentable confusión. Le rogamos que nos disculpe. Hemos sido víctimas de una lectura demasiado precipitada, y como el cartel fue retirado sin darnos tiempo a comprobar lo que ponía, alguno de nosotros creyó que se trataba de rock caníbal, y de ahí nuestra aparición, porque además, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, llegamos a pensar que se trataba de una invasión del exterior.

—¿Del exterior de qué? —dijo el alcalde.

—Del planeta —dijo Lina —. Se ve que aquí no se enteran de nada.

—Ya —dijo el alcalde.

—Bueno, nos vamos. Que ustedes lo pasen bien.

—Vayan con Dios —dijo el cabo.

Días después apareció Pelayo por el bar con un periódico, en una de cuyas páginas ponía lo siguiente: «Noticia alarmante. En la fiesta de san Pancracio, en Piedragorda del Río, el otro día hubo un concierto de rock. Cuatro individuos armados con alguna clase de peligrosas armas casi asfixian a los músicos. Al final, por algún motivo desconocido, tanto el alcalde como tres miembros de la Guardia Civil desaparecieron y solo fueron encontrados algunos de sus huesos repartidos por todo el pueblo».


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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