Almacén de ambigüedades

Lenguas de serpiente

Antonio Monterrubio escribe sobre el antiguo y el nuevo régimen de los bulos; las formas viejas y nuevas en que los infundios desarrollan su labor tóxica y llegan a provocar grandes masacres.

/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /

Imagen destacada: pogromo antisemita en Kiev, 1881. Publicado en The Penny Illustrated Paper, 4 de febrero de 1882, núm. 1074, vol. 42

A lo largo de mayo y junio de 1969 se extendieron por la tranquila ciudad de Orleáns una serie de murmuraciones encadenadas. En su raíz se sitúa la inauguración de una boutique cuyos probadores simulaban unas mazmorras medievales que le daban nombre: Aux Oubliettes. Hasta seis tiendas propiedad de comerciantes hebreos son puestas en el punto de mira. Dos fantasmas característicos de los temores de masas occidentales convergen: el tráfico de mujeres y el judío imaginario. Como anota Edgar Morin en El rumor de Orléans, esto da origen «a un tema virtualmente antisemita si se limita a asociar uno o varios judíos a una actividad despreciable —la trata de blancas—, manifiestamente antisemita si conduce a reacciones o juicios globalmente desfavorables a los judíos».

El ejemplar estudio sociológico de Edgar Morin y su equipo establece un modelo de aplicación universal. Describe con detalle las tres etapas a través de las cuales un infundio desarrolla su labor tóxica: la incubación, la propagación y la metástasis. Este era el guion: «Las jóvenes son drogadas con inyecciones en los probadores, depositadas luego en sótanos y evacuadas desde allí por la noche hacia lugares de prostitución exóticos». Según parece, pudo originarse en ciertos colegios religiosos.

En Fama: una historia del rumor, Hans-Joachim Neubauer resume el modo de difusión de la epidemia: «Pasa del mundo protegido de las colegialas a otros ámbitos de la juventud femenina de Orleáns: las escolares lo cuentan a sus amigas, y las jóvenes empleadas y trabajadoras no tardan en estar también al tanto. Después el rumor alcanza a las adultas, las madres previenen a sus hijas, las profesoras a sus alumnas y se avisa al fiscal». Todo ello acaba estallando en la cara de los negocios señalados. La consigna «no compren a los judíos» se expande por doquier, acompañada de la acusación de traficar con mujeres. El marido de una dependienta acude a llevársela al grito de «no te quedarás aquí ni un minuto más».

La crónica de este bulo gigantesco es aleccionadora por tratarse de un rumor en estado puro. En efecto, no hubo en ese periodo desaparición ni hecho alguno que pudiera alterar la vida provinciana de los orleaneses. Además, fue transmitido exclusivamente de boca a oreja sin apoyo de medios de comunicación, ni siquiera artesanales como los carteles o las octavillas. Llegaron a producirse peligrosas aglomeraciones de buenas gentes indignadas a las puertas de las tiendas incriminadas. Autoridades y policía, conscientes de que ningún dato real avala los delirios paranoicos que se extienden por la ciudad, intentan calmar los ánimos. El resultado, como era de prever, es el contrario del esperado. Nuevas habladurías se extienden: «Los policías han sido comprados, el prefecto ha sido comprado, la prensa ha sido comprada por los judíos. Los poderes oficiales están vendidos. Son los instrumentos del poder oculto que reina en los subterráneos…» (Morin: o. cit.). En otras palabras, se resucita el mito de la conjura mundial de los israelitas, los Protocolos de los Sabios de Sion y demás parafernalia antisemita.

Las enseñanzas que pueden extraerse de este lamentable suceso, solo el más conocido de una serie similar, son múltiples. La más importante es que «el rumor de Orleáns parece haber surgido de la narración incontrolable, una constatación inquietante por cuanto centra el peso de lo ocurrido en lo banal, en los fantasmas sexistas y en el trasfondo antisemita de lo cotidiano» (Neubauer: o. cit.). Es una forma decadente de lo que sería un antiguo régimen del rumor, el bulo de la era pre-Internet. Cotilleos desprovistos de fundamento estuvieron durante siglos en el origen de pánicos de masas, motines populares, persecuciones y masacres de minorías, monterías de brujas y terrores comunitarios de diversa índole.

En el libro de Jean Delumeau El miedo en Occidente, se multiplican las situaciones en las que el pavor provocado por la difusión de noticias ficticias desencadena verdaderas tragedias. En mayo de 1524, un incendio arrasó la ciudad de Troyes. «Todo el mundo está convencido de que gentes desconocidas y disfrazadas se han introducido en la ciudad y han hecho prender el fuego mediante niños de doce a catorce años. Se cuelga a varios de esos muchachos». Este es un ejemplo entre decenas en los cuales vagabundos, extraños, herejes o minorías ejercen sucesivamente de cabeza de turco. En ocasiones, las repercusiones políticas y sociales son catastróficas. «Las matanzas de la Noche de San Bartolomé, en 1572, y los días siguientes, en París y varias ciudades de Francia, solo se explican psicológicamente por la certidumbre colectiva de un complot protestante».

Medios virtuales cavernarios se apropian o inventan hipótesis paranoicas o alucinaciones interesadas. Las publican sin confirmar fuentes ni contrastar la información, no vaya a ser que la verdad estropee un titular explosivo. Hablamos de historias morbosas, sucesos truculentos, calumnias gratuitas a individuos o colectivos y demás aparataje típico del sensacionalismo. Cuando, por motivaciones de audiencia, económicas o sociopolíticas, esas falsedades son aireadas por tal o cual gran cadena de televisión, se franquea el paso decisivo. El resto no tarda en seguir la corriente. Errores o mentiras evidentes se mantienen en el candelero una temporada y se apagan, dejando su poso y sus víctimas. Nadie va a pedir disculpas, nadie va a desmentir nada.

En España, los medios de extremo centro están dispuestos a cualquier cosa en su pugna por distinguirse como el sirviente más diligente.

Adoradores del poder desde el origen de los tiempos,
besadores de pies del crimen triunfante,
aplastadores de la miseria indefensa
aplastando la Justicia y adorando la Injusticia,
pues, si aquélla es débil, esta es fuerte.

(Emily Brontë: Poemas fechados, núm. 169)

El uso adoctrinador y embrutecedor de las palabras es una traición a su naturaleza. El lenguaje, el decir, es «la responsabilidad de uno para con otro» (Lévinas: De otro modo que ser o más allá de la esencia). El tiempo de la sobreinformación y la hipercomunicación es el tiempo del discurso monopólico, de la transformación del receptor de sujeto de intercambio en objeto pasivo. Esta no es la era de la infinita pluralidad, sino la de innumerables veces lo mismo. Lo terrible es que tanto buena parte del público como los pergeñadores de relatos fraudulentos ya no sean capaces de detectar una verdad, ni apareciendo desnuda en medio del desierto. Mucho menos alcanzarán a verla resplandecer en el fragor de la tormenta.

Un estruendo: la
verdad misma
se ha presentado
entre los hombres,
en pleno
torbellino de metáforas.

(Celan: Cambio de aliento)


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).


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