Mirar al retrovisor

¿Volverán las pelucas empolvadas?

Joan Santacana escribe sobre el regreso de un mundo crudamente aristocrático y de una casta privi-legiada (sometida a una ley privada).

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Imagen destacada de Vika Glitter

El mundo europeo, hasta comienzos del siglo XIX, se caracterizaba, entre otras cosas, por la moda de hombres y mujeres de usar pelucas. Se trataba de artefactos que se colocaban sobre las cabezas, muy bien construidos y casi siempre empolvados. En aquellos tiempos lejanos, la nobleza tenía normas de conducta propias, los llamados privilegios, palabra que significa literalmente «leyes privadas». Es decir, no se les aplicaba la legislación común a los demás ciudadanos. Por supuesto, los monarcas —como Luis XIV de Francia, llamado Rey Sol, o la zarina Catalina II de Rusia, llamada la Grande— estaban por encima de la ley; ellos no tenían por qué obedecer las leyes de su propio reino. Tanto si robaban como si ordenaban la ejecución de siervos, nadie les pedía cuentas. Obviamente, residían en palacios rodeados de jardines, con servicio y guardianes armados. Los espacios grandes públicos hoy existentes en Paris, Madrid, Berlín o San Petersburgo eran jardines para su lucimiento; auténticos escaparates de su poder. Dictaban sus leyes, no para el bien de la mayoría, sino para proteger a su propia casta, familia y patrimonio. Se necesitó un siglo de revoluciones para acabar con estos privilegios. La pronunciación de palabras como igualdad, fraternidad o libertad era motivo de denuncia y de tortura, y se hacía con temor. La democracia era cosa de agentes que querían subvertir el orden que Dios había establecido en el mundo. Estos déspotas coronados podían hundir un territorio, exterminar un pueblo, someter por la miseria a ciudades enteras y declarar la guerra a quienes no se sujetaban a su voluntad. Y, como ya he dicho, todos llevaban pelucas doradas o plateadas para subrayar que ellos no eran como los demás.

Miles de personas en el mundo murieron defendiendo estos principios de igualdad, fraternidad, democracia o libertad hasta que se alcanzó el milagro de que los poderosos no alardearan en público del incumplimiento de la ley, ni de su poder para burlar las normas, ni de sus crímenes contra los desfavorecidos. Quizás lo hacían igual que antes, pero no se vanagloriaban. Se abandonaron las pelucas y los calvos lucieron su calvicie. Banqueros, hombres de negocios y millonarios de nuevo cuño reemplazaron a los antiguos pelucones.

Hemos vivido así durante casi dos siglos, creyendo que la época de las pelucas empolvadas y todo lo que significaba había terminado, pero no: estábamos en un error. En el primer tercio del siglo XXI han vuelto los pelucones. Vemos a gobernantes que acumulan una riqueza exorbitante y dicen y se enorgullecen de estar por encima de la ley. Pueden cerrar una ciudad para celebrar una fiesta u ordenar el desplazamiento de millones de seres humanos como si exterminaran ratas. Son individuos que, como Luis XIV, pueden decir «la ley soy yo»; dictar normas y leyes contra el bien general para favorecer sus negocios privados. La Patria es simplemente un cuerpo social al que ellos manipulan, engañan y desprecian, aun cuando mantengan una liturgia para simular que son sus servidores. Para cuidar sus hermosas pelucas, incluso pueden anular leyes que fueron promulgadas para ahorrar agua, menospreciar a pueblos enteros, y tal como ocurría con Luis XIV o Catalina II, millones de personas les siguen, jalean sus ocurrencias, les creen y les toleran que sean mentirosos, violadores, ladrones. Son sagrados. Están por encima de las leyes.

Ellos son hoy los nuevos señores de la guerra. Disponen de la capacidad de destruir el mundo y no pueden siquiera imaginar que pudieran perder una guerra. Hitler —que no era como los actuales dueños del mundo, ya que él sí que era un hombre austero, vegetariano para más señas— tampoco imaginaba que pudiera perder su guerra. Ningún estadista o militar que inicia una guerra, ni antes ni ahora, cree que la pueda perder: las guerras se inician cuando crees que lo tienes todo bajo control y que con una serie de rápidos ataques doblegarás al enemigo. Pero la historia está llena de estrategas que fallaron en sus pronósticos. Hitler dijo de Alemania, al cabo de una década del ascenso del partido nazi bajo el lema «Alemania por encima de todo», que ni los propios alemanes la iban a reconocer. Y en esto tuvo razón: el país surgido de la guerra en 1945 no se parecía en nada al de 1934. Ya casi no había ciudades en pie, el hambre se había generalizado, las infraestructuras ferroviarias estaban terriblemente dañadas y la muerte recorría el país del Óder al Rin. La fe en el triunfo fue la causa de su ruina.

Hay otros escenarios parecidos. Tampoco Japón pensó que pudiera perder la guerra del Pacifico una vez hundida la flota de guerra americana en Hawái, pero la perdió y los supervivientes de aquel holocausto, no podían reconocer lo que había quedado de Tokio y de las principales ciudades niponas. Y es que la guerra siempre es impredecible, incluso cuando un gran imperio ataca a pueblos pobres y mal armados. ¿Quién iba a decirle a Napoleón que en aquel país miserable que era la España de 1808 iba a iniciarse su derrota?; Y cuando Estados Unidos se metió en Vietnam, ¿quién pronosticó la humillante derrota yanqui?

A veces el error es de cálculo de tiempo. Putin lo calculó mal. No imaginó que Ucrania, país vecino suyo, unido a Rusia por lazos de religión, cultura y sangre y que además había cedido su arsenal nuclear a Moscú cuando se hizo la partición de los ejércitos ucranianos y rusos, iba a ser tan duro de pelar. Todo parecía indicar que el ataque sería un paseo militar ruso e incluso en los despachos de la OTAN lo creían… Pero Ucrania todavía no ha sido derrotada totalmente.

Hoy, en un mundo inestable, con algunas de las principales potencias nucleares en manos de auténticos genios del mal, hombres y mujeres que podrían llevar pelucas empolvadas como los déspotas de antaño, las lecciones de la historia no les sirven de mucho. Ellos no conocen el pasado y desprecian cuanto ignoran. Millones de ciudadanos les hemos colocado en las sillas de mando y a su alcance tienen los botones nucleares. Algunos de estos nuevos déspotas piensan que en caso de conflicto arriesgan poco, porque creen disponer de un ejército casi invencible, con sus misiles. En muchos casos hemos sido nosotros, gente pacifica, buenos ciudadanos, quienes los hemos elegido, engañados por sus eslóganes o convencidos de que sus bravatas nos harían más fuertes. Y ahora, una vez iniciado el partido de ajedrez que es la política, ellos se arriesgan a amenazar con la guerra, con sus armas nucleares; quieren cambiar las reglas del juego si la jugada les resulta desfavorable, desprecian a los pequeños adversarios, banalizan la crueldad ejercida sobre pueblos enteros, conciben la acción política como un enorme negocio privado en el que pueden medrar y todo vale. Es posible que caigan en la tentación de querer dominar a todos, utilizando la guerra comercial o la convencional. En esto se asemejan a los gobernantes de antaño, los que llevaban pelucas empolvadas, que eran ignorantes y brutales.

Sin embargo, el desconocimiento del pasado no les ayudará a vencer. Todo lo contrario: la rueda de la fortuna en la historia es caprichosa. Disponen de arsenales nucleares casi infinitos que pueden eliminar a miles de millones de personas. ¿Se atreverán a iniciar una guerra nuclear? ¿Pueden imaginar el panorama postapocalíptico? ¿O bien solo utilizan las armas nucleares como los matones, que usan la pistola para amedrentar? No lo sabemos, pero la lección que transmiten al resto es que quien dispone de este tipo de armas, de momento, no puede ser doblegado. Japón se está rearmando a marchas forzadas, Europa ya empieza a tocar los tambores de guerra, todo el mundo sabe ya que en un tablero de juego sin normas, como cuando los aristócratas dominan el mundo sin respeto a las leyes, solo se respeta al más fuerte. ¿Este es el futuro? Si así fuera, el retroceso no es de décadas, ¡es de siglos!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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