textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Rojos)
Hierve el atardecer de julio. Un aliento material suelta hilos de grasa sucia al final del día sobre los pies del aire. Ha engordado el alma de las cosas y solo llega alivio si mordemos frutas sangrientas frías, si damos con el corazón de ciertos portales atravesados por el abandono. Tributos, conductas, usanza del verano.
A la vista de los censos de audiencia, todos los medios de comunicación se felicitan a sí mismos. Todos han ganado, ninguno se ha quedado atrás. Es la engañifa de las cifras relativas.

¿Y si la verdadera lengua de cada cual no fuese aquella en la que se habla sino esa otra en la que se sueña? Quienes tienen el don de lenguas cuentan con pasmosa naturalidad esa experiencia: «Hoy he tenido sueños en chino», «Hablé en finés mientras soñaba». Ricardo Reis soñaba a veces en latín y Pessoa se lo permitía. La lengua madre se aparece en toda su majestad dentro de los sueños silvestres, allí donde el yo más profundo habla por mí. Nuestra lengua verdadera es, pues, la que viene a por nosotros. En todo caso, la lengua que se ama nunca se aprende en academias ni se aprueba en el currículum violento de la escolarización obligada. En estos supuestos ortopédicos jamás es posible oír de nuevo, resonando en el envés de una palabra, la voz de la madre.
El poeta, el poeta verdadero nunca está al corriente de sí mismo.
Crujir, crepitar, borbotear, chirriar, sisear, rasgar, chascar… El misterioso idioma de los ruidos, que suceden mientras se nombran.

Desde la saciedad y el bienestar de Occidente vemos las imágenes insoportables en la televisión. El cotidiano asedio mortal a Gaza, donde se va exterminando indiscriminadamente, día por día y de cara al resto del mundo, a la población. Niños muertos de inanición, hospitales asaltados, colas de civiles ametrallados en el reparto de alimentos. Nada detiene en su cometido genocida al ejército de Israel, que cumple órdenes de políticos vesánicos. Y mientras tanto, los organismos de otras naciones emiten comunicados, que finalizan en una sintaxis compungida, y redactan pulcras declaraciones de intenciones, bien medidas para no estorbar demasiado sus relaciones con Israel. Esto nos tocaba ver, esto nos tocaba sentir como una acusación indefinida. La Historia no nos había indultado de presenciar sus carnicerías. Esta entre otras. Y en las madrugadas, las radios dejan caer en los oídos abiertos últimas cifras de muertos inocentes que van pesando oscuramente en el corazón desconcertado de los insomnes.

Aún no ha tocado las pertenencias de la persona que ya falta hace tiempo. Siguen intactos los armarios, los cajones, el joyero… Nadie le convence de que se deshaga de todo ello ya. Es que todavía la sigue esperando.
Unos cuantos amigos emprendemos espontáneamente una conversación sobre diálogos chispeantes de películas. Nos vamos quedando con nombres previsibles: Billy Wilder, Woody Allen, Azcona, Tonino Guerra, Cuerda… Pero al fin todos convinimos en que nada supera aquella escena de Pasión de los fuertes en el salón del poblado: «¿Usted nunca ha estado enamorado, Mac?», pregunta Henry Fonda. «No señor, yo he sido camarero toda la vida».
En los domicilios, el trato con ropas y libros es muy semejante. Los vamos cambiando de sitio en un trasiego engañoso a fin de abrir espacios en estanterías y armarios, y hacernos así la ilusión de que somos capaces de desprendernos de parte de nuestras posesiones… para llenar de inmediato con nuevos ejemplares y nuevas prendas los huecos que ya están esperando.

¿Quieres que te diga, pequeño Álex que me miras con ojos desabrochados y saltarines, qué es lo único que tengo por cierto después de pasarme la vida haciéndome preguntas que siempre quedaban abiertas en el aire como heridas rajadas? Pues esto es: en la vida verdadera no hay rangos, como esos de las carreras administrativas y los campeonatos deportivos. En la vida nada más somos aprendices, aprendices asombrados («Todos somos nada más invitados de la vida», dijo alguien más importante que nosotros). Procuremos tú y yo no mancillarla mucho; dejemos sus habitaciones limpias detrás de nosotros para posteriores invitados aun a sabiendas de que van a pasar por ellas también los bárbaros.
Como un animal deshonesto, el disco difuso y legañoso del sol emerge cada mañana y entra a por todo. Bajo el calor, las costumbres se ablandan. Una lengua ácida unta los seres y los deja así, abotargados entre los colores desteñidos del cansancio. Es esa hora de la miel sucia, la del verano cargado de dedales tristes y de avispas sin dueño.
En realidad, la calma es también otra versión de la prisa, la que tienen quienes saben imponerse sobre los empujones continuos del tiempo.
El odio y la ignorancia, mal sumados, llevan a la crueldad («la estupidez y la crueldad se han enseñoreado de España», decía Chaves Nogales en los días de la guerra civil). Algo de eso está ocurriendo ahora en Torre Pacheco. Grupos de vecinos y de allegados que se ofrecen a ir desde otros lugares patrullan las calles por la noche a la caza del inmigrante para escarmentarlo, como ocurría en la película Arde Mississippi. Da miedo verlos enardecidos, enarbolando banderas e increpando a periodistas entre gestos ofensivos y consignas que alientan aún más ese sentimiento inoculado por la oscura ferocidad de una ideología que se va imponiendo con facilidad como una mancha de época. Definitivamente, viene otro tiempo. Ya estamos en él. Un fantasma maloliente vuelve a recorrer el mundo. Y se jalea la estupidez; y se desprecia la inteligencia. Así está el panorama.
Cruzo el parque a primera hora. Nadie. Sobre un banco público hay un plato con agua donde persiste sobrenadando el resplandor de unas cuantas cerezas que los pájaros aún no han bajado a picotear. Me vale como imagen radiante del verano.

Lo cuenta Jorge Praga en La mirada de un tiempo, ese libro suyo que vuelve a dejarnos conversando con la memoria, con la misma profundidad de otros libros anteriores del autor de La belleza del afuera. Ahora se trata de aquellos fotógrafos de la cuenca asturiana que hicieron su vida en la segunda mitad del siglo pasado. Entre ellos Eladio Begega, que se preocupó de retratar a los desposeídos que se iba encontrando y los dotaba en sus fotografías de aquella misma dignidad que Velázquez devolvía en sus pinturas a bufones y mendigos. Una anécdota hermosa, que revela la estatura moral del fotógrafo, sucedió cuando Begega compró por fin una valiosa cámara fotográfica de último modelo y alguien lo sorprendió remendándola por aquí y por allá con parches de cinta aislante negra. Preguntado el fotógrafo, respondió que así desaparecería seguramente una posible desconfianza de los seres que quería retratar —«mendigos, gitanos y viejos del pueblo»— al verse enfrentados a un artilugio extraño, desconocido para ellos; mejor hacer suponer «una cámara de andar por casa» acorde con la estrechez en que transcurrían sus vidas.
LA BALADA DE LOS INSECTOS FÉRTILES
Nunca preguntamos dónde puede quedar su lejanía. Aparecen de pronto golpeando ventanales en un merodeo insistente. Se cuelan por fin en los últimos intestinos de las casas y baten sus alas suspendiéndose ante armarios cerrados. ¿Y qué manga perdida, aún con la pesadumbre del invierno en el abrigo, abrirá y dejará pasar adentro al escuadrón invisible? Pondrán huevas frías en bolsillos oscuros antes de desaparecer. Fertilidad inadvertida. Apetito íntimo. Nadie pesará nunca su sonrisa sin índole.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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