/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Imagen destacada: una placa de latón del reino de Benín, de los reinos XVI a XVII, conservada en el Museo Etnológico de Berlín
Los británicos saquearon en 1897 el palacio real de Benín y robaron los apliques de bronce que allí había, creados por los pueblos edo desde el siglo XIII. Hoy están repartidos por muchos museos del mundo, incluido el Museo Británico. Benín, que ocupaba el territorio de la actual Nigeria, tuvo una historia convulsa desde el siglo XVII y, en el siglo XVIII, los europeos construyeron una serie de fortines en la costa, para proveerse de esclavos. Desde entonces la penetración colonial fue intensa y continuada. En 1897 un vicecónsul de la Gran Bretaña, junto con oficiales británicos, comerciantes, traductores y porteadores indígenas, tenía intención de visitar la capital del reino, pero en palacio les respondieron que debían esperar, ya que estaban celebrando un importante ritual. Ellos no esperaron y continuaron, siendo emboscados por grupos guerreros en su camino a la ciudad. La mayoría de los británicos murieron. Cuando en Londres se supo lo ocurrido, una expedición de castigo dirigida por el almirante Rawson salió para el reino africano y saqueó la ciudad y el palacio real. Fue así como los bronces llegaron a Europa. Yo los he visto en Londres, en el museo etnológico de Berlín, en Hamburgo, en Nueva York y en algún otro museo que no recuerdo. Por lo visto, muchos objetos pasaron a formar parte de colecciones privadas, y hoy no es posible conocerlos.
Este arte de Benín es mucho más naturalista que la mayoría de los objetos artísticos del continente africano. Sorprende el alto nivel artístico de los artesanos que trabajaron para el palacio real, utilizando la técnica de la cera perdida. Los temas de los relieves de bronce responden a la vida y a los rituales cortesanos, historias y batallas. También hay cabezas, reservadas para los altares del culto a los antepasados de reyes, reinas y príncipes. Es bien conocido que estas esculturas emocionaron a muchos artistas de principios del siglo XX, entre ellos Picasso, y que ello ayudó a su valoración.
Hoy, el Gobierno de Nigeria solicita recuperar las piezas, que sin duda alguna constituyen el más importante elemento patrimonial del país, y que están en manos extranjeras.
En el caso de estos objetos, es evidente que se trata de un saqueo, un robo por parte de una potencia agresiva que acabó colonizando todo el territorio. La petición de descolonizar estos museos europeos, devolviendo lo que se robó, forma parte de una lógica difícil de discutir con argumentos. La descolonización museística es una necesidad para Nigeria, ya que en el Museo Nacional de Lagos casi no hay piezas de este pasado de esplendor.
Pero la frase «descolonizar el museo» implica más cosas; implica sin duda una revisión de los relatos, y también de la interpretación. Así, por ejemplo, cuando se exhiben las esculturas arcaicas griegas, no exentas de un cierto esquematismo, se plantean siempre como el embrión del gran arte griego y se inscriben en una trayectoria de los artistas helenos hacia la búsqueda del realismo en la escultura que culmina en el arte clásico y helenístico; mientras que, cuando se trata de aplicar el mismo criterio al arte africano, sudamericano o polinesio, su relato se inscribe en el contexto de un arte tribal, exótico e incluso «salvaje». Se olvida que, en estas imágenes, surgidas en una tierra sin escritura como era África Negra, era la auténtica memoria de sus pueblos, el depósito de su historia. Por ello, su devolución sería un acto de justicia.
Pero el concepto de descolonizar el museo también implica que el museo siempre debería informar de la historia de las piezas y de las colecciones: no basta con decir «adquirido en». Hace falta mostrar la historia de la pieza, cómo llegó al museo, si fue por compra, donación o como botín de guerra. Todas las piezas de un museo tienen su propia historia, que es preciso exponer, y esto también es descolonizar el museo, ya que sitúa a cada objeto en su sitio.
Finalmente, quizás sería interesante incluir en el concepto de descolonización el hecho que, cuando las colecciones o los objetos tienen un origen conocido, del que quedan descendientes de los artíficies, los propietarios o los mecenas, darles voz a todos ellos sería lo correcto, ya que estos pueden aportar la memoria del objeto, y en algunos casos les podrían devolver su auténtica alma.
Hasta aquí creo yo que es lícito hablar de descolonizar. Sin embargo, como siempre ocurre con las ideas, la de descolonizar también se puede llevar a extremos absurdos. ¿Vamos a devolver a la ciudad de Roma todos los objetos de aquel gran imperio? ¿Devolveremos a Atenas todas las venus halladas por la arqueología y el arte en cualquier lugar del Mediterráneo? ¿Desmontaremos los grandes museos haciéndoles devolver lo que han adquirido y conservado durante décadas e incluso siglos? Y, si se les obligara a efectuar esta devolución, ¿se les indemnizaría por los trabajos de mantenimiento, restauración, investigación y estudio de las piezas? Además, ante esto, hay que hacer énfasis en la idea de que la República Italiana de hoy o la Grecia actual no tienen nada que ver con el antiguo Imperio romano, ni con la polis de Pericles. Se trata de realidades políticas y culturales diferentes. Tampoco me parece lícito que se reclame lo que en otra época sus legítimos propietarios vendieron a compradores entusiastas de las antigüedades, máxime si la venta fue libre, limpia y sin saqueo por en medio. ¿Deberíamos devolver todo el arte comprado? ¿A quién se debería devolver? Intuyo que la petición de algunos sectores de la sociedad actual para descolonizar los museos implica, sobre toto, iniciar un proceso de autocrítica y de revisión de relatos, sin argumentos demagógicos ni modas absurdas. Dejo las devoluciones para otro capitulo.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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