Crónica

Los orígenes mineros de Puertollano

«Mineros en Puertollano: movimiento obrero y represión franquista» es el título de un trabajo erudito y conmovedor de Luis F. Pizarro, adscrito a la «microhistoria», que Mariano Martín Isabel reseña aquí.

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

Estamos ante un trabajo que no abusa de metodologías sociológicas, ni económicas, ni mucho menos marxistas: se remite a la microhistoria, que es un hermano menor de la historia y no por ser pequeño tiene por qué ser menor (también sucede que las grandes historias carecen a menudo de grandeza). El autor quiere escribir una pequeña gran historia: pequeña por su extensión (la comarca del Ojailén) y grande por su intención (lo local alcanza aquí tintes universales, o eso me parece). Estamos ante un trabajo de Luis F. Pizarro Ruiz: «Mineros en Puertollano: movimiento obrero y represión franquista (1878-1949». Memoria y civilización, 28, I (2025), pp. 241-270, un artículo de 30 páginas recientemente publicado.

A algunos les puede resultar fascinante la teoría de las tres temporalidades que imaginó Fernand Braudel: la del tiempo largo (que corresponde a las estructuras y mentalidades), la del tiempo corto (que corresponde a las coyunturas, presentes en los ciclos históricos y económicos que pueden durar entre varios meses y algunas décadas) y la del tiempo fugaz (que cuenta las historias grandes o pequeñas: esta última parece corresponder a la microhistoria).

En uno de mis libros expresé esta teoría con la metáfora del automóvil: si el conductor mira a lo lejos, lo que tiene delante será un horizonte inmóvil; si mira a la carretera verá que el coche se desplaza a una velocidad media, más bien lenta, y va pasando por ecosistemas diferentes; pero si mira el morro del coche (no digo ya si mira a las ruedas) verá que circula vertiginosamente; sin embargo la velocidad en estos tres casos es exactamente la misma, puesto que se trata del mismo coche visto desde tres perspectivas diferentes.

La adhesión a la microhistoria adopta un planteamiento inductivo: a partir de lo particular (los pequeños hechos locales que la gran historia ha pasado por alto) se reencuentra uno con las grandes tendencias generales que pueden ser coyunturales (o cíclicas) o estructurales (el tiempo largo de Braudel). Siempre he sentido predilección por las historias antes que por las estructuras y por eso este planteamiento me resulta tan atractivo.

Estamos ante una microhistoria de Puertollano entre 1873 y 1949. Atraviesa por varias coyunturas (la guerra de Cuba, la primera guerra mundial, la guerra civil y la represión posterior). Desde el punto de vista metodológico este trabajo plantea la necesidad de superar las insuficiencias estadísticas con ayuda de la microhistoria; recurre a novelas que se convierten en documentos y rescata del historiador Julián López dos cosas muy interesantes: los perfiles identitarios de Puertollano y una historia mítico-demográfica del lugar que acude al estudio de casos, los «mapas del dolor y del daño» y las «redes de parentesco traumático» (Luis Pizarro habla de «genealogías de la represión»); al mismo tiempo toma de Paul Preston el concepto de «inversión en terror». Todos estos planteamientos resultan interesantes, ahora veremos por qué. 

Empecemos por el análisis estadístico: se plantea la cuestión, sumamente interesante, de que la presencia de las mujeres ha sido escamoteada en el trabajo de las minas, como si su único trabajo (faltando a la verdad) hubieran sido «sus labores». La insuficiencia de las estadísticas se manifiesta en varios aspectos: primero, en que no hay verdaderas estadísticas de los muertos por la rudeza del trabajo en aquellos tiempos; segundo, porque no aparecen los que murieron a consecuencia de enfermedades laborales; tercero, porque las cifras solo incluyen a los muertos, no a los heridos; y cuarto, porque de entre los muertos por enfermedades pulmonares y afines no sabemos cuántos las adquirieron en la mina.

Los datos demográficos son ya más claros: de poco más de 1000 habitantes que tenía Puertollano en 1877 a 24.676 que llegó a tener en 1940, tenemos una idea de lo floreciente que debió de ser la extracción del carbón; pero siempre, junto a la frialdad de las estadísticas, aparecen datos cualitativos dolorosos (como que la escasez de viviendas produjo hacinamientos inhumanos y alquileres altos).

Estos datos, escasos y fragmentarios, vienen a ser completados por los testimonios que les ponen carne a los huesos de la microhistoria. La justificación metodológica, a mi juicio bien fundamentada, contribuye a ponerles corazón a los hechos que se están contando. He aquí algunos hitos:  

1. Tomando una idea de Ángel del Arco (de que la perspectiva local sirve al conocimiento crítico de la historia) el autor se dirige, de la mano de Julián Casanova, a la historia local.

2. De la fría estadística a las historias personales hay un intento de reconstruir    historias de vida y muerte: y entonces de contar números (la estadística es cuestión de «cuentas») se pasa a contar historias (la microhistoria es cuestión de «cuentos»).

3. De la mano de Carlo Ginzburg el autor se orienta hacia la visibilización de los    subalternos (los «menocchios de la historia»).

4. De Claudio Magris toma la idea de que escribir es rellenar los espacios en    blanco de la existencia; en este caso, rellenar los huecos de los «menocchios».

5. Julián López propone unos perfiles identitarios de Puertollano: un milagro (la historia del Santo Voto), la magia (la fuente agria) y un tesoro (el carbón desde 1873).

Desembocamos en la microhistoria de Puertollano. Se toman aquí tres fuentes complementarias:

1. Testimonios escritos (prensa, cartas y literatura efímera). Se recogen datos sobre una visión subjetiva de la «violencia de los mineros» a propósito de la mala fama que tenían los «hombres ennegrecidos» (carta del ingeniero René Lafour al alcalde de Puertollano); sobre las condiciones de vida de los mineros (testimonio del minero Jovita Juárez) y sobre la descripción de la vida en la mina se invoca el testimonio de Hilario Carrión, un joven minero (en un texto precioso de gran calidad literaria), junto con el de un tal «Aviceo»  y otros datos comentados por Conde y Cegarra; se habla, también, del surgir de las sociedades obreras (de las que parece que tenemos informaciones muy incompletas). Hechos desgraciados como la riada del Ojailén contribuyen a que el lector, que empezó leyendo con la cabeza, vaya leyendo cada vez más con el corazón, y el corazón supura hasta que nos va dejando las lágrimas.

2. A ello contribuye el estudio de casos. Dos muertos en la mina Asdrúbal, la muerte de un entibador, la desgraciada muerte de la hija de un minero, la explosión de una caldera, el calvario del ingeniero Massía… Jalones que van haciendo que contar no sea solo contar números y nombres, sino algo mucho más grande: contar historias. El perspectivismo que aparecía en un principio (contándonos los puntos de vista de jefes y subordinados) se encamina gradualmente a una identificación poco brechtiana del lector con la desgraciada suerte del minero: y no es falta de objetividad, sino eso que podríamos llamar objetividad del corazón: que es propia de una inteligencia cordial mucho más que de una inteligencia descarnada.

3. Novelas. Junto a los testimonios escritos, el autor cita algunos fragmentos estremecedores. Tres fuentes lo inspiran especialmente: Ramiro Pinilla, con Los cuerpos desnudos; María Cegarra, autora de Los pozos muertos, e Isaac Antonino, «Aviceo», con la descripción del interior de la mina.

Seguimos con las muertes causadas por la represión de posguerra. Volvemos al necesario perspectivismo que permite restablecer la objetividad que nunca hemos abandonado: los prejuicios que tenían unos y otros sobre los mineros, la mala fama de los mineros en el frente, la intransigencia presente en la extirpación de las ideas (imposible no recordar a la Inquisición que hablaba de «la extirpación de las idolatrías»); sigue la terrible estadística de los fusilados y las dramáticas historias donde Julián López dibuja los mapas del dolor y del daño y las redes de parentesco traumático (que no son más que «genealogías de la represión»). Podríamos quedarnos, a título de ejemplo, con algunas historias que, sin añadir dramatismo al dolor, son dolorosas y patéticas: el caso de Eulogia Ruiz Monroy en la cuenca del Ojailén, el de la familia Dueñas Ruiz, el de la familia Martínez Sánchez o el de Teodoro Carrión Monroy, amén del triste destino de la familia de Pedro Fernández Martínez y Felisa, su mujer. Se produce aquí, de la mano de Ángeles Egido, otra nueva aparición de la mujer, muy ilustrativa de la figura del fenómeno triste del «delito consorte».

Las conclusiones sobre el estado de terror permanente y la quiebra de la sociedad civil, junto con el planteamiento de algunas tareas pendientes, sirven inductivamente, no tanto para ilustrar la época de la que hablamos, sino para plasmar esa época en el cuerpo concreto de Puertollano. Puertollano no es solamente una ilustración de la primitiva sociedad industrial, sino sobre todo una tesela de ese mosaico histórico que vibra en el corazón de quien lo lee. Si el trabajo de Luis F. Pizarro sobre el Gran Teatro de Puertollano fue ya un alarde de erudición, aquí la erudición tiene la humildad de no parecerlo y se presenta como un acercamiento conmovedor y cercano; pero luego reaparece en la bibliografía, y en esas notas a pie de página que no entorpecen para nada la lectura del texto: por eso su lectura, amén de entretenida, me parece ilustrativa y muy recomendable.


LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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