Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

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«Nadie regresa, siempre es otro quien regresa, siempre es otra, y ella es también ahora otra, ya no será nunca la mujer que partió lejos, alegre, confiada, deseosa». Un texto de Alberto R. Torices, escrito desde la playa, sobre el deseo y el tiempo, el amor y la melancolía.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

No hay que olvidarlo nunca, marcharse siempre, como a los veinte años.

M.D.

La playa es grande y a esta hora se ofrece tranquila y practicable, sin viento, sin bullicio, propicia para pasear su gran gesto de media luna tendida y dócil. Ella se aleja con su sombrero de vuelo ancho, recuerdo de otras vacaciones, y el vestido corto, transparente, que solo se pone estos días, cuatro o cinco, cinco o seis al año. Entre las dos posibles, elige la dirección del extremo más alejado, el paseo será largo. El mar bate cansino y ella se vuelve solo una vez, sonríe, dice adiós con la mano. La marea está baja, se forman grandes remansos en la orilla, lagunas en las que el agua cubre por las rodillas, por la cintura apenas, por los tobillos. Ella camina sobre la arena mojada, donde las olas solo mojan sus pies de cuando en cuando. Avanza a buen paso y experimenta o suscita una sensación como de partida, de verdadera separación; casi la fantasía —la ilusión— de un auténtico viaje y de experiencias inimaginables que la devolverán transformada, no se sabe cuándo. Es la posibilidad de alejarse con las manos vacías y los pies descalzos, con solo un sombrero rubio y un vestido de colores, y quizá nunca volver. El sol arde en su punto más alto o tal vez ha empezado ya a declinar, y en el agua, hundidos hasta las rodillas, hasta medio muslo, cuatro jóvenes juegan a lanzarse un balón. Ya les había visto desde la sombrilla. El balón de colores, sus ruidos y sus risas, sus cuerpos. Pertenecen a esta generación moldeada en los gimnasios, brazos y piernas bien torneados, espaldas amplias, torsos de héroe griego. Cuerpos dorados, sin vello, materializaciones de la vida pura y plena, de la salud, la belleza, el placer. Hombres jóvenes, libres de ideas y complicaciones, de pensamiento; sin manías, sin problemas, sin carácter apenas. Hombres de los que sería grato y fácil hacer uso, grato y simple: el de la barbita y la media melena, más alto y elástico, o el más moreno, el que parece más alegre y menos listo, cualquiera en realidad. Tomar a uno cualquiera de los cuatro y aplicárselo como un bálsamo hidratante, como un remedio reparador. Coger un hombre guapo y joven, sin ideas, sin defectos, sin nada más que su cuerpo largo y elástico, y ponérselo como una prenda íntima y amable, bien ceñida, inyectárselo si cabe como una droga expansiva y relajante, o llevárselo a los labios como se lleva esos días los pequeños crustáceos y peces, los deliciosos manjares del verano que llenan su boca de sabor y de colores, de jugos y sonidos exquisitos. Comerse así al joven de la barbita, beberse al más bronceado como se bebe esos días el vino frío y dorado, que entra en su boca como luz, como aire, y en su garganta y en su vientre, aire y luz hechos de mares y frutos y hombres. Va dejando todo atrás, los jóvenes, lo demás, pero sigue pensando que sería bueno amar así, hacerse amar así, como se come y se bebe en las mesas rústicas del verano, cogiendo todo con las manos, probándolo todo, haciendo suyas todas las texturas y matices de la carne y queriendo ser también carne que cruje y gotea y estalla entre otros dedos y labios, entre otros dientes nuevos… Amores nuevos, amar y ser amada así, de nuevo. Todavía le gusta hacer el amor, de cuando en cuando, todavía le gusta amar y hacerse amar. Hacerlo, esperarlo, recibirlo. Provocarlo, conducirlo, elevarlo… Ya no atraería, quizá, ya no lograría hacerse amar por ninguno de los cuatro hombres vacíos, perfectos, que chapotean en el agua, o quizá sí, quién sabe, pero a su hombre sí lo atrae todavía, lo provoca y lo eleva y esos días, tan lejos de casa y cerca del mar, lo siente llenarse de deseo como se llena de agua la playa, lo ve inflarse y ondear como una vela, pleno de ganas de ella, y cómo se aproxima y la roza, choca imperioso y tierno con ella, y la toca, la empuja, la coge, la aprieta y se hunde finalmente en y con ella, lleno de apetito, de la dulce desazón de los cuerpos. Estos días no le molesta, apenas; no se resiste, no se le niega. Durante este breve lapso podría satisfacer a su hombre cada día, insólitamente, satisfacerlo y satisfacerse día y noche, todos los días y las noches, espléndidamente, y después todavía podría amar y hacerse amar mucho más, por cuatro y por cuatro mil, por una mesa entera rebosante de hombres sabrosos y crujientes, dorados y bien fríos, podría comer y beber sin hartazgo, descubrir y gozar todas sus texturas, hacerlos crujir entre sus dientes, llenarse la boca con su luz y ser también para cualquiera, para todos, vino fresco y carne sabrosa y blanda, ser comida a ávidos mordiscos y su jugo derramado, ser bebida y calmar la sed ajena, desatar las ganas y la alegría, colmar los sentidos, transformarse entera en la saciedad de un hombre y lograrse a sí misma por fin agotada, allanada, su deseo copiosamente colmado, su cuerpo todo tendido como esta media luna inmensa, inmensamente entregada y practicable. Sin darse cuenta, casi, ha llegado al término de la larga, larga playa, allí donde la arena se eleva y se curva y se funden las aguas saladas y las dulces. El mar entra en el río y el río entra en el mar, aquí se lían y se vierten uno en otro, se funden y desaparecen uno dentro del otro. Es triste y hermoso morir como mueren los ríos, después de todo su largo discurrir, de tantos trabajos y accidentes, toda su vida intensa, ancha, para al fin morir como quien concede, como quien se rinde y se entrega a otro cuerpo. Morir cediendo así, satisfaciendo un cuerpo ávido de cuerpos, interminablemente. Aquí el paisaje es otro, como ha de serlo en el más allá, la arena está cubierta por montones de algas, por barreras de conchas vacías, vacías del cuerpo que las habitó. Al fondo, muy cerca, crece una vegetación copiosa y extraña y llena el aire un olor de vida descomponiéndose, la materia entera emite un zumbido afilado y penetrante, desagradable, tenaz. Aquí se detiene ella unos instantes, maravillada, dejándose poseer por un miedo que también la excita y la hace suya. El deseo, la belleza, la putrefacción. La vida y la muerte, su estrecha danza impúdica, su mesa llena, su cópula constante. Un pájaro grita, parte en dos el cielo su reclamo o su amenaza. Contempla las acumulaciones de algas que se deshidratan lentamente bajo este sol que abrasa y declina como una enervante tortura, y observa también la legión de pequeños insectos que saltan torno a ella, el agua turbia que lame sus pies, los árboles cuyas copas oscilan como mazas sobre ella, las plantas hipertrofiadas y sin belleza, las sombras oscurísimas que la repelen y la llaman y que podrían, está segura, engullirla y hacer con ella lo que ella hace con las pequeñas criaturas jugosas, crujientes, que se lleva a la boca, embriagada y gozosa. No sabría decir si con alivio o con pesar, allí se da la vuelta. Muy lentamente, como si se recobrara de un trance, de los efectos de una sustancia que la ha doblegado, regresa a la línea de playa, a las aguas azules; a los bañistas, a las tumbonas y toallas donde las mujeres y los hombres se entregan a este ocio de horas y horas tendidos, entregados a la despaciosa labor de broncearse y dormir, refrescarse, charlar, ocupaciones que ciertamente logran llenar horas y horas, hasta cobrarse el dulce agotamiento de los cuerpos, el pleno vaciado de las mentes. Ella, pues, desanda, regresa, todavía no distingue la sombrilla verde y azul, es una playa larguísima que ahora parece estirarse más todavía… La marea está subiendo, el mar se llena y se vacía como se llenan los hombres y las mujeres, para volver a llenarse y a vaciarse. Ella se deja mojar los pies, las rodillas casi, en este largo retorno que la cansa y la pone un poco triste. La distancia, desatendida y fácil a la ida, pesa y cansa a la vuelta, y se advierte frágil, vulnerable, como una niña lejos de casa. Como una niña, también, se siente casi traviesa, casi reprendida por este cielo y esta tierra que parecen otros, por el mar, otro asimismo, y por los bañistas, todos esos que miran la gente y las cosas pasar, por el niño que tira puñados de arena al agua y se queda también un rato mirándola, como si pasara un ángel o una quimera. Distingue por fin la pequeña bóveda verde y azul, los cuatro jóvenes dioses ya no están en el agua, acaso también la ven pasar desde sus toallas, la ven y por un instante se llenan como el mar, se hinchan como velas, y luego se vacían, la dejan ir, la olvidan. Se aparta del agua, se retira. Nadie regresa, siempre es otro quien regresa, siempre es otra, y ella es también ahora otra, ya no será nunca la mujer que partió lejos, alegre, confiada, deseosa. Ahora sonríe de otra manera. Trae en la mano una concha, algo, y llega al fin a su pequeño campamento sobre la arena donde la esperan sus cosas, su toalla, sus sandalias, su libro, yo.

Fotografía destacada de Francesco Ungaro


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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